CAMBIA... TODO CAMBIA... DEL PUNTERO AL ALGORITMO

Durante décadas las campañas argentinas necesitaron punteros, colectivos, campamentos, asados, boletas, remises y miles de personas para localizar, convencer y movilizar electores. Buena parte de aquella maquinaria todavía existe. Pero sobre ella apareció otra capaz de procesar millones de señales, clasificar públicos y medir mensajes casi instantáneamente. La política probablemente no cambió demasiado su objetivo. Lo que está cambiando es la herramienta utilizada para conocer al votante.

Hubo un tiempo en que una campaña electoral comenzaba mucho antes de colocar un afiche.

Había que conocer el territorio.

En las zonas rurales se organizaban campamentos de concentración.

Asado.

Choripán.

Torta frita.

Colectivos.

Camionetas.

Automóviles.

Hasta tractores con acoplados.

Cada sección tenía responsables.

Cada responsable conocía su gente.

Y el día de la elección comenzaba aquello que dentro de la política siempre tuvo un nombre bastante más elegante que la realidad:

movilización.

Había que buscar al votante.

Y llevarlo hasta la urna.

LA CIUDAD

En el área urbana el mecanismo era diferente.

La ciudad se dividía.

Barrios.

Circuitos.

Escuelas.

Mesas.

Responsables.

Había colectivos.

Camionetas.

Automóviles.

Remises contratados con anticipación.

Locales partidarios funcionando desde la madrugada.

Y antes habían ocurrido otras cosas.

Caminatas.

Timbreos.

Festivales.

Actos multitudinarios.

Reuniones.

Visitas.

Y aquella práctica que cualquier militante argentino de cierta edad conoce perfectamente:

la boleteada.

Casa por casa.

Una boleta debajo de la puerta.

Otra entregada personalmente.

—Guárdela para el domingo.

No existía WhatsApp.

Había zapatillas.

EL PUNTERO

En el centro de buena parte de aquella organización aparecía un personaje.

El puntero.

Su verdadera herramienta no era el dinero.

Tampoco el automóvil.

Ni siquiera el local partidario.

Era otra.

Información.

Sabía quién vivía dónde.

Quién estaba enfermo.

Quién necesitaba un medicamento.

Quién precisaba un pasaje para regresar a votar.

Quién no tenía vehículo.

Quién estaba enojado.

Quién había cambiado de opinión.

Quién era radical.

Quién era peronista.

Quién podía convencer a cinco personas más.

No necesitaba una computadora.

Llevaba buena parte de esa información en la cabeza.

LAS ÚLTIMAS HORAS

Y había un momento particularmente delicado.

Las últimas 24 horas antes de abrir los comicios.

Entonces podía ocurrir algo que quienes hayan participado durante años en campañas electorales conocen perfectamente.

La compra y venta de punteros.

No se compraba solamente un voto.

Se intentaba incorporar una pequeña estructura.

Porque un puntero podía representar familias, vehículos, fiscales, contactos y capacidad de movilización.

Naturalmente, alrededor de las campañas también existieron prácticas que atravesaron límites legales y éticos.

Dinero.

Mercadería.

Favores.

Retención de documentos.

Condicionamientos.

No pertenecieron necesariamente a una única fuerza política ni constituyen toda la historia de las campañas argentinas.

Pero negar que existieron tampoco ayudaría a comprenderlas.

DESPUÉS LLEGÓ EL TELÉFONO

Primero fue una ayuda.

Después comenzó a convertirse en otra cosa.

El teléfono celular permitió localizar personas.

WhatsApp organizó grupos.

Las redes sociales multiplicaron mensajes.

Facebook permitió segmentar públicos.

Instagram agregó imágenes.

TikTok incorporó otra velocidad.

Y mientras nosotros mirábamos videos apareció detrás una maquinaria mucho menos visible.

Los datos.

Cada interacción deja señales.

Qué miramos.

Qué ignoramos.

Qué compartimos.

Qué nos indigna.

Qué nos divierte.

Cuánto tiempo permanecemos frente a determinado contenido.

No significa que una campaña política tenga acceso libre a toda nuestra información privada.

No lo tiene.

Pero las plataformas y los sistemas publicitarios pueden clasificar audiencias mediante enormes cantidades de datos y comportamientos agregados.

Y allí apareció el algoritmo.

POLLY

Un documental de Moconomy muestra un sistema desarrollado por la empresa canadiense Advanced Symbolics.

Se llama Polly.

Fue utilizado para analizar conversaciones públicas en redes sociales e intentar inferir comportamientos y tendencias electorales.

El documental sigue especialmente las elecciones canadienses de 2019.

La idea resulta fascinante.

En lugar de llamar por teléfono a mil personas y preguntarles:

—¿A quién piensa votar?

El sistema observa enormes cantidades de conversaciones y busca patrones.

No significa que una computadora pueda entrar en nuestra cabeza.

Tampoco que conozca con certeza nuestro voto.

Eso sería exagerar.

Significa que puede intentar algo diferente:

calcular probabilidades.

EL VOTANTE QUE IMPORTA

Una campaña tradicional conoce perfectamente una regla.

No todos los electores tienen el mismo valor estratégico.

Hay alguien convencido de votar al candidato A.

Probablemente no necesite demasiada publicidad.

Otro está convencido de votar al candidato B.

