NIÑO MUY FUERTE: datos, no relatos

Desde enero seguimos las señales del Pacífico. Hoy existe información oficial que confirma un cambio sustancial del escenario: El Niño está presente y fortaleciéndose. Eso no permite predecir una inundación ni afirmar qué ocurrirá en Goya. Sí obliga a observar con atención un enorme sistema hídrico que termina confluyendo sobre Corrientes. No alarmarnos: informarnos, organizarnos y estar atentos.

Por Jagua Arandú

Desde el Rancho de la Cambicha venimos siguiendo este asunto desde enero.

Entonces hablábamos de pronósticos, probabilidades y señales que comenzaban a aparecer en el Pacífico ecuatorial. Y repetíamos una advertencia fundamental: un pronóstico climático no es una profecía.

Hoy, 14 de agosto, tenemos algo diferente.

La actualización oficial del Climate Prediction Center de la NOAA, emitida el 13 de agosto, confirma que El Niño está presente y fortaleciéndose. La temperatura superficial del Pacífico ecuatorial presenta importantes anomalías cálidas y el organismo estadounidense estima una probabilidad superior al 90% de que el episodio alcance la categoría de El Niño muy fuerte durante el otoño y el invierno del hemisferio norte 2026-27.

En enero era una posibilidad que merecía seguimiento.

Hoy tenemos información oficial y mediciones concretas.

Datos, no relatos.

Pero esos datos tampoco autorizan a decir cualquier cosa.

No significan que podamos anticipar cuánto va a llover en Goya.

Mucho menos permiten anunciar una inundación.

Significan algo más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante: el marco climático general que veníamos observando ha cambiado y existen razones objetivas para aumentar el seguimiento.

El Niño no produce la misma lluvia en todas partes

Éste es quizás el concepto más importante.

ENSO condiciona la circulación atmosférica a escala planetaria y modifica probabilidades. Pero después intervienen numerosos factores regionales.

Una tormenta puede descargar cantidades extraordinarias de agua sobre un área relativamente pequeña y dejar acumulados muy inferiores algunos kilómetros más lejos.

Por eso, de aquí en adelante, además de seguir el índice Niño 3.4, habrá que mirar dónde llueve, cuánto llueve, durante cuánto tiempo y, fundamentalmente, sobre qué cuenca hidrográfica cae esa precipitación.

Y allí comienza nuestra historia.

Porque Goya está aguas abajo de uno de los sistemas hidrográficos más grandes y complejos del planeta.

Pilcomayo, Bermejo y Paraguay

Una parte del tablero está muy lejos de nosotros.

Las precipitaciones sobre las altas cuencas del Pilcomayo y el Bermejo pueden generar crecidas que después recorren enormes distancias. Ambos sistemas tienen antecedentes recientes que justifican su seguimiento.

También debemos observar los Bajos Submeridionales, esa enorme región hídrica compartida por Chaco, Santiago del Estero y Santa Fe.

En el departamento Vera, Santa Fe, ya hemos contado la preocupación existente entre productores ganaderos y los movimientos preventivos de hacienda hacia sectores más seguros.

Pero todavía debemos levantar la mirada un poco más al norte.

El río Paraguay constituye otro componente fundamental.

Las precipitaciones sobre su enorme cuenca y particularmente sobre el sistema del Pantanal no producen una respuesta inmediata aguas abajo. El agua puede tardar meses en recorrer ese gigantesco humedal y trasladar la onda de crecida hacia Paraguay y Argentina.

Más abajo, el sistema incorpora los aportes del Pilcomayo y el Bermejo.

Y finalmente el Paraguay encuentra al Paraná frente a Corrientes.

El agua no conoce límites provinciales ni nacionales.

Y aparece el gigante: la cuenca del Paraná

Para nosotros éste es el tablero fundamental.

La Región Hidrográfica del Paraná en territorio brasileño comprende áreas de São Paulo, Minas Gerais, Goiás, Mato Grosso do Sul, Paraná, Santa Catarina y el Distrito Federal.

El Paraná nace formalmente de la confluencia de dos grandes ríos brasileños: el Grande y el Paranaíba.

Desde allí comienza un extraordinario sistema de afluentes, embalses y centrales hidroeléctricas.

Por eso no alcanza con mirar cuánto llueve sobre Corrientes.

Tenemos que mirar Brasil.

Dónde están cayendo las precipitaciones, qué acumulados se registran, cómo responden los tributarios, cuánto almacenan los embalses y qué caudales van liberando aguas abajo.

En ese recorrido aparece Itaipú, inmediatamente antes de que el Alto Paraná ingrese plenamente al sistema que compartimos Paraguay y Argentina.

Después viene otro actor fundamental para nosotros: Yacyretá.

Hoy podemos conocer caudales en metros cúbicos por segundo, niveles de embalses, aportes, erogaciones, precipitaciones acumuladas, imágenes satelitales y pronósticos meteorológicos con una precisión inimaginable algunas décadas atrás.

