Banco Nación, tasas y reservas: el giro de Caputo para bajar el crédito

El Gobierno empezó a usar la liquidez del Banco Nación para empujar hacia abajo las tasas y aliviar el costo del financiamiento. En paralelo, toleró más movimiento del dólar y frenó el ritmo de acumulación de reservas para evitar un mayor enfriamiento de la actividad.

“La tasa de interés es, en esencia, el precio del tiempo”. La frase de John Maynard Keynes ayuda a entender el nuevo foco de tensión del Gobierno: en una economía con actividad estancada y más morosidad, el oficialismo comenzó a intervenir sobre el costo del dinero para evitar que el crédito se convierta en un factor de asfixia.

El Gobierno comenzó a utilizar al Banco Nación como una herramienta para intervenir sobre las tasas de interés y descomprimir el costo del financiamiento, en medio de las señales de alarma por el estancamiento de la actividad y el aumento de la morosidad. La estrategia se combinó con una mayor tolerancia sobre el dólar y un fuerte recorte en el ritmo de acumulación de reservas del Banco Central.

La maniobra fue detectada por la Gerencia de Estudios Económicos del Banco Provincia, que vinculó el fuerte descenso de las tasas de los últimos días con un movimiento de liquidez del Tesoro y una participación más agresiva del Nación en el mercado de cauciones. El informe interpreta estos movimientos como una señal de que la estabilidad cambiaria dejó de funcionar como el único objetivo de corto plazo del equipo económico.

El problema comenzó con la desaceleración de las compras de dólares del Banco Central. El BCRA había adquirido un promedio de USD 100 millones diarios durante julio, pero ese ritmo cayó a apenas USD 30 millones en agosto. Como cada dólar comprado supone emisión de pesos, la expansión monetaria generada por las intervenciones cambiarias pasó de $3,2 billones en julio a menos de $1 billón en agosto.

La consecuencia fue una plaza cada vez más seca. Con menos pesos disponibles, la caución, que había promediado una tasa nominal anual de 20,5% en julio, llegó al 28% el 20 de agosto. El encarecimiento se trasladó rápidamente a la economía real: los adelantos en cuenta corriente utilizados por las empresas saltaron desde la zona del 25% hasta el 33%.

“En un contexto de demanda interna estancada, la suba del costo de financiamiento, casi inevitablemente, traería consigo una caída del crédito, golpeando el nivel de actividad”, advirtió el Banco Provincia.

Es en ese punto donde aparece el Banco Nación. El 19 de agosto, el Tesoro le canjeó al Banco Central $1,4 billones en LECAP y obtuvo pesos a cambio. Provincia no puede determinar en qué entidad quedaron depositados esos fondos porque la información oficial no está desagregada por jurisdicción, pero detectó una señal contundente: ese mismo día los depósitos del sector público en los bancos aumentaron $2,3 billones y alcanzaron el máximo del año.

El informe considera que esa liquidez “presumiblemente” terminó en el Banco Nación. Lo que ocurrió inmediatamente después refuerza la hipótesis: desde esa jornada, la entidad pública comenzó a mostrarse mucho más activa en el mercado monetario, ofreciendo cauciones a tasas inferiores a las del resto de los jugadores.

La intervención tuvo resultados rápidos. La caución retrocedió hacia el 22%, mientras que los adelantos en cuenta corriente bajaron desde 33% hasta aproximadamente 28%. En los hechos, el Gobierno utilizó liquidez del sector público y la capacidad financiera del principal banco estatal para empujar hacia abajo el precio del dinero sin modificar formalmente el esquema monetario.

Esa estrategia tuvo una segunda pata. Caputo también parece haber aceptado sacrificar parte del ritmo de acumulación de reservas para bajar las tasas. Durante las semanas anteriores, Economía había concentrado sus esfuerzos en contener al dólar, una política que contribuía a mantener seca la plaza de pesos. Cuando las tasas comenzaron a escalar y la caución llegó incluso a tocar el 37,5% en algunas ruedas, el Gobierno flexibilizó esa postura y permitió un mayor movimiento del tipo de cambio.

