ORWELL / HUXLEY A LA DÉCIMA POTENCIA
Actualidad | Identidadcorrentina
George Orwell imaginó sociedades donde el poder vigilaba.
Aldous Huxley imaginó algo quizás todavía más inquietante: sociedades donde las personas podían terminar aceptando alegremente los mecanismos que las condicionaban.
En Rebelión en la granja, Orwell mostró además cómo las palabras, las consignas y hasta la memoria de lo ocurrido podían modificarse según las necesidades del poder.
No vivimos dentro de aquellos libros.
Pero algunas escenas de nuestra vida cotidiana probablemente hubieran sorprendido a sus autores.
ABRIMOS LOS OJOS
Suena el despertador.
Muchas veces está en el celular.
Lo apagamos.
Y antes de levantarnos ya miramos la pantalla.
Mensajes.
Noticias.
WhatsApp.
El tiempo.
Redes.
Correo.
Alguna urgencia.
Se despierta nuestra compañera o compañero.
Hace aproximadamente lo mismo.
Todavía no comenzamos el día y ya estamos conectados.
Salimos a la calle.
El que camina lleva el celular en la mano.
El que espera el colectivo también.
En una mesa de café cuatro amigos conversan mientras cada tanto alguno desaparece dentro de su pantalla.
—Mirá esto.
Y nos obliga a mirar un video que probablemente sólo le causa gracia a él.
En la mesa familiar aparece el celular.
En la escuela aparece el celular.
En el trabajo aparece el celular.
Los chicos hacen tareas con él.
Las chicas comparten selfies.
Los grandes también.
Y los viejos hemos descubierto una capacidad formidable para reenviar algunas pavadas que cuesta creer que alguien haya producido y otro haya decidido compartir.
Pero cuidado.
El problema no es el celular.
ES UNA HERRAMIENTA EXTRAORDINARIA
Con ese mismo aparato podemos hablar con nuestros hijos.
Consultar un mapa.
Pagar una cuenta.
Leer un diario.
Escuchar música.
Sacar fotografías.
Pedir auxilio.
Consultar al médico.
Aprender a reparar una canilla.
Ver una clase de física.
Traducir otro idioma.
Buscar un documento histórico.
Y ahora conversar con una Inteligencia Artificial capaz de acercarnos en segundos información que anteriormente podía demandarnos horas de búsqueda.
Demonizar semejante herramienta sería absurdo.
La pregunta es otra.
¿Qué estamos construyendo alrededor de ella?
EL NEGOCIO DE LA INMEDIATEZ
Alguien que camina delante nuestro recibe una noticia.
Inmediatamente llama a otro.
—Boludo, ¿viste lo que pasó?
Ocurrió hace tres minutos.
Probablemente dentro de tres horas ninguno de los dos recuerde demasiado el asunto.
Pero había que saberlo.
Y había que saberlo ahora.
Ese quizás sea uno de los grandes cambios.
Durante siglos la información fue escasa.
Hoy vivimos exactamente el problema contrario.
Tenemos tanta que competimos por nuestra propia atención.
Una tragedia.
Un gol.
Una guerra.
Un escándalo político.
Un gatito.
Una receta.
Una declaración presidencial.
Un accidente.
Otro video.
Deslizamos el dedo.
Y continúa.
AHORA DEMOS VUELTA EL CELULAR
Mientras nosotros miramos la pantalla, nuestros dispositivos y las aplicaciones que utilizamos pueden producir información.
Ubicación, cuando la autorizamos.
Búsquedas.
Compras.
Horarios.
Fotografías.
Preferencias.
Interacciones.
Desplazamientos.
Una información aislada puede significar poco.
Millones de registros permiten encontrar patrones.
Y aquí aparece algo que Orwell y Huxley no conocieron:
la Inteligencia Artificial.
Porque el gran problema de la vigilancia siempre fue humano.
Podemos instalar un millón de cámaras.
¿Quién mira un millón de cámaras?
Ahora existe una máquina que puede ayudar a hacerlo.
Reconocer objetos.
Leer patentes.
Comparar imágenes.
Buscar movimientos.
Cruzar horarios.
Clasificar comportamientos.
Encontrar anomalías.
Relacionar cantidades de información que ningún ser humano podría procesar simultáneamente.
NO ES SOLAMENTE CHINA
Resultaría cómodo señalar a China y terminar la discusión.
