Jóvenes y emancipación: por qué vivir solos es cada vez más difícil
Dos estudios recientes muestran que millones de jóvenes argentinos postergan su salida del hogar familiar por una combinación de ingresos insuficientes, alquileres altos y un mercado de vivienda cada vez más exigente. El fenómeno ya no se explica solo por elección: también refleja restricciones económicas y familiares cada vez más profundas.“Irse de casa” dejó de ser, para muchos jóvenes, una transición natural hacia la adultez y pasó a convertirse en una ecuación de supervivencia económica. Como ocurre en gran parte del mundo desde hace décadas, pero con rasgos propios en la Argentina, la independencia residencial hoy depende menos del deseo que de la posibilidad concreta de sostener un hogar propio mes a mes.
Martín tiene 28 años, un trabajo registrado en un comercio mayorista y una habitación en la casa de sus padres que todavía conserva restos de la adolescencia. Todos los meses repite el mismo cálculo: cuánto le queda del sueldo después de los gastos fijos, cuánto necesitaría para alquilar algo cerca del trabajo y cuánto de eso podría sostener sin resignar el resto de sus necesidades. La cuenta, casi siempre, no cierra del todo, y la decisión se posterga un mes más.
Esa escena se repite, con matices, en 2,5 millones de hogares argentinos. Según el primer informe del Observatorio Federal de Acceso a la Vivienda Argentina (OFAVA), publicado este mes, se trata del 37% de los jóvenes de entre 25 y 35 años que no lograron emanciparse. El déficit habitacional entre los hogares encabezados por jóvenes de esa franja llega al 52%, muy por encima del promedio nacional del 40%, y casi la mitad de los no emancipados —1,2 millones de personas— convive además en hogares con algún tipo de carencia. El propio organismo estima que, si esa demanda se activara, harían falta como mínimo 500.000 viviendas nuevas para absorberla.
Un relevamiento del Centro de Investigaciones Sociales de la UADE, difundido en julio, suma otra capa de análisis al mismo problema: el 44% de los jóvenes vive hoy con su madre o su padre, y la canasta de emancipación —el conjunto mínimo de gastos necesarios para vivir de manera independiente— asciende a $1.321.651 mensuales, un 47% por encima del salario promedio joven. La edad mediana de emancipación en el país es de 28,1 años.
El mismo estudio detectó, además, que el 15% de los encuestados volvió a vivir con sus padres después de haber vivido de manera independiente, principalmente por haber regresado del exterior (36%), una separación o divorcio (17%) o el aumento de los costos habitacionales (14%).
“La salida de la casa familiar estuvo durante mucho tiempo asociada, casi naturalmente, al ingreso a la adultez. Hoy, para muchos jóvenes, ese paso se convirtió en una verdadera proeza económica”, resume Juana Jurado, investigadora en Psicología de la UADE y una de las autoras del estudio.
Sostenibilidad, no solo posibilidad
Matías Araujo, investigador de la Fundación Tejido Urbano, propone incluso matizar la etiqueta que suele usarse para describir este fenómeno. “Yo sería cuidadoso con el concepto de generación boomerang. Como imagen funciona, pero puede llevarnos a pensar que estamos frente a una característica particular de los jóvenes actuales”, explica. En sentido estricto, el boomerang sería quien logró irse del hogar familiar y luego volvió, mientras que lo que la fundación observa es algo más amplio: jóvenes de entre 25 y 35 años que siguen viviendo con sus padres o abuelos, independientemente de si alguna vez se emanciparon. En su propia medición, correspondiente al primer trimestre de 2026, casi 1,95 millones de jóvenes de esa franja etaria no estaban emancipados, el 39,7% del total, una persistencia que Araujo prefiere leer como estructural antes que generacional.
De allí surge una distinción que atraviesa todo su trabajo: una cosa es que una decisión residencial sea posible y otra que sea sostenible. “La pregunta tradicional sobre vivienda suele ser cuánto representa un alquiler sobre el ingreso. Nosotros quisimos ir un paso más allá: después de pagar ese alquiler, ¿qué capacidad económica le queda a esa persona para alimentarse, transportarse, estudiar, ahorrar o enfrentar una contingencia?”, plantea. El hallazgo más significativo de ese ejercicio es que el indicador de sostenibilidad se adelanta al comportamiento de la emancipación: en el tercer trimestre de 2024, la proporción de jóvenes cuya decisión residencial podía considerarse sostenible cayó a 36,8%, el valor más bajo de la serie, y recién en el trimestre siguiente la no emancipación alcanzó su máximo. “Antes de que una persona efectivamente deje de emanciparse, primero se deterioran las condiciones económicas que hacen sostenible esa decisión”, sintetiza.
Esa geografía económica no es uniforme. Mientras en el NOA el 53,7% de los jóvenes no está emancipado y en Tucumán la proporción llega al 48,5%, en la región Pampeana baja al 32% y en Patagonia al 30%; CABA se ubica en 26,2%. La brecha se explica, en parte, por el mercado laboral: entre los jóvenes emancipados la tasa de actividad llega al 83% y la desocupación es del 4,2%, mientras que entre los no emancipados la actividad baja al 77% y la desocupación trepa al 13,9%. También se explica por el ingreso: un joven emancipado percibe en promedio unos $1.033.000 mensuales, frente a alrededor de $586.000 entre los no emancipados.
Para Araujo, el mecanismo que permite absorber esa diferencia es el que la fundación resume como “comerse las joyas de la abuela”: no solo la venta de una propiedad heredada, sino también todos los recursos acumulados por generaciones anteriores —una habitación disponible, ahorros, garantías, cuidados— que compensan lo que el ingreso corriente ya no alcanza a resolver. “La familia termina funcionando como una especie de seguro frente a la inestabilidad del trabajo, del crédito y de la vivienda”, señala. Y advierte sobre el riesgo de confundir esa capacidad de amortiguación con un sistema que funciona: “El joven no aparece como pobre porque vive en un hogar que lo sostiene; tampoco aparece como demanda habitacional porque todavía no puede convertirse en demanda efectiva. La necesidad existe, pero permanece contenida dentro del hogar familiar”.
