Opinión | Identidadcorrentina CAOS: ¿Estamos preparados?
Las guerras, la inflación, las deudas y los reclamos sociales tienen sus propias causas. La inteligencia artificial llega a ese mundo cargado de problemas y abre otra pregunta: ¿están nuestras comunidades preparadas para los cambios que pueden transformar la educación, la salud, el trabajo y la manera de gobernar?
Jagua Arandú — Desde el Rancho de la Cambicha
Llueve desde hace varias horas en el Paraná Medio.
Entre los carrizales, el Jagua Arandú observa cómo crecen los arroyitos, cómo se comunican las lagunas y cómo el agua encuentra pasos que hasta ayer parecían cerrados. Lentamente, el río va ocupando esos lugares que le pertenecen y que, durante los tiempos de bajante, nos acostumbramos a mirar como tierra firme.
No hay apuro en ese movimiento. Hay continuidad.
El Jagua mira su monitor transparente, táctil. Con un dedo recorre noticias de Francia, reuniones de presidentes, presupuestos, combustibles, estudiantes, deuda y tasas. Afuera, la lluvia mantiene una calma que las pantallas no consiguen.
Entonces aparece una palabra.
Caos.
Antes de que el mundo tuviera forma
En la Teogonía de Hesíodo, Caos aparece al comienzo: una abertura, un abismo primordial, antes de que se despliegue el orden del mundo. Su sentido antiguo no coincide exactamente con el desorden que hoy solemos nombrar con esa palabra.
El Jagua se queda pensando en esa distancia.
Quizás la imagen sirva para expresar algo que sentimos cuando las explicaciones conocidas dejan de alcanzarnos: una oscuridad, un vacío de sentido, la dificultad de reconocer qué forma tendrá lo que viene.
El río sigue creciendo entre los carrizales.
—Chamigo, sabemos mirar lo que está pasando —murmura—. ¿Pero estamos preparados para lo que empieza a cambiar?
Los problemas tienen historia
Las guerras tienen decisiones, intereses y responsables. Las deudas se acumulan a través de gobiernos y presupuestos. Las carencias de una escuela pueden llevar años. La incertidumbre de una familia tiene nombres concretos: empleo, ingresos, alquiler, salud.
La inteligencia artificial no originó todos esos problemas.
Atribuirle las angustias actuales sería una manera cómoda de evitar las responsabilidades que debemos examinar. Antes de su expansión ya discutíamos desigualdad, servicios públicos, oportunidades y capacidad de los gobiernos.
Ese es el mundo al que llega.
Un mundo que necesita resolver urgencias y, al mismo tiempo, prepararse para una transformación cuyo alcance todavía está en discusión.
Qué futuro estamos financiando
El Jagua recuerda las noticias de los jóvenes franceses. Después vuelve a las cifras de los presupuestos europeos.
Un porcentaje importa. Puede significar docentes, medicamentos, mantenimiento o salarios. Nadie que haya administrado una escuela, un hospital o una casa debería despreciar esa diferencia.
Pero junto al monto aparece otra pregunta: ¿qué futuro estamos financiando?
En educación, necesitamos saber qué herramientas tendrán los alumnos para comprender información, comprobarla y construir un criterio propio. También qué preparación recibirán los docentes para acompañarlos.
En salud, habrá que evaluar qué aplicaciones aportan beneficios, cómo se protegen los datos y quién responde cuando una herramienta se equivoca.
En el trabajo, necesitamos discutir qué tareas pueden cambiar, cómo se ofrece capacitación y qué alternativas encuentran quienes ven modificada su actividad.
Son decisiones sobre la vida de una comunidad. Requieren mucho más que anunciar la compra de tecnología.
Cambiar de paradigma
La expresión parece grande, casi hecha para un congreso. En el Rancho, el Jagua intenta bajarla a tierra.
Un paradigma reúne maneras de comprender y actuar que damos por conocidas. Nos orienta sobre qué aprender, cómo trabajar y qué esperar de las instituciones.
