SOY PRODUCTOR: SOLO QUIERO QUE EL ESTADO ME SAQUE EL PIE DE ENCIMA
Desde el Rancho de la Cambicha, en el Paraná Medio, Jagua Arandú le hace el aguante al productor argentino. El hombre que pone tierra, capital, conocimiento y trabajo; que mira el cielo y Chicago antes de dormir; y que muchas veces siente que, cuando llega el momento de repartir los riesgos, está bastante solo.
Por Jagua Arandú
Desde el Rancho de la Cambicha, mirando este inmenso Paraná Medio, uno aprende que la naturaleza no firma contratos.
Puede llover.
Puede no llover.
Puede venir una creciente, una seca, una helada fuera de tiempo o un calor que castigue cuando el cultivo está definiendo rendimiento.
El productor argentino sabe perfectamente todo eso.
Y si hay algo que no necesita es que alguien venga desde un escritorio a explicarle qué significa riesgo.
Porque antes de cosechar un solo grano ya puso el dinero.
Semillas. Fertilizantes. Herbicidas y fitosanitarios. Combustible. Maquinaria. Repuestos. Personal. Arrendamientos cuando corresponde. Seguros. Transporte. Tecnología.
Y conocimiento.
Mucho conocimiento.
EL CAMPO YA NO SE MANEJA MIRANDO SOLAMENTE EL CIELO
Hay una enorme capacidad técnica detrás de la agricultura argentina.
Siembra directa, genética, fertilización, agricultura de precisión, imágenes satelitales, estaciones meteorológicas, mapas de rendimiento y sistemas que permiten decidir casi metro por metro qué hacer dentro de un lote.
El productor moderno mira el cielo, pero también mira una pantalla.
Y en esa pantalla aparece una palabra inevitable:
Chicago.
Porque mientras un productor argentino observa si una nube puede convertirse en veinte milímetros de lluvia, a miles de kilómetros los grandes operadores del mercado están tomando posiciones sobre soja, maíz y trigo.
Chicago no es solamente un lugar donde se descubre el precio de los granos.
Es también un gigantesco mercado financiero.
Productores, exportadores e industrias utilizan futuros y opciones para cubrir riesgos. Pero junto a ellos operan fondos de inversión y especuladores capaces de mover enormes cantidades de contratos sin haber sembrado una sola hectárea.
Los reportes de la Commodity Futures Trading Commission de Estados Unidos permiten observar las posiciones de los llamados Managed Money, es decir, los grandes fondos que participan de estos mercados.
Y sus movimientos importan.
Cuando compran masivamente pueden potenciar una suba.
Cuando venden pueden profundizar una baja.
El productor argentino, mientras tanto, sigue teniendo el cultivo plantado en el mismo lugar.
CHICAGO NO DUERME
El cierre del viernes 14 de agosto volvió a mostrar hasta qué punto estos mercados pueden cambiar rápidamente.
La soja terminó la jornada con subas de entre 5,5 y 11,75 centavos de dólar por bushel en los principales contratos.
El maíz también reaccionó: los futuros avanzaron entre 5 y 11,25 centavos, mientras el contrato diciembre terminó alrededor de US$4,83 por bushel.
Pero el movimiento más fuerte estuvo en el trigo.
El trigo blando de Chicago subió entre 11,75 y 22 centavos durante la jornada y acumuló aproximadamente 35 centavos de aumento semanal.
¿Por qué?
Entre otros factores, nuevamente apareció la geopolítica.
Las dificultades en torno del Mar Negro y la infraestructura exportadora volvieron a colocar una prima de riesgo sobre uno de los alimentos fundamentales del planeta.
Una guerra a miles de kilómetros puede modificar el valor del trigo que produce un agricultor argentino.
Así funciona hoy el mercado mundial de alimentos.
Y LOS FONDOS TAMBIÉN MIRAN EL CIELO
Hay otro jugador sentado en esta mesa: el clima.
Los operadores financieros estudian los mismos mapas que observa el productor.
Lluvias en el cinturón maicero estadounidense, temperaturas extremas, sequías, excesos hídricos, evolución del Pacífico, perspectivas para Sudamérica.
Una modificación en un pronóstico meteorológico puede significar millones de dólares entrando o saliendo de determinados contratos en cuestión de horas.
Para un fondo es una posición financiera.
Para el productor puede ser su cosecha.
Esa diferencia parece elemental.
Pero conviene recordarla.
El productor no puede apretar una tecla y salir del lote.
¿QUIÉN PONE EL CAPITAL?
Acá aparece la pregunta que incomoda.
El productor compra los insumos.
El productor financia la campaña.
El productor incorpora tecnología.
El productor asume el riesgo climático.
El productor enfrenta las variaciones de Chicago.
El productor soporta los costos internos.
El productor genera el grano.
