Ricardo Barreda: el último relato del femicida que dijo que iba al infierno
Ricardo Barreda, condenado por el cuádruple femicidio de su familia en La Plata, dejó una frase final que resume su derrotero: “Voy de cabeza al infierno”. Su biógrafo, Pablo Marti Krenz, reconstruye sus últimos años, el intento de justificar la masacre y el peso social que dejó el caso.“Voy de cabeza al infierno”, dejó dicho Ricardo Barreda en sus últimos meses de vida, una frase que condensa el costado más perturbador de una historia que marcó para siempre a la Argentina: el 15 de noviembre de 1992, el odontólogo platense asesinó a escopetazos a su esposa, sus dos hijas y su suegra en una casona de La Plata, y luego intentó sostener una coartada imposible.
El testimonio aparece en el documental que prepara su biógrafo, el periodista y actor Pablo Marti Krenz, quien lo acompañó hasta el final. Según contó, Barreda se mostraba incómodo ante las preguntas, pero al mismo tiempo necesitaba contar su versión. Durante más de un año compartieron encuentros semanales que fueron construyendo un vínculo de proximidad, aunque sin borrar nunca la condición esencial del personaje: la de un asesino múltiple condenado por uno de los crímenes más repudiados del país.
Marti Krenz señaló que Barreda se molestaba con las preguntas y que, aun así, aceptó hablar porque quería reconstruir su historia. Esa relación, dijo, derivó en una suerte de cercanía humana que lo puso frente a una tensión difícil de sostener: acompañar a un hombre destruido por el paso del tiempo, sin dejar de registrar la gravedad de los hechos que había cometido. En términos periodísticos, el caso volvió a demostrar cómo el acceso a la intimidad de un criminal no reduce su responsabilidad, sino que suele profundizar el contraste entre la figura pública y el daño irreparable causado a las víctimas.
El cuádruple femicidio de La Plata
“Buenas noches. Llamo de la casa de la calle 48 N° 809. Recién llego y están todas muertas. Me parece que entraron ladrones”, le dijo Barreda a la Policía. Era el 15 de noviembre de 1992 y, antes de hacer esa llamada, el odontólogo se ocupó de preparar la escena para simular un robo.
Sacó cajones, rompió objetos, desordenó papeles y se retiró con la escopeta y los cartuchos ocultos en el baúl del auto. Luego fue a buscar a su amante y pasó con ella entre seis y siete horas. Recién cerca de la medianoche volvió a su casa y realizó el aviso a la Policía.
Cuando los efectivos llegaron al domicilio del reconocido odontólogo platense encontraron una escena de extrema violencia. El cuerpo de Gladys Elena Margarita MacDonald, esposa de Barreda, yacía boca arriba en la cocina, con heridas de arma de fuego en el pecho y el estómago. A menos de dos metros estaba el de su hija Adriana, de 24 años, con un disparo en el pecho y otro en el cuello.
En el living quedó el cuerpo de la otra hija del matrimonio, Cecilia, de 26 años, boca abajo y con disparos en el cuello y el pecho. La última víctima, Elena Arreche, de 86 años, estaba tirada cerca de la escalera con dos escopetazos en la espalda.
El caso quedó rápidamente asociado a la búsqueda de una explicación que no se sostendría. La hipótesis del robo se desmoronó porque, como explicó Marti Krenz, no faltaba nada en la casa e incluso había joyas tiradas en el piso. Ese detalle, junto con otros errores en la escena, fue debilitando la estrategia de encubrimiento que Barreda había ensayado desde el primer momento.
Cuando esa versión cayó, y posiblemente influido por la hipótesis de la supuesta emoción violenta que había dejado planteada el subcomisario Ángel Nicolás Petti, Barreda pasó a sostener otro móvil: dijo que había matado a su familia porque lo humillaban y lo llamaban “conchita”. Marti Krenz, sin embargo, aseguró que esa era una excusa sin sustento y recordó que ese apodo había aparecido recién en los últimos cuatro meses previos al crimen, sin que Barreda mostrara un verdadero conflicto por eso. Para el periodista, el condenado jamás encarnó el papel de víctima que intentó construir.
En la reconstrucción del biógrafo, el propio Barreda admitía que el crimen había sido su gran error. Cuando le preguntó qué cambiaría si pudiera volver el tiempo atrás, el odontólogo respondió que no habría esquivado a su familia, sino que se habría quedado con ella y “hubiera hecho las cosas bien”. Esa confesión no alcanzaba, desde luego, para reparar nada, pero sí retrataba a un hombre que al final de su vida parecía mirar su historia con una mezcla de derrota, justificación y resignación.
“Un hombre con suerte”
En agosto de 1995, la Sala I de la Cámara Penal condenó a Ricardo Barreda a reclusión perpetua. Tenía entonces 57 años. Recién en 2008 obtuvo el beneficio de la prisión domiciliaria, tres años después accedió a la libertad condicional y en mayo de 2016 la pena fue declarada extinguida, por lo que quedó en libertad plena.
Marti Krenz contó que en muchos de sus encuentros solía decirle a Barreda que había tenido suerte, que “la sacó barata”. La frase apunta a una discusión clásica en el debate penal: la distancia entre la gravedad de un hecho y el tiempo real de encierro que finalmente cumple un condenado, especialmente cuando se combinan beneficios de ejecución y el paso de los años. En este caso, el dato resulta todavía más impactante por la escala del crimen y por el lugar que el caso ocupó durante décadas en la memoria pública.
