EL NUEVO MUNDO
Algunos intrépidos navegantes están buscando nuevas rutas. No sabemos todavía adónde conducen. Pero el mapa económico y geopolítico que durante décadas pareció inamovible empieza a llenarse de caminos alternativos.
Por Jagua Arandú | Identidadcorrentina
Durante siglos hubo hombres que se animaron a abandonar los puertos conocidos.
No necesariamente porque fueran aventureros.
Muchas veces simplemente buscaban negocios.
Las rutas tradicionales resultaban demasiado caras.
Algún reino controlaba los pasos.
Había impuestos.
Intermediarios.
Bloqueos.
Riesgos.
Entonces aparecía alguien que miraba un mapa y preguntaba:
—¿Y si vamos por otro lado?
Algunos naufragaron.
Otros regresaron sin encontrar nada.
Pero unos pocos encontraron nuevas rutas.
Y cuando eso ocurrió, el mundo conocido empezó a cambiar.
Quizás algo parecido esté sucediendo ahora.
Sólo que las nuevas carabelas transportan otras cosas.
Dólares. Yuanes. Petróleo. Gas. Bonos. Chips. Datos. Tecnología. Sistemas de pagos.
Y los océanos son los mercados financieros y las grandes rutas comerciales del planeta.
UNA EMPRESA FORMIDABLE
Hagamos un ejercicio.
Imaginemos por un momento que Estados Unidos fuera una gigantesca empresa.
Estados Unidos S.A.
Durante décadas consiguió una posición extraordinaria.
Su moneda se convirtió en la principal reserva internacional.
Sus mercados financieros alcanzaron una profundidad difícil de comparar.
Los bonos del Tesoro se transformaron en uno de los grandes refugios del ahorro mundial.
Sus bancos ocuparon posiciones centrales.
Sus empresas tecnológicas conquistaron mercados.
Su poder militar protegió intereses y rutas estratégicas.
Y alrededor de todo eso se construyó un sistema internacional donde Estados Unidos no era el único accionista.
Pero sí era, indiscutiblemente, el principal.
Y además tenía una enorme influencia sobre el directorio.
APARECEN OTROS ACCIONISTAS
El problema de los monopolios es que funcionan maravillosamente mientras nadie consigue competir.
Pero el mundo cambió.
China se convirtió en una potencia económica, industrial y tecnológica.
India crece.
Los BRICS incorporaron nuevos integrantes.
Las economías emergentes representan una proporción cada vez mayor de la actividad mundial.
Países que durante décadas prácticamente no tenían otra alternativa comenzaron a comerciar utilizando sus propias monedas.
Los bancos centrales diversifican parte de sus reservas.
Aparecen sistemas de pagos diferentes.
Se buscan mecanismos financieros que permitan realizar operaciones sin pasar necesariamente por los circuitos tradicionales.
Nada de esto significa que el dólar haya dejado de mandar.
Mucho menos que Estados Unidos haya dejado de ser una potencia extraordinaria.
Significa algo bastante más sencillo.
Aparecieron otros puertos.
EL PROBLEMA DEL DUEÑO DEL PUERTO
Durante mucho tiempo, quien controlaba el puerto podía establecer buena parte de las condiciones.
Cuánto costaba entrar.
Qué moneda había que utilizar.
Por qué banco debía pasar la operación.
Qué reglas debían cumplirse.
Y también podía cerrar las puertas a quien considerara conveniente.
Las sanciones financieras demostraron hasta qué punto el dominio de determinados circuitos económicos puede convertirse en una formidable herramienta de poder.
Pero existe una paradoja.
Cuanto más utiliza el dueño del puerto su capacidad para impedir que determinados barcos entren o salgan, mayores son los incentivos para que algunos navegantes busquen otro puerto.
No porque necesariamente sean amigos del sancionado.
Ni porque compartan su ideología.
Simplemente porque mañana podrían ser ellos.
Entonces aparece una pregunta elemental:
—¿Existe otra ruta?
LOS NUEVOS NAVEGANTES
China construye mecanismos financieros propios.
Rusia tuvo que desarrollar alternativas después de quedar parcialmente apartada de circuitos occidentales.
Irán lleva décadas aprendiendo a comerciar bajo sanciones.
India procura mantener autonomía para negociar simultáneamente con diferentes bloques.
Los países productores de energía buscan compradores.
Los compradores buscan proveedores.
Los bancos buscan operaciones.
Las empresas buscan mercados.
Los gobiernos buscan inversiones.
No hace falta imaginar una gigantesca conspiración contra Estados Unidos.
Probablemente la explicación sea mucho más sencilla.
Cada uno está cuidando su negocio.