El dólar mayorista, que durante semanas había encontrado un techo informal alrededor de los $1.500, llegó hasta $1.535. A cambio, las condiciones monetarias se relajaron rápidamente y la caución a un día terminó retrocediendo hasta 20,7%, mientras la LECAP a 30 días y la TAMAR quedaron en torno al 25%.

La contracara apareció en las reservas. Según GMA Capital, el promedio de compras de divisas del BCRA cayó de USD 93 millones diarios en julio a apenas USD 35,6 millones durante agosto. La consultora interpreta que no hubo un cambio de objetivos, sino una administración más pragmática del equilibrio entre dólar, tasas y reservas: se toleró algo más de volatilidad cambiaria y un menor ritmo de acumulación de dólares para evitar que el endurecimiento monetario siguiera trasladándose al crédito.

El diagnóstico coincide con el del Banco Provincia. Para la entidad bonaerense, el equipo económico empezó a buscar un equilibrio entre un mercado cambiario que genera cada vez menos pesos y una economía interna que todavía no logra recuperarse. La flexibilización de los créditos en dólares para empresas y el uso de $2 billones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad para impulsar los hipotecarios forman parte de esa misma búsqueda de liquidez.

En perspectiva histórica, el movimiento recuerda a otros momentos de la economía argentina en los que el Gobierno debió elegir entre sostener el tipo de cambio, acumular reservas o aflojar la restricción monetaria. Desde los programas de estabilización más ortodoxos hasta los esquemas de controles cambiarios, el problema suele ser el mismo: cuando se seca la emisión de pesos asociada a compras de dólares, el crédito privado paga el ajuste primero. En ese sentido, la tensión actual exhibe una lógica conocida en la historia económica local: la prioridad de corto plazo puede cambiar rápidamente cuando la actividad empieza a deteriorarse.

Análisis y proyecciones: si el Banco Nación continúa actuando como regulador de hecho en el mercado de cauciones, el Gobierno podría ganar tiempo para evitar un estrangulamiento mayor del crédito, pero a costa de resignar parte de la acumulación de reservas y de exponer más al esquema cambiario a una mayor oscilación. En el corto plazo, la señal positiva sería una baja de tasas que alivie a empresas y familias; la negativa, que esa mejora sea transitoria si no se recompone la oferta genuina de pesos y no se reactivan la demanda y la inversión. En economías con escasez de liquidez, la baja de tasas por intervención estatal suele ser efectiva como puente, pero menos sostenible como solución estructural.

El cambio expone una tensión que hasta hace poco permanecía en segundo plano. Comprar dólares permitía simultáneamente acumular reservas e inyectar pesos. Pero cuando el ritmo de compras se desplomó, también desapareció buena parte de esa fuente de expansión monetaria. El resultado fue una suba de tasas que empezó a amenazar al crédito en una economía que ya llegaba debilitada.

Caputo comenzó entonces a aflojar uno de los extremos del programa. En lugar de sostener a cualquier costo el dólar y la acumulación de reservas, Economía empezó a liberar pesos, apoyarse en el Nación para abaratar el mercado monetario y tolerar un mayor movimiento cambiario. El nuevo equilibrio supone aceptar menos reservas y algo más de dólar para impedir que las tasas terminen de asfixiar la economía.

Evolución reciente del enfoque oficial: hasta semanas atrás, la prioridad había sido anclar expectativas cambiarias y sostener un sendero de estabilidad nominal. Sin embargo, a medida que crecieron las tasas y se profundizó la señal de enfriamiento en el crédito, el Gobierno fue desplazando el eje hacia una estrategia más pragmática: menos obsesión por la acumulación de reservas en el margen inmediato y más foco en evitar que el costo financiero desactive aún más la actividad. Ese corrimiento muestra un cambio de jerarquía entre objetivos que, en la práctica, compiten entre sí.