DAME UN GRAN FONDO DE INVERSIÓN Y TE MOVERÉ EL MUNDO

Desde la palanca de Arquímedes hasta las grandes sociedades anónimas y los gigantescos administradores de activos actuales, la humanidad fue perfeccionando una herramienta extraordinaria: reunir pequeñas fuerzas hasta convertirlas en una enorme capacidad económica. El problema quizás no sea cuánto dinero existe, sino quién decide dónde colocar el punto de apoyo.

Economía | Identidadcorrentina

Hace más de dos mil años, un hombre nacido en Siracusa descubrió algo extraordinariamente sencillo.

Una fuerza pequeña podía mover un peso enorme.

Sólo necesitaba una palanca suficientemente larga.

Y un buen punto de apoyo.

La tradición atribuye a Arquímedes una frase que atravesó los siglos:

“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.”

Arquímedes estaba hablando de mecánica.

Nosotros vamos a cometer el atrevimiento de llevarlo a la economía.

Porque quizás la humanidad haya pasado los últimos siglos construyendo otra clase de palanca.

Una palanca hecha de dinero.

CUANDO UNA FORTUNA NO ALCANZABA

Los grandes imperios siempre necesitaron comerciantes.

Barcos.

Puertos.

Crédito.

Seguros.

Depósitos.

Ejércitos.

Materias primas.

Rutas comerciales.

Pero llegó un momento en que determinadas empresas eran demasiado grandes incluso para las fortunas individuales.

Mandar una expedición comercial al otro lado del mundo podía requerir varios barcos.

Había que comprarlos.

Equiparlos.

Contratar tripulaciones.

Comprar mercaderías.

Pagar seguros.

Atravesar océanos.

Enfrentar tormentas, piratas, guerras y enfermedades.

Y después esperar meses o años para saber si aquella aventura había producido ganancias.

Era demasiado dinero.

Y demasiado riesgo.

Entonces apareció una pregunta elemental:

¿Por qué tiene que poner todo el dinero una sola persona?

JUNTEMOS LAS MONEDAS

La respuesta cambiaría la historia económica.

Si una persona no podía financiar una gran expedición, podían hacerlo muchas.

Cada una aportaría una parte.

Cada una participaría del riesgo.

Y cada una recibiría también una parte de las eventuales ganancias.

Las grandes compañías comerciales europeas llevaron esa idea a una escala formidable.

La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, conocida como VOC, fundada en 1602, ocupa un lugar fundamental en esta historia.

Reunió capital de numerosos inversores para financiar operaciones comerciales gigantescas y sus participaciones podían negociarse.

Aquello tenía una consecuencia extraordinaria.

Una persona podía ser propietaria de una pequeña parte de una empresa enorme.

Había aparecido una herramienta capaz de transformar muchas fortunas relativamente pequeñas en una gigantesca concentración de capital.

La palanca comenzaba a crecer.

LA SOCIEDAD ANÓNIMA

Con el tiempo aquella arquitectura jurídica y financiera fue perfeccionándose.

Apareció la moderna sociedad anónima.

La empresa podía tener personalidad jurídica propia.

Su capital podía dividirse en acciones.

Miles de personas podían participar.

Las acciones podían comprarse y venderse.

La administración podía quedar en manos de profesionales que no necesariamente eran propietarios de toda la compañía.

Y la responsabilidad de los accionistas podía limitarse al capital comprometido según las normas correspondientes.

Parece una cuestión jurídica.

Pero fue una revolución.

Porque permitió separar progresivamente tres elementos que durante siglos habían permanecido mucho más unidos:

el propietario, el administrador y el capital.

Ya no hacía falta encontrar un hombre inmensamente rico dispuesto a financiar personalmente una empresa gigantesca.

Podían encontrarse cien.

Mil.

Cien mil.

Millones de inversores.

LA PALANCA SE HIZO ENORME

Entonces llegaron proyectos que hubieran resultado inimaginables para un comerciante individual.

Ferrocarriles atravesando continentes.

Grandes bancos.

Navieras.

Minas.

Petroleras.

Acerías.

Automotrices.

Compañías eléctricas.

Telecomunicaciones.

