James Webb, el telescopio que está reescribiendo el universo
Macarena García Marín, astrofísica de la Agencia Espacial Europea, explicó cómo el telescopio James Webb está cambiando la forma de estudiar el cosmos. También detalló sus desafíos técnicos, sus hallazgos más sorprendentes y qué preguntas seguirá intentando responder en los próximos años.“Para entender el universo hay que mirar en infrarrojo”: esa fue, en esencia, la apuesta detrás del telescopio espacial James Webb, heredero conceptual de décadas de avances que permitieron pasar de observar el cielo visible a explorar con enorme precisión regiones del cosmos antes ocultas al ojo humano.
Macarena García Marín es astrofísica de la Agencia Espacial Europea e integra el equipo de científicos que trabaja en la calibración y funcionamiento del instrumento MIRI del telescopio espacial James Webb.
Nacida en las Islas Canarias, García Marín participó en distintas etapas del desarrollo del Webb, su integración, pruebas y puesta en marcha, y fue parte de Nerdearla, donde ofreció una charla dedicada a explicar qué hace diferente a este telescopio espacial de otros instrumentos, cómo fue posible construirlo y qué está permitiendo descubrir desde el inicio de sus operaciones científicas.
En su exposición, repasó por qué fue necesario construir un telescopio como el James Webb: los astrónomos querían observar las primeras estrellas y galaxias del universo. Para eso, explicó, el observatorio fue diseñado para trabajar en longitudes de onda del infrarrojo y con una sensibilidad excepcional.
También detalló los principales desafíos técnicos de su desarrollo: construir un telescopio grande pero lo bastante liviano y plegable como para entrar en un cohete, mantenerlo frío, desplegar en el espacio su espejo y su parasol, alinear los 18 segmentos del espejo para que funcionaran como una sola superficie y probar en Tierra sistemas que, por su tamaño y condiciones de operación, no siempre podían ensayarse completos. Ese tipo de ingeniería extrema fue uno de los grandes hitos del proyecto, comparable en complejidad a otros saltos históricos de la astronomía espacial.
Luego mostró algunos de los resultados que Webb está permitiendo obtener: galaxias del universo temprano, regiones de formación estelar, agujeros negros activos, planetas alrededor de otras estrellas y objetos del Sistema Solar, entre ellos Encélado y visitantes interestelares.
Después de esa charla, TN Tecno conversó con ella para profundizar en varias de esas preguntas: qué está cambiando Webb en nuestra comprensión del universo, qué resultados sorprendieron incluso a quienes trabajaron en el telescopio y qué tan cerca estamos de encontrar un mundo potencialmente habitable.
—¿Para qué sirve el James Webb? ¿Cuál es la diferencia con Hubble o con Roman?
—Webb es fundamentalmente un telescopio y sirve para estudiar el universo de maneras que nunca lo habíamos hecho antes. El nivel de detalle y la luz que utilizamos son diferentes, y eso nos permite aprender muchas cosas. Yo siempre pienso en los objetos astronómicos como cebollas: tienen capas. Cada capa tiene una composición química y una temperatura diferentes. Necesitás entender todas esas capas para comprender y caracterizar los objetos, y ahí es donde ayudan los diferentes telescopios. La diferencia con Roman es que va a caracterizar campos muy grandes. Su campo de visión es muchísimo mayor y eso sirve para hacer mapeados rápidos del cielo y caracterizar zonas muy amplias. La diferencia fundamental entre Hubble y Webb es que Hubble utiliza luz visible y un poquito de infrarrojo, pero sobre todo luz visible, es decir, la que vemos con nuestros ojos, mientras que Webb utiliza infrarrojo. Además, Webb es más grande, más sensible y tiene más resolución.
En términos científicos, esa transición del visible al infrarrojo representa una de las transformaciones más importantes de la astronomía contemporánea: permite ver a través del polvo interestelar, detectar objetos más fríos y estudiar el universo primitivo con un detalle que antes era imposible.
—¿Hubo algún resultado de los que estuvieron analizando en los últimos años que los haya sorprendido al punto de decir: “Esto que pensábamos no es así”?
—Sí. Si volvemos al universo temprano, muchas de las cosas que estamos aprendiendo son cosas que no esperábamos. No esperábamos que hubiera galaxias tan evolucionadas. Ahora encontramos galaxias que dejan de formar estrellas en etapas muy tempranas del universo. No esperaríamos que dejaran de formarlas, pero ocurre.
Ese hallazgo se inscribe en un debate más amplio de la cosmología actual: cómo pudieron organizarse tan rápido estructuras complejas en una etapa tan temprana, y qué papel tuvieron la materia oscura, la formación estelar acelerada y los agujeros negros supermasivos en esa evolución.
—¿Y qué es lo que más te sorprende de un instrumento que está a un millón y medio de kilómetros?