Cuando el Iguazú hablaba

Los viejos isleños de nuestra zona no tenían satélites ni Internet.

Tenían experiencia.

Y tenían la radio.

Quienes poseían hacienda en las islas escuchaban diariamente las alturas de los ríos proporcionadas por Prefectura Naval Argentina y difundidas entonces por LT6 Radio Goya.

Había un dato al que prestaban especial atención:

Puerto Iguazú.

Cuando escuchaban que el Iguazú llegaba a determinados niveles extraordinarios —aquellos recordados 24 metros quedaron grabados en la memoria isleña— comenzaban a prepararse.

No necesitaban modelos matemáticos para comprender el mensaje.

Sabían que arriba había mucha agua.

Y que, tarde o temprano, parte de esa agua vendría hacia abajo.

Entonces comenzaban a mover la hacienda.

Hoy disponemos de instrumentos infinitamente superiores. Existe una extensa red de hidrómetros oficiales sobre el Paraguay, el Alto Paraná y el Iguazú.

Podemos observar además los caudales y no solamente las alturas de los ríos.

La tecnología cambió.

La lógica del río, no.

Después está nuestra propia agua

Pero mirar solamente el Paraná sería cometer otro error.

Goya tiene además su propio sistema hídrico regional.

El Iberá, el río Corriente, el Santa Lucía, el Batel y el Batelito forman parte de un complejo entramado de lagunas, esteros, bañados, arroyos y ríos cuyo comportamiento depende fundamentalmente de las precipitaciones regionales.

Por eso pueden existir dos problemas diferentes y hasta simultáneos:

el agua que viene de arriba y el agua que cae sobre nosotros.

Y para una ciudad protegida por defensas, esa diferencia es fundamental.

Goya detrás de las defensas

Goya vive dentro de un sistema protegido por aproximadamente 23 kilómetros de defensas, complementado por canales, reservorios y estaciones de bombeo.

Cuando el Paraná crece, disminuye progresivamente la posibilidad de evacuar naturalmente hacia el río el agua proveniente de las lluvias.

Entonces adquieren una importancia decisiva los sistemas de drenaje y las estaciones de bombeo.

Para quienes vivimos aquí hay una referencia que conocemos perfectamente: cuando el río se aproxima a determinados niveles críticos en el hidrómetro local —alrededor de los 5,50 metros— el funcionamiento integral del sistema adquiere todavía mayor importancia.

Por eso para Goya existen dos variables que debemos observar simultáneamente durante los próximos meses:

la altura del Paraná y las precipitaciones locales.

Una lluvia extraordinaria con río bajo plantea un escenario.

La misma precipitación con el Paraná elevado plantea otro completamente diferente.

Lo que sabemos y lo que no sabemos

Hoy sabemos que El Niño está presente.

Sabemos que se está fortaleciendo.

Sabemos que los organismos internacionales especializados consideran muy elevada la posibilidad de que alcance una intensidad extraordinaria.

Sabemos también, por los antecedentes hidrológicos de la Cuenca del Plata, que varios grandes eventos de inundación coincidieron históricamente con episodios cálidos del ENSO.

Pero debemos decir con idéntica claridad lo que no sabemos.

Nadie puede afirmar hoy cuánto lloverá sobre cada una de estas cuencas durante los próximos meses.

Nadie puede decir seriamente qué altura alcanzará el Paraná frente a Goya.

Nadie puede anunciar hoy una inundación.

Hacerlo sería transformar información científica en alarmismo.

Y precisamente estamos proponiendo lo contrario.

¿Entonces para qué sirven los datos?

Para prepararnos.

Desde ahora tendremos que observar sistemáticamente el Niño 3.4, los pronósticos de precipitación y las lluvias efectivamente registradas sobre las diferentes cuencas.

Habrá que mirar el Pantanal, Pilcomayo y Bermejo.

Habrá que observar los grandes tributarios brasileños del Paraná.

Habrá que seguir Itaipú, Iguazú y Yacyretá.

Habrá que mirar el sistema del Iberá, río Corriente, Santa Lucía, Batel y Batelito.

Y finalmente tendremos que seguir nuestro propio hidrómetro frente a Goya, las lluvias locales y el comportamiento del sistema de defensas y bombeo.

No hace falta mirar todo eso cada hora.

Hace falta saber qué mirar y por qué lo estamos mirando.

Los viejos isleños escuchaban la radio.

Nosotros tenemos satélites, radares meteorológicos, modelos numéricos, redes automáticas de hidrómetros y millones de datos disponibles prácticamente en tiempo real.

Sería imperdonable disponer de semejantes herramientas y reemplazarlas por rumores.

Desde el Rancho de la Cambicha seguiremos haciendo exactamente lo mismo que comenzamos a hacer en enero:

mirar los datos.

Sin exagerarlos.

Sin esconderlos.

Sin convertir una probabilidad en una certeza.

Porque frente al agua existe una diferencia enorme entre tener miedo y estar preparados.

Datos, no relatos.

No alarmarnos.

Informarnos.

Organizarnos.

Y estar atentos.