Industrias químicas.

Aeronáutica.

Tecnología.

La sociedad anónima permitió reunir cantidades enormes de capital y distribuir simultáneamente propiedad y riesgo.

Y apareció además otro actor fundamental.

La Bolsa.

El accionista ya no necesariamente tenía que esperar durante décadas para recuperar su dinero.

Podía vender su participación.

Otro podía comprarla.

El capital comenzó a circular.

Las empresas podían conseguir financiamiento.

Los inversores podían buscar rentabilidad.

Los mercados comenzaron a establecer diariamente cuánto creían que valían aquellas participaciones.

Habíamos encontrado otro punto de apoyo.

PERO TODAVÍA FALTABA ALGO

Supongamos ahora que tenemos un trabajador.

Todos los meses consigue ahorrar una pequeña cantidad.

No es Rockefeller.

No es un gran banquero.

No tiene capacidad para comprar una fábrica.

Mucho menos para financiar una petrolera, una empresa tecnológica o una central eléctrica.

Su ahorro individual es apenas una gota.

Pero hagamos nuevamente la pregunta que alguna vez hicieron aquellos comerciantes:

¿Qué ocurre si juntamos las gotas?

Cien trabajadores.

Mil.

Un millón.

Diez millones.

Fondos jubilatorios.

Aseguradoras.

Universidades.

Empresas.

Gobiernos.

Pequeños ahorristas.

Grandes patrimonios.

Todos colocando parte de sus recursos en vehículos de inversión colectiva.

Entonces aparece otra extraordinaria creación financiera.

El fondo de inversión.

EL DINERO DE MUCHOS

Un fondo permite reunir el capital de numerosos inversores y administrarlo conjuntamente.

Cada participante puede tener una porción relativamente pequeña.

Pero todas esas porciones reunidas forman cantidades gigantescas.

Y alrededor de ese mecanismo crecieron los grandes administradores de activos.

Hoy existen compañías que gestionan sumas medidas no en millones.

Ni siquiera en miles de millones.

Sino en billones de dólares.

Aquí debemos hacer una aclaración fundamental.

Cuando escuchamos que una gran administradora gestiona varios billones de dólares, eso no significa que esos billones sean propiedad de la empresa.

En enorme proporción pertenecen a terceros.

Personas.

Fondos jubilatorios.

Instituciones.

Aseguradoras.

Empresas.

Gobiernos.

Ahorradores.

La administradora gestiona ese capital de acuerdo con diferentes fondos, contratos, índices, regulaciones y objetivos.

La diferencia parece pequeña.

Es gigantesca.

Una cosa es ser dueño del dinero y otra administrar dónde se coloca.

ARQUÍMEDES EMPIEZA A SONREÍR

Volvamos entonces a nuestro trabajador.

Quizás su aporte individual sea insignificante frente al tamaño de Apple, Microsoft, Nvidia, una gran petrolera o un banco internacional.

Pero juntemos su dinero con el de millones de personas.

La situación cambia.

Aquellas pequeñas contribuciones pueden terminar formando parte de fondos que poseen participaciones en algunas de las mayores compañías del planeta.

Individualmente tenían muy poca fuerza.

Juntas pueden representar cientos de miles de millones.

O billones.

Acabamos de encontrar nuestra palanca.

¿QUIÉN MUEVE A QUIÉN?

Y aquí comienza la parte verdaderamente interesante.

No necesitamos imaginar una habitación oscura donde un grupo de señores decide secretamente qué ocurrirá mañana en el planeta.

La realidad puede ser mucho más sencilla.

Y probablemente mucho más poderosa.

Quien administra cantidades gigantescas de capital participa de una decisión fundamental:

dónde se coloca el dinero.

Tecnología.

Energía.

Inteligencia artificial.

Infraestructura.

Bonos públicos.

Empresas.

Minería.

Viviendas.

Mercados emergentes.

Deuda.

Acciones.

El capital busca rentabilidad.

Pero también mide riesgos.

Y cuando enormes cantidades de dinero consideran que determinada inversión ofrece una buena relación entre riesgo y beneficio, el capital puede llegar.

Cuando consideran lo contrario, puede irse.

