¿DESTINO MANIFIESTO O DIVINA PROVIDENCIA?

Internacionales | Identidadcorrentina

China, Rusia, India y buena parte de Eurasia reclaman un orden internacional más multipolar. Hace sesenta años, De Gaulle ya cuestionaba el privilegio del dólar y Francia pedía convertir sus reservas en oro. Hoy, mientras otras potencias buscan reducir su dependencia del sistema financiero estadounidense, Donald Trump recupera dos expresiones profundamente arraigadas en la historia de su país: Destino Manifiesto y Divina Providencia. ¿Estamos ante una disputa por el poder o ante dos maneras diferentes de imaginar el orden mundial?

La fotografía puede engañar.

Xi Jinping.

Vladimir Putin.

Narendra Modi.

Los dirigentes de Irán, Pakistán y los países de Asia Central.

Representantes de otros Estados.

Organismos internacionales.

Una enorme porción de Eurasia sentada alrededor de una misma mesa.

La primera conclusión puede resultar sencilla:

se está formando un bloque contra Estados Unidos y Occidente.

Quizás.

Pero probablemente estemos mirando algo bastante más complejo.

Porque varios de los que aparecen juntos en esa fotografía no son amigos.

Algunos ni siquiera confían demasiado entre ellos.

LA MESA

La Organización de Cooperación de Shanghái reúne actualmente a China, Rusia, India, Pakistán, Irán, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán.

Diez países.

Pero alrededor de ellos se mueve un espacio diplomático bastante mayor.

Hay observadores.

Socios de diálogo.

Estados invitados.

Organizaciones internacionales.

Y hay además diferencias importantes entre sus propios integrantes.

China e India mantienen disputas territoriales y compiten por influencia en Asia.

India y Pakistán arrastran una rivalidad histórica.

Rusia necesita cada vez más del mercado chino, aunque difícilmente quiera convertirse en un simple subordinado de Pekín.

India participa de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghái, compra petróleo ruso y, simultáneamente, mantiene importantes vínculos estratégicos con Estados Unidos.

Turquía pertenece a la OTAN y al mismo tiempo desarrolla relaciones con este espacio euroasiático.

No estamos mirando una familia.

Mucho menos una alianza militar comparable automáticamente con la OTAN.

Estamos mirando países con intereses diferentes que descubrieron que existen determinados asuntos en los cuales les conviene sentarse en la misma mesa.

LO QUE DICEN

Por eso quizás resulte más prudente no interpretar sus intenciones.

Podemos simplemente leer aquello que declaran.

Hablan de soberanía.

Igualdad entre Estados.

No injerencia.

Seguridad.

Comercio.

Energía.

Transporte.

Tecnología.

Inteligencia Artificial.

Desarrollo.

Multilateralismo.

Y reclaman un orden internacional más representativo.

También cuestionan la utilización unilateral de determinadas herramientas económicas y financieras.

Naturalmente, una declaración diplomática no es una descripción objetiva de la conducta de quienes la firman.

Rusia invadió Ucrania.

China tiene sus propias disputas territoriales.

India, Pakistán e Irán defienden intereses nacionales que no siempre coinciden con los principios generales que proclaman.

Las grandes potencias suelen encontrar una diferencia considerable entre los principios que enuncian y las decisiones que adoptan.

Occidente tampoco ha estado históricamente exento de esa contradicción.

Pero detrás de las palabras aparece una realidad difícil de ignorar.

Una parte importante del mundo quiere participar mucho más en la construcción de las reglas.

EL DINERO

Aquí aparece otro asunto.

Porque las reglas internacionales no se escriben solamente en Naciones Unidas.

También se escriben en los bancos.

En los mercados.

En las monedas.

En los sistemas de pagos.

En las reservas de los bancos centrales.

Y especialmente en el dólar.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los acuerdos de Bretton Woods colocaron al dólar en el centro del sistema monetario internacional.

Estados Unidos garantizaba su convertibilidad en oro para las autoridades monetarias extranjeras a una relación de 35 dólares por onza.

Los demás países podían acumular dólares.

Y aquellos dólares tenían, detrás, una promesa.

Oro.

Pero apareció un problema.

El economista Robert Triffin lo explicó tempranamente.

Para que la economía mundial pudiera crecer necesitaba liquidez.

Estados Unidos debía proporcionar dólares.

Pero cuantos más dólares circulaban fuera de Estados Unidos, más difícil resultaba garantizar que todos pudieran ser convertidos en oro al precio establecido.

Era una contradicción extraordinaria.

El mundo necesitaba dólares.

Y precisamente porque necesitaba cada vez más dólares comenzaba a preguntarse cuánto valía realmente aquella promesa.

FRANCIA

Entonces apareció Charles de Gaulle.

Francia era aliada de Estados Unidos.

No pertenecía al mundo soviético.

No estaba intentando destruir el capitalismo occidental.

Pero planteó una pregunta incómoda.

¿Por qué una nación podía financiar sus desequilibrios internacionales utilizando una moneda que ella misma emitía?

El ministro francés Valéry Giscard d'Estaing utilizó una expresión que sobrevivió hasta nuestros días:

“privilegio exorbitante”.

Francia comenzó a convertir parte de sus dólares en oro.

No ocurrió exactamente como algunas versiones legendarias posteriores lo contaron.

No fue simplemente un barco llegando a Nueva York para vaciar las bóvedas estadounidenses.

Fue algo más serio.

Una decisión monetaria.

Si Estados Unidos decía que aquellos dólares podían convertirse en oro, Francia ejercería ese derecho.

En términos sencillos:

—Aquí están los dólares. Queremos el oro.

LA VENTANILLA

Francia no era el único problema.

