EL CAMPEONATO DE LOS INSULTOS: CUANDO LA POLÍTICA SE CONVIERTE EN UNA JAULA

Javier Milei volvió a intensificar sus ataques contra periodistas, economistas, empresarios y artistas. Sus seguidores celebran cada descalificación como un gol. Sus adversarios responden con la misma violencia. Mientras todos compiten por ver quién grita más fuerte, la Argentina sigue esperando respuestas.

Opinión | Identidadcorrentina

Mandril.

Ensobrado.

Basura.

Sorete.

Mierda humana.

Pautero.

Operador.

Comunista.

Corrupto.

La lista puede continuar.

Y seguramente continuará.

Porque en la Argentina hemos organizado un campeonato extraordinario.

No se juega con una pelota.

No necesita árbitro.

Tampoco tiene reglamento.

Solamente hace falta un teléfono, una cuenta en las redes sociales y suficiente furia como para convertir al adversario en un enemigo.

El presidente Javier Milei parece decidido a disputar todas las fechas.

Y sus seguidores esperan cada nueva publicación como si fuera el resultado de una final.

VOLVIÓ EL PRESIDENTE QUE INSULTA

Durante algún tiempo pareció que Milei intentaba moderar parcialmente su lenguaje.

No sabemos si se trató de una decisión personal, de una recomendación de sus asesores o simplemente de una pausa.

Duró poco.

El Presidente volvió a cargar contra periodistas, economistas, empresarios, artistas y cualquiera que cuestione su gestión.

Ya no discute solamente lo que alguien afirma.

Discute quién es.

O, mejor dicho, decide quién es.

Si un periodista publica una información desfavorable, es un ensobrado.

Si un economista advierte sobre un riesgo, es un fracasado.

Si un empresario reclama, es un prebendario.

Si un artista critica, es un parásito.

Si un político se opone, pertenece a la casta.

La operación es sencilla.

Primero se coloca una etiqueta.

Después se evita responder el argumento.

LA TRIBUNA DIGITAL

Cada insulto presidencial provoca una reacción inmediata.

Miles de cuentas lo reproducen.

Algunas agregan nuevos agravios.

Otras buscan fotografías, antecedentes personales o familiares del destinatario.

Los adversarios responden.

Los programas de televisión organizan debates.

Los portales convierten el episodio en título.

Y el algoritmo hace el resto.

La violencia genera interacciones.

Las interacciones producen visibilidad.

La visibilidad mantiene el asunto en circulación.

Todos participan.

El Presidente.

Los periodistas.

Los opositores.

Los seguidores.

Los indignados.

Y también quienes critican el espectáculo mientras ayudan a multiplicarlo.

Así funciona la tribuna digital.

No importa demasiado qué se discute.

Importa quién humilló a quién.

UN PUNTO POR CADA AGRAVIO

Si transformáramos esta conducta en una competencia deportiva, podríamos llevar una tabla de posiciones.

Un punto por “ensobrado”.

Otro por “mandril”.

Dos por una expresión especialmente escatológica.

Tres si el agravio consigue instalarse como tendencia.

Clasificación automática si el destinatario responde y prolonga la pelea durante varios días.

Podríamos tener fase de grupos.

Octavos de final.

Semifinales.

Y una gran definición transmitida por todos los canales.

El problema es que no estamos hablando de un espectáculo humorístico.

Estamos hablando del Presidente de la Nación.

La palabra presidencial no es una publicación cualquiera.

Tiene poder institucional.

Produce consecuencias.

Señala personas.

Habilita conductas.

Y establece el nivel desde el cual comienza la conversación pública.

EL DERECHO A ENOJARSE

Milei tiene derecho a estar enojado.

También tiene derecho a defenderse.

Hay periodistas que se equivocan.

Existen operaciones políticas disfrazadas de información.

Hay empresarios que reclaman competencia mientras protegen privilegios.

También hay economistas que cambian sus diagnósticos según quién gobierne.

Y dirigentes que durante años toleraron disparates que ahora parecen descubrir.

