PETRÓLEO: LA PARTIDA DE LOS TRES GIGANTES

Estados Unidos, China y Rusia están tomando decisiones que pueden cambiar las rutas de la energía, los mercados y las inversiones mundiales

Por Jagua Arandú

En el Rancho de la Cambicha hay una televisión de 86 pulgadas que Madame Taragüí ha convertido, casi sin proponérselo, en una ventana al mundo.

Allí aparecen mapas.

Petroleros.

Oleoductos.

Puertos.

Misiles.

Refinerías.

El estrecho de Ormuz.

El Golfo Pérsico.

Rusia.

China.

Estados Unidos.

Madame Taragüí escucha a los que saben y pregunta cuando las explicaciones se llenan demasiado de palabras difíciles.

Y últimamente hay una pregunta que vuelve una y otra vez:

¿qué está pasando realmente con el petróleo?

Porque si solamente miramos el precio del barril, probablemente estemos observando la parte más pequeña de la historia.

TRES JUGADORES

En el enorme tablero energético mundial existen decenas de países productores y consumidores.

Arabia Saudita.

India.

Irán.

Emiratos Árabes.

Brasil.

Canadá.

Irak.

Noruega.

Y muchos otros.

Pero cuando se trata de decisiones capaces de modificar el equilibrio estratégico global aparecen tres jugadores imposibles de ignorar:

Estados Unidos.

China.

Rusia.

Los tres tienen intereses diferentes.

Los tres disponen de enormes recursos económicos y políticos.

Y los tres saben que la energía no es solamente una mercancía.

También es poder.

ESTADOS UNIDOS

Durante décadas Estados Unidos fue extremadamente vulnerable a cualquier crisis petrolera internacional.

Hoy la situación es diferente.

La revolución del shale transformó al país en una potencia energética y lo llevó a niveles históricos de producción de petróleo.

Eso cambió su posición estratégica.

Estados Unidos continúa necesitando estabilidad en los mercados internacionales, pero ya no enfrenta una crisis petrolera desde la misma situación de dependencia que tenía durante los grandes shocks energéticos del siglo XX.

Además posee otro instrumento formidable:

la Reserva Estratégica de Petróleo.

Puede liberar reservas.

Puede recomprarlas.

Puede aumentar o disminuir determinadas presiones sobre el mercado.

Puede aplicar sanciones.

Puede condicionar mecanismos financieros.

Y puede influir sobre las rutas comerciales por las que circula el petróleo.

Washington no mira solamente cuánto vale hoy el barril.

Mira algo mucho más importante:

quién controla el sistema energético de mañana.

CHINA

China observa el mismo tablero desde el lugar opuesto.

Es una gigantesca potencia industrial que necesita importar enormes cantidades de energía.

Para Beijing, por lo tanto, la seguridad energética es seguridad nacional.

Y aprendió una lección elemental:

no conviene depender de una sola puerta.

Por eso diversifica proveedores.

Compra petróleo ruso.

Compra en Medio Oriente.

Compra en América Latina.

Construye reservas.

Desarrolla infraestructura terrestre.

Participa en puertos.

Expande oleoductos y gasoductos.

Y simultáneamente realiza una extraordinaria inversión en energía nuclear, solar, eólica, vehículos eléctricos y almacenamiento.

No porque haya dejado de necesitar petróleo.

Sino precisamente porque sabe cuánto poder obtiene quien consigue reducir su dependencia.

China tiene además una ventaja particular.

Puede utilizar sus enormes reservas comerciales y estratégicas para administrar temporalmente sus compras.

Si considera que el petróleo está demasiado caro, puede reducir importaciones y consumir parte de lo almacenado.

Es decir:

China no solamente compra petróleo. También administra el momento en que decide comprarlo.

Y cuando el mayor importador mundial modifica su comportamiento, todo el mercado escucha.

RUSIA

Rusia enfrenta otro problema.

Tiene petróleo.

Mucho.

Pero necesita venderlo.

Las sanciones occidentales posteriores a la invasión de Ucrania obligaron a Moscú a modificar buena parte de sus circuitos comerciales.

El petróleo ruso que antes encontraba compradores naturales en Europa comenzó a recorrer otras rutas.

China.

India.

Asia.

Nuevos intermediarios.

Nuevos mecanismos financieros.

Nuevos seguros.

Nuevos recorridos marítimos.

Lo que inicialmente parecía una solución circunstancial comenzó a consolidarse como una nueva geografía energética.

Europa redujo drásticamente su dependencia directa de Rusia.

Pero Rusia no desapareció del mercado mundial.

Cambió de clientes.

EL PETRÓLEO NO DESAPARECE

Ahí Madame Taragüí vuelve a mirar la enorme pantalla.

Un barco sale de un puerto.

Después aparece otro.

Y otro.

Cambian las banderas.

Cambian los destinos.

Cambian los compradores.

Pero el petróleo continúa circulando.

Esta es probablemente una de las claves para entender lo que está ocurriendo.

Las sanciones pueden modificar rutas.

Pueden aumentar costos.

Pueden reducir márgenes.

Pueden obligar a buscar intermediarios.

Pero mientras exista demanda, el mercado intentará encontrar un camino.

Y ese camino puede terminar construyendo relaciones comerciales que después permanezcan durante décadas.

ORMUZ CAMBIÓ LA DISCUSIÓN

El estrecho de Ormuz demuestra brutalmente la fragilidad del sistema.