Quizás gastar dinero intentando cambiarlo sea inútil.

Pero existe un tercero.

Duda.

Ese interesa.

El viejo puntero también lo sabía.

—A éste hay que hablarle.

La diferencia es la escala.

Un buen puntero podía conocer extraordinariamente bien un barrio.

Un sistema informático puede intentar encontrar patrones entre cientos de miles o millones de personas.

NO NECESITA SABER TODO

Ahí aparece quizá uno de los mayores malentendidos alrededor de la inteligencia artificial aplicada a la política.

La máquina no necesita saber exactamente qué vamos a hacer.

Le alcanza con aumentar la probabilidad de acertar.

Supongamos que detecta un grupo particularmente preocupado por la inseguridad.

Otro por los impuestos.

Otro por el salario.

Otro por el medio ambiente.

Otro por la inmigración.

La campaña ya no necesita enviar exactamente el mismo mensaje a todos.

Puede hablarle a cada grupo sobre aquello que considera importante.

Eso se llama segmentación.

Y existe desde antes de la inteligencia artificial.

La IA puede hacerla muchísimo más sofisticada y rápida.

PROBAR

Hay otra diferencia enorme.

Antes un candidato pronunciaba un discurso.

Después preguntaba:

—¿Cómo cayó?

Y comenzaban las opiniones.

El dirigente.

El puntero.

El periodista.

El militante.

El vecino.

Todos tenían una impresión.

Ahora determinados mensajes digitales pueden medirse.

Cuántas personas miraron.

Cuántas abandonaron.

Cuántas compartieron.

Cuántas reaccionaron.

Qué versión funcionó mejor.

Entonces se prueba otra.

Una fotografía.

Una frase.

Un video.

Un gesto.

Y nuevamente se mide.

FARMEAR AURA

Quizás aquí aparezca nuestra expresión nueva para una práctica muy antigua.

Farmear aura.

Construir una imagen.

Parecer cercano.

Fuerte.

Divertido.

Decidido.

Presidencial.

Humano.

Rebelde.

Según aquello que cada candidato necesite transmitir.

Los políticos hicieron esto desde mucho antes de que existieran las redes sociales.

Se arremangaban la camisa.

Besaban niños.

Tomaban mate.

Visitaban fábricas.

Se fotografiaban con trabajadores.

La novedad no es construir una imagen.

La novedad es poder medir casi inmediatamente qué imagen funciona mejor y entre quiénes.

PERO EL BARRIO SIGUE AHÍ

Y aquí conviene frenar.

Porque resulta tentador anunciar:

murió el puntero.

Probablemente sea falso.

Una computadora puede encontrar un elector.

Puede mostrarle publicidad.

Puede detectar una preocupación.

Puede sugerir un mensaje.

Pero todavía no puede hacer muchas cosas que la política territorial hace todos los días.

Conseguir un medicamento.

Resolver un trámite.

Organizar una reunión.

Conocer una familia.

Escuchar personalmente un problema.

Conseguir fiscales.

Abrir un local.

Y, llegado el domingo electoral, ayudar a que determinadas personas lleguen físicamente hasta la escuela.

Especialmente fuera de las grandes ciudades.

La geografía continúa existiendo.

DOS MUNDOS

Entonces quizás estemos observando algo diferente.

No la desaparición de una política.

Sino la superposición de dos.

La vieja conoce territorio.

La nueva procesa datos.

Una trabaja con relaciones personales.

La otra con patrones.

Una pregunta:

—¿Quién conoce a esta familia?

La otra pregunta:

—¿Qué tienen en común diez mil personas que están cambiando de opinión?

Una necesita tiempo.

La otra necesita información.

Una funciona alrededor de una mesa.

La otra dentro de servidores.

¿QUIÉN GANARÁ?

No lo sabemos.

Y quizás ésa sea la pregunta equivocada.

Porque pueden terminar trabajando juntas.

El algoritmo puede detectar dónde existe descontento.

La estructura territorial puede ir hasta allí.

El territorio puede descubrir un problema.

Las redes pueden multiplicarlo.

El candidato puede ensayar una respuesta.

Los sistemas digitales pueden medirla.

Y nuevamente comienza el circuito.

Puntero.

Algoritmo.

Territorio.

Pantalla.

Una combinación que recién estamos comenzando a conocer.

CAMBIA... TODO CAMBIA

Dentro de poco Argentina comenzará otra campaña presidencial.

Habrá actos.

Caminatas.

Reuniones.

Afiches.

Locales partidarios.

Colectivos.

Autos.

Fiscales.

Militantes.

Todo aquello que conocemos.

Pero habrá también otra campaña que veremos mucho menos.

Datos.

Segmentación.

Algoritmos.

Inteligencia artificial.

Videos diseñados para públicos determinados.

Mensajes probados y corregidos.

Imágenes que parecerán espontáneas y quizás hayan sido cuidadosamente estudiadas.

No sabemos cuánto decidirá cada mundo.

Tampoco sabemos todavía hasta dónde llegará realmente la inteligencia artificial aplicada a una elección.

Estamos mirando el cambio mientras ocurre.

Y quizás, después de tantos años, el viejo puntero descubra que tiene un competidor bastante particular.

Él preguntaba:

—¿Dónde vive?

El algoritmo hace otra pregunta:

—¿Qué le importa?