¿LA GUERRA ACTUAL ES SÓLO CON DRONES Y MISILES?
Internacionales | Identidadcorrentina
Fibra óptica. Redes eléctricas inteligentes. Centros de datos. Telecomunicaciones. Antenas espaciales. Sistemas capaces de transportar, almacenar y procesar información. China lleva décadas ampliando su presencia tecnológica y económica en América Latina, mientras Estados Unidos vuelve a hablar de seguridad hemisférica y de “interferencia extranjera”. ¿Lo que estamos viendo es solamente competencia comercial entre grandes potencias o también un nuevo escenario de conflicto?
Las imágenes de una guerra resultan fáciles de reconocer.
Misiles.
Drones.
Aviones.
Barcos.
Soldados.
Explosiones.
Las estamos viendo prácticamente todos los días.
Pero quizás exista otro escenario mucho menos espectacular.
No produce humo.
No deja cráteres.
No necesita necesariamente soldados.
Puede estar dentro de una computadora.
En una antena.
En una fibra óptica.
En un centro de datos.
O incluso en el sistema que administra una red eléctrica.
La pregunta entonces cambia.
¿La guerra actual se libra solamente con drones y misiles?
CHINA
Durante las últimas décadas China amplió extraordinariamente su relación con América Latina.
Primero apareció fundamentalmente como comprador.
Soja.
Minerales.
Petróleo.
Alimentos.
Materias primas.
Después llegaron inversiones.
Créditos.
Infraestructura.
Energía.
Ferrocarriles.
Telecomunicaciones.
Tecnología.
China se convirtió en un socio económico fundamental para numerosos países de la región.
Desde América Latina aquello puede verse perfectamente como comercio e inversión.
Desde Washington puede observarse de otra manera.
Porque Estados Unidos ya no mira solamente cuánto compra China.
También mira dónde está China.
NEUQUÉN
Tomemos un lugar concreto.
Neuquén.
Allí funciona CALF, la cooperativa que distribuye energía eléctrica y desarrolla además servicios de telecomunicaciones mediante fibra óptica.
La cooperativa trabaja con tecnología de distintas procedencias.
Entre sus proveedores aparece una de las compañías que está en el centro de la disputa tecnológica mundial:
Huawei.
CALF desarrolló vínculos con la empresa china para su infraestructura de telecomunicaciones y viene explorando además tecnologías vinculadas con redes eléctricas inteligentes, conocidas como Smart Grid.
¿Para qué sirven?
Entre otras cosas, permiten conocer y administrar mucho mejor aquello que ocurre dentro de una red eléctrica.
Consumos.
Demandas.
Fallas.
Distribución.
Información.
Automatización.
Para una empresa distribuidora eso significa modernización.
Eficiencia.
Mejor servicio.
Para Estados Unidos aparece otra pregunta.
¿Quién proporciona la tecnología que administra una infraestructura crítica?
HUAWEI
Aquí comienza una discusión que excede largamente a Neuquén.
Estados Unidos considera desde hace años que determinados equipos y servicios de Huawei representan riesgos para su seguridad nacional.
China rechaza esas acusaciones y sostiene que Washington utiliza argumentos de seguridad para limitar comercialmente a una empresa china capaz de competir tecnológicamente.
Huawei, por su parte, niega que sus equipos sean instrumentos del gobierno chino para realizar espionaje.
No necesitamos resolver nosotros esa discusión.
Lo importante es observar que las dos potencias ya no consideran las telecomunicaciones como un negocio cualquiera.
Las consideran estratégicas.
Porque por una red circula algo extraordinariamente valioso.
Información.
LOS DATOS
Durante buena parte del siglo XX una infraestructura estratégica podía identificarse con relativa facilidad.
Un puerto.
Una central eléctrica.
Un oleoducto.
Una refinería.
Una base militar.
Todo eso continúa siendo estratégico.
Pero apareció otra infraestructura.
Servidores.
Nubes informáticas.
Centros de datos.
Cables submarinos.
Fibra óptica.
Satélites.
Redes 5G.
Sistemas digitales que controlan procesos industriales.
El mundo físico comenzó a conectarse con el mundo digital.
Y entonces apareció una nueva vulnerabilidad.
Una central eléctrica puede funcionar perfectamente.
Pero alguien tiene que administrar sus sistemas.
Una fábrica puede producir normalmente.
Pero sus máquinas pueden estar conectadas.
Un puerto puede continuar cargando barcos.
Pero su logística depende crecientemente de datos.
Una ciudad puede tener electricidad.
Pero una red inteligente necesita información para administrarla.
Por eso la pregunta ya no es solamente:
¿quién construyó la infraestructura?
También importa:
¿quién proporciona su tecnología?
LA ANTENA
Sigamos en Neuquén.
A unos cientos de kilómetros existe otra instalación que desde hace años genera discusiones.
La estación china de espacio profundo.
Argentina cedió mediante un acuerdo unas 200 hectáreas para su funcionamiento durante 50 años.
Conviene hacer una precisión importante.
No es territorio soberano chino.
Continúa siendo territorio argentino.
La instalación fue construida para comunicaciones y seguimiento de misiones espaciales y, según los acuerdos entre ambos países, debe utilizarse con fines pacíficos.
Posee una enorme antena capaz de establecer comunicaciones de espacio profundo.
Argentina obtiene también tiempo de utilización para investigación científica.
Hasta allí, los hechos.
