Milei conserva el discurso, pero el Gobierno ensaya un giro pragmático

La Casa Rosada comenzó a flexibilizar algunos límites del programa para recuperar iniciativa económica, recomponer el vínculo social y preparar el camino hacia 2027. El Presidente sostiene públicamente la rigidez del modelo, mientras permite que sus ministros negocien y administren pequeñas concesiones.

Durante buena parte de su trayectoria política, Javier Milei construyó su identidad alrededor de una promesa contundente:

no negociar con la casta, no retroceder y no modificar el rumbo.

Esa intransigencia fue uno de los principales activos que lo llevaron a la Presidencia.

Pero gobernar exige algo más que sostener una bandera.

Exige administrar.

Negociar leyes.

Conseguir financiamiento.

Atender demandas sociales.

Acordar con gobernadores.

Y, especialmente, transformar los equilibrios macroeconómicos en resultados perceptibles para la población.

En las últimas semanas comenzaron a aparecer señales de un cambio.

No se trata todavía de una modificación del programa económico.

Mucho menos de un abandono del equilibrio fiscal.

Lo que aparece es una nueva disposición para flexibilizar algunos instrumentos y hacer que el modelo resulte social y políticamente más tolerable.

PEQUEÑAS CONCESIONES

El Gobierno acumuló en pocos días una serie de decisiones que apuntan en la misma dirección.

Se habilitó una flexibilización de los créditos en dólares para ampliar el financiamiento destinado a las empresas.

Se anunció una línea de préstamos hipotecarios respaldada con recursos administrados por la Anses.

Se negoció con gobernadores del norte un esquema de asistencia para el consumo eléctrico durante los meses de altas temperaturas.

También se permitió una mayor movilidad del dólar mayorista para aliviar presiones cambiarias.

En el plano laboral, el Gobierno dejó avanzar acuerdos salariales que establecen pisos superiores al millón de pesos en algunos convenios colectivos, aunque simultáneamente mantuvo una posición restrictiva en la discusión del salario mínimo.

Cada una de estas medidas tiene un impacto diferente.

Algunas pueden generar efectos concretos.

Otras poseen fundamentalmente un valor político y simbólico.

Pero todas expresan una misma preocupación:

la estabilidad macroeconómica todavía no consiguió convertirse en una recuperación suficientemente visible para amplios sectores de la sociedad.

EL MÉTODO CAPUTO

Luis Caputo aparece como uno de los principales impulsores de este pragmatismo.

El ministro de Economía considera que las reformas fundamentales ya fueron realizadas y que ahora la continuidad del programa depende, en gran medida, de la construcción política.

Su razonamiento parece sencillo.

Si el Gobierno quiere reducir la incertidumbre, recuperar el crédito y consolidar las expectativas de inversión, necesita demostrar que posee capacidad para gobernar más allá de las facultades presidenciales.

Eso significa conseguir leyes.

Garantizar acuerdos.

Y comenzar a construir una coalición electoral suficientemente amplia para sostener la reelección de Milei en 2027.

Caputo promueve una negociación más acelerada con los gobernadores.

El sector político del oficialismo comparte la necesidad de esos entendimientos, pero propone otros tiempos.

Karina Milei, Diego Santilli y los principales operadores territoriales prefieren llegar a las negociaciones con una economía más fortalecida y con mayor capacidad para imponer condiciones.

La diferencia no parece estar en el destino.

Está en la velocidad.

MILEI NO CAMBIA, PERO DEJA HACER

La relación entre Milei y Caputo continúa siendo sólida.

Ambos comparten el diagnóstico general, la defensa del equilibrio fiscal y la convicción de que no debe regresarse a la emisión monetaria para financiar el gasto público.

Sin embargo, comienzan a percibirse diferencias en la manera de administrar el presente.

Caputo observa con preocupación la lentitud de la recuperación y considera necesario ofrecer señales concretas, aunque sean limitadas.

Milei teme que cualquier concesión sea interpretada como una muestra de debilidad o como el inicio de un retroceso.

El resultado parece ser una división de tareas.

El Presidente conserva la retórica de la intransigencia, mientras el ministro administra algunas flexibilidades.

Milei sigue levantando la voz contra quienes considera enemigos del modelo.

Caputo negocia con bancos, gobernadores, empresarios y sectores políticos.

Uno protege la identidad.

El otro procura garantizar la gobernabilidad.

EL CLIMA SOCIAL CAMBIÓ

En la Casa Rosada comenzaron a reconocer que el humor social ya no es el mismo.

La expectativa inicial dio paso al cansancio en sectores que todavía esperan una mejora más concreta en sus ingresos, el consumo y el empleo.

No necesariamente se produjo una ruptura definitiva con el Gobierno.

Pero la paciencia tiene límites.

La estabilidad puede ser valorada.

La disminución de la inflación también.

Sin embargo, cuando esos avances no se traducen rápidamente en una mejora de la vida cotidiana, el respaldo comienza a debilitarse.

El Gobierno procura responder con medidas cercanas a las preocupaciones sociales.

Créditos.

Vivienda.

Salarios.

Energía.

