La vida de Frank Smith, del corredor de la muerte a los 101 años
Frank Smith pasó de estar a minutos de ser ejecutado en Connecticut a convertirse en uno de los presos más longevos de la historia. Murió a los 101 años tras décadas de encierro, fugas, reclusión geriátrica y una vida marcada por la condena y la inocencia que siempre sostuvo.“La prisión no corrige: a menudo, simplemente conserva el dolor”, decía el crítico social estadounidense por excelencia de mediados del siglo XX, y la historia de Frank Smith parece escrita para confirmar esa idea. El hombre que estuvo a segundos de morir en la silla eléctrica terminó viviendo 101 años, con 70 de ellos transcurridos bajo custodia penal en Connecticut.
Frank Smith murió el 25 de junio de este año, a los 101 años, en un geriátrico perteneciente al servicio penitenciario de Connecticut. Había pasado las últimas siete décadas de su vida en prisión y se convirtió en una de las personas que más tiempo permaneció detenida en la historia, un caso que llegó incluso al libro Guinness de los récords.
El 7 de junio de 1954, Smith se despertó sabiendo que a pocas horas sería ejecutado. La noche anterior había cenado su comida favorita, en el marco de su último deseo, y había fumado un cigarrillo mientras un sacerdote pasaba por su celda. Casi no habló, pero aceptó la bendición que el religioso le dejó sobre la frente. Los guardias evitaban mirarlo de frente, como si nadie quisiera sostener la última mirada de un condenado.
Minutos antes de que lo llevaran al patíbulo, un funcionario se acercó para avisarle que sus padres y sus cinco hermanos habían llegado a la prisión. La noticia lo desarmó: pensó en el sufrimiento que le causaría a su madre verlo morir. Sin embargo, de forma inesperada, sonó un teléfono en la penitenciaría. La Junta de Indultos de Connecticut había firmado el perdón a último momento y la condena a muerte se transformó en prisión perpetua. Smith no iba a morir en la silla eléctrica.
Para entender cómo llegó a ese borde, hay que retroceder a julio de 1949. Smith y un cómplice entraron de madrugada a robar en un club de yachting. El plan se alteró cuando el sereno de 68 años los descubrió y los enfrentó. El hombre recibió cuatro disparos y, antes de morir, alcanzó a decirles a los policías que uno de los delincuentes tenía la cara tapada y una bandana en la cabeza. Esa pista fue clave: los investigadores conocían a un delincuente que solía usar una vincha ancha, vinculado además a un mafioso importante. Era Frank Smith.
La policía siguió la pista de un Cadillac que circulaba de manera sospechosa por la zona y lo encontró estacionado frente a un bar. En el interior había objetos robados del club, el arma homicida y una remera perteneciente a Smith. Poco después, la detención fue inevitable: Smith llevaba encima tintura para el cabello, y junto a él cayó también su cómplice.
Smith negó haber participado del hecho. Su compañero, en cambio, negoció con el fiscal, aceptó una larga pena de prisión y señaló a Smith como el autor de los disparos. El acusado mantuvo siempre la misma versión: decía ser inocente. Aun así, fue llevado a juicio, el jurado lo declaró culpable de homicidio en primer grado y el juez lo condenó a muerte a mediados de 1950.
Vinieron luego las apelaciones, los planteos para conseguir el indulto y una sucesión de postergaciones que lo mantuvieron cuatro años en el corredor de la muerte. La ejecución fue fijada con fecha y hora ocho veces. Cada vez, Frank Smith creyó que sería su final. Cada vez, llegaba una nueva comunicación que suspendía la muerte. La última, la de 1954, fue la más cercana de todas.
Pocos años después, Connecticut abolió la pena de muerte. Para entonces, Smith ya había asumido que pasaría el resto de sus días preso. Esa expectativa, sin embargo, no le evitó un nuevo episodio de fuga: en 1967, tras planearlo durante meses, escapó de la prisión. Gozaba de condiciones de detención relativamente leves por su buena conducta y trabajaba en el taller mecánico. Una mañana subió a un camión recién reparado, puso primera, derribó una frágil tranquera y huyó. Estuvo 12 días prófugo hasta que volvió a ser detenido.