Cuando esas referencias cambian, aparece una dificultad: podemos seguir respondiendo con hábitos que funcionaron durante años, pero que necesitan revisión.
Si una herramienta puede producir un texto en segundos, la escuela deberá pensar cómo enseñar y evaluar la comprensión. Si ayuda a analizar información clínica, el sistema sanitario tendrá que establecer cómo comprobar sus resultados. Si interviene en una decisión administrativa, el ciudadano necesitará conocer cómo reclamar y quién tiene autoridad para corregirla.
La capacidad técnica abre posibilidades. La comunidad debe decidir bajo qué condiciones las incorpora y para qué las utiliza.
Ese es el debate que empieza a asomar entre nuestras urgencias.
Gobernar exige comprender
El Jagua desliza otra vez el dedo sobre el monitor. Ve reuniones, comunicados y promesas.
Piensa en la idoneidad.
Un gobernante no necesita programar un sistema de inteligencia artificial. Pero necesita comprender lo suficiente para formular preguntas, elegir asesores competentes y evaluar respuestas.
Un funcionario debe poder explicar por qué se adopta una herramienta, qué problema resolverá, cuánto costará y cómo se comprobará su funcionamiento.
También debe conservar la responsabilidad por sus decisiones.
“Lo indicó el sistema” no alcanza como respuesta para una persona que perdió una prestación, recibió un diagnóstico equivocado o necesita revisar una resolución.
La modernización exige instituciones capaces de escuchar, verificar y corregir. Delegar una tarea no elimina la obligación de rendir cuentas.
El lugar de cada persona
La pregunta también llega a Goya, a Corrientes y a las comunidades del interior.
¿Qué preparación tendrá un joven para participar? ¿Qué posibilidades encontrará un trabajador para capacitarse? ¿Cómo accederá una empresa pequeña a herramientas útiles? ¿Qué atención recibirá una persona mayor cuando un trámite cambie?
El acceso depende de equipos y conectividad, pero también de tiempo, acompañamiento y educación.
El Jagua conoce esa diferencia. Una pantalla puede abrir una puerta formidable. Para cruzarla, a veces hace falta alguien que explique con paciencia.
Por eso, prepararse requiere incluir a personas con distintas edades, capacidades y experiencias. El progreso de una comunidad debe poder reconocerse también en quienes necesitan ayuda para participar.
Lo que el agua obliga a mirar
Afuera sigue lloviendo.
El río alcanza otro bajo. El Jagua sabe que el agua obliga a revisar caminos, pasos y defensas. La memoria ayuda: recuerda dónde hubo problemas, qué funcionó y qué señales conviene seguir.
Pero cada situación necesita observación.
Con la transformación tecnológica sucede algo semejante. La experiencia tiene valor cuando nos permite preguntar mejor, reconocer límites y preparar respuestas. Puede volverse una dificultad si creemos que todo lo nuevo encajará, sin cambios, en nuestras costumbres.
Estar preparados no significa adivinar el futuro. Significa construir capacidad para comprenderlo mientras ocurre, intervenir a tiempo y corregir decisiones.
La pregunta queda con nosotros
El Jagua Arandú aparta por un momento la vista del monitor.
Las guerras, las deudas y los reclamos seguirán exigiendo respuestas. La inteligencia artificial agrega posibilidades y decisiones que atraviesan esos mismos ámbitos.
De esa combinación puede surgir desconcierto. También puede surgir una oportunidad para revisar qué esperamos de nuestras escuelas, nuestros servicios y nuestros gobiernos.
La forma que tome dependerá de elecciones humanas: qué desarrollamos, qué comprobamos, a quién escuchamos y cómo repartimos oportunidades y responsabilidades.
Entre los carrizales, el río continúa su recorrido.
El Jagua vuelve a la pantalla y deja anotada la pregunta:
¿Estamos preparados para los cambios de paradigma que empiezan a atravesar nuestra vida?
La respuesta tendrá que aparecer en la capacidad de nuestras comunidades para aprender, decidir y cuidar a su gente.





