“Hay gente que habla de justicia divina, justicia divina hubiese sido si él se moría el mismo día que mató a la familia”, sostuvo el periodista. También recordó que Barreda estuvo preso unos 17 años y que, hasta el momento del cuádruple femicidio, había llevado una vida plena, sin privaciones materiales. Para Marti Krenz, la pena perpetua representó menos de un cuarto de la vida del odontólogo, que murió a meses de cumplir 85 años.
El caso Barreda fue uno de los más espeluznantes de la historia criminal argentina, no solo por la violencia del hecho sino también por la polémica social que generó. Durante años, su figura fue reutilizada por sectores que intentaron convertirlo en símbolo de una supuesta revancha masculina, una lectura que el propio Marti Krenz rechaza de plano. Barreda, dijo, quería quedar como un estandarte de la relación entre hombres y mujeres, y hasta se imaginaba homenajeado. Esa apropiación posterior del crimen ayuda a explicar por qué el caso sigue siendo estudiado como ejemplo de la persistencia del machismo, la espectacularización de la violencia y la dificultad para desmontar relatos de justificación.
Análisis y proyecciones: con el paso del tiempo, el caso Barreda quedó como una referencia ineludible en la discusión sobre violencia de género, justicia penal y construcción mediática del criminal. Aunque ocurrió antes de que el término “femicidio” adquiriera la centralidad actual en el debate público, hoy se lo lee con ese marco conceptual, lo que cambia de manera profunda la interpretación social del hecho. La evolución de los últimos años muestra una mayor sensibilidad institucional y cultural frente a este tipo de crímenes, pero también evidencia que persisten discursos que relativizan la responsabilidad del agresor o buscan desplazar el foco hacia supuestas provocaciones de las víctimas. En ese sentido, la memoria del caso sigue funcionando como advertencia: cuando la sociedad tolera o romantiza al victimario, se debilita el rechazo social que estos crímenes exigen.
“¿Cómo quiere Barreda?”
Cuando Marti Krenz comenzó sus entrevistas, Barreda ya presentaba un cuadro de demencia senil y deterioro cognitivo, aunque todavía tenía momentos de lucidez. En una de esas ocasiones, recordó el periodista, el odontólogo se levantó, lo abrazó y le dijo: “Te quiero como a un hijo”. La escena lo dejó helado por el contraste entre el gesto afectivo y el recuerdo inmediato de que aquel hombre había asesinado a sus dos hijas. “Tenía dos y las mató, y a mí me quiere como a un hijo... ¿Cómo quiere Barreda?”, se preguntó.
La pandemia de coronavirus interrumpió parte de esos encuentros, y para entonces Barreda ya no estaba en condiciones de comprender plenamente lo que ocurría a su alrededor. Marti Krenz recordó que, sentado en una silla de ruedas, el ex odontólogo intentaba darle la mano, mientras él se apartaba. Entonces, Barreda le preguntaba por qué no podía tocarlo. Ese tramo final expone otro rasgo del caso: la degradación física y mental del femicida convivió con la persistencia de una necesidad de contacto y relato que nunca alcanzó para revertir el peso de su historia.
Antes de su muerte, Barreda también atravesó una internación prolongada en un hospital de General Pacheco, adonde ingresó con identidad falsa y permaneció 457 días. Allí recibió un diagnóstico de salud mental que terminó de mostrar el deterioro de su condición general. Más tarde fue trasladado a una residencia geriátrica en José C. Paz, donde pasó sus últimos días.
Solitario final
El 25 de mayo de 2020, a los 84 años, Barreda murió en la residencia geriátrica del Rosario, en José C. Paz. Nadie fue a su entierro. La escena final fue coherente con el aislamiento que lo acompañó en su última etapa, lejos de cualquier gesto de reconocimiento social y bajo el signo de una condena moral que nunca se apagó.
Marti Krenz aseguró que llegó a verlo reducido a piel y huesos, atado a la cama porque se caía, con pañales y en un estado de extrema fragilidad. “En un momento hasta te puede dar lástima ese asesino”, reflexionó. Su mirada condensa una de las paradojas más duras del caso: la humanidad residual de un anciano enfermo no borra la monstruosidad del crimen, pero sí muestra cómo el tiempo degrada al victimario sin alterar la memoria de las víctimas.
Sobre el final de la entrevista, el periodista recordó cómo solían empezar sus charlas. “Bueno querido, vamos a lo nuestro”, decía Barreda. “¿Qué es lo nuestro?”, preguntaba el otro. “Te tengo que contar la historia”. “¿Cuál sería el título de la historia?”. “No me olviden”.
Evolución del caso y sus lecturas: en los años posteriores al crimen, la figura de Barreda transitó de ser un asesino célebre a convertirse en una referencia cultural y judicial sobre cómo se interpreta la violencia contra las mujeres. Con el avance de los debates sobre género, la lectura social dejó atrás buena parte de las excusas que en algún momento circularon y fue consolidando una mirada más dura sobre el femicidio y sus impactos. La discusión ya no gira solo en torno a la autoría material del hecho, sino también a la responsabilidad de los entornos, la eficacia del sistema penal y el modo en que los medios construyen o desmontan mitos alrededor del agresor. Ese cambio de postura social es, probablemente, una de las transformaciones más importantes que dejó el caso.























