El regreso de Borges, el diario de Bioy Casares que fue mito
La reedición de Borges, de Adolfo Bioy Casares, devuelve a librerías uno de los libros argentinos más célebres y buscados del siglo XXI. La nueva edición amplía, corrige y ordena un material que ya era de culto y que hoy reaparece como acontecimiento editorial.“Un diario tiene que ser indiscreto”, habría dicho Jorge Luis Borges en una de esas respuestas que parecen una poética entera. Esa frase, tan suya, ayuda a entender por qué Borges, de Adolfo Bioy Casares, volvió a convertirse en una noticia mayor: porque pocas veces un libro logra ser, al mismo tiempo, retrato íntimo, documento histórico y mito editorial.
Volvió a las librerías Borges, de Adolfo Bioy Casares, en una edición de dos tomos de tapa dura, dentro de una caja contenedora, con 2060 páginas, miles de notas al pie y una tirada de 6000 ejemplares. Para el mercado local, y teniendo en cuenta su precio de 189.900 pesos, se trata de una apuesta grande y optimista. Desde ayer comenzó a llegar a las librerías.
Publicado por primera vez en 2006, el libro nació del diario personal que Bioy inició en 1947 y se transformó rápidamente en un objeto de culto. Agotado y descatalogado, no volvió a editarse durante casi dos décadas. Su fama, además, creció con el paso del tiempo: los ejemplares sueltos llegaron a cotizarse muy alto y algunos alcanzaron valores de hasta un millón de pesos. En redes incluso se habló del llamado Índice Borges para medir variables económicas a partir de su precio de reventa.
Hubo muchos años sin noticias de una reedición, pese a los pedidos insistentes de lectores y especialistas. En ese lapso circularon rumores de censuras veladas y malestares. Solo apareció una versión abreviada en 2011, que pasó casi inadvertida al momento de publicarse, aunque con el tiempo fue siendo más apreciada. Tal vez, precisamente, porque la potencia del original reside en su exceso y no en un resumen, por más jugoso que fuera.
El Borges de Bioy, probablemente, sea uno de los mejores libros argentinos de este siglo. Hay quien lo definió como una paradoja: “Un libro publicado en el siglo XXI, escrito en el siglo XX y protagonizado por dos hombres que hablan de cosas del siglo XIX”.
El volumen surge de las anotaciones que Bioy Casares fue acumulando a lo largo de décadas. Daniel Martino, albacea literario de Bioy y responsable de trabajar sus papeles personales en los últimos años de vida del escritor, advirtió que la presencia de Borges en esos registros era tan fuerte que, al recortarla y ordenarla, podía construirse un retrato singular del autor de Ficciones. El resultado es un trabajo excepcional, tanto por la minuciosidad editorial como por la intuición de haber descubierto allí un libro mayor. Con esos diarios y apuntes, Bioy y Martino dieron forma a varios títulos.
- El primero fue Descanso de Caminantes, diario en sentido estricto, que no fue especialmente bien recibido al publicarse y que con los años se resignificó; en su momento, la lectura se detuvo sobre todo en algunas infidencias que muchos juzgaron de mal gusto. También pesaron sus lagunas: fragmentos sueltos, escenas aisladas y personajes apenas insinuados.
- El siguiente fue De Jardines Ajenos, un notable libro de lector, compuesto por citas y hallazgos que Bioy reunió a lo largo de su vida.
- El tercero apareció cinco años atrás y fue Wilcock, que reúne menciones de los papeles personales de Bioy Casares sobre Rodolfo J. Wilcock, el escritor argentino que emigró joven a Italia y que era gran amigo de Silvina Ocampo.
Esta nueva edición no solo recupera el libro: también lo amplía. Daniel Martino señala en el prólogo que cotejó el material con los manuscritos originales y que incorporó correcciones, entradas añadidas y nuevos textos. Algunos fragmentos habían quedado afuera de la primera versión por omisión involuntaria; otros, directamente, no parecieron oportunos en aquel momento.