Todo eso puede y debe ser discutido.

El Presidente no está obligado a guardar silencio frente a una acusación falsa.

Puede presentar datos.

Exigir rectificaciones.

Responder preguntas.

Acudir a la Justicia.

Señalar contradicciones.

Y discutir con toda la dureza que considere necesaria.

Pero dureza no significa degradación.

Contundencia no significa insulto.

Y libertad de expresión no significa que todas las expresiones resulten igualmente responsables.

EL PRESIDENTE NO ES UN USUARIO MÁS

Aquí aparece una confusión deliberada.

Los defensores de Milei suelen afirmar:

—Tiene derecho a expresarse como cualquier ciudadano.

Por supuesto que lo tiene.

Pero no es cualquier ciudadano.

Es el Presidente.

Dispone de información, poder, custodia, funcionarios, medios oficiales y una enorme capacidad para amplificar cualquier acusación.

Cuando señala a una persona desde esa posición, no está protagonizando una discusión entre iguales.

Está utilizando la voz institucional más poderosa del país.

No se trata de pedirle solemnidad permanente.

Ni de reclamar que hable como un manual de ceremonial.

Se trata de comprender que la autoridad también impone responsabilidades.

Cuanto mayor es el poder, mayor debería ser el cuidado.

LA TRAMPA DEL ESPECTÁCULO

El insulto presidencial puede producir beneficios políticos inmediatos.

Mantiene movilizado al núcleo más fiel.

Desplaza otros asuntos de la agenda.

Obliga a los adversarios a responder.

Divide el escenario entre amigos y enemigos.

Y devuelve a Milei al personaje que lo llevó desde los estudios de televisión hasta la Casa Rosada.

Es comprensible que una parte de sus seguidores disfrute esa actuación.

Ven en ella una rebelión contra la corrección política.

Sienten que finalmente alguien dice en voz alta lo que ellos piensan.

Interpretan cada exabrupto como una demostración de autenticidad.

Pero existe una diferencia entre romper formalidades innecesarias y destruir las reglas elementales de convivencia.

Una democracia necesita conflicto.

No necesita una guerra permanente.

¿Y LOS RESULTADOS?

Mientras discutimos quién es el nuevo mandril de la semana, existen preguntas bastante más importantes.

¿Qué ocurre con la actividad económica?

¿Qué pasa con el empleo?

¿Cuánto pueden comprar los salarios?

¿Qué sucede con los jubilados?

¿Cómo se sostienen las provincias?

¿Qué rumbo tendrá la obra pública?

¿Cuánto costará financiar la deuda?

¿Dónde terminará la relación con los gobernadores?

¿Qué reformas podrá aprobar el Gobierno?

¿Cómo se construye una mayoría política capaz de sostenerlas?

Es posible que algunas respuestas favorezcan al Gobierno.

Otras podrán comprometerlo.

Pero casi ninguna cabe dentro de un insulto.

El agravio puede ganar una discusión en las redes.

No baja la inflación.

No construye un puente.

No crea una empresa.

No mejora una escuela.

No aumenta una jubilación.

No reemplaza una política pública.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS ADVERSARIOS

Sería cómodo atribuir toda la degradación a Milei.

También sería incompleto.

Una parte de la oposición responde con la misma violencia que denuncia.

Algunos periodistas abandonan el análisis y participan gustosos de la pelea.

Dirigentes que reclaman respeto llaman loco, enfermo o desequilibrado al Presidente.

Y sectores que durante años utilizaron cadenas nacionales, escraches, acusaciones y aparatos partidarios ahora se presentan como víctimas inocentes.

La degradación no nació con Milei.

Pero Milei la convirtió en una herramienta central de conducción política.

Y desde la Presidencia le otorgó una potencia desconocida.

La oposición debería demostrar que existe otra forma de discutir.

Si responde cada agresión con una agresión equivalente, solamente confirma las reglas impuestas por el oficialismo.

¿QUIÉN GANA?

En este campeonato todos creen que están sumando puntos.

