El mundo no se termina: se termina el mundo que conocíamos
Las guerras, la deuda, el cambio climático, la inteligencia artificial y la pérdida de autoridad de las instituciones internacionales no son crisis aisladas. Son señales de una transformación profunda que todavía no sabemos cómo gobernar.
Opinión | Identidadcorrentina
Margaret MacMillan utiliza una imagen inquietante.
Antes de una tormenta siempre aparecen señales.
Cambia el viento.
Se retira la marea.
Las nubes adquieren otro color.
El problema es que las personas podemos mirar esas señales y convencernos de que no significan nada.
Un chaparrón.
Una dificultad pasajera.
Otra crisis que finalmente se resolverá.
Hasta que llega la tormenta.
La reconocida historiadora canadiense sostiene que el mundo está ingresando en una nueva era de desorden y que nuestras sociedades todavía no comprenden la magnitud del cambio.
Quizás tenga razón.
Pero conviene realizar una distinción.
No estamos necesariamente ante el fin del mundo.
Estamos ante algo menos espectacular, aunque posiblemente más difícil de administrar:
el final del mundo que conocíamos.
LAS SEÑALES
Si observamos cada problema por separado, todavía podemos encontrar explicaciones tranquilizadoras.
Los incendios forestales son consecuencia de un verano excepcional.
Las guerras son conflictos regionales.
La deuda pública podrá refinanciarse.
Las enfermedades serán contenidas por los sistemas sanitarios.
La inteligencia artificial generará nuevos empleos después de eliminar otros.
La rivalidad entre Estados Unidos y China podrá manejarse mediante negociaciones.
La guerra en Ucrania terminará alguna vez.
Las instituciones internacionales atravesaron otras crisis y lograron sobrevivir.
Cada explicación puede contener una parte de verdad.
El problema aparece cuando colocamos todos los elementos sobre la misma mesa.
Cambio climático.
Deuda.
Guerras.
Migraciones.
Desigualdad.
Desconfianza política.
Desinformación.
Competencia tecnológica.
Carrera armamentista.
Debilitamiento de los organismos internacionales.
Entonces dejamos de observar una colección de crisis independientes.
Comenzamos a distinguir un sistema sometido simultáneamente a presiones económicas, sociales, ambientales, militares y tecnológicas.
LA COSTUMBRE
Las sociedades organizadas tienen una enorme capacidad para naturalizar su estabilidad.
Encendemos la luz y esperamos que funcione.
Abrimos una canilla y suponemos que saldrá agua.
Subimos a un avión confiando en normas internacionales que permiten ordenar el espacio aéreo.
Realizamos una transferencia bancaria sin pensar en la inmensa arquitectura tecnológica, jurídica y financiera que la hace posible.
Compramos un producto fabricado en otro continente y damos por sentado que llegará.
El orden mundial no es solamente una reunión de presidentes.
Tampoco es una bandera flameando frente a un edificio de las Naciones Unidas.
Es una red de acuerdos, instituciones, procedimientos y hábitos que permite que miles de millones de personas hagan cosas todos los días sin preguntarse quién garantiza que el sistema continuará funcionando.
Durante décadas nos acostumbramos tanto a esa estructura que comenzamos a considerarla natural.
Pero no lo es.
Fue construida.
Y también puede deteriorarse.
LA HISTORIA
MacMillan recuerda que las grandes transformaciones suelen parecer evidentes después de ocurridas.
Hoy conocemos las causas de la Revolución Francesa.
La crisis fiscal.
El hambre.
El aislamiento de la monarquía.
La aparición de nuevas ideas.
La frustración de sectores que tenían creciente importancia económica, pero carecían de poder político.
Todo parece perfectamente explicable cuando ya sabemos que la Bastilla fue tomada.
Lo difícil era comprenderlo antes.
Algo parecido ocurrió con la Revolución Rusa, el ascenso del nazismo y el comienzo de la Primera Guerra Mundial.
Las señales estaban allí.
Sin embargo, muchas personas razonables, educadas y poderosas continuaron creyendo que las instituciones resistirían.