No sorprende que varias de las entradas agregadas se refieran a María Kodama o, más precisamente, a la mirada que Bioy Casares y Silvina Ocampo tenían sobre ella y sobre su relación con Borges a lo largo de los años. Sin haber completado todavía una lectura exhaustiva de esta reedición, los más de 400 fragmentos agregados, corregidos o restituidos, según aclara el prólogo, no alteran puntos esenciales. Donde sí aparece mayor información es en el vínculo entre Borges y Kodama: allí el lector encuentra dudas sobre la relación, críticas a algunas actitudes de María y también el dolor o el despecho de Borges. A la vez, se vuelve más visible la presencia constante de Kodama durante, al menos, los últimos 15 años de vida del escritor y su peso en esa etapa final.
Bioy fue criticado durante años por indiscreto, por exhibir debilidades o accidentes domésticos de Borges, como orinar fuera del inodoro —algo comprensible por su ceguera— o el episodio de su desnudez inadvertida en una playa marplatense en 1964, que provocó un comentario pícaro de Silvina Ocampo sobre las dotes viriles de Borges. También hubo reproches por supuestas expresiones racistas y por sus posiciones políticas, sobre todo su antiperonismo. Para responder a esas objeciones, Martino aclara en la nueva introducción que, como toda obra basada en registros cotidianos, Borges refleja el lenguaje y los prejuicios de su época. Aun cuando varios pasajes puedan resultar ofensivos para el presente, se conservaron por su valor como testimonio histórico y biográfico de un contexto cultural y social distinto del actual.
La mejor defensa de esas supuestas indiscreciones, sin embargo, parece estar dentro del propio universo borgiano. Borges, según una anécdota muy citada, habría dicho a un joven escritor que le mostró sus diarios: “Nunca son indiscretos”. Y cuando el otro intentó tranquilizarlo, respondió con firmeza: “Un diario tiene que ser indiscreto”.
El nuevo volumen suma también un índice onomástico y temático, de 195 páginas, que facilita la búsqueda de personas y eventos. Además, incorpora tres anexos: uno sobre la historia del hallazgo del primer cuento que Borges y Bioy escribieron juntos; otro sobre la disposición en la mesa durante cada cena; y un tercero que reúne testimonios de decenas de invitados a esas veladas en la casa del matrimonio de Bioy y Silvina, con descripciones de la comida y del ambiente.
En Borges aparece el mejor Bioy: el lector definitivo de Borges. Pero no lee solo textos; lee a la persona, al escritor y al amigo. Lo edita, lo mejora, selecciona los momentos que retrata y también los que decide reservar. Por eso el libro funciona como algo más que un diario: es una puesta en escena de la amistad, una forma de mirar y de fijar en papel una inteligencia compartida.
“Come en casa Borges”. La frase opera como un mantra, como una llave de acceso a ese mundo. ¿Qué hacían allí? Pensaban y mejoraban tramas propias, ajenas y compartidas; citaban versos, los inventaban, traducían con imaginación; celebraban una palabra precisa; hablaban de actualidad, de la SADE, de sus contemporáneos; se reían, discutían y ejercían una amistad basada en la conversación interminable.
En 1963, Bioy escribió que no fue la admiración por los escritos de Borges lo que lo atrajo, sino la admiración por su pensamiento expresado en las conversaciones. Quizá por eso registró con tanto esmero cada cena. Y quizá por eso el libro arranca in media res, como le gustaba a él. Se conocieron en 1931 o 1932, cuando Borges tenía 32 años y Bioy 18, pero la primera entrada del diario data de 1947, quince años después de aquel primer encuentro.
La primera frase que escribieron juntos fue para un folleto publicitario de la Leche Cuajada La Martona, empresa de la familia de Bioy: “La leche cuajada limpia el organismo del hombre, adentro de él, ensancha su vida”. Ese trabajo de una semana, en pleno frío en el campo de Pardo, terminó de consolidar la relación. Poco después, ya en la etapa del diario, Borges y Bioy trabajaban en las Summas para Emecé, entre ellas la dedicada al Dr. Johnson. En ese punto, el modelo de Boswell se vuelve inevitable. El propio Borges se pregunta: “¿Sabía Johnson que Boswell escribía sobre él?”. Y Bioy, al dejar asentada esa reflexión, parece repetirse la misma pregunta: “¿Sabrá Borges que escribo sobre él?”.
