Competitividad: la Argentina mejora, pero sigue lejos de sus rivales

La competitividad volvió al centro del debate en el 62° Coloquio de IDEA, con una consigna clara: la Argentina mejoró, pero todavía arrastra una brecha profunda frente a países que lograron sostener décadas de crecimiento. La estabilización macroeconómica aparece como piso, aunque no alcanza para resolver los problemas estructurales.

En economía, pocas frases resumen tanto una era como aquella atribuida a Paul Volcker: “La inflación es como la resaca; cuando se va, uno recuerda cuánto costó”. En el 62° Coloquio de IDEA, realizado en Mar del Plata, ese recuerdo volvió a aparecer al hablar de competitividad: la Argentina mejoró, pero todavía no logra cerrar la distancia con los países que mantuvieron estabilidad y reglas previsibles durante décadas.

Esteban Domecq, presidente de Invecq Consultora Económica y docente de la Ucema, fue el encargado de ponerle números al diagnóstico. Según explicó, el país comenzó a mostrar avances en competitividad, aunque todavía conserva una brecha significativa frente a economías como Australia, Chile y Brasil.

El principal lastre, sostuvo, fue la inestabilidad. En los últimos 45 años, Australia acumuló un crecimiento de 272% y Chile de 444%, mientras que la Argentina avanzó 106% y atravesó 20 años recesivos. Esa diferencia también se refleja en la inversión: Australia y Chile destinan cerca del 24% del PBI, mientras que la Argentina se mueve en niveles cercanos al 15%.

Para dimensionar el atraso, agregó otro dato: la Argentina exporta unos US$2000 anuales por persona, mientras que Chile llega a US$6000.

“La inversión argentina creció muy poco, el país no invierte casi nada: consume mucho y ahorra poco, entonces invierte poco y el consumo, por lo tanto, también crece poco”, explicó Domecq. Y remarcó: “La inversión es la hormona que ayuda a acelerar un ciclo de crecimiento sostenido en el tiempo”.

También destacó que la Argentina avanzó del puesto 66 al 58 en dos años en el ranking de competitividad del IMD, empujada por la estabilización macroeconómica, la baja de la inflación y el equilibrio fiscal. Sin embargo, advirtió que el país sigue rezagado en variables estructurales: ocupa el puesto 65 sobre 70 en eficiencia gubernamental y el 66 en materia impositiva.

El economista sumó otros factores que frenan la competitividad: infraestructura deficiente, altos costos logísticos, dificultades de financiamiento, presión tributaria, informalidad y debilidades en capital humano. “La Argentina está dando pasos adelante en términos de competitividad, pero falta un larguísimo camino por recorrer”, resumió.

Sobre el rumbo, y a la luz de los números expuestos, fue categórico: “Es obvio que es continuidad; acá no hay vuelta atrás, no hay nada que ir a buscar al pasado”. Luego añadió que la estabilidad es apenas el punto de partida y que, a partir de allí, el país debe ordenar una nueva etapa de crecimiento vigoroso. Para eso, enumeró como prioridades la consolidación macroeconómica, la agenda impositiva, la infraestructura, el costo logístico, el costo financiero, el marco jurídico, las instituciones y el capital humano.

Desde una mirada más amplia, el debate en IDEA también reflejó una evolución conocida en la Argentina de la última década: primero se buscó estabilizar, luego ordenar precios y cuentas públicas, y recién después discutir cómo volver a crecer. Esa secuencia, común en economías que salen de crisis prolongadas, suele mostrar que la estabilidad no garantiza expansión, pero sí crea el piso sobre el cual pueden aparecer inversiones de largo plazo.

Casos concretos

Ese desafío de competitividad tiene expresiones distintas según el sector. Energía, minería, agro e industria mostraron en el Coloquio que la transformación ya está en marcha, aunque con obstáculos y oportunidades muy diferentes.

El primer caso es el sector energético. Para Ricardo Markous, CEO de Tecpetrol, “Vaca Muerta ya arrancó”. Y lo respaldó con cifras: hoy la energía aporta US$13.000 millones de superávit y hacia fin de año estará produciendo un millón de barriles, de los cuales el 70% será no convencional. La proyección es llegar a 1,5 millones de barriles al final de la década. Para ese entonces, además, el superávit energético treparía a entre US$30.000 y US$40.000 millones. Hoy se invierten unos US$13.000 millones y el próximo año la cifra subiría a US$20.000 millones.

“Vaca Muerta va a aportar los dólares como segundo motor de la economía”, aseguró Markous. Y añadió: “Hay una oportunidad geopolítica extraordinaria. Los US$100 por barril no se ven a futuro, sino que serán US$70 a fin de la década”.

La pregunta que sobrevuela entre empresarios y economistas es si ese desarrollo puede derramar hacia el resto de la economía. Markous respondió que sí, aunque con una condición central: acompañarlo con políticas y coordinación. “Es clave la articulación público-privada”, cerró.

La minería también atraviesa un momento favorable. María Eugenia Sampalione, directora ejecutiva de Newmont Argentina, señaló que el cambio macroeconómico fue determinante. “La estabilidad permite transformar la oportunidad en decisión de inversión. La Argentina puede ser proveedor estratégico del mundo, pero el país tiene que repensarse en 20 años”, afirmó.

