GUERRA EN MEDIO ORIENTE: no sólo misiles
El conflicto alrededor del Estrecho de Ormuz está produciendo una transformación silenciosa pero profunda en el mercado mundial del petróleo. Asia busca nuevos proveedores, Estados Unidos aumenta sus ventas, Sudamérica gana espacio y los grandes productores del Golfo descubren el costo de depender de una salida marítima vulnerable. La pregunta ya no es solamente quién gana una guerra: también quién vende, quién compra y por dónde viajará la energía del mundo.
Por Jagua Arandú
Las imágenes de Medio Oriente muestran misiles, drones, buques de guerra, explosiones y amenazas.
Son reales.
Pero detrás de ellas está ocurriendo otra guerra bastante menos espectacular y posiblemente mucho más duradera.
La guerra por las rutas comerciales del petróleo.
El Estrecho de Ormuz constituye desde hace décadas uno de los puntos estratégicos fundamentales del sistema energético mundial. Antes del actual conflicto, por allí circulaban enormes volúmenes de petróleo y productos derivados provenientes del Golfo Pérsico hacia los mercados internacionales.
La magnitud del cambio puede medirse.
Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos —EIA—, durante el cuarto trimestre de 2025 atravesaban Ormuz aproximadamente 21,6 millones de barriles diarios de petróleo crudo y líquidos.
En el segundo trimestre de 2026, después del comienzo del conflicto, ese flujo había descendido a solamente 4,9 millones de barriles diarios.
No estamos hablando entonces de una pequeña alteración.
Estamos observando una modificación gigantesca de una de las principales arterias energéticas del planeta.
Hoy el tránsito continúa restringido
Los datos conocidos este 14 de agosto muestran que el problema está lejos de haberse solucionado.
El jueves atravesaron Ormuz nueve buques de materias primas, frente a un promedio de doce diarios durante agosto. El día anterior habían sido solamente cinco.
Estados Unidos e Irán mantienen posiciones enfrentadas acerca del control del estrecho y las condiciones de navegación, mientras los propietarios de buques siguen evaluando los riesgos de cada cruce.
En otras palabras:
el petróleo existe, pero sacarlo del Golfo se ha vuelto más peligroso, más caro y menos previsible.
Y cuando una ruta deja de ser confiable, el comercio internacional comienza a buscar otra.
La primera pregunta: ¿quiénes están siendo perjudicados?
La respuesta más inmediata es Asia.
La EIA calculaba que antes de esta crisis aproximadamente 84% del petróleo crudo y condensado que atravesaba Ormuz tenía como destino mercados asiáticos.
China, India, Japón y Corea del Sur concentraban alrededor del 69% de esos flujos.
Eso explica lo que estamos viendo ahora.
Asia construyó durante décadas una relación energética privilegiada con Medio Oriente.
La explicación era sencilla.
Distancia relativamente corta.
Grandes volúmenes disponibles.
Contratos estables.
Refinerías diseñadas para determinados tipos de petróleo del Golfo.
Y productores capaces de garantizar abastecimiento durante largos períodos.
El conflicto introdujo una palabra que para cualquier comprador de energía resulta peligrosa:
incertidumbre.
Japón, Corea, Taiwán e India ya están buscando petróleo en otro lado
Hoy conocemos operaciones concretas.
Al menos cuatro refinadoras asiáticas aumentaron esta semana sus compras de petróleo estadounidense.
La surcoreana GS Caltex compró dos millones de barriles del crudo estadounidense Mars.
Las japonesas Cosmo Energy y Eneos también adquirieron petróleo estadounidense.
La taiwanesa CPC compró dos millones de barriles de WTI y además petróleo procedente de África Occidental.
India está siguiendo el mismo camino.
Las empresas estatales HPCL y MRPL salieron al mercado buscando hasta seis millones de barriles adicionales.
Y aparece un detalle extraordinariamente revelador: MRPL pidió expresamente que las ofertas contemplaran rutas que evitaran tanto el Mar Rojo como el Estrecho de Ormuz.
Eso ya no es teoría geopolítica.
Es una condición escrita en una licitación comercial.
Primer beneficiado: Estados Unidos
Ahí aparece uno de los ganadores económicos más evidentes.
Estados Unidos.
