Pepe, Milei y Lula: el respeto en la política

Por Jagua Arandú

Hace seis años, en México, una periodista le hizo a José “Pepe” Mujica una pregunta incómoda.

Quería conocer su opinión sobre Andrés Manuel López Obrador.

Mujica podía responder.

Tenía experiencia política suficiente para hacerlo.

Podía elogiarlo.

Podía criticarlo.

Podía entrar en aquella discusión interminable sobre quién es verdaderamente de izquierda y quién dejó de serlo.

No lo hizo.

Dijo algo mucho más sencillo:

“Estoy en casa ajena.”

Cuatro palabras.

No significaban cobardía.

Tampoco indiferencia.

Mucho menos ausencia de convicciones.

Significaban respeto.

EL OTRO

Quizás convenga recuperar esa palabra.

Respeto.

No como cortesía.

No como buenos modales.

Ni como obligación de permanecer callado frente a aquello con lo que uno no está de acuerdo.

En política democrática, el respeto significa algo bastante más profundo:

reconocer la dignidad del otro, aceptar las leyes y admitir determinados límites éticos necesarios para que personas que piensan de manera completamente diferente puedan convivir sin violencia.

Uno puede discutir.

Puede denunciar.

Puede cuestionar.

Puede combatir políticamente.

Puede intentar derrotar electoralmente al adversario.

Pero enfrente continúa existiendo otro.

Y ese otro también representa a alguien.

MILEI EN BRASIL

Javier Milei estuvo en Brasil participando de un acto político junto a Flávio Bolsonaro.

Allí volvió a utilizar expresiones durísimas contra Luiz Inácio Lula da Silva.

Lo llamó, entre otras cosas, ladrón y presidiario.

No es una novedad.

Milei construyó buena parte de su identidad política utilizando un lenguaje deliberadamente confrontativo.

Y millones de argentinos lo sabían cuando lo votaron.

Pero existe una diferencia que merece ser considerada.

Milei no estaba hablando solamente como Javier Milei.

Es el Presidente de la República Argentina.

Y Lula tampoco es solamente Lula.

Es el Presidente de la República Federativa del Brasil.

Dos países vecinos.

Dos socios fundamentales.

Dos sociedades profundamente vinculadas por comercio, producción, energía, turismo, inversiones y una frontera común.

Argentina y Brasil pueden tener gobiernos ideológicamente enfrentados.

Los tuvieron muchas veces.

Seguramente volverán a tenerlos.

La pregunta es otra:

¿hasta dónde puede llegar esa confrontación sin comenzar a perjudicar aquello que cada presidente representa?

EL PARLASUR

El episodio tuvo una consecuencia política.

El Parlamento del Mercosur aprobó una declaración de repudio a las expresiones de Milei contra Lula.

La votación fue de 30 votos afirmativos, 10 negativos y 5 abstenciones.

Hasta ahí podría parecer otro episodio de la confrontación entre oficialismo y oposición.

Pero ocurrió algo más interesante.

Entre quienes acompañaron el pronunciamiento aparecieron representantes vinculados al PRO y la UCR, además de parlamentarios que habían sido electos en las listas de La Libertad Avanza, aunque posteriormente se distanciaron del oficialismo.

Y eso nos lleva nuevamente a la Argentina.

¿QUIÉN VOTÓ A MILEI?

Javier Milei ganó el balotaje presidencial de 2023 con el 55,65 por ciento de los votos.

Fue una victoria contundente.

Pero dentro de aquel número había muchas cosas.

Había libertarios convencidos.

Había personas identificadas con Milei.

Había votantes del PRO.

Había radicales.

Había independientes.

Había argentinos desesperados por la inflación.

Había hartazgo con la política tradicional.

Había rechazo al kirchnerismo.

Y había ciudadanos que quizás no votaban tanto por Milei como contra aquello que temían que continuara.

Tres años después, aquella pregunta sigue abierta:

¿cuántos argentinos confían hoy profundamente en la propuesta de Milei y cuántos continúan acompañándolo porque temen más el regreso al pasado que los riesgos del presente?

No tenemos una respuesta definitiva.

Las encuestas pueden aproximarnos.

Las elecciones serán finalmente las que respondan.

Pero existe otra cuestión.

LOS QUE ENTRARON

El triunfo de Milei produjo además un fenómeno extraordinario.

La velocidad de crecimiento de La Libertad Avanza obligó a completar listas en todo el país.

Y por esas listas ingresaron dirigentes que, cuantitativamente, prácticamente no existían en la política nacional antes de Milei.

Llegaron gracias a su arrastre electoral.

Algunos permanecieron.

Otros se fueron.

Algunos acompañaron.

Otros comenzaron a votar contra el Gobierno.

No es un fenómeno nuevo.

Todos los grandes movimientos electorales terminan transportando pasajeros diferentes.

El problema aparece después, cuando llega el momento de gobernar.

Porque una cosa es ganar una elección.

Otra muy distinta es construir una mayoría política duradera.

PRO Y UCR

Ahí aparecen el PRO y la UCR.