Para la ejecutiva, la competitividad debe ir acompañada de previsibilidad, inversión en la cadena de valor, tecnología, diálogo público e instituciones sólidas. “La estabilidad es una condición para la inversión y la conversación público-privada es clave”, completó.

El agro estuvo representado por Salvador Muñoz, presidente de Hijos de Salvador Muñoz, una empresa salteña con 2000 empleados y más de 40 años de historia. Contó que comenzaron como productores de frutas y hortalizas, en un contexto atravesado por tres amenazas: la distancia a los puertos y centros de consumo, los mercados y el clima. La respuesta fue diversificar y agregar valor.

“Diversificar para tener más opciones; sumamos granos, legumbres, cereales y el negocio ganadero. Hoy no vendemos nada en estado natural, todo tiene valor agregado y le bajamos el flete a la materia prima”, resumió.

Sobre la clave de la competitividad, sostuvo que no todo depende del capital: “Los capitales podrán venir, las inversiones se van a hacer, pero es clave la gente, y eso no se compra”.

También dejó su lectura sobre el empresario argentino. “El empresario argentino no debería cambiar en nada. Tengo 64 años y trabajo desde el año 83. Pasaron más de 30 ministros de Economía y el empresario se adaptó a todo. El empresario argentino es brillante. Con estabilidad debería seguir haciendo lo que sabe hacer”, afirmó.

Un caso paradigmático fue el de Christian Otero, cofundador de Lucciano’s, la cadena de heladerías nacida en Mar del Plata y hoy presente en Estados Unidos, Italia y Marruecos, entre otros mercados. Relató que al inicio vieron una oportunidad en combinar calidad y experiencia, aunque casi abandonan el negocio en una etapa temprana. Luego dieron pasos sucesivos: primero Buenos Aires, que les dio escala; después la profesionalización de la compañía; y finalmente la expansión internacional.

“Fuimos a Estados Unidos, donde pagamos mucho derecho de piso; es un mercado complejo. Y en Europa arrancamos por Roma, la capital del helado, y si triunfábamos ahí, podía ser en cualquier lado. Hay que animarse a dar un paso más”, resumió.

También explicó que la salida al exterior fue un aprendizaje empresarial en sí mismo. “Nunca habíamos hecho una actividad industrial y fue un aprendizaje armar equipos, sobre todo en puestos clave de la empresa. Ir al exterior nos enseñó qué hacer y qué no hacer. Estados Unidos fue una gran escuela porque es un mercado difícil. Es clave adaptar los productos a cada mercado también”, señaló.

Sobre la Argentina, dejó una definición que condensó el clima de adaptación permanente de los negocios locales: “La Argentina es el Harvard para el emprendedor por las crisis y los cambios de reglas constantes”. Y completó: “Hay que animarse a competir. Hay muchos sectores que no están acostumbrados y para salir al mundo es clave competir e innovar”.

Por último, Rosana Cordero, CEO de Cordero, describió la experiencia de una pyme que compite globalmente para abastecer a la industria automotriz con piezas de alta complejidad. Recordó que en 2001 la empresa estuvo al borde de desaparecer y debió reconstruirse. Desde entonces, compite con Tailandia, China y otros jugadores internacionales.

“Toyota, como cliente, nos enseñó método, y Ternium, como proveedor, nos enseñó gestión. Éramos 40 personas y hoy somos 400. Crecimos en esa cadena de valor. La cadena de valor es protagonista del cambio”, explicó.

Y cerró con una idea que atraviesa buena parte del Coloquio: “Hay que animarse a confiar en el entramado. Dar el espacio para que en cada proyecto haya un grupo de pymes que acompañe, porque somos los que cambiamos la realidad. Pasar de pensar en competidores a colegas, porque no se llega solo”.

Análisis y proyecciones: el diagnóstico que dejó IDEA se alinea con una lectura bastante extendida entre economistas: cuando una economía sale de una crisis prolongada, la primera mejora suele venir por estabilización de precios, tipo de cambio y cuentas públicas, pero el salto de productividad requiere mucho más tiempo. En ese sentido, la Argentina podría entrar en una etapa de recuperación más visible si logra sostener reglas, financiamiento y capacidad exportadora. Sectores como energía y minería tienen potencial para aportar divisas y empleo indirecto, mientras que agro e industria pueden ampliar el derrame si mejora la logística, baja el costo del crédito y se profundiza la integración de proveedores locales. El riesgo, como muestran experiencias previas del país, es que la estabilización no se traduzca en inversión si reaparecen la incertidumbre política, la presión tributaria o la falta de infraestructura.

Evolución reciente del tema: en los últimos años, el debate sobre competitividad en la Argentina fue cambiando de eje. Durante etapas de alta inflación e inestabilidad cambiaria, la discusión se concentró en sobrevivir a la macro. Con la baja de la inflación y la búsqueda de equilibrio fiscal, la agenda empezó a desplazarse hacia temas más estructurales: productividad, reglas de juego, logística, presión impositiva y capital humano. También cambió la postura de los sectores privados: muchas empresas dejaron de pensar solo en resistir y comenzaron a planificar expansión, exportaciones y profesionalización, aunque todavía conviven oportunidades reales con una enorme fragilidad institucional.