La “bazooka” de Milei y Caputo bajo la lupa del mercado

El Gobierno volvió a exhibir cifras multimillonarias para reforzar la confianza financiera, pero el mercado sigue enfocándose en lo que realmente cuenta: dólares líquidos, reservas y capacidad de pago. La desconfianza se refleja en los bonos, el riesgo país y la lectura crítica sobre la lluvia de anuncios en París.

Hay una frase clásica de John Maynard Keynes que sigue vigente cada vez que los mercados ponen a prueba a un gobierno: “el mercado puede permanecer irracional más tiempo del que vos podés permanecer solvente”. En la Argentina, esa máxima vuelve a aparecer detrás de la discusión por la supuesta “bazooka” de 75.000 millones de dólares que promete el presidente Javier Milei junto a Luis Caputo, y que por ahora no logra disipar la duda central: cuántos de esos dólares existen realmente y cuántos son apenas potencia contable.

La desconfianza volvió a quedar expuesta este viernes. Los bonos soberanos profundizaron la caída y el riesgo país trepó otros 14 puntos hasta los 655 puntos básicos, el nivel más alto de 2026. Mientras el Gobierno intenta seducir a los mercados con la gira de ministros por los barrios exclusivos de París, los acreedores —mucho menos impresionados por la puesta en escena oficial— prefieren mirar la evolución de las reservas que deberán enfrentar los pesados vencimientos de 2027.

El contraste no es nuevo. En julio, Caputo anunció con énfasis el “programa financiero” hasta el final del mandato de Milei. Fue la respuesta oficial a la pregunta que obsesiona al mercado: de dónde saldrán los dólares para pagar la deuda. Pero la presentación tuvo mucho de voluntarismo para una deuda que, según el Palacio de Hacienda, el año que viene escalará a 24.900 millones de dólares. Caputo armó un esquema que calzaba casi justo con ese monto y sostuvo que salir al mercado internacional era una opción, no un objetivo.

Tres meses después apareció otra contabilidad. Milei primero aseguró que el año que viene el Gobierno contará con 70.000 millones de dólares y luego, en París, elevó la cifra a 75.000 millones. La referencia remite a otras exageraciones políticas que terminaron instalándose más como síntoma de debilidad discursiva que como señal de fortaleza. Cuando los números no alcanzan, la hipérbole suele ocupar el lugar de la certidumbre.

Caputo intentó explicar que el poder de fuego de la llamada bazooka se construye con unos 20.000 millones de dólares que el Banco Central proyecta comprar durante 2026, otros 20.000 millones del swap con China, una línea acordada con Estados Unidos por otros 20.000 millones y capacidad para intervenir por unos 15.000 millones en futuros. La cifra impresiona, pero el problema es que se trata de cuentas en el aire: reservas que aún hay que comprar, líneas contingentes que deben activarse y capacidad potencial de intervención que no equivale a dólares disponibles.

Los inversores entienden perfectamente la diferencia entre dólares líquidos en el Banco Central y el dibujo financiero que presenta Caputo. Nadie que tenga un bono argentino confunde una línea de swap con reservas de libre disponibilidad.

En primer lugar, el swap con el Tesoro de Estados Unidos merece una precisión. Los estados contables 2025 del BCRA consignan el acuerdo por hasta 20.000 millones de dólares como un hecho relevante y aclaran que las operaciones realizadas durante 2025 fueron canceladas antes del cierre del ejercicio. Es decir, la línea existe, pero eso no equivale a tener otros 20.000 millones de reservas líquidas incorporados al activo y disponibles para gastar.

