LA ECONOMÍA SALE DE LA PLANILLA

El Gobierno sostiene que el sistema financiero permanece sólido y que los indicadores no muestran una crisis. Pero una cifra obliga a mirar debajo de los grandes números: la mora de los créditos familiares llegó al 12,8%. Milei enfrenta así una discusión diferente. Ya no se trata solamente de explicar inflación, déficit o reservas, sino de demostrar cómo llega el programa económico hasta el bolsillo de quienes viven fuera de la Casa Rosada.

Durante mucho tiempo la discusión económica argentina estuvo dominada por palabras enormes.

Déficit.

Emisión.

Reservas.

Riesgo país.

Inflación.

Deuda.

Equilibrio fiscal.

Son importantes.

Algunas son fundamentales.

Pero existe otra economía.

La del vencimiento de la tarjeta.

La cuota del auto.

El préstamo personal.

El alquiler.

El supermercado.

La cuenta que llega el día 10 cuando el sueldo llegó el día 1.

Y es precisamente allí donde comienza a aparecer una discusión que el Gobierno ya no puede ignorar.

UN NÚMERO

El Banco Central publicó sus datos correspondientes a junio.

La irregularidad del crédito al sector privado se ubicó en 7,6%.

Pero cuando se observa solamente el financiamiento a las familias aparece otro número:

12,8%.

Eso significa que una proporción significativa de los créditos familiares presenta dificultades de pago.

Hay que decir inmediatamente algo importante.

El propio Banco Central sostiene que el sistema financiero mantiene elevados niveles de cobertura frente al riesgo crediticio.

Por lo tanto, una cosa es hablar de dificultades crecientes entre determinados deudores.

Otra muy diferente sería afirmar que existe una crisis bancaria.

Los datos disponibles no permiten semejante conclusión.

Pero políticamente el asunto existe.

MILEI LO SABE

El Presidente sigue personalmente el tema.

Según la información conocida en estas horas, considera que el Estado no debería utilizar recursos públicos para rescatar a quienes otorgaron créditos asumiendo riesgos.

Es una posición perfectamente coherente con su pensamiento económico.

Pero dentro del propio oficialismo apareció otra posibilidad.

Patricia Bullrich propuso modificar la manera en que bancos y entidades financieras informan el costo verdadero de un crédito.

La idea es brutalmente sencilla.

Que quien toma 100.000 pesos pueda comprender inmediatamente cuánto terminará pagando.

No escondido entre porcentajes.

No perdido en letra pequeña.

Claramente.

Milei estaría evaluando la propuesta.

UNA DIFERENCIA IMPORTANTE

Esto merece ser observado cuidadosamente.

Una intervención de ese tipo no implicaría que el Estado pague la deuda privada.

Tampoco congelaría tasas.

Ni obligaría a refinanciar créditos.

Modificaría la información disponible antes de que una persona decida endeudarse.

Es decir:

no resolvería la deuda existente; intentaría evitar que el próximo deudor tome una decisión sin comprender completamente su costo.

La diferencia es importante.

Y también muestra que el Gobierno empieza a enfrentarse con problemas económicos diferentes de aquellos que dominaron sus primeros años.

LA MACRO Y LA MESA

Supongamos que el déficit está controlado.

Supongamos que el Banco Central cumple su nueva misión.

Supongamos que la inflación continúa descendiendo.

Supongamos que las reservas mejoran.

Todo eso puede ser cierto.

Pero existe una pregunta política inevitable.

¿Cuándo lo siente una familia?

No existe una respuesta automática.

La estabilización macroeconómica puede ser condición necesaria para una recuperación duradera.

Pero no garantiza que todos los sectores mejoren simultáneamente.

Una empresa puede crecer mientras otra desaparece.

Un salario puede recuperarse mientras otro permanece rezagado.

Una familia puede volver a ahorrar mientras otra continúa pagando deudas acumuladas.

Las estadísticas agregadas describen una economía.

Las elecciones las hacen personas.

AHÍ COMIENZA 2027

El calendario político empieza a avanzar.

El Gobierno consiguió media sanción para reformas que considera estructurales y ahora parte de esa discusión continuará en el Senado.

Pero paralelamente aparece otra batalla.

No legislativa.

No financiera.

No académica.

La percepción.

Milei necesita que una parte suficientemente grande de la sociedad no solamente comprenda su programa económico.

Necesita que perciba resultados.

Esa diferencia puede terminar siendo decisiva.

Porque un gobierno puede explicar que heredó desequilibrios extraordinarios.

Puede demostrar que corrigió determinadas variables.

Puede exhibir estadísticas.

Pero cuanto más se aproxima una elección, menos se discute el punto de partida.

La sociedad comienza a mirar el lugar al cual llegó.

DOS REALIDADES PUEDEN SER CIERTAS

Esta quizás sea la parte más interesante.

Puede ser cierto que el sistema financiero argentino no enfrente una crisis.

Y puede ser cierto, simultáneamente, que muchas familias tengan dificultades para pagar sus obligaciones.

Puede ser cierto que determinados indicadores macroeconómicos hayan mejorado.

Y también que esa mejoría todavía no haya alcanzado con la misma intensidad a todos.

No existe contradicción.

Existen escalas diferentes.

El problema comienza cuando la política intenta elegir solamente una de ellas.

LA PRÓXIMA DISCUSIÓN

Durante los primeros años de Milei, el Gobierno pudo formular una pregunta poderosa:

¿Argentina estaba dispuesta a soportar el costo de ordenar una economía desordenada durante décadas?

La próxima pregunta será distinta.

Mucho más difícil.

Porque ya no mira hacia atrás.

Mira hacia adelante.

¿Para qué sirvió el esfuerzo?

Esa respuesta no la dará una conferencia de prensa.

Ni un discurso.

Ni siquiera una estadística aislada.

La dará lentamente la vida cotidiana.

Y allí, finalmente, la economía abandona la planilla y se sienta a la mesa.