La presión de cumplirlo todo y el impacto en el sueño joven
La exigencia de rendir, estar disponibles y sostener múltiples mandatos está empujando a más jóvenes al estrés y al insomnio. Especialistas advierten que la sobreestimulación cotidiana ya se traduce en ansiedad, despertares nocturnos y automedicación.“No hice nada productivo hoy”, “tendría que haberme esforzado más”, “lo que gano no alcanza”: detrás de esas frases se esconde un fenómeno que crece con fuerza entre los jóvenes y que la salud mental viene advirtiendo hace años. La ansiedad, definida por la Organización Mundial de la Salud como una respuesta natural ante la amenaza, se vuelve un problema cuando deja de ser excepcional y empieza a gobernar el descanso, el ánimo y la vida cotidiana.
A los jóvenes de hoy se les exige que sean productivos, que estudien y trabajen, pero que lo hagan con pasión; que hagan actividad física, coman sano, duerman bien y cuiden su salud, pero a la vez que no se centren solo en ellos, sino que piensen en los demás; que tengan vida social, que sean buenas personas, que ayuden en su casa, que aporten económicamente, pero que también sean independientes y cuiden su salud mental.
¿Se puede no vivir estresado con tantas presiones? Probablemente no, y es en ese momento que aparece la sensación de que “nunca alcanza”, la ansiedad y el estrés por cumplir con las expectativas de todos los “deberías”. Según la licenciada en Psicología Carolina Schaller, en la atención clínica se encuentra cada vez más con jóvenes que consultan por estrés, ataques de ansiedad y de pánico, y que se automedican para poder dormir. “Estos síntomas son coherentes con el mundo en el que nos toca vivir: un mundo en el que estamos sobrestimulados y, a la vez, sobreexigidos a cumplir cada vez con más mandatos”, explicó.
Esto coincide con lo relevado en un estudio publicado en marzo de este año por el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA), que destacó que, sobre un total de 2213 personas de todo el país, el 58,98 % de los participantes manifestó sufrir alteraciones del sueño. Según la investigación, el segmento más afectado es el de los jóvenes de entre 18 y 29 años; de todas maneras, se trata de una problemática transversal a toda la sociedad.
Especialistas en salud mental vienen señalando desde hace tiempo que el malestar subjetivo no responde solo a causas individuales, sino también a factores culturales y laborales: la idea de disponibilidad permanente, el culto a la productividad y la comparación constante en redes sociales han reforzado un clima de autoexigencia difícil de sostener. En ese marco, el descanso dejó de ser una pausa reparadora para convertirse, muchas veces, en otro espacio donde se acumulan culpas y pendientes.
Para los especialistas, el otro problema actual es la sobreestimulación a través de la tecnología. Vivir hiperconectados e hiperestimulados por pantallas, likes, redes sociales, cuerpos “perfectos”, opiniones ajenas y compras que “garantizan la felicidad y el bienestar” a un solo clic termina por fijar los mandatos por la necesidad constante de agradar y encajar: para pertenecer, tenés que hacer este trend, seguir determinada moda, tener determinado cuerpo, estar actualizado sobre los chimentos y la música que está en el top 50 de Argentina. Como la tecnología no tiene freno, el trabajo tampoco lo tiene: hay mails, WhatsApp, llamadas a toda hora y que se responden 24/7. No hay un corte real entre lo laboral y la vida personal; hay que estar siempre, en todo, y aun así no alcanza.
Durante el día, la maraña de estímulos funciona como distracción. Pero a la noche, cuando se apagan las pantallas y llega el silencio, aparece aquello que muchas personas intentan acallar para seguir siendo productivas y funcionales: sus pensamientos y sentimientos. “Todas las demandas y exigencias de afuera se vuelven la propia voz: ‘No hice nada productivo hoy’, ‘Tendría que haberme esforzado más’, ‘No le contesté a mi vieja, mirá si le pasa algo’, ‘Lo que gano no alcanza’, ‘Solo me quedan 3 horas por dormir y mañana tengo un día largo’”, describió Schaller. “Una cabeza sobreestimulada y sobreexigida es un cerebro que no descansa bien. Como consecuencia directa de este agotamiento, cada vez vemos a más jóvenes necesitando de fármacos para poder dormir, o despertándose varias veces durante la noche por un pensamiento recurrente”, añadió.
Cuando el insomnio se instala, el organismo entra en un circuito de alerta permanente. El propio estrés altera la conciliación del sueño y, a su vez, dormir mal incrementa la irritabilidad, la dificultad para concentrarse y la sensación de estar siempre al límite. Esa retroalimentación negativa explica por qué, en muchas consultas, el problema ya no es solo “no poder dormir”, sino vivir en un estado de activación sostenida que se prolonga durante el día.
