Milei grita para que lo escuche el mercado
El Presidente endurece su discurso mientras la sociedad reclama empleo e ingresos. Sus mensajes parecen dirigidos tanto a sus votantes como al sistema financiero, al que necesita convencer de que no abandonará el equilibrio fiscal.
Política | Identidadcorrentina
Javier Milei grita.
Contra la oposición.
Contra los periodistas.
Contra los empresarios que reclaman protección.
Contra los economistas que sugieren flexibilizar el ajuste.
Pero quizás sus palabras más duras no estén destinadas solamente al público que lo aplaude ni a los adversarios que pretende confrontar.
Es posible que Milei también les esté hablando a los bancos, a los fondos de inversión y a quienes deberán decidir si vuelven a prestarle dinero a la Argentina.
Porque detrás del volumen de su discurso aparece una preocupación bastante concreta:
el programa económico todavía necesita credibilidad, financiamiento y tiempo.
UN SISTEMA DESTRUIDO
La Argentina se aproxima a la elección presidencial de 2027 con un sistema político desarticulado.
El peronismo atraviesa disputas internas y perdió buena parte del dominio territorial que llegó a tener. El kirchnerismo conserva capacidad para condicionar a todo el espacio, pero enfrenta una tensión entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof que complica la construcción de una alternativa común.
El PRO también se fragmentó.
Una parte de sus dirigentes se incorporó abiertamente al oficialismo. Otros colaboran con Milei mientras conservan una identidad partidaria cada vez más difícil de distinguir.
La Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica tampoco integran ya una coalición nacional semejante a la que gobernó entre 2015 y 2019.
La Libertad Avanza continúa siendo la fuerza con la identidad más definida, pero dentro del oficialismo comenzó a instalarse una pregunta que hace algunos meses parecía innecesaria:
¿Está asegurada la reelección de Milei?
La oposición todavía no encontró un candidato, una coalición ni un programa capaces de capitalizar el malestar.
Sin embargo, la ausencia de una oferta política clara no significa que la sociedad esté conforme.
LA NUEVA PIRÁMIDE
Para comprender lo que puede ocurrir en 2027 no alcanza con mirar a los partidos.
También hay que observar cómo está cambiando la sociedad argentina.
Durante las últimas décadas, el país perdió una parte importante de aquella extensa clase media que durante mucho tiempo lo distinguió dentro de América Latina.
La pobreza puede disminuir cuando baja la inflación y mejoran algunos ingresos.
Pero, al mismo tiempo, familias que antes pertenecían a sectores medios pueden descender hacia niveles inferiores.
Esos dos movimientos pueden ocurrir simultáneamente.
Personas que salen de la pobreza.
Familias que caen desde la clase media.
El resultado es una expansión de la franja que consigue cubrir sus necesidades esenciales, pero vive con una enorme vulnerabilidad y con miedo permanente a perder lo poco que conserva.
Allí aparece uno de los rasgos más dolorosos de la Argentina actual:
no existen solamente excluidos; también existen expulsados.
Son personas que alguna vez estuvieron integradas y dejaron de estarlo.
Tuvieron empleo formal.
Una obra social razonable.
Vacaciones.
Educación privada para sus hijos.
Capacidad de ahorro.
Acceso al crédito.
Ahora deben resignar una parte de esas posibilidades.
No comparan su situación con la pobreza extrema. La comparan con su propia vida anterior o con la que tuvieron sus padres.
Ese descenso produce frustración, temor y resentimiento.
Y también produce política.
EL TRABAJO QUE CAMBIA
El mercado laboral permite observar la transformación con mayor claridad.
Se pierden puestos registrados y crecen el monotributo, el cuentapropismo y las actividades vinculadas con plataformas de reparto o transporte.
Tener trabajo ya no garantiza necesariamente estabilidad, cobertura social ni un ingreso suficiente.
El problema no consiste solamente en la cantidad de empleos.
También importa su calidad.
Un trabajador formal realiza aportes más importantes al sistema previsional. Un monotributista aporta mucho menos.
Por eso, cuando disminuye el empleo registrado y aumenta el trabajo independiente de bajos ingresos, no solamente se deteriora la situación del trabajador: también se debilita el financiamiento futuro de las jubilaciones.
La paradoja resulta evidente.
El Gobierno busca ordenar las cuentas públicas, pero la degradación del mercado laboral puede aumentar con el tiempo el déficit previsional que pretende corregir.
LO QUE LA SOCIEDAD QUIERE CONSERVAR
El malestar social no significa necesariamente que los argentinos deseen regresar al modelo anterior.
Una parte mayoritaria reclama cambios en el programa económico. Pero incluso entre quienes rechazan al Gobierno existe reconocimiento hacia algunos resultados.
La reducción de la inflación aparece como el principal activo político de Milei.
También se valoran la disminución de los piquetes y un mayor control de los planes sociales.
La demanda social, entonces, parece bastante más compleja que una simple elección entre continuidad y ruptura.