Con China ocurre algo parecido. El swap fue renovado en agosto por cinco años y alcanza los 130.000 millones de yuanes, unos 19.200 millones de dólares. Sin embargo, el tramo activado es de 35.000 millones de yuanes, cerca de 5.000 millones de dólares. Por lo tanto, la mayor parte de los casi 20.000 millones que Caputo suma a su cálculo no constituye hoy un monto de libre disponibilidad automática. Para acceder al resto habría que acordar una nueva activación con el Banco Popular de China. No se trata de apretar un botón en Reconquista 266: exige negociación con Beijing, trámites entre bancos centrales y una relación diplomática que facilite el visto bueno chino, justo cuando Karina Milei volvió a suspender su visita a Shangai, prevista para la feria internacional de noviembre.

Hay, además, una incomodidad adicional. El tramo por unos 5.000 millones activado originalmente en 2023 continúa como pasivo dentro del acuerdo. Presentar los 20.000 millones completos como poder de fuego implica asumir no sólo que China sostendrá el esquema, sino también que, llegado el caso, aceptará ampliar el monto utilizable.

La tercera pata es el mercado local. En julio, cuando presentó el programa financiero, Economía calculó que conseguiría 6.000 millones de dólares mediante colocaciones domésticas. Era una pieza importante de la estrategia para evitar volver a Wall Street. Pero esa vía también mostró sus límites: el Tesoro dejó de colocar el Bonar 2029, el bono en dólares con el que venía intentando conseguir divisas para afrontar futuros vencimientos. En las últimas tres licitaciones directamente evitó ofrecerlo porque el deterioro de los bonos y la suba del riesgo país obligaban a convalidar tasas demasiado altas.

El punto débil de Caputo, entonces, es evidente: deberá conseguir 11.000 millones de dólares en el mercado local en pleno año electoral, una tarea que luce cada vez más exigente para un gobierno que busca estabilidad cambiaria y, al mismo tiempo, necesita evitar que el costo financiero se dispare.

También hay una licencia poética en los 20.000 millones que Caputo proyecta comprar durante el año. Hasta el 30 de septiembre, el Central había adquirido 14.568 millones de dólares en el mercado. Abril fue el mes más fuerte, con 2.769 millones; julio aportó otros 2.162 millones. Después, la máquina perdió velocidad: agosto dejó 768 millones y septiembre apenas 473 millones, el menor registro mensual del año.

Pero comprar dólares no es lo mismo que acumular reservas. El BCRA había terminado 2025 con 41.095 millones de dólares brutos y cerró septiembre en 46.090 millones. El stock aumentó entonces 4.995 millones, pese a que durante esos nueve meses compró 14.568 millones en el mercado. En el medio están los pagos de deuda, las importaciones, las compras de particulares, los giros de dividendos y otros usos de divisas que erosionan el saldo final.

A eso se suma el mercado de futuros. El interés abierto acumulado en las distintas posiciones de dólar en A3 se acerca, según estimaciones del mercado, a los 14.000 millones de dólares. Y esa cuenta ni siquiera incorpora los vencimientos en moneda extranjera con organismos internacionales, Bopreales, Bonares y Globales. Sólo estos últimos compromisos vuelven a poner sobre la mesa pagos importantes de cupón y capital en las ventanas de enero y julio.

La historia reciente ayuda a entender por qué el mercado desconfía. Desde 2018, la Argentina quedó atrapada en una secuencia de reestructuraciones, saltos del tipo de cambio, controles y renegociaciones que deterioraron la credibilidad de cualquier promesa de “poder de fuego” rápido. En ese contexto, las reservas dejan de ser una abstracción y pasan a ser el principal termómetro de capacidad de pago.

“¿Es una bazooka o una 9 milímetros comprada en la 1-11-14?”, ironizó ante LPO un operador financiero. La misma fuente agregó otro riesgo que observa el mercado regional: una modificación fuerte de las expectativas políticas en Brasil podría mover hacia ese país parte de los flujos de hedge funds que hoy están posicionados en activos argentinos. Bajo ese escenario, ejercicios privados sobre la canasta EMBI ubican la prima de riesgo argentina en la zona de los 800 puntos básicos hacia diciembre. Es una simulación, no un pronóstico, pero ayuda a entender la desconfianza pese a los anuncios entusiastas en la Ciudad Luz.