Por ese pequeño corredor marítimo circula una parte extraordinaria del petróleo y del gas que consume el mundo.

Cuando Ormuz se vuelve peligroso, los mercados inmediatamente comienzan a calcular.

¿Cuánto petróleo puede dejar de circular?

¿Cuánto tiempo?

¿Quién tiene reservas?

¿Quién puede producir más?

¿Quién dispone de rutas alternativas?

¿Quién puede pagar un barril más caro?

¿Y quién no?

Pero existe otra pregunta menos inmediata:

¿qué decisiones tomarán los grandes jugadores después de comprobar nuevamente esa vulnerabilidad?

Porque una crisis puede terminar.

Una guerra puede terminar.

El precio puede volver a bajar.

Pero una inversión en un oleoducto, un puerto, una refinería, un yacimiento o una terminal de gas natural licuado puede modificar el comercio durante treinta años.

LAS NUEVAS RUTAS

Ahí está probablemente la verdadera historia.

El mundo energético está buscando caminos alternativos.

Rusia mira hacia Asia.

China intenta multiplicar sus proveedores y reducir puntos de vulnerabilidad.

Estados Unidos aumenta su capacidad exportadora de petróleo y gas.

India aprovecha oportunidades de abastecimiento.

Europa busca diversificación.

Medio Oriente intenta conservar su enorme influencia.

Y detrás aparecen inversiones gigantescas.

Oleoductos.

Gasoductos.

Terminales de GNL.

Puertos.

Petroleros.

Refinerías.

Almacenamiento.

Cada infraestructura nueva dibuja una línea sobre el mapa.

Y cada línea puede convertirse en una nueva relación geopolítica.

LAS RESERVAS SON PODER

Durante años pensamos las reservas petroleras como un seguro para emergencias.

Siguen siéndolo.

Pero también se han convertido en una herramienta estratégica.

Quien tiene reservas puede esperar.

Quien no las tiene debe comprar.

Y quien debe comprar desesperadamente pierde capacidad de negociación.

Por eso las cifras de producción diaria cuentan solamente una parte de la historia.

También importa saber:

cuánto petróleo tiene almacenado cada potencia y durante cuánto tiempo puede utilizarlo sin regresar agresivamente al mercado.

El petróleo guardado bajo tierra o dentro de enormes depósitos no aparece todos los días en las noticias.

Pero puede modificar una negociación internacional.

EL PRECIO ES LA FOTO

Madame Taragüí pregunta cuánto vale el barril.

Le responden.

Mañana vuelve a preguntar.

Y probablemente le den otro número.

Entonces comprende algo sencillo.

El precio es la fotografía del día.

Lo verdaderamente importante es la película.

Y en esa película aparecen inversiones que necesitan décadas para recuperarse.

Una empresa que decide invertir miles de millones de dólares en un yacimiento no piensa solamente en el precio del próximo martes.

Piensa dónde estará la demanda dentro de diez o veinte años.

Qué rutas existirán.

Qué países serán confiables.

Qué sanciones podrían aparecer.

Qué tecnologías competirán.

Y quién garantizará que el producto pueda llegar desde el pozo hasta el consumidor.

Y EN EL MAPA APARECE ARGENTINA

Entonces, allá abajo, en la pantalla del Rancho aparece nuestro país.

Vaca Muerta.

Gas.

Petróleo.

Oleoductos.

Puertos.

GNL.

Argentina posee algo que el mundo está buscando:

energía.

Pero tener el recurso debajo de la tierra no alcanza.

Hay que extraerlo.

Transportarlo.

Procesarlo.

Financiar las inversiones.

Construir infraestructura.

Garantizar reglas suficientemente estables.

Y, finalmente, llegar hasta los mercados.

Por eso las decisiones que hoy toman Washington, Beijing y Moscú también importan en Neuquén.

Si China modifica estructuralmente sus proveedores, importa.

Si Estados Unidos aumenta sus exportaciones, importa.

Si Rusia consolida definitivamente sus mercados asiáticos, importa.

Si aparecen nuevas rutas energéticas, importa.

Y si las grandes compañías empiezan a decidir dónde invertir los próximos cientos de miles de millones de dólares, Argentina tiene que estar mirando ese tablero.

LA PARTIDA RECIÉN EMPIEZA

Podemos seguir diariamente el precio del Brent.

Podemos observar Ormuz.

Podemos contar petroleros.

Todo eso importa.

Pero detrás del movimiento cotidiano existe una transformación mucho más profunda.

Estados Unidos quiere conservar su poder energético.

China quiere garantizar su abastecimiento y reducir vulnerabilidades.

Rusia necesita asegurar mercados para sus enormes recursos.

Los tres están moviendo piezas.

Y detrás de ellos se mueven productores, consumidores, bancos, petroleras, navieras y gobiernos.

Madame Taragüí sigue mirando la pantalla.

Escucha.

Pregunta.

Y finalmente resume toda aquella geopolítica con bastante menos palabras:

—Entonces el asunto no es solamente quién tiene petróleo. Es quién puede venderlo, quién puede comprarlo y por dónde puede hacerlo llegar.

Exactamente.

Porque el precio del barril nos dice cuánto vale el petróleo hoy.

Las decisiones de Estados Unidos, China y Rusia pueden determinar algo bastante más importante:

quién lo producirá, quién lo comprará, por dónde circulará y dónde se invertirán los grandes capitales energéticos durante las próximas décadas.