Eso no significa que un fondo gobierne un país.

Pero significa que el costo y la disponibilidad del capital pueden influir profundamente sobre empresas, inversiones y economías enteras.

EL PODER CAMBIÓ DE FORMA

Los viejos imperios necesitaban conquistar territorios.

Controlar puertos.

Mandar ejércitos.

Proteger rutas.

Las grandes compañías comerciales acompañaron muchas veces aquella expansión y algunas llegaron a ejercer poderes que hoy nos resultarían extraordinarios.

El capitalismo moderno construyó herramientas diferentes.

No necesita que cada inversor conozca personalmente el lugar donde está colocando su dinero.

Puede comprar una participación desde una computadora.

Puede invertir simultáneamente en cientos o miles de compañías.

Puede prestar indirectamente a gobiernos.

Puede participar en infraestructura situada a miles de kilómetros.

El dinero atraviesa fronteras a una velocidad que ninguna carabela hubiera podido imaginar.

Y la palanca sigue creciendo.

EL OCÉANO ESTÁ HECHO DE GOTAS

Pero quizás exista una paradoja todavía mayor.

Cuando observamos esos gigantescos fondos podemos tener la impresión de estar frente a montañas de dinero pertenecientes a personas igualmente gigantescas.

Y muchas veces no es así.

Dentro de esas montañas también están los pequeños aportes.

El trabajador.

El jubilado.

El profesional.

La familia.

El pequeño empresario.

El ahorrista que reservó algo pensando en su futuro.

Una gota no mueve demasiado.

Millones de gotas forman un océano.

Y alguien debe navegarlo.

EL PUNTO DE APOYO

Arquímedes necesitaba una palanca y un punto de apoyo.

Dos mil trescientos años después construimos nuestros propios equivalentes.

La palanca puede ser el capital concentrado.

El punto de apoyo puede ser el sistema financiero global.

Y entonces una decisión tomada en Nueva York, Londres, Frankfurt, Shanghái, Tokio o cualquier gran centro financiero puede terminar influyendo sobre una fábrica situada a miles de kilómetros.

Sobre una mina.

Una central eléctrica.

Una empresa tecnológica.

Una carretera.

Un gobierno que necesita refinanciar deuda.

O una compañía que necesita conseguir capital para construir la próxima generación de inteligencia artificial.

No hay magia.

Hay una palanca.

¿QUIÉN TIENE LA MANO EN LA PALANCA?

Quizás ésa sea la pregunta verdaderamente importante.

Porque durante siglos discutimos quién era propietario de la riqueza.

Ahora también necesitamos observar quién la administra.

Quién decide dónde invertirla.

Con qué criterios.

Con qué controles.

Con qué responsabilidades.

Y qué ocurre cuando millones de pequeñas decisiones individuales terminan concentradas en estructuras capaces de administrar cantidades de dinero comparables con la producción anual de grandes economías nacionales.

No necesariamente encontraremos villanos.

Tampoco santos.

Encontraremos intereses.

Competencia.

Regulaciones.

Riesgos.

Rentabilidad.

Poder.

Y, fundamentalmente, una de las herramientas más extraordinarias que creó el capitalismo:

la capacidad de reunir el dinero de muchos para hacer cosas que ninguno podría hacer individualmente.

Aquellos comerciantes del siglo XVII juntaron monedas para mandar barcos al otro lado del mundo.

Cuatro siglos después juntamos los ahorros de millones de personas para financiar empresas, gobiernos, carreteras, petróleo, satélites, computadoras e inteligencia artificial.

Cambió el tamaño.

Cambió la velocidad.

Cambió la tecnología.

Pero quizás el principio sea sorprendentemente parecido.

Desde el Rancho de la Cambicha, mirando pasar el Paraná, uno podría imaginar al viejo Arquímedes observando semejante mecanismo.

Tal vez sonreiría.

Después de todo, él había entendido el principio hace más de dos mil años.

Solamente que su palanca era de madera.

La nuestra está hecha de capital.

Y quizás hoy aquella vieja frase podría escribirse de otra manera:

Dame un gran fondo de inversión...

y te moveré el mundo.