Bessent profundiza su giro intervencionista y preocupa a Wall Street

Scott Bessent quedó bajo presión tras su intento de sostener los bonos estadounidenses con una intervención poco ortodoxa que no logró el efecto esperado. La jugada reaviva dudas sobre su margen para asistir nuevamente a la Argentina y sobre el rumbo de la deuda de Estados Unidos.

“Who rules the past controls the future”, escribió George Orwell en 1984; en los mercados, controlar la curva de rendimientos también suele ser una batalla contra fuerzas más grandes que cualquier anuncio oficial. Esa es la tensión que hoy enfrenta Scott Bessent, debilitado después de su fallido intento por sostener el precio de los bonos norteamericanos con una intervención poco ortodoxa que incomodó a Wall Street.

El secretario del Tesoro anunció, aun así, que duplicará las recompras de deuda larga. La decisión confirma un giro cada vez más intervencionista de la administración de Donald Trump, en la que Bessent pasó en menos de un año de comprar pesos para respaldar al gobierno de Javier Milei antes de las elecciones argentinas, a actuar junto con Japón para frenar la caída del yen y ahora intervenir directamente sobre el mercado de deuda estadounidense.

La semana pasada, Bessent informó que elevará de USD 2.000 millones a USD 4.000 millones el monto máximo destinado a las recompras de bonos de largo plazo, en especial en los tramos de 10 a 20 y de 20 a 30 años. Las operaciones ampliadas comenzarán en septiembre y se extenderán hasta principios de noviembre.

La versión oficial sostiene que las recompras apuntan a mejorar la liquidez y el funcionamiento del mercado. Sin embargo, el objetivo económico es claro: al retirar títulos largos de circulación, el Tesoro incrementa su demanda, eleva sus precios y reduce sus rendimientos.

Detrás de la presión sobre los bonos, alimentada por ventas masivas en distintos mercados, persisten desequilibrios más profundos que difícilmente se resuelvan con recompras puntuales: el déficit fiscal de Estados Unidos, las enormes necesidades de financiamiento del Tesoro, las dudas sobre la trayectoria de la inflación y una deuda que ya alcanzó un récord histórico de 40 trillones. Ese combo explica por qué muchos inversores optan por desprenderse de los Treasuries.

“Este fracaso coloca a Bessent en una posición muy delicada y le deja poco resto para volver a rescatar a la Argentina si enfrenta otra corrida”, explicó a LPO un economista con buen diálogo con el equipo de Toto Caputo. Esa debilidad también se proyecta sobre su capacidad de volver a interceder por el gobierno de Milei ante el directorio del FMI.

Caputo planea viajar en octubre a la reunión anual del FMI en Bangkok con la intención de conseguir al menos USD 5.000 millones adicionales sobre el préstamo en curso. Pero la titular del organismo, Kristalina Giorgieva, ya habría recibido el mandato de la Junta de Gobernadores de no aumentar la exposición con Argentina; en el mejor de los casos, podrían evaluar una reestructuración del cronograma de pagos, según fuentes al tanto de las conversaciones.

La maniobra fue comparada rápidamente en Wall Street con una especie de “Treasury Twist”, en alusión a la Operation Twist que utilizó la Reserva Federal para alterar la composición de su balance y bajar las tasas largas. La diferencia central es que esta vez la iniciativa no proviene de la Fed, sino del Tesoro.

En un primer momento, el movimiento funcionó. El rendimiento del bono estadounidense a 30 años cayó cerca de 10 puntos básicos, hasta la zona de 5,19%, mientras que el Treasury a 10 años retrocedió hacia 4,65%. El alivio se trasladó a las acciones y a otros mercados financieros. Pero la reacción duró poco: al día siguiente, el bono a 30 años volvió a operar cerca de 5,25% y el de 10 años regresó a la zona de 4,70%, borrando buena parte del efecto inicial.

Pese a ese traspié, Bessent no mostró señales de retroceso. La decisión consolida una línea de conducta que empezó con intervenciones fuera de Estados Unidos y llegó finalmente al mercado financiero norteamericano.

El antecedente argentino es, probablemente, el más llamativo. En octubre de 2025, en plena tensión cambiaria antes de las elecciones legislativas, Bessent confirmó que el Tesoro estadounidense había comprado directamente pesos argentinos. Washington acompañó la intervención con un swap por USD 20.000 millones con el Banco Central y volvió a comprar moneda argentina cuando reapareció la presión sobre el dólar.

Fue una intervención extraordinaria para una administración republicana que reivindica el libre mercado y que además tuvo una consecuencia política concreta: ayudó a estabilizar el frente cambiario argentino en las semanas previas a los comicios, cuando una corrida amenazaba con complicar a Milei.

Meses después apareció Japón. Frente a la fuerte depreciación del yen, las autoridades japonesas intervinieron en el mercado cambiario y Estados Unidos acompañó la estrategia. La cuestión tenía además una derivación sensible para Washington: Japón es uno de los mayores tenedores extranjeros de deuda estadounidense y una intervención financiada con ventas masivas de Treasuries podía agravar todavía más la suba de las tasas en Estados Unidos.

La secuencia resulta difícil de pasar por alto: primero fue el peso argentino, luego el yen y finalmente los propios bonos estadounidenses. En los tres casos aparece la misma disposición de Bessent a usar la capacidad financiera del Tesoro para mover precios que el mercado venía empujando en una dirección considerada inconveniente por Washington.

El problema es que ahora enfrenta un mercado de otra escala. El rendimiento del bono a 30 años llegó a superar el 5,3%, niveles que no se veían desde antes de la crisis financiera internacional, mientras la deuda federal estadounidense ya supera los USD 40 billones.

Análisis y proyecciones: en la historia económica estadounidense, las intervenciones sobre la curva de tasas suelen ofrecer alivio táctico, pero rara vez resuelven tensiones estructurales. Si el Tesoro insiste en recompras más agresivas, podría contener temporalmente los rendimientos largos y dar aire a los activos de riesgo; sin embargo, si el mercado percibe que el problema de fondo es fiscal, la presión podría reaparecer. Para Argentina, el margen también luce más estrecho: una Fed menos condescendiente, un Tesoro más expuesto y un FMI más cauteloso reducen la capacidad de Washington para operar como sostén externo. En ese escenario, cualquier nueva turbulencia cambiaria en Buenos Aires dependerá menos de gestos políticos y más de la credibilidad macroeconómica doméstica.

Evolución reciente: en los últimos años, la postura de Bessent pasó de una lógica más tradicional de apoyo indirecto a una intervención cada vez más directa sobre mercados sensibles. Primero actuó sobre monedas extranjeras en situaciones de estrés, luego respaldó a socios estratégicos para evitar impactos financieros más amplios y ahora interviene sobre los bonos del propio Tesoro. Ese recorrido muestra un viraje desde la defensa puntual de la estabilidad hacia una administración más activa de precios, una señal de pragmatismo que también expone las limitaciones de la política económica cuando la confianza en la deuda soberana empieza a deteriorarse.