EL MILEI QUE GRITA Y EL MILEI QUE NECESITA NEGOCIAR

El Presidente sostiene un discurso intransigente, pero sus principales avances dependen de acuerdos con gobernadores, legisladores y dirigentes de la política tradicional. La utilización de fondos administrados por la Anses para impulsar créditos hipotecarios expone otra contradicción: mientras rechaza la intervención estatal, el Gobierno comienza a recurrir a ella para reactivar la economía.

Política | Identidadcorrentina

Javier Milei gobierna con dos lenguajes.

Uno es público, estridente y confrontativo.

El otro es reservado, pragmático y negociador.

El primero divide el escenario entre quienes defienden sus ideas y quienes, según su visión, integran la casta responsable de la decadencia argentina.

El segundo necesita sentarse precisamente con esa casta para conseguir votos en el Congreso, designar funcionarios judiciales, construir mayorías y sostener la gobernabilidad.

No son dos presidentes distintos.

Son dos dimensiones de un mismo poder.

La pregunta es cuál de ellas produce mejores resultados.

EL INSULTO COMO IDENTIDAD

La agresividad de Milei no constituye una novedad ni parece ser únicamente una reacción temperamental.

Fue parte central de la identidad política que lo llevó a la Presidencia.

Su lenguaje permitió canalizar el enojo de millones de argentinos contra la inflación, los privilegios, la corrupción, el déficit fiscal y una dirigencia incapaz de ofrecer respuestas.

El candidato que gritaba contra la casta parecía representar a quienes sentían que nadie los escuchaba.

Después de llegar al Gobierno, Milei mantuvo esa fórmula.

Periodistas.

Economistas.

Industriales.

Políticos.

Empresarios.

Dirigentes sindicales.

Incluso antiguos aliados pueden convertirse rápidamente en destinatarios de su enojo.

La reiteración, sin embargo, comienza a producir un efecto diferente.

Cuando el insulto se transforma en rutina, pierde capacidad de sorpresa. Ya no necesariamente moviliza. Puede comenzar a cansar.

LO QUE EL GRITO NO RESUELVE

Las palabras presidenciales pueden ordenar políticamente a sus seguidores.

No pueden, por sí solas, aumentar los salarios, crear puestos de trabajo o recuperar una fábrica que cerró.

La Argentina consiguió avances importantes en materia fiscal y una reducción de la inflación.

Pero la estabilización convive con dificultades que no deberían ser ignoradas:

sectores industriales en retroceso;
comercios con menor actividad;
pérdida de empleos registrados;
salarios insuficientes;
familias endeudadas;
aumento de la morosidad;
consumo debilitado.

Milei considera que una parte de esas dificultades representa el costo inevitable de abandonar un sistema económico sostenido por subsidios, protecciones y desequilibrios.

Puede existir algo de verdad en ese diagnóstico.

Muchas actividades sobrevivieron durante años gracias a regulaciones que trasladaban sus costos al resto de la sociedad.

Pero una cosa es reconocer que determinados sectores necesitan reconvertirse.

Otra es celebrar su caída sin considerar a los trabajadores, proveedores y comunidades que dependen de ellos.

EL NUEVO MAPA PRODUCTIVO

El Gobierno apuesta a que la minería, el petróleo, el gas, la energía y las exportaciones generen una nueva etapa de crecimiento.

Vaca Muerta ya transformó parte de la economía neuquina.

La minería podría producir cambios semejantes en provincias cordilleranas.

Son oportunidades reales.

También presentan una limitación territorial.

Los grandes centros urbanos del país —el conurbano bonaerense, Rosario, Córdoba y otras áreas densamente pobladas— se encuentran lejos de buena parte de esas inversiones.

La expansión energética y minera puede demandar productos, servicios y tecnología de otras regiones. Pero todavía no sabemos con qué velocidad ni en qué magnitud podrá compensar la pérdida de empleos industriales y comerciales.

La transición productiva necesita tiempo.

Las familias que pierden sus ingresos no siempre pueden esperarlo.

EL OTRO MILEI

Mientras el Presidente insulta, el Gobierno negocia.

Y es allí donde consigue sus avances más importantes.

La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central no obtuvo media sanción gracias a la confrontación verbal.

Fue posible mediante conversaciones con gobernadores, legisladores aliados y bloques que no pertenecen a La Libertad Avanza.

Lo mismo ocurre con las designaciones judiciales, las reformas económicas y cada sesión en la que el oficialismo necesita construir una mayoría que no posee por sí mismo.

Milei puede despreciar públicamente a la política tradicional.

Pero para gobernar debe utilizar sus mecanismos.

Negocia votos.

Distribuye espacios.

Acepta modificaciones.

Construye acuerdos.

En algunas oportunidades retrocede.

Eso no debería escandalizar.

La democracia exige negociación.

Lo contradictorio es presentarla como una práctica indigna cuando la realizan los adversarios y como una necesidad institucional cuando la utiliza el Gobierno.

LA CASTA QUE APORTA LOS VOTOS

La Libertad Avanza continúa siendo una fuerza minoritaria en el Congreso.

Necesita a Pro.

Necesita a sectores radicales.

Necesita a legisladores provinciales.

Necesita a gobernadores que reclaman obras, recursos y respuestas para sus territorios.

Cada triunfo parlamentario demuestra capacidad política.

También confirma que el oficialismo no gobierna solo.

El problema comienza cuando la retórica presidencial convierte a todos los interlocutores en sospechosos.

Si cada desacuerdo es una traición y cada concesión una derrota, el espacio para negociar se reduce.

Sin embargo, detrás de las cámaras, el Gobierno continúa haciendo aquello que públicamente cuestiona.

Habla.

Cede.

Ofrece.

Recibe.