Milei puede cuestionarlos.

Puede disputarles electores.

Puede intentar absorberlos.

Puede acusar a parte de sus dirigencias de pertenecer a aquello que denomina “la casta”.

Pero existe una realidad electoral difícil de ignorar:

una parte importante de esos ciudadanos constituye precisamente el electorado que Milei necesita conservar o conquistar para construir nuevamente una mayoría nacional.

Un votante de Patricia Bullrich que eligió a Milei en el balotaje de 2023 no se convirtió necesariamente en libertario.

Tampoco un radical que decidió impedir el regreso del kirchnerismo.

Votar a alguien no significa entregarle la identidad política.

Mucho menos un cheque en blanco.

Y entonces aquella votación relativamente pequeña del Parlasur puede estar mostrando algo bastante más grande.

Sectores que pueden acompañar políticas económicas del Gobierno también pueden establecer límites respecto de determinadas conductas presidenciales.

Eso también forma parte de la democracia.

¿Y BOLSONARO?

Queda quizás la pregunta más interesante.

Milei viajó a Brasil para apoyar políticamente a Flávio Bolsonaro.

Perfectamente legítimo desde el punto de vista de sus afinidades ideológicas.

Pero:

¿le sirve a Bolsonaro esa ayuda?

No necesariamente.

Una encuesta brasileña de Genial/Quaest produjo un resultado particularmente interesante.

Consultados sobre el respaldo de Milei a Flávio Bolsonaro, un 34 por ciento dijo que ese apoyo aumentaba sus posibilidades de votar a Lula.

Un 27 por ciento respondió que aumentaba sus posibilidades de votar a Flávio.

Es solamente una encuesta.

No permite predecir una elección.

Pero plantea una paradoja formidable:

Milei podría movilizar más votos hacia el adversario de Bolsonaro que hacia Bolsonaro.

¿Por qué?

Quizás porque en política existe algo más poderoso que la ideología.

La identidad.

CUANDO LULA DEJA DE SER LULA

Un brasileño puede estar furioso con Lula.

Puede considerar equivocadas sus políticas.

Puede querer derrotarlo.

Pero cuando un presidente extranjero llega a Brasil y agrede públicamente al presidente brasileño, puede producirse un fenómeno psicológico y político diferente.

Por un instante, Lula deja de ser solamente Lula.

Pasa a ser el Presidente de Brasil.

Y el ataque proveniente desde afuera puede despertar una identidad distinta:

la brasileña.

La historia está llena de dirigentes extranjeros que intentaron ayudar a un candidato y terminaron ayudando involuntariamente al adversario.

Los argentinos conocemos bastante bien ese mecanismo.

En 1946 apareció una consigna formidable:

“Braden o Perón”.

La intervención extranjera terminó convertida en combustible electoral interno.

Ochenta años después cambiaron las herramientas.

Pero probablemente los seres humanos no cambiamos tanto.

RESPETO NO ES SUMISIÓN

Conviene aclararlo.

Respeto no significa aceptar las ideas de Lula.

Ni las de Milei.

Ni las de Mujica.

Tampoco significa renunciar a denunciar corrupción, autoritarismo, abusos de poder o violaciones de la ley.

Una democracia sin conflicto sería una ficción.

La política existe precisamente porque tenemos intereses, ideas y proyectos diferentes.

El problema comienza cuando dejamos de considerar al adversario como adversario y comenzamos a considerarlo indigno.

Porque entonces la escalera puede resultar peligrosa.

Primero despreciamos sus ideas.

Después despreciamos a la persona.

Luego despreciamos a quienes lo votaron.

Más tarde comenzamos a desconfiar de las instituciones que ocupa.

Y finalmente puede aparecer la pregunta más peligrosa:

si el otro es completamente ilegítimo, ¿por qué deberíamos respetar las reglas cuando gana?

Ahí comienza a deteriorarse la democracia.

No necesariamente con tanques.

Ni con revoluciones.

A veces empieza simplemente con palabras.

CUATRO PALABRAS

Por eso quizás valga la pena volver al viejo Pepe.

No para convertirlo en santo.

Mujica fue un dirigente político.

Tuvo aciertos.

Tuvo errores.

Tuvo adversarios.

Defendió posiciones que pueden discutirse como las de cualquier hombre público.

Pero aquella vez estaba en México.

Una periodista intentó llevarlo hacia una definición sobre el presidente mexicano.

Y Mujica respondió:

“Estoy en casa ajena.”

Cuatro palabras.

Nada más.

Quizás detrás de ellas exista una vieja regla que la política contemporánea está olvidando.

Podemos pensar diferente.

Podemos discutir con dureza.

Podemos competir.

Podemos derrotarnos electoralmente.

Podemos volver a enfrentarnos cuatro años después.

Pero para que todo eso siga siendo posible necesitamos conservar algo elemental:

el reconocimiento de la dignidad del otro, la aceptación de las leyes y ese límite ético que llamamos respeto.

Porque cuando desaparece el respeto, la política no necesariamente se vuelve más valiente.

Simplemente comienza a quedarse sin límites.