En 1974 recibió un alivio inesperado: le permitieron pasar la Nochebuena en casa de uno de sus hermanos, como antesala de la libertad condicional que obtuvo a mitad de 1975. Pero la libertad duró poco. Diez meses después lo arrestaron por el robo a un comercio y por tenencia de arma de fuego. Al incumplir el acuerdo, perdió el beneficio, se sumó una nueva condena y regresó a su celda. Ya nunca más salió. Incluso cuando, más de una década después, le propusieron volver a pedir la libertad condicional porque ya cumplía los requisitos, la rechazó. No quería irse: no tenía a nadie afuera y, según el propio relato, se sentía seguro dentro de una celda.
En la cárcel lo conocían como “el hombre de los pájaros”. Recolectaba pan y migas en los desayunos y almuerzos, se los distribuía a lo largo del cuerpo y se quedaba inmóvil, con los brazos abiertos, en el centro del patio, como un espantapájaros, para alimentar a las aves.
Smith nació en septiembre de 1924. Desde muy chico conoció reformatorios y prisiones. Empezó a delinquir antes de la adolescencia; al principio, con robos menores, que con el tiempo se fueron volviendo más violentos. A los 10 años ingresó por primera vez en un reformatorio. A los 16 volvió a ser detenido y, meses después, se fugó tras atacar a un guardia y quitarle su arma reglamentaria. Lo recapturaron semanas más tarde y fue condenado a cuatro años. Al salir, consiguió trabajo como mandadero de un gángster vinculado al juego clandestino.
Su vida siguió oscilando entre la ilegalidad y la cárcel hasta aquella noche de julio de 1949, cuando ingresó a robar al club de yachting. Smith insistió en que la policía se había equivocado, alegó que no era el único joven que usaba una bandana en la ciudad e intentó desacreditar el testimonio de su cómplice. También declaró su padre, quien sostuvo que esa noche había visto dormir a su hijo dentro de un auto estacionado frente a la casa familiar.
En 2020 le otorgaron la libertad condicional, pero sólo para trasladarlo a una institución geriátrica que albergaba convictos y exconvictos. Su cuarto se parecía más al de una prisión que al de un centro médico o gerontológico.
Análisis y proyecciones: el caso de Smith resume un problema cada vez más visible en los sistemas penales modernos: el envejecimiento de la población carcelaria. A medida que crecen las penas largas, disminuye el uso de la pena de muerte y se multiplican las condenas a prisión perpetua o a términos extensos, las cárceles alojan más adultos mayores, con patologías crónicas, deterioro cognitivo y necesidades de cuidados que un penal tradicional no puede cubrir. Por eso, en distintos países comenzaron a proliferar unidades médicas, pabellones especiales y geriátricos penitenciarios. La discusión de fondo es doble: cuánto cuesta sostener estos dispositivos y, al mismo tiempo, qué alternativas reales existen para personas que ya no tienen red familiar, ni autonomía, ni un lugar al que regresar.
La evolución de este tema también refleja un cambio de época. En las décadas de 1950 y 1960, la discusión pública giraba sobre todo en torno al castigo y la capacidad disuasiva de la pena capital; con el tiempo, el foco se desplazó hacia la rehabilitación, los derechos humanos y el trato digno de los detenidos ancianos. En ese recorrido, figuras como Smith pasaron de ser vistas sólo como delincuentes peligrosos a encarnar una problemática estructural: qué hacer con quienes envejecen dentro del sistema penal y terminan dependiendo de él incluso cuando ya no pueden delinquir ni valerse por sí mismos.
Oficialmente, Smith estuvo detenido 70 años consecutivos, descontando la breve fuga y la frustrada libertad condicional. Pero si se suman los seis años que pasó en el geriátrico para convictos y los nueve años previos a la condena a muerte, con entradas y salidas de prisión, estuvo encerrado 85 de sus 101 años.
En sus últimos años, ya afectado de manera visible por el Alzheimer, era incapaz de recordar lo que había hecho unas horas antes, pero todavía podía repetir con precisión las circunstancias de su juicio. Volvía una y otra vez sobre los testigos, los arrepentidos tardíos y su convicción de inocencia. Lo que más repetía, sin embargo, era el temor que le producía la silla eléctrica. Con la voz gastada y apenas audible, insistía en que no quería morir con los órganos achicharrados por la electricidad.





