—Por ejemplo, que podemos mandar un comando y que, un par de segundos después de que sale, se ejecute y recibamos la telemetría. Eso todavía me parece increíble. Por supuesto, es lo lógico, pero funciona y funciona bien. La calidad de los datos también ha sido muy sorprendente, porque en todos los aspectos es mejor de lo que habíamos predicho.
—Cuando aparecen noticias sobre señales de vida, ¿con qué cautela tiene que tomarlas la gente?
—Con mucha cautela. Descubrimientos tan fundamentales como ese requieren demostraciones absolutas. Todo lo relacionado con vida en otros planetas es muy fácil de convertir en noticia. Llama mucho la atención, pero realmente, a día de hoy, no se ha encontrado nada. El siguiente gran paso es encontrar planetas que sean rocosos y tengan atmósfera. Hay un programa muy grande que se está haciendo ahora con Webb y Hubble para caracterizar una serie de planetas que orbitan estrellas más frías y más rojas que el Sol, y muy activas. La pregunta es: ¿pueden sus planetas conservar su atmósfera alrededor de esas estrellas? Va a llevar mucho tiempo.
La prudencia que plantea García Marín coincide con el consenso de la astrobiología: detectar vida sería un proceso gradual, primero con indicios indirectos, luego con biomarcadores cada vez más robustos y, finalmente, con confirmaciones que eliminen otras explicaciones posibles. Por eso, el camino hacia una señal convincente es largo y exige repetición, contraste y verificación independiente.
—¿Cuáles son las grandes preguntas que se intentarán responder en los próximos diez años?
—Por ejemplo, cuál es la naturaleza de los agujeros negros o cómo se formaron las primeras galaxias. En realidad, todavía no lo sabemos. Hay muchas cosas que no se entienden. No entendemos por qué son tan maduras algunas de las galaxias muy jóvenes que estamos encontrando, sus tiempos de formación de estrellas o cómo pueden tener un agujero negro masivo. Yo creo que, aparte de los exoplanetas con vida, otra gran pregunta es: ¿cómo era el universo temprano? ¿Cómo se generaron esas galaxias? ¿Cuál fue el camino para llegar hasta ellas? Por lo menos para mí. Otra gran pregunta es: ¿dónde están las primeras estrellas?
En los próximos años, la combinación de telescopios espaciales y observatorios terrestres de gran potencia debería afinar estas respuestas. El gran cambio no será solo acumular más imágenes, sino convertirlas en mediciones cada vez más precisas sobre composición química, edad, masa y evolución de los objetos cósmicos.
—¿Cómo es trabajar en algo que lleva muchos años hasta tener resultados?
—Para mí, personalmente, tenés que mantener la mente en el objetivo final, cueste lo que cueste y tarde lo que tarde. En el caso del Webb, el objetivo era primero lanzarlo y que todo funcionara bien. Y después, la ciencia, los resultados científicos. A día de hoy, la ciencia en general, y la astronomía en particular, no se pueden hacer de manera aislada. Requieren una comunidad y muchos equipos. Es un trabajo muy grande. Y una vez que llegás, querés mejorar. Se pueden mejorar las calibraciones. Nunca es perfecto: siempre podés hacer algo mejor, siempre podés hacer algo más.
La evolución del proyecto Webb, desde su concepción hasta su operación científica, refleja además un cambio clave en la forma de hacer grandes misiones espaciales: cooperación internacional, software y calibración continua, y una lógica de actualización permanente de los datos para extraer más información de cada observación.
—Para cerrar: ¿qué le dirías a un chico o una chica que sueña con trabajar en algo relacionado con el espacio y la astronomía?
—Les diría que estudien y que crean en sí mismos. La realidad es que para hacer este tipo de trabajo hace falta todo tipo de gente: ingenieros de sistemas, ingenieros ópticos, mecánicos, ingenieros de software, físicos, astrónomos. Hace falta de todo. Si querés hacer ciencia, física, astrofísica o cualquier tipo de ingeniería, la podés orientar hacia el espacio si te interesa. Y creo que para la gente joven hoy es fundamental mantener el espíritu crítico. Tenemos la inteligencia artificial en la punta de los dedos, con los teléfonos, y a veces es muy rápido conseguir respuestas o resolver problemas usándola. Creo que en el proceso de resolver problemas por uno mismo hay mucho aprendizaje. La inteligencia artificial es una herramienta impresionante que puede ayudar mucho, pero siempre hay que mantener el espíritu crítico, las ganas de aprender y estar dispuesto a contestar uno mismo las preguntas.
Ese consejo también resume un rasgo central de la ciencia actual: la tecnología acelera el trabajo, pero el avance real sigue dependiendo de la formación, el criterio y la capacidad de interpretar resultados con rigor. En ese marco, el James Webb se consolidó como una herramienta de descubrimiento y, al mismo tiempo, como un recordatorio de cuánto queda aún por entender del cosmos.





