La cantidad de dólares existentes fuera de Estados Unidos continuaba creciendo.

También disminuía la capacidad estadounidense para garantizar aquella convertibilidad.

Hasta que llegó Richard Nixon.

El 15 de agosto de 1971 anunció la suspensión de la convertibilidad del dólar en oro.

La famosa ventanilla se cerró.

El sistema de Bretton Woods, tal como había sido concebido, comenzó a desaparecer.

Pero ocurrió algo extraordinario.

El dólar sobrevivió.

Ya no era convertible en oro.

Sin embargo continuó siendo la principal moneda de reserva internacional.

Continuó financiando comercio.

Deuda.

Inversiones.

Bancos.

Empresas.

Gobiernos.

Y buena parte del planeta continuó necesitando dólares.

SESENTA AÑOS DESPUÉS

Ahora volvamos a aquella fotografía.

China.

Rusia.

India.

Irán.

Los países de Asia Central.

No están haciendo exactamente lo que hizo Francia.

Sería incorrecto establecer esa equivalencia.

El sistema monetario actual es completamente diferente.

Pero existe una pregunta que atraviesa ambos momentos históricos:

¿cuánto queremos depender de un sistema financiero cuyo centro se encuentra en otro país?

Rusia aprendió después de las sanciones que las reservas internacionales también pueden convertirse en instrumentos geopolíticos.

China acumula enormes reservas y aumenta simultáneamente sus tenencias de oro.

Los bancos centrales de numerosos países compran oro.

Existen mecanismos alternativos de pagos.

Se realizan operaciones comerciales utilizando otras monedas.

Los BRICS discuten desde hace años diferentes formas de reducir determinadas dependencias financieras.

Nada de esto significa que el dólar esté a punto de desaparecer.

Los datos disponibles indican precisamente lo contrario.

El dólar continúa ocupando una posición extraordinariamente dominante.

No apareció todavía un sustituto capaz de ofrecer simultáneamente la profundidad financiera, liquidez, seguridad jurídica, mercados de capitales y disponibilidad internacional que ofrece el sistema estadounidense.

Pero una cosa es reemplazar al dólar.

Y otra muy diferente es intentar depender un poco menos de él.

Y ENTONCES APARECE TRUMP

Mientras una parte importante del mundo habla de multipolaridad, soberanía y mayor participación en las reglas internacionales, Estados Unidos recupera palabras que vienen desde muy atrás en su propia historia.

Donald Trump ha vuelto a utilizar explícitamente una expresión del siglo XIX:

Manifest Destiny.

Destino Manifiesto.

La idea apareció originalmente asociada con la expansión territorial estadounidense hacia el oeste.

Pero detrás existía algo más profundo.

La convicción de que Estados Unidos no era simplemente otro país.

Tenía una misión.

Un destino particular.

Una relación singular entre territorio, libertad, poder y providencia.

En febrero de 2026, al recordar la victoria estadounidense en la guerra contra México, Trump habló nuevamente del Destino Manifiesto y vinculó aquella expansión con la Divina Providencia.

No fue una interpretación de sus adversarios.

Fueron sus propias palabras.

Y meses después, durante las celebraciones por los 250 años de la independencia estadounidense, volvió a utilizar un lenguaje que relacionaba la historia de su país con un destino otorgado por Dios.

LA PREGUNTA

Quizás entonces estemos observando algo bastante más profundo que una disputa entre Trump, Xi o Putin.

Son dos maneras de mirar el mundo.

Una enorme cantidad de países parece decir:

queremos un sistema en el cual ninguna potencia pueda establecer por sí sola todas las reglas.

Y Estados Unidos conserva una tradición histórica según la cual su experiencia política posee características excepcionales y una misión particular.

No necesariamente significa que una visión vaya a destruir a la otra.

Tampoco significa que estemos marchando inevitablemente hacia una guerra entre bloques.

Puede ocurrir algo bastante más complicado.

Que tengan que aprender a convivir.

Porque China necesita mercados occidentales.

Estados Unidos necesita una economía mundial que continúe funcionando.

India quiere comerciar con todos.

Europa tiene sus propios intereses.

Rusia necesita compradores.

Los países emergentes necesitan inversiones.

Y prácticamente todos continúan necesitando un sistema financiero internacional que funcione.

DE GAULLE

Por eso aquella vieja historia francesa resulta tan interesante.

De Gaulle no destruyó el dólar.

Nixon cerró la ventanilla del oro.

El mundo no terminó.

El sistema cambió.

Quizás ahora estemos atravesando otra transformación.

No sabemos todavía cuál será su resultado.

Probablemente tampoco desaparezca Estados Unidos como potencia dominante de un día para otro.

China tampoco tiene asegurado reemplazarlo.

India puede terminar convirtiéndose en otro gran polo.

Y buena parte del mundo quizás prefiera no elegir exclusivamente entre ninguno de ellos.

Entonces volvemos a la fotografía inicial.

Xi.

Putin.

Modi.

Y después miramos hacia Washington.

Trump.

Dos imágenes.

Dos relatos sobre el mundo.

Uno habla cada vez más de multipolaridad.

El otro vuelve a encontrar en su propia historia palabras como Destino Manifiesto y Divina Providencia.

Quizás la pregunta de nuestro tiempo no sea cuál de los dos tiene razón.

Puede ser una bastante más difícil:

¿cómo se organiza un mundo en el que cada vez más naciones quieren decidir su propio destino, mientras la potencia que construyó el orden vigente todavía se considera depositaria de un destino excepcional?

¿Destino Manifiesto?

¿O Divina Providencia?

Tal vez para comprender lo que viene primero tengamos que entender algo mucho más sencillo.

Cómo cada uno de esos mundos se mira a sí mismo.