El Presidente conserva la iniciativa.

Sus seguidores se divierten.

La oposición se indigna.

Los medios obtienen audiencia.

Las redes multiplican el tráfico.

Cada sector recibe alguna recompensa.

Pero alguien pierde.

Pierde la conversación pública.

Pierden los ciudadanos que necesitan información.

Pierde la posibilidad de alcanzar acuerdos básicos.

Pierden las instituciones cuando todo control es presentado como una conspiración.

Y también pierde el propio Gobierno.

Porque llegará un momento en que necesitará persuadir a quienes no lo votaron, construir mayorías, negociar leyes o pedir confianza frente a una dificultad.

Entonces descubrirá que resulta mucho más sencillo insultar a un adversario que conseguir su cooperación.

EL RIESGO DEL BÚMERAN

La agresividad puede cohesionar a los propios.

También puede cansarlos.

Un liderazgo construido alrededor de la furia necesita enemigos cada vez más numerosos y agravios cada vez más intensos.

Lo que ayer sorprendía, hoy apenas llama la atención.

Para conservar el mismo impacto hay que elevar la apuesta.

Ahí comienza una espiral peligrosa.

Cada diferencia se convierte en traición.

Cada crítica, en una operación.

Cada dato adverso, en una mentira.

Cada aliado que plantea una objeción, en un nuevo enemigo.

Finalmente, el Gobierno puede terminar encerrado dentro de un círculo cada vez más reducido, rodeado solamente por quienes le dicen que todo marcha perfectamente.

Ese aislamiento ha destruido a gobiernos de todos los colores.

NO ES UNA CUESTIÓN DE MODALES

Algunos dirán que existen problemas mucho más graves que las malas palabras del Presidente.

Es cierto.

La Argentina no resolverá sus dificultades mediante un curso de buenos modales.

Pero esto no es solamente una cuestión de vocabulario.

Es una manera de ejercer el poder.

Cuando el adversario deja de ser una persona equivocada y se convierte en basura, ya no merece ser escuchado.

Cuando el periodista es automáticamente un ensobrado, su información no necesita ser comprobada.

Cuando el economista crítico es un mandril, sus números pueden ser descartados.

Y cuando todos los controles son interpretados como ataques, el Gobierno queda liberado de rendir cuentas.

Ése es el verdadero problema.

SIN VAR Y SIN ÁRBITRO

El campeonato continuará.

Habrá nuevos participantes.

Algunos ascenderán rápidamente.

Otros quedarán eliminados cuando cambien de opinión o vuelvan a acercarse al Gobierno.

No habrá VAR.

Tampoco árbitro.

Cada tribuna tendrá su propio reglamento y proclamará ganador al insulto que confirme sus prejuicios.

Podemos reírnos.

La ironía es una forma legítima de defensa frente al absurdo.

Pero detrás del espectáculo queda una sociedad a la que le cuesta cada vez más conversar.

Familias que evitan hablar de política.

Amigos que se bloquean.

Ciudadanos que sólo consumen información que confirma lo que ya creen.

Y dirigentes que confunden millones de interacciones con una mayoría nacional permanente.

LA VERDADERA COMPETENCIA

Argentina no necesita un campeón nacional del insulto.

Necesita gobernantes capaces de explicar.

Periodistas dispuestos a comprobar.

Opositores que propongan.

Empresarios que compitan sin privilegios.

Y ciudadanos capaces de cuestionar incluso a quienes votaron.

El Presidente puede seguir repartiendo apodos y descalificaciones.

Seguramente conseguirá aplausos.

Quizás también algunas victorias momentáneas.

Pero el campeonato que realmente importa se juega en otro terreno.

Crecimiento.

Trabajo.

Educación.

Seguridad.

Estabilidad.

Instituciones.

Allí no alcanza con gritar.

No hay algoritmos que sustituyan los resultados.

Y cuando llegue el momento de contar los puntos, la historia no preguntará cuántos adversarios fueron insultados.

Preguntará si la Argentina consiguió vivir un poco mejor.