EL SUEÑO DE LA CASA PROPIA: ¿SIGUE SIENDO EL MISMO SUEÑO?

El Gobierno busca impulsar unos 17.000 créditos hipotecarios utilizando $2 billones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad. Es una buena iniciativa para un país donde comprar una vivienda mediante un crédito se convirtió casi en una rareza. Pero detrás de los números aparece otra pregunta: ¿las nuevas generaciones siguen soñando con una casa para toda la vida?

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Durante generaciones hubo una secuencia bastante conocida.

Conseguir trabajo.

Casarse.

Comprar el terreno.

Construir la casa.

Tener hijos.

Y, si era posible, llegar a viejo con el techo propio.

La casa no era solamente una propiedad.

Era seguridad.

También era una forma de imaginar el futuro.

Hoy el Gobierno intenta recuperar algo que Argentina prácticamente perdió: el crédito hipotecario de largo plazo.

Y eso es una buena noticia.

17.000 CASAS

La iniciativa busca utilizar unos $2 billones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad para impulsar aproximadamente 17.000 créditos hipotecarios.

No vamos a pisar los brotes verdes.

Si Argentina consigue reconstruir un mercado donde una familia pueda financiar una vivienda durante 20 o 25 años, habrá recuperado una herramienta que funciona normalmente en buena parte del mundo.

Pero pongamos el número en perspectiva.

Argentina tiene alrededor de 46,5 millones de habitantes.

Diecisiete mil créditos representan aproximadamente 37 por cada 100.000 argentinos.

Es un comienzo.

No una solución al problema habitacional.

$3,5 MILLONES

Existe además otra cuestión.

En uno de los ejemplos difundidos para explicar estos créditos, una vivienda de unos US$106.000, financiada parcialmente durante 25 años, tendría una cuota cercana a $865.000 mensuales.

Para que esa cuota represente aproximadamente el 25% del ingreso familiar serían necesarios unos $3,5 millones netos por mes.

¿Es mucho?

Los datos del INDEC ayudan a responder.

Ese ingreso se ubica aproximadamente en el noveno decil de ingresos familiares.

Es decir, alrededor del universo correspondiente al 20% de los hogares con mayores ingresos relevados por la EPH.

Pero todavía falta una pregunta bastante más complicada.

25 AÑOS

El banco puede comprobar cuánto gana una familia hoy.

Lo que nadie puede garantizar es cuánto ganará dentro de diez años.

Mucho menos dentro de veinte.

Para tomar un crédito hipotecario no alcanza entonces con tener ingresos.

Hace falta algo adicional:

confianza.

Confianza en conservar el trabajo.

En mantener los ingresos.

En que la economía permanezca razonablemente estable.

En poder atravesar las dificultades inevitables de cualquier vida familiar.

Y los argentinos tenemos una memoria económica bastante larga.

LA DEUDA YA ESTÁ EN CASA

Además, muchas familias llegan a esta posibilidad cargando otras obligaciones.

Tarjetas.

Préstamos personales.

Financiaciones.

Cuotas.

Billeteras virtuales.

La mora del financiamiento familiar viene aumentando y una parte importante del endeudamiento cotidiano ya no está destinada a comprar un automóvil, hacer un viaje o adquirir un electrodoméstico.

Muchas veces sirve simplemente para llegar a fin de mes.

Eso merece una distinción.

La deuda hipotecaria presenta niveles de incumplimiento considerablemente menores que otras formas de crédito.

Una cosa es endeudarse para consumir.

Otra es hacerlo para adquirir un activo que probablemente acompañará a la familia durante décadas.

Pero hay algo más.

¿Y SI EL SUEÑO CAMBIÓ?

Quizás estamos mirando a los jóvenes con los ojos de nuestras propias generaciones.

Muchos ya no siguen aquella secuencia tradicional.

No necesariamente se casan.

Forman pareja.

Se separan.

Vuelven a formar otra.

Algunos deciden vivir solos.

Cambian de trabajo.

Cambian de ciudad.

Y muchas veces también cambian la manera de utilizar su dinero.

Viajan.

Salen.

Conocen lugares.

Consumen experiencias.

Y alquilan la vivienda que pueden pagar.

Listo.

No necesariamente porque sean irresponsables.

Quizás porque imaginan el futuro de otra manera.

UNA CASA TAMBIÉN TE ATA

Comprar una vivienda significa patrimonio.

Seguridad.

Capital.

Pero también significa comprometerse con un lugar y asumir una obligación durante veinte o treinta años.

Para nuestros padres y abuelos eso podía representar tranquilidad.

Para algunos jóvenes actuales puede significar exactamente lo contrario:

perder movilidad.

No sabemos cuánto de este cambio responde a una elección cultural y cuánto a una adaptación obligada a una realidad económica que hizo cada vez más difícil acceder a la vivienda.

Probablemente convivan las dos cosas.

Y sería injusto simplificarlo.

NO PISEMOS LOS BROTES

Por eso vale la pena celebrar que vuelva a hablarse de créditos hipotecarios.

Diecisiete mil familias que consigan una vivienda serán diecisiete mil historias importantes.

Ojalá sean muchas más.

Pero tampoco confundamos un brote con el bosque.

Para que el crédito hipotecario vuelva verdaderamente a la Argentina harán falta salarios suficientes.

Inflación controlada.

Empleo.

Crédito.

Y estabilidad durante muchos años.

Porque una casa se construye con ladrillos.

Un crédito puede ayudar a pagarlos.

Pero para firmar una deuda a 25 años hace falta algo que ningún banco puede prestar:

confianza en el futuro.

Y quizá debamos agregar una pregunta que nuestras generaciones pocas veces tuvieron que hacerse:

¿los jóvenes todavía sueñan con comprar la casa en la que vivirán toda la vida?

Tal vez algunos sí.

Otros quizás prefieran viajar, cambiar, conocer, alquilar y conservar la libertad de levantar las valijas.

El Gobierno intenta recuperar el crédito hipotecario.

Es un buen intento.

Ahora falta descubrir algo bastante más complejo:

si además de recuperar el crédito podemos recuperar la confianza y si, cuando eso ocurra, la casa propia seguirá siendo el mismo sueño.

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