Sería también demasiado sencillo.
China desarrolló sistemas estatales de vigilancia y control digital a enorme escala.
Pero Estados Unidos y Europa poseen cámaras, sistemas policiales, controles fronterizos, registros fiscales, bases administrativas y poderosos organismos de inteligencia.
Y existe además otro protagonista.
Las empresas.
Plataformas digitales.
Buscadores.
Redes sociales.
Bancos.
Compañías telefónicas.
Aplicaciones.
Comercios electrónicos.
Cada uno conoce una parte diferente de nosotros.
Por eso el nuevo mapa del poder tiene por lo menos tres participantes:
EL CIUDADANO.
LAS EMPRESAS.
EL ESTADO.
Y entre ellos circula algo extraordinariamente valioso.
Información.
ORWELL NECESITABA AL GRAN HERMANO
Nosotros hicimos algo que quizás habría desconcertado al escritor.
Compramos voluntariamente el aparato.
Lo pagamos.
Lo llevamos en el bolsillo.
Lo cargamos todas las noches.
Nos preocupamos cuando queda poca batería.
Y si salimos de casa sin él sentimos que nos falta algo.
No porque seamos tontos.
Porque resulta extraordinariamente útil.
Ahí está la diferencia fundamental.
El mecanismo moderno no necesita explicarse solamente mediante imposición.
También funciona mediante conveniencia.
Y aquí probablemente Huxley levante la mano desde algún lugar.
PERO FALTA ALGO
Inteligencia Artificial.
Hasta ahora acumulábamos cantidades monstruosas de información.
El desafío era procesarla.
Eso está cambiando.
La cámara puede dejar de ser simplemente una cámara.
Puede convertirse en un sensor conectado a un sistema capaz de clasificar lo que observa.
El registro puede dejar de ser solamente archivo.
Puede transformarse en patrón.
Y del patrón podemos pasar a algo todavía más delicado:
la inferencia.
No solamente preguntar qué hizo una persona.
Intentar calcular qué podría hacer.
Ahí entramos en un territorio completamente diferente.
LA CHICA EN EL EDIFICIO
Circulan desde hace años cortos y animaciones que cuestionan nuestra relación con el celular.
Una imagen resume brutalmente el problema.
Una chica está en lo alto de un edificio.
Abajo hay personas.
Levantan sus teléfonos.
Filman.
La chica cae.
Los teléfonos acompañan la caída.
Filman el lugar del impacto.
Después termina el acontecimiento.
Bajan las pantallas.
Y se marchan.
Es una exageración artística.
Precisamente por eso funciona.
No dice que el teléfono nos haya convertido necesariamente en malas personas.
Hace una pregunta mucho más incómoda:
¿en qué momento comenzamos a mirar la realidad como si también fuera contenido?
ORWELL / HUXLEY A LA DÉCIMA POTENCIA
No estamos viviendo Rebelión en la granja.
Tampoco Un mundo feliz.
No hace falta forzar comparaciones.
Tenemos democracias, leyes, tribunales, derechos, empresas, ciudadanos y sociedades enormemente diferentes.
Pero tenemos algo que aquellos escritores no pudieron imaginar en toda su dimensión:
miles de millones de seres humanos conectados permanentemente, produciendo información, comunicándose instantáneamente y comenzando a convivir con máquinas capaces de procesar cantidades gigantescas de esos datos.
Eso merece atención.
No miedo.
Mucho menos paranoia.
Atención.
Porque la tecnología no determina por sí sola qué sociedad tendremos.
Eso depende de quién la utilice.
Para qué.
Con qué límites.
Bajo qué leyes.
Y quién controla a quien tiene capacidad de controlar.
Quizás allí esté la pregunta que Orwell y Huxley nos dejarían frente al celular.
No:
¿debemos apagarlo?
Sino algo bastante más difícil:
¿podremos aprovechar todo lo extraordinario que nos ofrece sin entregar, por comodidad y sin siquiera discutirlo, demasiado de nuestra libertad, nuestra intimidad y nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos?
El celular queda sobre la mesa.
La pantalla vuelve a encenderse.
Llegó otra notificación.
Podemos mirarla inmediatamente.
O podemos terminar primero esta conversación.
Todavía podemos elegir.
