Bioy anotó el 24 de mayo de 1959 que Boswell resolvió el problema de mostrar las manías, rasgos absurdos y hasta desagradables de Johnson y, al mismo tiempo, persuadir al lector de que era un gran hombre, admirable y querible. Tal vez, escribió, logró eso porque no se lo planteó. En ese juego de espejos se cifra buena parte del encanto del libro: la mejor reseña de Borges está dentro de Borges mismo.
Antes de la publicación del diario, ya se sabía que Borges y Bioy habían sido amigos, que el vínculo fue intenso y duradero y que disfrutaban trabajar juntos. Pero no mucho más. El libro sumerge al lector en esa amistad y exhibe la vida cotidiana de esos encuentros. Silvina Ocampo, testigo constante, no siempre pensaba lo mismo que ellos: los veía reírse y decía que eran dos pavos, que decían estupideces. Eso, a su vez, los hacía reír todavía más. Cada tanto Borges le respondía, usando uno de los apellidos del seudónimo que crearon juntos: “Sobre Bustos no hay nada escrito, Silvina”.
Bioy también deseó diferenciarse de Borges y alejarse de él, al menos en lo literario. Lo quiso, disfrutó comer y conversar con él, y después de la cena trabajó o volvió a sus autores favoritos. En el fondo, buscó no quedar reducido a un mero acompañante del gran mito borgeano. En una página amarga del Borges, anotó: “La amistad con Borges me hunde, saca visibilidad a mis libros”.
En sus Memorias, publicadas en 1994, Bioy escribió que esperaba no morirse sin haber escrito algo sobre Borges y que lo que podría hacer era contar cómo lo vio él, cómo fue con él, corrigiendo algunos errores que se habían cometido sobre su figura. Lo que no advirtió entonces fue que ya había escrito muchísimo sobre Borges: al menos dos mil páginas, miles de entradas de un diario que lo retrata como nadie.
Las páginas de este diario son las conversaciones entre un hombre de talento y un genio. Pero ese hombre de talento, Bioy, acaso se vuelve genio cuando mira, registra y retrata a Borges. Su gran diario fue, al mismo tiempo, su revancha póstuma y su forma de inmortalidad. Cuando anotó que la amistad con Borges lo volvía invisible, todavía no sabía que esa misma relación —y la escritura de esa relación— sería la que finalmente lo haría perdurar.
Análisis y proyecciones: La reedición de Borges confirma una tendencia del mercado editorial de prestigio: la persistencia de los grandes nombres canónicos como refugio de valor cultural en tiempos de inflación, dispersión lectora y sobreoferta digital. En la tradición literaria argentina, los libros-diario y las escrituras de sobremesa suelen adquirir con el tiempo un peso desproporcionado frente a la narrativa estrictamente ficcional, porque ofrecen algo difícil de reemplazar: acceso a la cocina del genio. En ese sentido, esta nueva versión no solo revaloriza a Bioy como autor, sino que también reabre la discusión sobre la intimidad como material literario, la edición crítica de papeles personales y los límites entre testimonio, traición y memoria. A futuro, es probable que el libro siga consolidándose como una pieza central para leer no solo a Borges, sino también la vida intelectual argentina del siglo XX, con su mezcla de ironía, elitismo, sociabilidad y disputa cultural.
Evolución reciente: Durante años, Borges circuló como un objeto casi legendario, deseado por coleccionistas y lectores especializados. Primero fue una rareza cara y luego una ausencia prolongada del catálogo. Con el tiempo, el interés se amplificó gracias a las redes, a la conversación pública sobre el valor de los archivos personales y a una sensibilidad editorial más atenta a rescatar materiales de la literatura argentina del siglo XX. La figura de Borges, por su parte, se fue resignificando como emblema cultural de alcance global, mientras que Bioy pasó de ser leído muchas veces como “el amigo de Borges” a ser reconocido con mayor autonomía como un narrador y diarista de primer nivel. La reedición actual consolida ese giro: ya no se trata solo de volver a vender un clásico, sino de reafirmar que en esas páginas está uno de los grandes documentos literarios de la Argentina moderna.





