Y cuando suficientes actores comienzan a buscar alternativas, el mapa empieza a cambiar aunque ninguno haya planificado cambiarlo.
PERO LA EMPRESA NECESITA CAPITAL
Mientras tanto, Estados Unidos enfrenta otro desafío.
Necesita cantidades enormes de dinero.
Debe financiar una deuda pública gigantesca.
Necesita infraestructura.
Defensa.
Tecnología.
Energía.
Inteligencia artificial.
Centros de datos.
Industria.
Y competir estratégicamente con China.
El problema es que todos quieren capital.
También lo quieren las grandes empresas tecnológicas.
Europa.
China.
Los países emergentes.
Los proyectos energéticos.
Los Estados.
El ahorro mundial puede ser enorme.
Pero no es infinito.
Nuestra imaginaria Estados Unidos S.A. necesita entonces continuar colocando sus títulos entre inversores de todo el planeta.
Es decir:
necesita que continúen confiando en la empresa.
¿HAY QUE VENDER ACCIONES?
Aquí nuestra comparación empieza a ponerse interesante.
Supongamos que aquella compañía que durante décadas dominó el mercado descubre que aparecieron competidores importantes.
Sigue siendo gigantesca.
Sigue teniendo enormes recursos.
Sigue controlando tecnologías fundamentales.
Sigue teniendo clientes.
Sigue siendo probablemente la empresa más poderosa del sector.
Pero ya no puede comportarse exactamente como cuando prácticamente no existían alternativas.
Quizás no necesite vender la empresa.
Quizás simplemente tenga que vender algunas acciones y reconfigurar el directorio.
China quiere una silla más grande.
India reclama la suya.
Europa pretende conservar su lugar.
Rusia exige que determinadas decisiones no puedan tomarse ignorándola.
Las potencias medianas buscan mayor autonomía.
Y buena parte del llamado Sur Global comienza a preguntar por qué las reglas internacionales deberían continuar siendo exactamente las mismas que se establecieron cuando el reparto del poder mundial era completamente diferente.
Nadie sabe todavía cómo terminará esa reunión de directorio.
Probablemente ni siquiera quienes están sentados alrededor de la mesa.
NO CONFUNDAMOS LAS COSAS
Que aparezcan nuevas rutas no significa que desaparezcan las antiguas.
Que algunos países utilicen otras monedas no significa el final del dólar.
Que China haya crecido extraordinariamente no significa que Estados Unidos haya dejado de ser poderoso.
Que existan los BRICS no significa que sus integrantes tengan los mismos intereses.
Y que algunos países intenten disminuir su dependencia financiera tampoco significa que hayan encontrado una alternativa capaz de reemplazar completamente al sistema existente.
Los nuevos navegantes también pueden equivocarse.
Algunas rutas pueden resultar demasiado caras.
Otras pueden terminar en ninguna parte.
Habrá barcos que regresen al puerto conocido.
Y seguramente alguno terminará contra las piedras.
Por eso quizás resulte prematuro anunciar el derrumbe de cualquier imperio.
EL NUEVO MUNDO
Pero también sería imprudente cerrar los ojos.
Porque algo está ocurriendo.
Hay barcos saliendo.
Hay nuevos puertos.
Hay mapas que están siendo redibujados.
Hay países que prueban monedas diferentes.
Hay nuevas rutas energéticas.
Nuevos corredores comerciales.
Nuevos sistemas financieros.
Nuevas alianzas.
Y sobre todo hay una cantidad creciente de actores preguntándose algo que durante décadas parecía innecesario preguntar:
¿Tenemos otra opción?
Quizás dentro de veinte años descubramos que todo esto fue apenas una corrección del viejo sistema.
O quizás nuestros nietos estudien esta época como el momento en que comenzó a construirse un orden mundial diferente.
No lo sabemos.
Desde el Rancho de la Cambicha tampoco tenemos un catalejo capaz de mirar tan lejos.
Podemos hacer algo bastante más modesto.
Sentarnos frente al Paraná.
Mirar pasar los barcos.
Observar hacia dónde navegan.
Y recordar que alguna vez hubo hombres que salieron buscando una ruta comercial y terminaron encontrando un mundo que ni siquiera sabían que existía.
Después de todo, chinos, norteamericanos, indios, europeos, rusos, árabes, brasileños y tantos otros podrán discutir de monedas, sanciones, mercados, petróleo, tecnología, rutas comerciales y lugares en el directorio.
Pero cuando termine la reunión probablemente alguno acomode los papeles, mire al de enfrente y diga:
—No se enoje.
Esto no es personal... son negocios.






