No eran necesariamente ignorantes.
Estaban atrapadas dentro de una experiencia anterior.
Pensaban que el futuro se parecería al pasado porque durante mucho tiempo había ocurrido exactamente eso.
Ese puede ser también nuestro error.
EL GARANTE
El sistema construido después de 1945 nunca fue completamente justo, democrático ni pacífico.
Hubo guerras.
Golpes de Estado.
Intervenciones militares.
Explotación económica.
Hambre.
Dictaduras.
Millones de personas quedaron fuera de sus beneficios.
Pero existía una arquitectura.
Estados Unidos actuaba como potencia principal.
La Unión Soviética imponía los límites de otro bloque.
Europa se reconstruía.
Las Naciones Unidas ofrecían un espacio de negociación.
El Banco Mundial, el Fondo Monetario y los organismos especializados administraban diferentes aspectos del sistema.
Después de la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos quedó como potencia dominante.
Ese momento también terminó.
China creció.
India avanzó.
Rusia decidió desafiar abiertamente el orden europeo.
Las potencias regionales adquirieron mayor autonomía.
Estados Unidos comenzó a preguntarse cuánto estaba dispuesto a pagar para continuar sosteniendo una estructura de la que sus propios ciudadanos ya no estaban seguros de beneficiarse.
No apareció otro garante.
Tampoco se construyó todavía un sistema de reemplazo.
Allí se encuentra buena parte del problema.
El viejo orden pierde autoridad, pero el nuevo todavía no tiene reglas.
LAS POTENCIAS MEDIAS
La respuesta no necesariamente llegará de un nuevo imperio.
Es posible que el próximo orden internacional sea menos parecido a una pirámide y más parecido a una red.
Potencias intermedias.
Acuerdos regionales.
Coaliciones formadas alrededor de problemas específicos.
Países que cooperan en comercio, pero compiten en tecnología.
Gobiernos que se enfrentan en una región y negocian en otra.
No sería un mundo dividido simplemente entre amigos y enemigos.
Sería un escenario de relaciones variables, intereses cruzados y alianzas circunstanciales.
Eso ya está ocurriendo.
Países que comercian intensamente con China mantienen vínculos militares con Estados Unidos.
Gobiernos críticos de Occidente necesitan acceder a sus mercados y tecnologías.
Naciones que condenan determinadas guerras evitan romper relaciones con los agresores.
Cada Estado procura conservar la mayor cantidad posible de opciones.
No es necesariamente una conspiración.
Es adaptación.
LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Dentro de esta transformación aparece una herramienta diferente de todas las anteriores.
La inteligencia artificial no es solamente otra industria.
Puede modificar simultáneamente la producción, el empleo, la educación, la información, la seguridad, las finanzas y la guerra.
Los Estados todavía discuten cómo regularla mientras las empresas avanzan a una velocidad extraordinaria.
Nunca había existido una tecnología con semejante capacidad para concentrar información, conocimiento y poder en tan pocas manos.
Pero tampoco habíamos contado con una herramienta capaz de distribuir habilidades avanzadas entre millones de personas a un costo tan reducido.
La inteligencia artificial puede profundizar la desigualdad.
También puede democratizar capacidades.
Puede fabricar engaños.
También puede detectar fraudes.
Puede reemplazar trabajadores.
También puede mejorar su productividad.
El resultado no está escrito dentro de la tecnología.
Dependerá de quién la controle, con qué reglas y para beneficio de quién.
Y ese debate ocurre precisamente cuando las instituciones llamadas a establecer esas reglas se encuentran debilitadas.
LA DEUDA
Existe además una dificultad menos visible que una guerra o un incendio.
La deuda.
Los gobiernos necesitan financiar servicios públicos, defensa, jubilaciones, infraestructura y asistencia social.
Al mismo tiempo, buena parte de las sociedades se resiste a pagar más impuestos y exige mejores prestaciones.
Durante años, el endeudamiento permitió postergar una discusión incómoda.
Quién paga.
Cuánto paga.
Qué gastos deben conservarse.
Cuáles deben reducirse.
Qué generación soportará el costo.