Sus exportaciones de petróleo hacia Asia alcanzaron en julio aproximadamente 2,35 millones de barriles diarios, un récord.
El fenómeno es interesante porque demuestra cómo funciona el mercado.
Estados Unidos participa militarmente del conflicto.
Pero simultáneamente sus productores petroleros encuentran compradores asiáticos que necesitan reemplazar barriles del Golfo.
Corea compra.
Japón compra.
Taiwán compra.
India busca ofertas.
No significa que Estados Unidos pueda reemplazar todo el petróleo de Medio Oriente.
Ni mucho menos.
Pero cada cargamento asiático que se negocia en Texas o Luisiana en lugar de Arabia Saudita, Irak o Kuwait representa una modificación concreta de una relación comercial.
También gana África Occidental
Taiwán ya está comprando barriles africanos.
Otros compradores asiáticos vienen buscando alternativas en África Occidental, América y Rusia.
Países productores alejados de los dos grandes puntos conflictivos —Ormuz y Bab el-Mandeb— adquieren repentinamente una ventaja que hasta hace algunos meses parecía secundaria:
geografía segura.
El petróleo no vale solamente por su calidad.
También vale por la certeza de poder entregarlo.
Y aparece Sudamérica
Éste es probablemente uno de los movimientos que más nos interesa observar desde nuestra región.
Brasil, Guyana y Venezuela incrementaron fuertemente sus exportaciones durante 2026.
Reuters calculó en junio que esos tres países habían agregado conjuntamente alrededor de 145 millones de barriles adicionales de exportaciones respecto del año anterior.
Sudamérica comienza entonces a ocupar un espacio que hasta hace poco parecía marginal frente a Medio Oriente.
Brasil tiene una enorme producción offshore.
Guyana está aumentando rápidamente la suya.
Y hasta Argentina aparece potencialmente dentro de esta nueva geografía gracias al crecimiento de Vaca Muerta.
No significa que Sudamérica vaya a reemplazar al Golfo Pérsico.
Las escalas todavía son muy diferentes.
Pero sí significa algo relevante:
un barril producido lejos de un estrecho militarizado vale estratégicamente más que antes.
¿Y qué ocurre con Arabia Saudita?
Aquí aparece una paradoja.
Arabia Saudita posee gigantescas reservas y capacidad productiva.
Pero buena parte de sus exportaciones tradicionales sale hacia Asia a través del Golfo.
La empresa Saudi Aramco tuvo que modificar incluso la manera de organizar sus entregas para septiembre.
Algunos compradores asiáticos están recibiendo asignaciones de forma extraordinaria y la empresa comenzó a ofrecer cargamentos a través del puerto egipcio de Sidi Kerir, evitando Ormuz.
El inconveniente es evidente: para Asia esa ruta resulta más larga y más cara.
Las exportaciones sauditas hacia Asia cayeron en julio por debajo de los tres millones de barriles diarios, frente a aproximadamente 4,9 millones un año antes.
Arabia Saudita tiene una salida: Yanbu
Los sauditas poseen algo que otros productores del Golfo no tienen.
Una gran tubería que atraviesa su territorio.
El sistema East-West Pipeline transporta petróleo desde las instalaciones próximas al Golfo hasta Yanbu, sobre el Mar Rojo.
Su capacidad nominal ronda los cinco millones de barriles diarios y puede ser ampliada utilizando infraestructura adicional.
Durante esta crisis, Arabia Saudita aumentó considerablemente los flujos hacia Yanbu.
El resultado quedó registrado en los números de la EIA.
Mientras el tránsito petrolero por Ormuz cayó, el flujo por Bab el-Mandeb aumentó de aproximadamente 5,4 millones de barriles diarios antes de la guerra a 8,1 millones durante el segundo trimestre de 2026, principalmente por la redistribución saudita.
Pero apareció otro problema.
Bab el-Mandeb también está amenazado.
Entonces una ruta creada para escapar de un conflicto puede terminar entrando en otro.
Emiratos Árabes entendió el mensaje
Entre los países del Golfo, probablemente Emiratos Árabes Unidos sea el que más rápidamente está adaptándose.
Ya dispone de un oleoducto de aproximadamente 1,8 millones de barriles diarios que conecta sus campos petroleros con Fujairah, puerto situado fuera de Ormuz.
