AUNQUE NO LO ENTIENDAS, DEBE INTERESARTE
Por Jagua Arandú | Identidadcorrentina
Los mercados mueven fortunas buscando seguridad y rentabilidad. Parece un mundo lejano. Pero cada vez que el dinero se reacomoda, sus consecuencias terminan llegando al ciudadano común.
En el Rancho de la Cambicha, Jagua Arandú miraba el monitor táctil transparente.
Había cometido el error de abrir la información de los mercados internacionales.
Enseguida comenzó el bombardeo.
BRENT.
WTI.
S&P 500.
NASDAQ.
VIX.
US10Y.
DXY.
GOLD.
FED FUNDS FUTURES.
P/E FORWARD.
YIELD CURVE.
CREDIT SPREADS.
CAPEX.
RISK-ON.
RISK-OFF.
Flechas verdes.
Flechas rojas.
Porcentajes.
Gráficos.
Curvas.
Jagua contempló aquello durante unos minutos.
Finalmente llegó a una conclusión.
—No entiendo un carajo.
Justamente entonces apareció Telesforo.
El Paraguayo.
Telesforo tiene una característica extraordinaria.
Sabe de todo.
O por lo menos eso dice.
Miró la pantalla.
—¿Qué estás haciendo, chamigo?
—Tratando de entender dónde están poniendo la plata.
Telesforo acercó una silla.
—Eso es fácil.
Jagua lo miró con desconfianza.
Pero lo dejó seguir.
EL PETRÓLEO
—Mirá —comenzó Telesforo—. Supongamos que sube mucho el petróleo.
Eso puede aumentar costos.
Transporte.
Industria.
Energía.
Producción.
Puede complicar la inflación.
Entonces los mercados comienzan a preguntarse qué harán los bancos centrales con las tasas de interés.
Y antes de que alguien termine de responder, fondos, bancos, inversores, computadoras y algoritmos ya empezaron a comprar y vender.
Bonos.
Acciones.
Dólares.
Oro.
Petróleo.
Monedas.
Todo se mueve.
Una guerra en Medio Oriente puede modificar en minutos el precio de un bono emitido a miles de kilómetros.
Una declaración presidencial puede mover el petróleo.
Una cifra de inflación estadounidense puede cambiar el valor de una empresa tecnológica.
Una decisión de la Reserva Federal puede terminar modificando el costo del crédito en la Argentina.
Jagua volvió a mirar la pantalla.
Empezaba a comprender.
EL REFUGIO
Cuando aumenta la incertidumbre aparece una vieja pregunta.
¿Dónde ponemos la plata?
Durante generaciones existieron algunas respuestas conocidas.
Bonos del Tesoro estadounidense.
Oro.
Dólar.
Determinadas acciones.
Pero ninguna respuesta es eterna.
Si un bono del Tesoro a diez años ofrece una tasa elevada, aparece una alternativa atractiva.
¿Por qué arriesgar capital en determinadas acciones si existe la posibilidad de obtener un buen rendimiento mediante un activo considerado mucho más seguro?
Pero tampoco es tan sencillo.
Si las tasas continúan aumentando, los bonos existentes pueden perder valor.
El oro puede funcionar como refugio.
Pero no paga intereses.
Las acciones pueden ofrecer grandes ganancias.
Pero también grandes pérdidas.
El efectivo proporciona liquidez.
Pero la inflación lo erosiona.
Telesforo resumió la cuestión.
—No hay refugio donde puedas tirar la llave y volver dentro de diez años.
LA VELOCIDAD
Hay además algo formidable.
La velocidad.
Nunca hubo tanta información disponible.
Y probablemente nunca fue procesada tan rápidamente.
Una noticia aparece en una pantalla.
Los algoritmos la detectan.
Los mercados reaccionan.
Los precios cambian.
Otros algoritmos detectan esos movimientos.
Y vuelven a operar.
Todo puede ocurrir en segundos.
El mercado global se convirtió en una gigantesca maquinaria que intenta anticipar permanentemente aquello que ocurrirá después.
Pero existe una pequeña dificultad.
Reaccionar rápidamente no significa conocer el futuro.
LAS SIETE
Y ahora apareció otro gigantesco demandante de capital.
La inteligencia artificial.
Las grandes compañías tecnológicas están invirtiendo fortunas para desarrollar la infraestructura necesaria.
Centros de datos.
Semiconductores.
Servidores.
Redes.
Electricidad.
Refrigeración.
Terrenos.
Conexiones.
Las llamadas Siete Magníficas poseen una capacidad financiera formidable.
Apple.
Microsoft.
Alphabet.
Amazon.
Meta.
NVIDIA.
Tesla.
Pero incluso semejantes gigantes están destinando cantidades extraordinarias de dinero a una carrera cuyo resultado final nadie conoce.
Y aquí aparece algo interesante.
Estados Unidos necesita capital para financiar su deuda.
Las empresas necesitan capital.
Los centros de datos necesitan capital.
Los países necesitan capital.
Las nuevas compañías necesitan capital.
Todos concurren, de diferentes maneras, al gigantesco mercado mundial del dinero.
Telesforo volvió a simplificarlo.
—Hay muchos queriendo plata, Jagua.
—¿Y?
—El que tiene la plata elige.
OBJETIVO FINAL
Jagua recordó entonces una película que había visto unos días antes.
Objetivo final.
Una historia filmada a comienzos de este siglo.
Un joven idealista.
Una idea.
Tecnología.
Una empresa que comienza a crecer.
Después aparecen los inversores.