Posibles estrategias antiestrés
Si bien cada persona es diferente y a cada una le funcionan distintas cosas, hay algunas herramientas para intentar frenar esta vorágine y cuidar la salud mental:
Aprender a escucharse: lo que “tenemos que hacer” no da el tiempo ni espacio para sentir; entonces muchas veces se tapa. Para poder identificar qué sentís y qué te está pasando en el momento —si una situación o un conjunto de ellas te está sobrepasando y por qué— es necesario poner el freno de mano cada tanto y darse el espacio para reflexionar.
Para eso, la psicóloga Carolina Schaller propone realizarse dos preguntas claves:
- ¿Cuál es el costo que estoy pagando por cumplir con esto? Si el precio es tu salud mental, el insomnio, la irritabilidad constante o no poder comer, estás pagando un precio muy alto. Lo que destruye tu salud, no lo vale.
- ¿Cuáles son tus límites? Pocas veces nos ponemos a pensar en eso, pero es necesario identificarlos para luego poder marcarlos afuera: “Los mails que entren después de las 18 los contesto mañana”, “Hoy no estoy pudiendo con esto porque dormí poco, pero mañana lo encaro de otra manera”, “Perdón, amiga, pero hoy no voy a ir a la juntada porque necesito un tiempo para mí”.
La especialista propone construir una red de contención real. “Poner límites también es aprender a apoyarse en otros y permitirnos pedir ayuda. ‘¿Me das una mano con esto?’, ‘¿Podés hacerlo vos que mi cabeza está en otra?’”, recomienda.
Cuando la carga es compartida, se hace menos pesada. Nadie puede con todo solo y pedir ayuda no te hace menos fuerte ni un vago: te hace humano. Es clave identificar con quiénes contamos y para qué: con una persona sabés que podés distraerte, a otra le pedís un consejo, a otra una ayuda práctica, y así sucesivamente.
Guía práctica para bajar el estrés y la ansiedad
- Hacer actividad física: un cerebro estresado y ansioso es un cerebro que preparó el cuerpo para luchar o huir, por lo que irse a dormir la siesta con toda esa adrenalina adentro no es la mejor opción. Lo más saludable es descargarla haciendo la actividad física que te guste.
- Bajarle el volumen a los pensamientos: si sentís que la cabeza empieza a dar mil vueltas y no tiene freno, ayuda mucho externalizar el problema poniéndolo en palabras, hablando con alguien o escribiéndolo en un papel. El cerebro se calma cuando entiende que te vas a ocupar del asunto, pero no necesariamente ya. En el momento en que estás por dormir, por ejemplo, no hay que pensar: hay que descansar. Si lo escribís para mañana, tu cerebro sabe que el problema se va a resolver.
- Diseñar tus propios rituales de sueño: cada uno tiene que encontrar qué le ayuda a desconectar un rato antes de acostarse: dejar las pantallas, mirar una serie de comedia, meditar, rezar, usar técnicas de respiración o abrazar fuerte a tu mascota o a tu pareja. Lo importante es reducir lo que te mantiene alerta antes de ir a la cama.
Análisis y proyecciones
La expansión de la ansiedad y del insomnio entre jóvenes suele leerse como parte de un cambio más amplio en la experiencia social contemporánea: menos fronteras entre estudio, trabajo y ocio, más exposición a estímulos y una noción de éxito asociada a la eficiencia permanente. Si esta tendencia se sostiene, es esperable que aumente la demanda de atención psicológica, la consulta por trastornos del sueño y la necesidad de políticas de prevención en escuelas, universidades y espacios laborales.
En paralelo, la conversación pública sobre salud mental ha ganado visibilidad en los últimos años, con menos tabú para hablar de terapia, ansiedad o límites personales. Ese cambio cultural puede ser una oportunidad para que más personas pidan ayuda antes de llegar al agotamiento. Sin embargo, los especialistas advierten que mientras persistan los mandatos de hiperproductividad y conexión constante, el alivio individual será parcial si no se acompaña con cambios en los hábitos, en la organización del trabajo y en la relación cotidiana con la tecnología.
Evolución reciente del problema
Hace algunos años, hablar de ansiedad, pánico o insomnio todavía estaba rodeado de mayor silencio y se tendía a naturalizar el cansancio como parte inevitable de “ser responsable”. Con el tiempo, especialmente entre las generaciones más jóvenes, comenzó a instalarse una mirada distinta: se reconoce con más claridad que el agotamiento no siempre es signo de esfuerzo, sino muchas veces de saturación. También cambió el lugar de las redes sociales y del celular, que pasaron de ser herramientas de comunicación a espacios donde se mezclan trabajo, comparación, ocio y presión estética.
En ese recorrido, la postura de muchos jóvenes también se transformó. Hoy aparecen con más fuerza los límites, el deseo de frenar, de no responder todo de inmediato y de priorizar el descanso. Aun así, la exigencia de rendir sigue presente y el desafío, según los especialistas, es convertir esa toma de conciencia en prácticas concretas y sostenidas que permitan bajar el nivel de alerta sin aislarse ni resignar vínculos.





