Y cuando ese grano finalmente existe, aparece también el Estado.
Impuestos nacionales, provinciales y municipales forman parte de la ecuación.
Y, además, la Argentina conserva algo excepcional dentro de los grandes países productores de alimentos: los derechos de exportación.
Hay que reconocer también los cambios recientes.
Durante 2026 el Gobierno nacional dispuso una reducción de dos puntos porcentuales en los derechos de exportación correspondientes al trigo y la cebada y estableció un esquema de reducción gradual para soja, maíz, girasol y sorgo.
Es un movimiento en la dirección que reclama desde hace años buena parte del sector.
Pero queda una discusión mucho más profunda.
NO SE TRATA SOLAMENTE DE CUÁNTO SE COBRA
La pregunta verdaderamente importante es:
¿Qué recibe el productor a cambio?
Caminos rurales.
Rutas.
Puentes.
Puertos.
Ferrocarriles.
Energía.
Conectividad.
Infraestructura hídrica.
Defensas.
Canales.
Sistemas de escurrimiento.
Ahí empieza otra discusión que la Argentina tiene pendiente.
Durante décadas existieron impuestos, tasas, fondos específicos y partidas presupuestarias destinadas precisamente a financiar infraestructura.
Por eso no alcanza con preguntar cuánto dinero se recauda.
Hay que preguntar también:
¿Cuánto se transforma efectivamente en obras?
Y todavía hay otra pregunta.
Cuando existen recursos afectados o presupuestados para infraestructura que no se ejecutan al ritmo previsto, ¿dónde permanece ese capital hasta que la obra se realiza?
¿Está inmovilizado?
¿Está colocado financieramente?
¿Genera intereses?
¿Quién administra ese rendimiento?
¿Y finalmente vuelve todo ese dinero a la finalidad para la cual fue recaudado?
No corresponde acusar sin documentos.
Pero corresponde preguntar.
Y corresponde exigir las cuentas.
UN BOTÓN COMO MUESTRA: EL AGUA
Desde Corrientes sabemos bastante de agua.
Sabemos lo que significa cuando falta.
Y sabemos perfectamente lo que significa cuando sobra.
Una obra hídrica no puede comenzar cuando el agua ya está entrando.
Tiene que estar proyectada, financiada, construida y mantenida antes.
Porque después es tarde.
Por eso la infraestructura hídrica constituye un excelente botón de muestra para analizar la relación entre producción y Estado.
No alcanza con crear fondos.
No alcanza con presupuestar obras.
No alcanza con anunciar millones.
Hay que mirar recaudación, ejecución financiera y obra terminada.
Las tres cosas juntas.
Porque un canal dibujado en un presupuesto no saca un litro de agua de un campo inundado.
EL PRODUCTOR NO PIDE QUE LE GARANTICEN EL RESULTADO
Y acá está quizá el centro de toda esta historia.
El productor argentino no está pidiendo que el Estado haga llover.
No pretende que un funcionario pueda detener una sequía.
Tampoco exige que alguien le garantice cuánto va a valer la soja en Chicago dentro de seis meses.
Sabe que producir significa asumir riesgos.
Lo viene haciendo desde generaciones.
Lo que reclama es otra cosa.
Reglas claras.
Previsibilidad.
Infraestructura.
Impuestos razonables.
Y fundamentalmente la posibilidad de reinvertir una parte mayor del resultado de su propio esfuerzo.
Porque cada peso que queda dentro del circuito productivo puede convertirse nuevamente en semillas, fertilizantes, maquinaria, tecnología, empleo y producción.
DESDE EL RANCHO
Acá, desde el Rancho de la Cambicha, en el Paraná Medio, uno puede mirar el río durante horas.
El río enseña bastante.
Enseña que hay cosas que ningún gobierno controla.
El clima es una.
El mercado mundial es otra.
Pero también existen cosas que dependen enteramente de las decisiones humanas.
Las reglas.
Los impuestos.
La infraestructura.
La administración de los recursos públicos.
Y ésas sí pueden discutirse.
Mientras los grandes fondos de Chicago compran y venden miles de contratos mirando modelos matemáticos y pronósticos meteorológicos, en algún campo argentino hay un tipo mirando exactamente el mismo cielo.
Pero existe una diferencia enorme.
Uno está arriesgando una posición.
El otro está arriesgando la cosecha.
Por eso, desde este rincón del Paraná Medio, hoy Jagua Arandú simplemente le hace el aguante.
Y deja hablar al productor:
“No te pido que hagas llover. No te pido que me asegures el precio. No te pido que asumas mi riesgo. Soy productor y sé perfectamente lo que significa producir. Solamente te pido una cosa: sacame el pie de encima y dejame trabajar.”
Memento Mori.






