Pero Estados Unidos viene planteando interrogantes sobre la instalación.
¿Por qué?
Por una expresión que aparece cada vez con mayor frecuencia cuando hablamos de tecnología:
uso dual.
DOS USOS
Una tecnología puede haber sido desarrollada para una actividad civil y poseer simultáneamente capacidades aprovechables para objetivos militares.
No significa que necesariamente se las esté utilizando de esa manera.
Esa diferencia es fundamental.
Una antena espacial no se convierte automáticamente en una instalación militar.
Un satélite tampoco.
Una red de telecomunicaciones mucho menos.
Pero determinadas tecnologías pueden tener aplicaciones civiles y militares.
Los sistemas de posicionamiento constituyen un ejemplo conocido.
Los satélites sirven para agricultura.
Meteorología.
Comunicaciones.
Navegación.
Investigación.
Pero también pueden resultar fundamentales para operaciones militares.
Lo mismo ocurre con otras tecnologías.
Y eso explica por qué las grandes potencias comenzaron a mirar con creciente atención quién construye, opera o proporciona componentes para determinadas infraestructuras.
EL ESCUDO
Ahora volvamos a Washington.
Estados Unidos impulsa el Escudo de las Américas.
Entre sus objetivos aparecen el narcotráfico.
El crimen organizado.
Las migraciones ilegales.
La cooperación regional.
Pero también aparece una expresión particularmente interesante:
“interferencia extranjera en nuestro hemisferio”.
En 1823 aquella preocupación estaba dirigida fundamentalmente hacia las potencias europeas.
En 2026 el mapa es completamente diferente.
El principal competidor estratégico de Estados Unidos es China.
Y China ya está en América Latina.
No con ejércitos.
Principalmente con comercio.
Empresas.
Inversiones.
Tecnología.
Créditos.
Infraestructura.
RUSIA
Rusia también mantiene presencia e influencia en determinados países latinoamericanos.
Relaciones políticas.
Cooperación militar.
Energía.
Equipamiento.
Seguridad.
Pero existe una diferencia de escala importante.
La penetración económica y tecnológica china en América Latina es considerablemente mayor.
Por eso, cuando Washington habla actualmente de competencia estratégica en el hemisferio, China ocupa inevitablemente el centro del tablero.
DOS MIRADAS
Y aquí debemos tener cuidado.
Para un país latinoamericano una inversión china puede significar algo perfectamente concreto.
Una ruta que necesita construir.
Una represa.
Una línea eléctrica.
Financiamiento.
Antenas.
Equipamiento.
Un mercado para sus exportaciones.
Tecnología que puede comprar a determinado precio.
No necesariamente está eligiendo un bando geopolítico.
Puede estar intentando resolver un problema.
Pero Estados Unidos puede mirar exactamente la misma infraestructura y observar otra cosa.
Dependencia tecnológica.
Acceso potencial a información.
Control de componentes críticos.
Vulnerabilidades.
Influencia política.
Seguridad nacional.
La misma antena.
La misma fibra.
El mismo servidor.
Dos maneras completamente diferentes de mirarlos.
¿COMPETENCIA O CONFLICTO?
Quizás ésa sea una de las características más difíciles de comprender del mundo actual.
La frontera entre economía, tecnología y seguridad comenzó a volverse borrosa.
Un semiconductor puede ser un producto comercial.
Y también una pieza fundamental de un sistema militar.
Un satélite puede observar cultivos.
Y proporcionar información estratégica.
Una inteligencia artificial puede organizar una empresa.
Y analizar un campo de batalla.
Una red eléctrica inteligente puede mejorar enormemente la eficiencia de una ciudad.
Y precisamente porque controla infraestructura esencial se convierte en un asunto de seguridad.
Entonces aparece una pregunta que probablemente acompañará durante muchos años la relación entre Estados Unidos, China y América Latina:
¿dónde termina la competencia comercial y dónde comienza el conflicto estratégico?
EL NUEVO CAMPO
Quizás necesitemos ampliar nuestra imagen de una guerra.
Los drones existen.
Los misiles también.
Y lamentablemente estamos viendo qué pueden hacer.
Pero las grandes potencias compiten mucho antes de llegar a dispararlos.
Compiten por tecnología.
Mercados.
Datos.
Satélites.
Minerales.
Energía.
Infraestructura.
Normas.
Patentes.
Cadenas de suministros.
Y capacidad para controlar los sistemas sobre los cuales funciona una sociedad moderna.
No significa que cada inversión extranjera sea una amenaza.
Tampoco que cada advertencia sobre seguridad sea simplemente paranoia.
Significa algo bastante más incómodo.
Economía y seguridad comenzaron a ocupar el mismo territorio.
Por eso quizás una de las disputas fundamentales del siglo XXI no pueda fotografiarse desde un campo de batalla.
Puede estar ocurriendo silenciosamente dentro de una red.
Una antena.
Un servidor.
Un centro de datos.
Una computadora que controla una central eléctrica.
No explotan.
No hacen ruido.
No vuelan sobre nuestras cabezas.
Pero cada vez más países los consideran parte de su seguridad nacional.
Entonces volvemos a la pregunta inicial.
¿La guerra actual es sólo con drones y misiles?
Probablemente no.
Y quizás el problema más difícil sea precisamente éste:
reconocer un campo de conflicto cuando todavía parece simplemente un negocio.





















