El Movimiento Evita impulsa limitar banderas extranjeras en el Monumento a la Bandera

El proyecto del Movimiento Evita reabre una discusión histórica sobre el uso del mástil escolta del Monumento Nacional a la Bandera. La iniciativa choca con la tradición inmigratoria de Rosario y ya provocó fuertes rechazos en la política local.

Pocas ciudades argentinas condensan tanto simbolismo identitario como Rosario: el Monumento Nacional a la Bandera, inaugurado en 1957, se convirtió con el tiempo en un escenario donde la memoria patria y la diversidad cultural conviven, a veces en equilibrio y otras en tensión.

Tras el operativo de Migraciones y la Policía Federal para detener inmigrantes ilegales en el centro de Rosario, el Movimiento Evita sorprendió con un proyecto en el Concejo Municipal para limitar que se icen banderas extranjeras en el mástil especial del Monumento Nacional a la Bandera destinado a homenajear la independencia de distintas naciones.

La iniciativa fue presentada en el Concejo Municipal por Pablo Basso, Mariano Romero y María José Poncino, los tres del Movimiento Evita, y propone reservar el denominado mástil escolta exclusivamente para la bandera argentina, las enseñas de las provincias y de la Ciudad de Buenos Aires, y aquellas vinculadas con conmemoraciones patrias o acontecimientos históricos nacionales.

El proyecto apunta a modificar un decreto municipal de 2011, que habilitó formalmente el izamiento de banderas de países reconocidos por la Argentina y de organismos internacionales. No obstante, la práctica tiene un recorrido mucho más extenso: de acuerdo con el historiador y exdirector del Monumento Miguel Carrillo Bascary, la costumbre se sostiene casi desde la inauguración del edificio, hace 69 años.

La controversia se encendió cuando el 4 de julio flameó la bandera de Estados Unidos por el 250º aniversario de su independencia, una ceremonia que terminó de irritar a los concejales de Pérsico. Meses antes, el izamiento de la enseña de Israel también había generado cuestionamientos en redes sociales.

En ambos casos, los actos se realizaron en el mástil escolta y no en el principal, reservado de manera exclusiva para la bandera argentina. Además, esos izamientos estaban expresamente contemplados por la normativa municipal vigente.

El debate provocó un fuerte rechazo de las colectividades extranjeras de Rosario, que cuestionaron no haber sido consultadas y defendieron la tradición como parte de la identidad de una ciudad atravesada por la inmigración y considerada un emblema de integración cultural.

El secretario de Gobierno de Javkin, Sebastián Chale, calificó la propuesta como “cuasi fascista” y “chauvinista”, y adelantó que el oficialismo no la acompañará. “Desconoce la historia y conformación de esta ciudad que sintetiza nacionalidades, culturas y credos como ninguna otra”, sostuvo el funcionario.

Por su parte, la concejala oficialista Carolina Labayru también criticó con dureza la iniciativa del Evita en X. “Los mismos que inventaron la grieta entre los argentinos ahora quieren meternos a los rosarinos en divisiones que no existen. Los mismos que miraron para otro lado cuando la violencia y el narcotráfico se quisieron adueñar de la ciudad ahora quieren imponer un debate que nadie pide”, lanzó.

El dato que vuelve más sensible la discusión es que por ese mástil se izan también banderas de países latinoamericanos y europeos, además de Naciones Unidas, la OEA, el Mercosur, la Cruz Roja y hasta la Wiphala de los Pueblos Originarios, que flamea cada 19 de abril y 11 de octubre.

Análisis y proyecciones: la iniciativa se inscribe en una tendencia regional en la que símbolos públicos, monumentos y efemérides se convierten en campos de disputa política. En contextos de alta polarización, los gestos sobre banderas y protocolos suelen amplificar debates de fondo: identidad nacional, pluralismo, memoria inmigratoria y límites del discurso de la pertenencia. Si el proyecto avanzara, podría reactivar resistencias de colectividades, organizaciones de derechos culturales y sectores que defienden la tradición protocolar del Monumento; si queda archivado, probablemente la polémica funcione como un nuevo capítulo de la grieta local, sin alterar una práctica que Rosario sostuvo durante décadas.

Evolución reciente del tema: en los últimos años, el uso del espacio público en Rosario fue cobrando mayor carga simbólica por la crisis de seguridad, la discusión sobre narcotráfico y el reordenamiento de la agenda política local. En ese clima, gestos antes protocolares pasaron a leerse como tomas de posición. Así, un mecanismo pensado originalmente para homenajear a otras naciones terminó convertido en un debate sobre identidad, representación y convivencia en una ciudad históricamente moldeada por la inmigración.