Esa lectura, agrega, suele enfocarse solo en una parte del problema: si el joven puede o no sostener el costo de irse. Pero los hogares no funcionan como individuos aislados, sino como unidades económicas y redes de cuidado. “En muchos hogares, que un joven siga viviendo con sus padres no significa solamente que ese joven depende de la familia. A veces la familia también depende de él”, explica, ya sea por su aporte al presupuesto o por tareas como cuidar hermanos menores o adultos mayores. De allí surge una pregunta clave: no solo si ese joven puede sostener económicamente irse, sino si el hogar que deja puede sostener que se vaya, porque una emancipación puede terminar produciendo dos hogares vulnerables donde antes había uno relativamente sostenible.
Araujo extiende ese diagnóstico hacia el circuito del financiamiento, donde identifica a lo que llama “los exiliados del crédito”: familias que podrían pagar una cuota y aun así no acceden a un préstamo, porque el sistema termina seleccionando una determinada biografía económica antes que la capacidad de pago real. Es una discusión que excede esta nota y remite a un problema más amplio: cómo se financia y cómo se construye la vivienda en la Argentina.
El capital simbólico de quedarse
Consultada sobre por qué, más allá de lo económico, algunos jóvenes parecen elegir permanecer en la casa familiar, Jurado matiza la lectura basada exclusivamente en la comodidad. “El deseo de independizarse sigue presente para esta generación. De hecho, nuestro estudio muestra que el 58% de quienes viven con sus padres manifestó su intención de mudarse. Sin embargo, concretarlo depende cada vez menos de animarse y cada vez más de que el sueldo alcance”, señala. El resto se reparte entre un 21% que manifiesta dudas sobre mudarse y otro 21% que directamente no lo planea, y dentro de las barreras declaradas, solo un 15% dijo específicamente que no quería resignar su nivel de vida.
Lo que sí describe Jurado es un desplazamiento: cuando el proyecto de irse a vivir solo queda fuera de alcance, los recursos empiezan a destinarse a otras dimensiones de la vida sobre las que todavía es posible decidir. Formación, tecnología, salidas, viajes, vida social o determinadas experiencias. No necesariamente porque los jóvenes las prefieran a independizarse, sino porque son proyectos alcanzables dentro de un escenario en el que sostener una vivienda todos los meses puede no serlo. Esos consumos funcionan, entonces, como formas parciales de autonomía: cuando la autonomía residencial no puede concretarse, la necesidad de independencia no desaparece; se desplaza hacia otros ámbitos de la vida. El resultado es una adultez con nuevos tiempos y nuevas formas, en la que se puede ser plenamente adulto en muchos aspectos y seguir dependiendo del hogar familiar en lo habitacional, sin que eso implique automáticamente inmadurez.
Esa ambivalencia también aparece en el plano emocional. El estudio de la UADE registró que un 54% de quienes viven con sus padres identifica aspectos positivos en esa convivencia —tranquilidad, ahorro, menor estrés cotidiano—, mientras que un 14% señala frustración por no independizarse y un 13% percibe estancamiento.
“A simple vista parece una contradicción, pero ambas experiencias conviven. Un joven puede valorar la tranquilidad, la contención o el ahorro que encuentra en el hogar familiar y, al mismo tiempo, experimentar frustración porque su realidad económica posterga un proyecto de independencia que desea concretar”, explica Jurado. Cuando la convivencia funciona, agrega, el costo emocional de quedarse es menor y la salida deja de vivirse como una urgencia, a diferencia de lo que ocurría bajo modelos familiares más rígidos. “La emancipación sigue siendo un horizonte, pero dejó de responder a una edad o a un recorrido preestablecido. Hoy se construye a partir de una combinación mucho más compleja de ingresos, dinámica familiar, expectativas personales y capacidad real de sostener un hogar propio”, concluye.
Análisis y proyecciones
El cuadro que describen estos estudios muestra un cambio de fondo en el vínculo entre juventud, trabajo y vivienda. Durante años, la salida del hogar familiar fue leída como una etapa casi lineal de la vida adulta; hoy, en cambio, depende de variables más volátiles: salarios, alquileres, crédito, redes familiares y costos de reproducción cotidiana. Si la brecha entre ingreso y costo de vida persiste, lo más probable es que aumente la permanencia en hogares multigeneracionales, con efectos sobre la formación de nuevas familias, la demanda real de vivienda y la movilidad social. Al mismo tiempo, la centralidad de la familia como “amortiguador” podría profundizar desigualdades: quienes cuentan con apoyo patrimonial o una red doméstica sólida tendrán más chances de emanciparse, mientras que quienes no dispongan de ese respaldo quedarán más expuestos a la postergación.
En esa línea, la evolución del problema en los últimos años sugiere que no se trata solo de una cuestión cultural. Las generaciones jóvenes siguen deseando independencia, pero hoy ponderan más la sostenibilidad que la mera posibilidad de mudarse. La pandemia reforzó en muchos países la convivencia intergeneracional y, en la Argentina, la inflación, la volatilidad laboral y el encarecimiento del alquiler empujaron aún más esa tendencia. Por eso, si no cambian las condiciones estructurales del mercado de trabajo y de vivienda, la emancipación probablemente siga siendo un objetivo aspiracional para muchos jóvenes y no un punto de llegada previsible.





