Una parte de los ciudadanos quiere conservar la estabilidad, pero reclama empleo, mejores salarios, crédito y perspectivas de progreso.
Podría resumirse de una manera sencilla:
quieren la inflación baja, pero también quieren vivir mejor.
Ese es el desafío más difícil para el oficialismo.
La estabilidad comenzó a ser percibida como un piso que debe conservarse, no como una respuesta suficiente para todos los problemas.
LOS DESENCANTADOS
Crece además el número de argentinos que no se identifica con ningún partido político.
Sería un error suponer que todos ellos están ubicados en el centro y esperan una propuesta moderada.
Dentro de ese universo conviven votantes de derecha decepcionados con Milei, personas de izquierda alejadas del kirchnerismo, antiguos votantes del PRO, radicales sin referencia nacional y ciudadanos que conservan convicciones firmes, pero ya no encuentran una organización que los represente.
No forman un nuevo partido invisible.
No son homogéneos.
Lo único que comparten es el desencanto.
Milei llegó al poder en buena medida porque supo representar la bronca de quienes habían dejado de confiar en los partidos tradicionales.
Ahora enfrenta el riesgo de que una parte de ese mismo electorado deje de sentirse representada por él.
EL PRAGMATISMO
Mientras Milei defiende públicamente la pureza de su modelo, el Gobierno comienza a ensayar medidas más pragmáticas.
Analiza mecanismos para mejorar los ingresos de los trabajadores de salarios más bajos.
Busca inducir acuerdos en las negociaciones paritarias.
Promueve instrumentos para que los bancos amplíen el crédito hipotecario.
Interviene sobre determinadas condiciones financieras.
Y mantiene regulaciones en el mercado cambiario que no coinciden completamente con la imagen de una economía librada a las decisiones del mercado.
También existe el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, que concede beneficios especiales a determinadas actividades.
Aunque el Gobierno rechace la expresión “política industrial”, en los hechos selecciona sectores a los que ofrece condiciones diferentes.
No necesariamente existe una contradicción en adoptar decisiones prácticas frente a una realidad compleja.
La contradicción aparece cuando el discurso condena como intervencionista aquello que la propia administración comienza a hacer de manera parcial.
LOS ENDEUDADOS
Otro problema avanza por debajo de las estadísticas generales.
Muchas familias utilizan la tarjeta de crédito o toman préstamos personales para cubrir gastos corrientes.
La suba de las tasas dejó a una parte de esos hogares destinando una proporción creciente de sus ingresos al pago de deudas.
Ese dinero ya no se utiliza para consumir.
Por lo tanto, el endeudamiento familiar deja de ser solamente un problema privado.
Puede transformarse en una dificultad para toda la economía: reduce el consumo, afecta la actividad, disminuye la recaudación y termina complicando el equilibrio fiscal.
El Gobierno ha evitado asumir una responsabilidad directa sobre esa situación.
Sin embargo, dentro del propio oficialismo comenzaron a surgir voces que reclaman observarla con mayor atención.
EL MERCADO
Entonces volvemos a la pregunta inicial.
¿A quién le grita Milei?
Cuando rechaza cualquier flexibilización fiscal.
Cuando promete que no habrá emisión.
Cuando descalifica a quienes proponen estimular la economía.
Cuando insiste en que no se apartará del rumbo aunque exista un costo electoral.
Una parte de ese mensaje está destinada a sus votantes más convencidos.
Milei necesita conservar la identidad que lo diferencia del resto de la política.
Pero otra parte parece dirigida al sistema financiero.
La Argentina deberá afrontar vencimientos y necesita que los inversores crean que el Gobierno mantendrá la disciplina fiscal.
Si el mercado sospecha que la campaña electoral obligará a Milei a aumentar el gasto, emitir dinero o abandonar el ajuste, exigirá tasas más altas o evitará financiarlo.
El Presidente grita para que el mercado escuche.
Busca demostrar que no cederá.
Que soportará la presión social.
Que no repetirá los cambios de rumbo de otros gobiernos.
Que los bonos serán pagados.
La dureza discursiva funciona así como una garantía política ofrecida a quienes poseen el dinero que la Argentina puede necesitar.
LA GRAN PREGUNTA
El problema consiste en que la confianza del mercado y la confianza de la sociedad no siempre se construyen con las mismas señales.
El mercado pide equilibrio fiscal, continuidad y capacidad para pagar las deudas.
La sociedad pide estabilidad, pero también trabajo, ingresos, consumo y posibilidades de ascenso.
Milei intenta convencer al primero de que no modificará nada mientras su equipo económico comienza a mostrarle a la segunda que puede introducir algunos cambios.
En esa tensión se juega una parte importante de la elección de 2027.
El Presidente puede seguir gritando para demostrar firmeza.
Pero llegará un momento en que los argentinos no evaluarán el volumen de su voz.
Evaluarán si viven mejor.
