La deuda compra tiempo.
Pero no compra tiempo eternamente.
Cuando aumenta el costo del financiamiento, los gobiernos tienen menos margen para responder precisamente a las crisis que más recursos demandan.
Cambio climático.
Catástrofes.
Epidemias.
Guerras.
Migraciones.
Reconversión laboral.
El sistema necesita invertir más cuando dispone de menos libertad para hacerlo.
EL PELIGRO
La principal amenaza quizás no sea una conspiración perfectamente organizada.
Puede ser algo bastante más humano.
La improvisación.
Gobiernos tomando decisiones rápidas.
Dirigentes sometidos a encuestas permanentes.
Sociedades cansadas.
Instituciones sin recursos.
Información falsa circulando a enorme velocidad.
Potencias probando hasta dónde pueden avanzar sin provocar una respuesta.
En ese ambiente, un error de cálculo puede producir consecuencias que nadie buscaba.
La Primera Guerra Mundial no comenzó porque todos los gobiernos europeos desearan exactamente la guerra que finalmente ocurrió.
Comenzó porque cada uno creyó que podía controlar el siguiente movimiento.
Las grandes tragedias históricas no siempre nacen de un plan extraordinario.
A veces surgen de una acumulación de decisiones aparentemente razonables tomadas dentro de un sistema que ya dejó de funcionar.
LA ADVERTENCIA
Conviene escuchar a los historiadores.
No porque la historia se repita de manera exacta.
No lo hace.
La Francia de 1789 no es el mundo de 2026.
La Europa de 1914 tampoco.
Pero la conducta humana conserva algunas características.
Los poderosos suelen confundir estabilidad con eternidad.
Las instituciones tienden a defender sus procedimientos incluso cuando cambia la realidad.
Las sociedades postergan las reformas mientras el costo parece tolerable.
Y cuando finalmente aceptan que algo debe modificarse, muchas veces descubren que ya no pueden elegir el ritmo ni la dirección del cambio.
LA SALIDA
La advertencia de MacMillan no debería conducirnos al pesimismo.
El miedo paraliza.
El alarmismo desgasta.
Y anunciar permanentemente el fin del mundo termina consiguiendo que nadie escuche cuando aparece un peligro verdadero.
La conclusión debería ser otra.
Todavía existen instituciones.
Todavía existen tratados.
Todavía existe cooperación científica.
Todavía existen redes comerciales.
Todavía existen gobiernos dispuestos a negociar.
Todavía existe una opinión pública capaz de limitar determinadas decisiones.
El viejo orden no debe ser idealizado.
Pero tampoco conviene destruir sus estructuras antes de construir algo que pueda reemplazarlas.
La tarea no consiste en regresar a 1945.
Ni a 1991.
Ni al mundo anterior a las redes sociales, a China como gran potencia o a la inteligencia artificial.
Ese mundo no regresará.
La tarea consiste en conservar aquello que todavía funciona, reformar lo que dejó de hacerlo y crear reglas para realidades que antes no existían.
LAS RATAS
En La peste, Albert Camus utiliza las ratas muertas como anuncio de una tragedia que los habitantes de Orán se resisten a reconocer.
MacMillan recupera esa imagen para describir nuestro presente.
Guerras.
Incendios.
Deuda.
Enfermedades.
Tecnologías sin suficiente regulación.
Instituciones debilitadas.
Las ratas están allí.
Pero reconocerlas no significa asegurar que la peste será inevitable.
Significa comprender que todavía estamos a tiempo de actuar.
Quizás la humanidad no pueda impedir el final del viejo orden.
Los órdenes históricos nacen, funcionan, se desgastan y finalmente cambian.
Lo que sí podemos intentar es evitar que el período entre un sistema y el siguiente sea ocupado completamente por la violencia, la arbitrariedad y la ley del más fuerte.
Porque el verdadero peligro no es que el mundo cambie.
El mundo siempre cambia.
El verdadero peligro es que cambie más rápido que nuestra capacidad para comprenderlo, organizarlo y ponerle límites.
