De fondo, la cifra de 75.000 millones produjo un efecto inesperado: al ponerle número al supuesto poder de fuego, Milei y Caputo también le pusieron número al tamaño de la dolarización frente a la que creen necesario estar preparados. Mostrar la dimensión del escudo dejó entrever la dimensión del ataque que imaginan.

Algo parecido ocurre con la lluvia de inversiones presentada en París. Buena parte de los anuncios corresponde a planes de compañías que llevan décadas operando en la Argentina y cuyos proyectos requieren años de planificación. TotalEnergies, por caso, opera en el país desde hace casi medio siglo y su propio responsable local explicó que los más de 10.000 millones de dólares anunciados forman parte de proyectos ya en curso. Recauchutar anuncios para engalanar giras sin resultados relevantes ya es una costumbre conocida en la política económica argentina.

El caso de Pan American Energy sigue la misma lógica. Los 1.200 millones de dólares anunciados para Cerro Dragón están destinados a extender la producción de un yacimiento que la compañía opera desde hace años. No se trata, por lo tanto, de capitales extranjeros que descubrieron la Argentina durante la gira europea, sino de jugadores históricos del negocio energético que suman nuevos desembolsos a planes de inversión de largo plazo. París funcionó como escenario para anunciar proyectos al RIGI, no como lugar de nacimiento.

La necesidad de forzar esos anuncios tiene una explicación concreta. La formación bruta de capital fijo cayó 11,6% interanual durante el primer trimestre y acumuló cuatro trimestres consecutivos de retroceso en la serie desestacionalizada, según el Indec. Orlando Ferreres calculó además que la inversión volvió a caer 5,4% interanual en agosto y acumuló diez meses seguidos en rojo. Y el flujo de inversión extranjera directa bajó de 11.644 millones de dólares en 2024 a 3.134 millones en 2025, una contracción superior al 70%.

Análisis y proyecciones: el problema central no es sólo de narrativa, sino de credibilidad y composición de activos. En economía financiera, un swap, una línea contingente y un stock de reservas brutas no tienen el mismo valor operativo que dólares de libre disponibilidad. Si el mercado sigue percibiendo que la capacidad de pago depende de supuestos difíciles de ejecutar, la presión sobre los bonos y el riesgo país puede persistir, aun con anuncios grandes. En ese escenario, el Gobierno necesitaría sostener superávit fiscal, mantener cierto control cambiario y acelerar la acumulación genuina de divisas para evitar que la discusión se traslade nuevamente a una crisis de rollover.

La evolución del tema en los últimos años muestra un cambio claro en la postura de los actores. Durante la etapa de mayor fragilidad macroeconómica, los mercados toleraban parte del discurso oficial a la espera de un plan consistente; hoy, en cambio, exigen evidencias verificables. El Gobierno, por su parte, pasó de prometer una corrección rápida a exhibir cifras cada vez más abultadas para sostener expectativas. Y los inversores, más escépticos, ya no reaccionan ante los anuncios de grandes números, sino ante la liquidez real, el calendario de vencimientos y la capacidad concreta de intervenir en el mercado.

París aportó, además, una ironía adicional: Argentina eligió salir a buscar capitales en un país cuya deuda pública ronda el 119% del PBI, con Emmanuel Macron de salida y protestas en las calles contra un ajuste de unos 54.000 millones de euros para intentar bajar su déficit a un todavía elevado 5% del PBI. “El enfermo de Europa”, lo bautizó The Telegraph.

En ese marco, la foto francesa deja una conclusión más amplia. El Gobierno intenta vender fortaleza con números grandes, pero el mercado sigue preguntando lo mismo: cuánto de todo eso es efectivamente gastable, cuántos dólares están disponibles hoy y cuánta capacidad real existe para atravesar 2027 sin sobresaltos.