Y vota.

CRÉDITOS CON PARTICIPACIÓN ESTATAL

El anuncio de un programa destinado a impulsar créditos hipotecarios mediante recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la Anses expone otra contradicción.

El Gobierno sostiene que no está otorgando préstamos públicos.

Los recursos serían utilizados para financiar a los bancos, y las entidades se encargarían de conceder los créditos a las familias.

La distinción técnica es importante.

Pero no elimina la intervención estatal.

Si el mercado hipotecario pudiera desarrollarse por sí solo, el Estado no necesitaría aportar fondos para facilitarlo.

El Gobierno decidió actuar porque la Argentina carece de un mercado de capitales suficientemente profundo y porque el crédito hipotecario permanece fuera del alcance de la mayoría.

Puede ser una decisión razonable.

La vivienda moviliza a la construcción, el empleo, la industria y numerosos servicios.

Además, una colocación adecuadamente estructurada podría ofrecer rentabilidad a los fondos administrados por la Anses.

Pero exige garantías rigurosas.

Los recursos previsionales pertenecen al sistema de jubilaciones y deben ser protegidos con criterios de seguridad, transparencia y rentabilidad.

No pueden transformarse en una caja electoral.

EL ESTADO QUE REGRESA POR OTRA PUERTA

Milei llegó al poder denunciando que el Estado era parte fundamental del problema.

Ahora su administración comienza a utilizar herramientas estatales para estimular sectores que el mercado no logra financiar.

No necesariamente significa que haya abandonado su programa.

Significa que la realidad impone restricciones.

Una economía moderna no funciona mediante una división absoluta entre Estado y mercado.

El debate verdadero consiste en determinar:

cuándo debe intervenir el Estado;
con qué objetivos;
durante cuánto tiempo;
con qué controles;
quién asume los riesgos;
y quién recibe los beneficios.

Negar la intervención mientras se la practica solamente complica la discusión.

LA DEUDA COMO CONSECUENCIA

La ausencia de crédito hipotecario no es el único problema financiero.

Muchas familias se endeudaron mediante tarjetas, bancos y aplicaciones para sostener gastos cotidianos.

Los altos intereses agravaron la situación.

El Gobierno interpreta que cada deuda constituye una decisión privada. Pero cuando miles de personas recurren simultáneamente al crédito para compensar ingresos insuficientes, el fenómeno deja de ser únicamente individual.

Se convierte en un dato económico.

La morosidad puede afectar el consumo, la estabilidad de las familias, la calidad de las carteras bancarias y la recuperación general.

No se trata de organizar un perdón indiscriminado.

Se trata de comprender el problema antes de que los embargos y las refinanciaciones impagables lo vuelvan más difícil.

LA PROXIMIDAD DE LAS ELECCIONES

El calendario también influye.

A medida que se acerca 2027, el Gobierno necesita demostrar que la estabilización puede convertirse en crecimiento, crédito y mejora concreta de las condiciones de vida.

Los créditos hipotecarios cumplen una función económica.

También transmiten una señal política.

Permiten hablar de viviendas, familias jóvenes, construcción y futuro.

Milei aseguró que no recurrirá a un “plan platita”.

Es una definición importante.

La Argentina conoce los costos de utilizar recursos públicos para producir un alivio electoral pasajero.

Pero no toda medida implementada antes de una elección constituye necesariamente demagogia.

La diferencia aparece en la calidad del programa.

Si el crédito es sostenible, transparente y protege los fondos previsionales, puede ser una política válida.

Si solamente busca ofrecer una fotografía de campaña y traslada los riesgos al futuro, repetirá prácticas que el oficialismo prometió terminar.

EL PRAGMATISMO QUE NO SE PRONUNCIA

El Gobierno parece haber adoptado una regla:

puede ser pragmático, siempre que no reconozca públicamente su pragmatismo.

Puede negociar con la casta, pero debe seguir insultándola.

Puede aceptar modificaciones, pero debe presentarlas como triunfos.

Puede utilizar recursos estatales, pero debe explicar que no se trata de intervención.

Puede buscar alivio para determinados sectores, pero sin admitir que el ajuste produjo consecuencias sociales.

Esa distancia entre discurso y gestión podría ampliarse durante los próximos meses.

Cuanto más cerca estén las elecciones, mayor será la presión para ofrecer resultados visibles.

CUÁL DE LOS DOS GOBIERNA MEJOR

El Milei que confronta mantiene encendido a su núcleo más fiel.

El Milei que negocia consigue leyes.

El primero domina las redes sociales.

El segundo construye mayorías.

El primero habla contra la casta.

El segundo necesita sentarse con ella.

El primero sostiene que el mercado debe resolver.

El segundo autoriza a sus ministros a buscar recursos estatales cuando el mercado no alcanza.

No necesariamente hay una traición ideológica en esas contradicciones.

Gobernar implica enfrentarse con límites que no existían durante la campaña.

El problema no es cambiar.

El problema es negar que se cambia mientras se desacredita a cualquiera que señale la evidencia.

Milei puede conservar su firmeza fiscal y, al mismo tiempo, reconocer los costos de la transformación.

Puede defender sus ideas sin celebrar el sufrimiento de quienes quedaron en el camino.

Puede negociar sin esconderlo.

Y puede utilizar instrumentos estatales sin convertirlos en mecanismos electorales.

La Argentina no necesita un presidente que abandone sus convicciones ante cada dificultad.

Tampoco necesita que confunda convicción con infalibilidad.

Entre el Milei que insulta y el Milei que negocia, hasta ahora los resultados parecen favorecer al segundo.

Quizás porque la política democrática no consiste solamente en tener razón.

También consiste en construir las condiciones necesarias para transformar esa razón en una realidad compartida.