INFLACIÓN: ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?
Julio cerró con una inflación mensual del 2,1% y una variación interanual del 33,8%. En cualquier economía normal sigue siendo una barbaridad. Pero Argentina no viene de una economía normal: atravesó hiperinflaciones, devaluaciones, defaults, emisión para financiar déficits y destrucción recurrente de su moneda. La inflación está bajando. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿estamos construyendo una estabilidad duradera o solamente atravesando otra estación del interminable péndulo argentino?
Por Jagua Arandú
Argentina tiene una extraña capacidad para acostumbrarse a lo extraordinario.
Una inflación del 33,8% anual sería considerada un gravísimo problema económico en prácticamente cualquier país con una moneda estable.
Para tener una referencia cercana, Brasil registró en julio una inflación interanual de 4,44%.
Nosotros hablamos del treinta y pico por ciento y podemos llegar a considerarlo una buena noticia.
¿Estamos locos?
No necesariamente.
Tenemos memoria.
Y para entender el dato de hoy primero debemos preguntarnos:
¿de dónde venimos?
Una larga historia de destruir nuestra propia moneda
La inflación argentina no comenzó con Javier Milei.
Tampoco con Alberto Fernández.
Ni con Mauricio Macri.
Ni con Cristina Kirchner.
Ni siquiera con la crisis de 2001.
Es un problema estructural que atravesó gobiernos civiles, militares, peronistas, radicales, coaliciones y administraciones de orientaciones económicas completamente diferentes.
Cambió la intensidad.
Cambió la explicación política.
Cambió el nombre de la moneda.
Pero una constante permaneció durante décadas:
el Estado argentino gastó recurrentemente más recursos de los que podía financiar de manera sostenible.
Cuando pudo endeudarse, tomó deuda.
Cuando dejó de tener crédito, recurrió en diferentes períodos al Banco Central.
Cuando tampoco eso alcanzó, aparecieron controles, congelamientos, múltiples tipos de cambio y reestructuraciones.
Y finalmente siempre hubo alguien que pagó la cuenta.
El ciudadano.
La hiperinflación no es un relato
1989 debería permanecer en nuestra memoria económica.
El propio Banco Central, en su Memoria Anual de aquel año, describió al proceso hiperinflacionario como el rasgo saliente de la economía argentina y señaló entre sus causas el financiamiento inflacionario crónico del déficit público.
El dato histórico resulta brutal.
Durante los años ochenta Argentina había convivido con tasas de inflación que hoy parecen inconcebibles.
Finalmente llegó la hiperinflación.
Los precios podían modificarse durante el mismo día.
El salario perdía valor antes de ser cobrado.
Los comerciantes no sabían a qué precio reponer mercadería.
El dinero dejó progresivamente de cumplir una de sus funciones fundamentales:
servir como reserva de valor.
Cuando una sociedad llega a ese punto ya no estamos hablando solamente de economía.
Estamos hablando de desorganización social.
Después cambiamos hasta la moneda
Argentina fue dejando cadáveres monetarios en el camino.
Peso moneda nacional.
Peso ley.
Peso argentino.
Austral.
Peso convertible.
Cada cambio prometía dejar atrás los problemas anteriores.
Pero cambiar el nombre impreso sobre un billete no modifica las causas que destruyen su valor.
En 1991 llegó la Convertibilidad.
Un peso equivalía a un dólar.
La inflación, finalmente, desapareció como preocupación cotidiana.
Después de años de caos, los argentinos recuperaron algo extraordinariamente sencillo:
podían saber cuánto valdría aproximadamente su dinero al día siguiente.
Pero la estabilidad nominal tampoco resolvió todos los desequilibrios.
Argentina continuó acumulando problemas fiscales, financieros, productivos y de endeudamiento.
Y finalmente llegó 2001.
Default, corralito y devaluación
La Convertibilidad terminó de la peor manera.
Recesión.
Crisis política.
Corralito.
Default soberano.
Caída del gobierno.
Devaluación.
Pobreza.
Desempleo.
El peso volvió a perder violentamente su valor.
Y comenzó otro ciclo.
