Rusia reaviva su ofensiva contra la red eléctrica de Ucrania
Moscú habría puesto en marcha una nueva fase de ataques contra la infraestructura energética ucraniana, con el invierno como telón de fondo y la población civil nuevamente en la primera línea del impacto. Kiev acelera reparaciones y refuerzos, pero advierte que la red sigue siendo vulnerable.“Quien controla la energía, controla la vida cotidiana”: esa máxima, que resume buena parte de la guerra moderna, vuelve a cobrar sentido en Ucrania. En pleno pulso con Rusia, Kiev afronta otra temporada de frío con el recuerdo de los apagones del último invierno y la amenaza de una campaña aún más agresiva contra su sistema eléctrico.
Durante meses, las autoridades ucranianas venían alertando a la población para prepararse ante lo que podría ser el invierno más duro desde el inicio de la guerra. Según advirtieron, Rusia recurriría a armamento cada vez más sofisticado para intentar paralizar la red eléctrica del país, con la expectativa de que el primer gran golpe llegara al comienzo del frío. Sin embargo, Moscú se adelantó.
Antes del amanecer del miércoles, misiles y drones alcanzaron una gran central térmica y otras instalaciones energéticas, y provocaron explosiones en Kiev. Por la mañana, varios barrios de la capital seguían sin electricidad ni agua. Para las autoridades ucranianas, el episodio marcó el inicio de una nueva campaña destinada a hundir a las ciudades en el frío y la oscuridad, con la mira puesta en quebrar la moral de la población y obstaculizar el esfuerzo bélico.
La estrategia no es nueva. Desde 2022, Rusia ha repetido ataques sobre la infraestructura crítica ucraniana con resultados dispares, pero ahora lo haría con mayores reservas de misiles balísticos y drones impulsados por motores a reacción, más difíciles de interceptar para las defensas ucranianas. En esa lógica, el castigo a la infraestructura energética se ha convertido en una herramienta de presión militar y psicológica al mismo tiempo, una táctica ya vista en conflictos recientes y que busca trasladar el costo de la guerra a la vida civil.
La magnitud de esa ambición quedó reflejada en un documento que el ministro de Energía de Ucrania, Denys Shmyhal, mostró a socios europeos en París hace dos semanas, según dos personas familiarizadas con la presentación. Shmyhal describió el material como un plan ruso interceptado cuyo objetivo sería provocar el colapso del sistema energético mediante ataques metódicos. The New York Times obtuvo una copia del documento, fechado en agosto y escrito en ruso, aunque no pudo autenticarlo de manera independiente.
El plan describe una campaña de hasta 1000 misiles, drones y bombas contra subestaciones eléctricas, centrales hidroeléctricas y térmicas, además de salas de calderas. Lo más alarmante, según el texto, es la intención de forzar el cierre de las tres plantas nucleares operativas de Ucrania —la base de su infraestructura eléctrica— mediante ataques a las subestaciones de distribución que las conectan con la red. Esas subestaciones, añade el documento, se encuentran a menos de 1,6 kilómetros de los reactores.
El objetivo no se limitaría a la energía. El plan también prevé ataques contra el sistema de agua de Ucrania, incluidas estaciones de bombeo e instalaciones de tratamiento de aguas residuales, con decenas de misiles balísticos y bombas planeadoras. Hasta ahora, Rusia no había atacado a gran escala este tipo de instalaciones, y funcionarios ucranianos han expresado en privado su preocupación por la escasez de planes de contingencia ante eventuales interrupciones severas del servicio.
La meta final sería dejar a las principales ciudades ucranianas sin electricidad, calefacción y agua, generando así una crisis humanitaria. Kiev, Járkov y Odesa aparecen como blancos prioritarios, con la intención de reducir en un 90 por ciento el suministro eléctrico y también el de calefacción en esas ciudades, además de complicar gravemente el funcionamiento del sistema de alcantarillado.
El propio Vladimir V. Putin ha dicho públicamente que sus fuerzas desplegarán este invierno una ofensiva amplia para destruir la infraestructura energética ucraniana, en lo que presenta como represalia por los ataques de Kiev contra refinerías de petróleo rusas. Shmyhal, por su parte, dijo la semana pasada a medios ucranianos que los socios internacionales quedaron impactados por “su cinismo, por este cálculo frío y terrorista de cómo destruir nuestro sector energético”.
Ucrania, mientras tanto, lleva meses preparándose. Ha levantado estructuras de protección sobre instalaciones críticas, como subestaciones que distribuyen electricidad en todo el país. A la vez, los civiles —muchos de ellos tras haber sufrido cortes severos de luz y calefacción el invierno pasado— se abastecen de baterías y pequeños calentadores a gas. El aprendizaje forzado de los últimos años ha sido claro: cuando la red falla, la supervivencia cotidiana depende de la improvisación, el ahorro y la resistencia social.
Las autoridades también han invertido cientos de millones de dólares en reparar centrales y subestaciones, y en desarrollar instalaciones más pequeñas, como turbinas a gas, más difíciles de neutralizar. Además, se reforzó la red para soportar mejor la demanda invernal y redireccionar energía cuando los bombardeos dejan fuera de servicio las líneas de transmisión. Aun así, los expertos advierten que estas medidas solo pueden amortiguar el golpe, no impedirlo por completo.
Olena Pavlenko, directora de DiXi Group, un centro de estudios energético ucraniano, sostuvo que cuatro inviernos de guerra dejaron a la red tan debilitada que atravesar uno más sería como “correr un maratón con un solo pulmón”. Su advertencia resume el estado de una infraestructura castigada por ataques sucesivos, reparaciones de urgencia y una demanda que crece justo cuando el sistema está más expuesto.