Financiamiento productivo.

El problema de los deudores y morosos también comenzó a ingresar en la conversación política, aunque por ahora no existiría decisión de avanzar con una intervención amplia.

Los bancos pueden renegociar determinadas obligaciones.

Más complejo resulta el universo de las billeteras virtuales y las plataformas de crédito, donde se concentra una cantidad creciente de pequeños deudores.

EL REGRESO DE LA POLÍTICA

El propio Milei volvió a involucrarse con mayor intensidad en la gestión cotidiana.

Reunió al gabinete.

Convocó a los legisladores oficialistas.

Retomó actividades en la Casa Rosada.

Y procuró recuperar el control de la agenda después de varias semanas dominadas por controversias y dificultades internas.

Paralelamente, el oficialismo consiguió aprobar en Diputados iniciativas importantes, entre ellas la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y el proyecto de inocencia fiscal.

Esos resultados demostraron que, aun sin una mayoría propia, el Gobierno conserva capacidad para articular acuerdos parlamentarios.

También confirmaron algo que el discurso libertario muchas veces intenta disimular:

para transformar el Estado no alcanza con denunciar a la política; es necesario aprender a utilizarla.

EL PROBLEMA DEL OUTSIDER

El pragmatismo puede ayudar a gobernar.

Pero también encierra un riesgo para Milei.

Su principal capital político fue presentarse como alguien completamente diferente.

Un dirigente que venía a romper las reglas, desplazar a la vieja dirigencia y terminar con las prácticas tradicionales del poder.

Ahora necesita dialogar con gobernadores, acordar con partidos que antes cuestionaba y conceder espacios para garantizar la continuidad de su proyecto.

La contradicción es evidente.

¿Cómo puede conservar su identidad antisistema mientras administra las reglas del sistema?

¿Cómo puede pactar con la dirigencia tradicional sin quedar absorbido por ella?

¿Y cómo puede moderar el ajuste sin abandonar la promesa de transformación?

El dilema no es exclusivamente ideológico.

También es electoral.

El Gobierno necesita ampliar su base de apoyo, pero al mismo tiempo debe evitar que sus seguidores más intensos interpreten los acuerdos como una traición.

EL DESGASTE DIGITAL

Milei construyó una porción importante de su poder en las redes sociales.

Allí convirtió consignas económicas complejas en mensajes directos.

Instaló adversarios.

Movilizó seguidores.

Y creó una comunidad que se sentía parte de una rebelión contra el sistema político.

Pero aquel universo dejó de pertenecerle exclusivamente.

Todos los espacios políticos desarrollaron estructuras digitales.

Las redes se volvieron más competitivas.

La novedad libertaria perdió parte de su fuerza inicial.

Los propios seguidores oficialistas tampoco responden automáticamente.

Son militantes intensos, pero también exigentes.

Cuando una decisión no coincide con sus expectativas, pueden retirarse de la conversación o expresar abiertamente su desacuerdo.

La caída en el volumen de menciones digitales representa una señal de advertencia.

No significa necesariamente una pérdida equivalente de votos.

Pero indica que Milei ya no domina el escenario virtual con la facilidad que mostró durante su ascenso.

LA DISPUTA INTERNA

La reorganización del poder también alcanza a Santiago Caputo.

El asesor presidencial, que tuvo una participación determinante en la construcción del personaje político de Milei, aparece ahora más alejado de algunas decisiones comunicacionales.

Parte de ese espacio fue ocupado por Santiago Oría y por los equipos vinculados a Karina Milei.

A esto se suman disputas por organismos y cargos estratégicos, donde diferentes sectores del oficialismo procuran ampliar su influencia.

La definición de la conducción de la Aduana será una señal relevante.

Permitirá observar si el sector de Santiago Caputo conserva capacidad de decisión o si el karinismo y los Menem continúan avanzando sobre los principales casilleros del Gobierno.

No se trata solamente de una disputa administrativa.

Es una discusión sobre quién controlará la estructura política, territorial y comunicacional de cara a 2027.

LA BATALLA POR EL FUTURO

El Gobierno todavía mantiene una base electoral competitiva.

El problema más profundo no consiste únicamente en medir cuánto apoyo conserva Milei.

La verdadera pregunta es otra:

¿continúa representando una expectativa de futuro?

En 2023 encarnó la ruptura.

Prometió terminar con una Argentina decadente y abrir una etapa completamente diferente.

Ahora debe demostrar que el sacrificio produjo resultados y que la estabilidad puede convertirse en crecimiento, empleo, crédito y mejores ingresos.

La motosierra sirvió para representar el ajuste.

Pero una campaña de reelección necesita algo más.

Necesita mostrar fábricas funcionando.

Viviendas construyéndose.

Salarios recuperándose.

Empresas invirtiendo.

Y familias que puedan volver a proyectar.

Milei todavía conserva el rugido.

El desafío consiste en demostrar que detrás del ruido existe un camino posible.

El pragmatismo puede ayudarlo a transitarlo.

Pero también puede quitarle aquello que lo volvió diferente.

En esa contradicción comenzará a jugarse buena parte de la elección presidencial de 2027.