Durante algunos años la combinación de capacidad productiva ociosa, elevados precios internacionales de las materias primas y superávits fiscal y comercial permitió recuperar rápidamente la economía.
Pero progresivamente reaparecieron problemas conocidos.
Gasto creciente.
Déficit.
Controles cambiarios.
Emisión monetaria.
Inflación.
Pérdida de reservas.
Desconfianza.
Otra vez el dólar comenzó a transformarse en el refugio del argentino.
Hasta llegar al borde
El proceso se aceleró durante los últimos años.
Argentina llegó a 2023 con una inflación anual superior al 200%, déficit fiscal, fuertes restricciones cambiarias, reservas extremadamente comprometidas y una enorme cantidad de pesos buscando protegerse de la pérdida de poder adquisitivo.
El mecanismo era conocido.
El Estado necesitaba recursos.
El mercado tenía límites para financiarlo.
Y el Banco Central terminaba formando parte del mecanismo de financiamiento.
Más pesos.
Más desconfianza.
Mayor presión sobre el dólar.
Aumento de precios.
Nuevas correcciones.
Y nuevamente más inflación.
Argentina había vuelto a aproximarse peligrosamente a una palabra que conoce demasiado bien:
descontrol.
Entonces llegó el ajuste
El gobierno de Javier Milei decidió atacar prioritariamente una de las raíces del problema:
el déficit fiscal y su financiamiento monetario.
La lógica es sencilla de explicar, aunque mucho más dolorosa de ejecutar.
Si el Estado deja de gastar sistemáticamente por encima de sus ingresos, disminuye su necesidad de endeudarse o recurrir a emisión para cubrir ese agujero.
Eso no hace desaparecer instantáneamente la inflación.
Pero elimina uno de sus motores fundamentales.
El costo inicial fue enorme.
Corrección de precios relativos.
Devaluación.
Caída del salario real.
Reducción del gasto público.
Parálisis de obra pública.
Recesión.
Deterioro del consumo.
Sectores productivos severamente afectados.
No existe necesidad de esconder esa parte de la historia.
Porque estabilizar una economía tiene costos.
Y discutir quién los paga también forma parte del debate económico.
Y llegamos a julio de 2026
El INDEC informó ayer el nuevo dato.
Inflación mensual: 2,1%.
En junio había sido 1,9%.
Inflación interanual: 33,8%.
El proceso de desinflación continúa, aunque lentamente.
El Banco Central proyecta actualmente que 2026 podría finalizar con una inflación cercana al 29,8%.
¿Es 33,8% una inflación aceptable?
No.
Es altísima.
Pero nuevamente debemos colocar el número dentro de su contexto.
Argentina viene de niveles de inflación superiores al 200% anual.
Viene de una economía en la que durante años la discusión no consistía en llegar al 2% anual, sino en evitar que el proceso terminara nuevamente fuera de control.
Entonces una inflación del treinta y pico sigue siendo mala.
Pero es muchísimo menos mala que aquello de donde venimos.
Las dos afirmaciones pueden ser ciertas simultáneamente.
Ahora aparece la pregunta incómoda
¿Estamos en el camino correcto?
La respuesta requiere abandonar las camisetas políticas.
Si el objetivo era impedir que Argentina avanzara hacia una dinámica inflacionaria todavía más peligrosa, los resultados muestran un cambio importante.
La inflación se redujo significativamente.
El equilibrio fiscal adquirió una centralidad que durante décadas la política argentina había evitado.
Se redujo la utilización directa de emisión monetaria para financiar el Tesoro.
La economía recuperó ciertos mecanismos de precios que estaban profundamente distorsionados.
Eso forma parte del activo.
Negarlo sería negar los números.
Pero existe otra mitad de la ecuación.
Bajar la inflación no alcanza
Una economía no existe para exhibir una planilla fiscal equilibrada.
Existe para producir.
Invertir.
Exportar.
Crear empresas.
Generar empleo.
Pagar salarios.
Dar crédito.
Y permitir que una familia pueda proyectar su futuro.
Por eso la estabilización es una condición necesaria.
Pero no suficiente.
Ahora viene posiblemente la etapa más difícil.