El capital.
Los abogados.
Las grandes corporaciones.
Los hombres que conocen perfectamente las reglas del mundo financiero.
El muchacho descubre que inventar algo extraordinario constituye solamente una parte de la historia.
Después hay que financiarlo.
Hacerlo crecer.
Defenderlo.
Y conservar su control.
La película fue realizada en 2002.
Pero casi un cuarto de siglo después contiene una pregunta sorprendentemente actual.
EL QUE TODAVÍA NO CONOCEMOS
Las grandes tecnológicas actuales parecen inexpugnables.
Poseen miles de millones de dólares.
Los mejores especialistas.
Infraestructura.
Mercados globales.
Datos.
Capacidad de cómputo.
Y dinero suficiente para comprar empresas enteras.
Pero la historia de la tecnología tiene una costumbre incómoda.
Cada tanto aparece alguien que cambia las reglas.
Entonces surge una pregunta fascinante.
¿Quién ganará realmente la revolución de la inteligencia artificial?
Puede ser alguno de los gigantes actuales.
Probablemente varios estarán entre los vencedores.
Pero también existe otra posibilidad.
Que una de las empresas decisivas de los próximos veinte años todavía no cotice en ninguna Bolsa.
Quizás ni siquiera exista.
O quizás exista y todavía casi nadie la conozca.
Un pequeño grupo.
Una idea.
Una tecnología diferente.
Como comenzaron alguna vez muchos de los gigantes que hoy parecen imposibles de desplazar.
EL CISNE
Los mercados conocen el riesgo.
Intentan medirlo.
Ponerle precio.
Asegurarlo.
Distribuirlo.
Lo verdaderamente complicado es aquello que todavía no pueden imaginar.
La inteligencia artificial introdujo justamente esa incertidumbre.
No sabemos con precisión qué empresas dominarán.
Qué trabajos desaparecerán.
Cuáles aparecerán.
Qué industrias serán transformadas.
Qué inversiones resultarán extraordinariamente rentables.
Y cuáles terminarán siendo monumentos costosísimos construidos para un futuro que finalmente tomó otro camino.
Quizás el problema no sea descubrir dónde está el Cisne Negro.
El problema es que el lago está cambiando.
¿Y A MÍ QUÉ ME IMPORTA?
Jagua volvió a mirar la pantalla.
S&P 500.
Treasury.
Nasdaq.
Oro.
Petróleo.
Tasas.
Billones de dólares cambiando de lugar.
Podría parecer una discusión entre multimillonarios.
Si alguien gana diez mil millones, problema de él.
Si otro pierde cinco mil millones, también.
El ciudadano común puede preguntarse perfectamente:
¿qué tengo que ver yo con todo esto?
Muchísimo.
Porque cuando semejantes cantidades de dinero cambian de dirección también cambia el precio del dinero.
El crédito puede encarecerse.
Una empresa puede postergar una inversión.
Otra puede contratar trabajadores.
Otra despedirlos.
Un gobierno puede conseguir financiamiento barato.
O descubrir que tiene que pagar una fortuna para obtenerlo.
Una moneda puede fortalecerse.
Otra debilitarse.
Puede subir el combustible.
Puede aumentar el transporte.
Puede encarecerse una hipoteca.
Puede modificarse el rendimiento de los ahorros.
Puede cambiar el precio de una computadora.
O el costo de producir una hectárea de maíz.
La inmensa mayoría de nosotros jamás participará de las reuniones donde se deciden movimientos de miles de millones de dólares.
Pero vivimos aguas abajo de esas decisiones.
LA PREGUNTA
Telesforo llevaba un buen rato explicando.
Jagua ya comenzaba a sentirse bastante más tranquilo.
Miró nuevamente el monitor.
—Entonces entendí.
—Viste que era fácil.
—Bonos.
—Sí.
—Oro.
—Sí.
—Acciones.
—Sí.
—Inteligencia artificial.
—También.
Jagua hizo finalmente la pregunta importante.
—Bueno, Telesforo... ¿dónde ponemos la plata?
El Paraguayo permaneció unos segundos mirando la pantalla.
Después se acomodó en la silla.
—Eso justamente estaba esperando que me expliques vos, chamigo.
Jagua apagó el monitor.
Quizás Telesforo tuviera razón en algo.
Nunca tuvimos tanta información.
Nunca pudimos procesarla tan rápidamente.
Nunca los mercados reaccionaron con semejante velocidad.
Y, sin embargo, continúa existiendo una pregunta que ningún algoritmo consiguió eliminar:
¿qué ocurrirá mañana?
Los grandes inversores intentarán responderla.
Algunos ganarán fortunas.
Otros perderán.
El capital volverá a acomodarse.
Y después volverá a hacerlo.
Para el ciudadano común puede parecer un espectáculo lejano.
Una galaxia poblada de palabras extrañas, gráficos incomprensibles y cifras con demasiados ceros.
Pero cuando aquellos enormes movimientos terminan de recorrer el sistema financiero, sus efectos comienzan a bajar.
A los gobiernos.
A los bancos.
A las empresas.
Al crédito.
Al empleo.
A los precios.
Hasta llegar finalmente a alguien que probablemente jamás compró una acción, un bono o una onza de oro.
Por eso quizás no necesitemos convertirnos en especialistas para prestarle atención.
Aunque no lo entendamos, debe interesarnos.
Porque Wall Street puede parecer una galaxia lejana.
Pero su gravedad también llega hasta nosotros.