Los recuerdos del invierno pasado siguen muy presentes. Fue, con diferencia, el más duro de la guerra hasta ahora, en parte por las temperaturas especialmente gélidas. Entonces, los residentes de Kiev llegaron a soportar habitualmente doce horas o más sin electricidad por día, según datos de DTEK, la mayor empresa energética privada del país y distribuidora de la capital.
Olha Skorokhod, vecina del centro de Kiev, contó que en enero pasado estuvo dos semanas sin calefacción mientras afuera el termómetro caía muy por debajo del punto de congelación. Tuvo que lavar a su hija de 3 años, Zoriana, con agua fría y temía que enfermara. Cambiarle la ropa se volvía una prueba de resistencia, con el frío atravesándole la piel. En un intento por aliviar la situación, llegó a calentar ladrillos en una pequeña estufa de gas, aunque el efecto fue mínimo.
En los edificios altos de la capital, los vecinos de los últimos pisos solían quedarse sin agua porque las bombas dejaban de funcionar por falta de electricidad. Para llegar a sus departamentos, muchos debían subir decenas de escaleras al quedar los ascensores inoperativos. Incluso cuando la luz volvía durante unas horas, algunos evitaban usar el elevador por miedo a quedar atrapados en otro apagón repentino.
Con el objetivo de evitar una repetición de ese escenario, las cuadrillas eléctricas trabajan contrarreloj. El lunes, un equipo de DTEK reemplazaba un transformador antiguo por uno nuevo cerca de Kiev. La unidad fue retirada de un poste y colocada dentro de una carcasa protectora, una muestra de cómo las empresas energéticas intentan blindar el sistema frente a ataques cada vez más precisos.
“Hay equipos viejos que simplemente ya no pueden soportar la carga”, dijo el jefe de la cuadrilla, Eduard Kashkov, de 57 años. “Algunos de los equipos son tan viejos como yo”. También recordó que el invierno pasado demostró que, cuando la electricidad regresa después de un apagón, la red puede colapsar otra vez si demasiadas personas se conectan al mismo tiempo para cargar baterías. El nuevo transformador, explicó, fue diseñado para resistir mejor esos picos de consumo.
En agosto, ante el Parlamento, Shmyhal aseguró que Ucrania llegaría preparada al invierno. Sostuvo que el país disponía de cerca de 15 gigavatios de capacidad y que esa cifra subiría a más de 21 gigavatios hacia fin de año, suficiente —según sus cálculos— para cubrir el pico de demanda, que el invierno pasado rondó los 18 gigavatios. Pero esas previsiones no contemplaban ataques capaces de destruir en días lo reparado durante meses.
Maria Tsaturian, analista de energía de Ukraine Facility Platform, advirtió que bastarían pocos golpes para borrar cinco gigavatios que Ucrania había recuperado recientemente. La seguidilla de apagones tras el ataque del miércoles, señaló, muestra con claridad la fragilidad de la red y la dificultad de sostener la recuperación cuando la infraestructura sigue bajo fuego.
El supuesto plan ruso interceptado parece diseñado precisamente para aprovechar esa debilidad. Plantea tres etapas: primero, destruir subestaciones cercanas a las fronteras occidentales por donde Ucrania importa electricidad desde Europa; luego, atacar centrales hidroeléctricas; y finalmente obligar a cerrar las tres plantas nucleares operativas del país. Una cuarta planta, la de Zaporiyia, fue capturada por fuerzas rusas al inicio de la guerra y no está en funcionamiento.
El documento estima que el objetivo sería eliminar unos 15 gigavatios de capacidad de generación, la misma cantidad que Ucrania tenía al final del verano. La cifra ilustra la escala del desafío: no se trata solo de resistir un invierno más, sino de sostener la arquitectura básica de un país en guerra frente a una estrategia que busca desarticularla por capas.
Análisis y proyecciones: si la campaña de ataques se intensifica, Ucrania podría enfrentar una combinación especialmente compleja de cortes eléctricos, presión sobre el abastecimiento de agua y sobrecarga de hospitales, transporte y calefacción urbana. En términos estratégicos, Moscú parece apostar a que el costo social del invierno erosione la resiliencia civil y obligue a Kiev a destinar más recursos a la emergencia interna. Sin embargo, también es probable que una ofensiva de este tipo refuerce el apoyo occidental a la defensa aérea y a la reparación de la red, como ya ocurrió en etapas anteriores de la guerra. En el corto plazo, el resultado dependerá menos de una sola andanada que de la persistencia de los ataques y de la capacidad de Ucrania para dispersar, proteger y redundar su infraestructura crítica.
Evolución reciente del conflicto energético: en los últimos años, la postura de los actores principales se ha endurecido. Rusia pasó de atacar selectivamente objetivos militares y logísticos a considerar la infraestructura civil como un frente central de presión. Ucrania, por su parte, dejó de confiar solo en reparaciones de emergencia y comenzó a combinar blindaje físico, generación distribuida, importaciones eléctricas y reservas domésticas para ganar margen operativo. En paralelo, la sociedad ucraniana se acostumbró a vivir con la posibilidad de apagones prolongados, una transformación que muestra cómo la guerra reconfiguró rutinas básicas como cocinar, calefaccionar, estudiar o trabajar. Hasta la fecha de esta noticia, esa carrera entre ataque y reparación sigue siendo uno de los ejes más sensibles del conflicto.
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