Transformar estabilidad en crecimiento.
Algunas señales son positivas
Hay sectores que muestran una enorme capacidad.
La energía es probablemente el ejemplo más evidente.
YPF acaba de informar para el segundo trimestre de 2026 una ganancia neta de US$1.210 millones, frente a US$58 millones del mismo período del año anterior.
La producción no convencional de Vaca Muerta y las exportaciones energéticas comienzan a modificar estructuralmente una vieja debilidad argentina:
la necesidad permanente de conseguir dólares.
También el agro continúa siendo una gigantesca fuente de divisas.
La minería promete incorporarse progresivamente a ese mapa.
Argentina tiene recursos.
El problema nunca fue solamente tenerlos.
El problema fue construir reglas suficientemente estables para transformarlos en inversión sostenida.
Pero también hay luces amarillas
No todos los sectores marchan a la misma velocidad.
La recuperación del consumo es desigual.
Muchas pequeñas y medianas empresas enfrentan dificultades.
La apertura comercial expone a industrias argentinas a una competencia internacional que durante años estuvo parcialmente contenida.
El crédito sigue siendo un elemento central para cualquier recuperación sólida.
Precisamente ayer el Gobierno anunció que permitirá una mayor flexibilidad para que los bancos presten dólares a empresas, buscando aumentar el financiamiento disponible para el sector privado.
Es otra pieza del rompecabezas.
Porque ninguna economía moderna puede desarrollarse únicamente mediante ajuste fiscal.
Necesita crédito, inversión y productividad.
El verdadero examen comienza ahora
Quizás ésta sea la cuestión que deberíamos mirar durante los próximos meses.
El Gobierno demostró que puede reducir sustancialmente la inflación desde los niveles extraordinarios heredados.
Ahora debe demostrar algo diferente.
Que puede hacerlo mientras la economía crece.
Y todavía algo más difícil:
que ese crecimiento termine llegando al ciudadano común.
Porque un programa económico no puede evaluarse solamente mirando cuánto subió el IPC.
Habrá que observar simultáneamente:
inflación, actividad, empleo, salarios reales, pobreza, inversión, crédito, reservas, exportaciones y equilibrio fiscal.
Si esas variables comienzan progresivamente a caminar en la misma dirección, podremos hablar de una transformación estructural.
Si solamente baja la inflación mientras una parte importante de la economía permanece estancada, el programa tendrá un problema diferente.
Argentina ya vivió estabilizaciones
Ésta es quizás la mayor advertencia de nuestra propia historia.
Nosotros ya bajamos la inflación antes.
También tuvimos períodos de dólar estable.
También anunciamos que finalmente habíamos encontrado el camino.
Y después volvimos a empezar.
Por eso el verdadero éxito no será que la inflación de un mes sea 2,1%.
Ni siquiera que algún día llegue al 1%.
El verdadero éxito será que dentro de diez o veinte años un argentino pueda ahorrar, invertir, tomar un crédito y firmar un contrato sin preguntarse cuánto valdrá nuestra moneda dentro de seis meses.
Eso sería normalidad.
Y para un país que convivió durante tantas décadas con inflación, defaults, devaluaciones y crisis monetarias, la normalidad sería una verdadera revolución.
Entonces, ¿vamos por el camino correcto?
Hay una respuesta provisional.
En materia de desinflación y ordenamiento fiscal, Argentina recorrió una distancia importante.
Pero todavía no llegó a destino.
Treinta y tres por ciento anual continúa siendo una inflación enorme.
Y estabilizar definitivamente un país exige bastante más que bajar un índice.
El desafío que comienza ahora consiste en demostrar que el orden fiscal y monetario puede convivir con inversión, producción, empleo, mejores salarios y crecimiento sostenido.
Ahí estará la prueba.
No en un discurso.
No en una encuesta.
No en una elección.
En los datos.
Porque después de tantas décadas de comenzar nuevamente, quizás la pregunta fundamental no sea cuánto bajó la inflación.
Es otra:
¿esta vez seremos capaces de no volver atrás?






