Y está construyendo otro conducto con capacidad cercana a 1,5 millones de barriles diarios, previsto para entrar en servicio durante 2027.
Eso significa que Emiratos está haciendo algo mucho más profundo que enfrentar una coyuntura.
Está rediseñando físicamente su sistema exportador para depender menos del estrecho.
Además, ADNOC está modificando su estrategia comercial: vende más cargas en el mercado spot, amplió su cartera de compradores y comenzó a trabajar con intermediarios comerciales que anteriormente evitaba.
La guerra está modificando hasta la cultura comercial de las grandes petroleras estatales.
¿Quiénes están en la peor situación?
Aquí aparecen Kuwait, Qatar e Irak.
Tienen enormes recursos energéticos pero posibilidades mucho más limitadas para evitar Ormuz.
En el caso de Qatar el problema es particularmente importante porque no hablamos solamente de petróleo.
Hablamos de gas natural licuado —GNL—.
Antes del conflicto aproximadamente 20% de todo el comercio mundial de GNL atravesaba Ormuz, fundamentalmente desde Qatar.
Durante 2026 las exportaciones qataríes se redujeron precisamente por el cierre del estrecho.
Esto amplía considerablemente el problema.
Ormuz no afecta solamente a los automóviles y al precio de la nafta.
Afecta generación eléctrica.
Fertilizantes.
Industria petroquímica.
Transporte marítimo.
Calefacción.
Producción industrial.
Otro perjudicado: las navieras
Mover un barril alrededor del mundo requiere barcos.
Y cuando esos barcos deben ingresar en una zona de guerra aparecen tres costos adicionales:
seguridad, seguro y tiempo.
Las grandes compañías de transporte marítimo están sufriendo directamente.
Hapag-Lloyd informó un impacto aproximado de 600 millones de dólares durante el segundo trimestre relacionado con la crisis de Medio Oriente y las disrupciones en Ormuz.
El costo termina recorriendo toda la cadena.
Productor.
Trader.
Naviera.
Refinería.
Distribuidor.
Consumidor.
Y finalmente paga el consumidor
Esta mañana el petróleo Brent volvía a subir y se ubicaba alrededor de US$88 por barril, con una ganancia semanal importante asociada a las tensiones sobre Ormuz.
Pero el precio internacional del barril es solamente una parte del problema.
Hay que sumar transporte.
Seguro.
Mayor distancia.
Financiamiento.
Inventarios.
Costos de refinación.
Y primas por riesgo.
Por eso una crisis situada a miles de kilómetros puede terminar apareciendo en el precio del combustible, los fertilizantes, un pasaje aéreo o un alimento.
Entonces, ¿quién gana?
Si simplificamos mucho el tablero aparecen algunos beneficiarios claros.
Estados Unidos, porque encuentra nuevos compradores para su petróleo.
Brasil, Guyana y otros productores de América, porque el mercado comienza a valorar proveedores geográficamente alejados de los puntos críticos.
África Occidental, porque sus crudos encuentran más demanda asiática.
Y dentro del propio Golfo, Emiratos Árabes Unidos aparece relativamente mejor posicionado gracias a su capacidad de exportar por Fujairah evitando Ormuz.
Pero incluso para ellos existe una advertencia.
Una crisis que eleva precios puede aumentar ingresos por barril, pero al mismo tiempo destruye demanda, encarece transporte y acelera la búsqueda de sustitutos.
En energía no existen ganadores absolutos.
¿Quién pierde?
Los más expuestos son los productores que poseen petróleo pero no rutas alternativas.
Los refinadores asiáticos que construyeron durante décadas una dependencia elevada del Golfo.
Las navieras que deben asumir riesgos extraordinarios.
Las industrias intensivas en energía.
Y finalmente millones de consumidores que pagan indirectamente el costo de la inseguridad.
Pero hay una consecuencia todavía más profunda
El verdadero cambio quizá no sea el precio del barril de hoy.
Puede ser lo que ocurra dentro de cinco o diez años.
Japón ya habla de diversificar proveedores.
India escribe en sus licitaciones que los cargamentos deben evitar determinadas rutas.
Emiratos construye oleoductos.
Arabia Saudita utiliza más intensamente Yanbu.
Asia compra petróleo estadounidense.
Taiwán compra en África.
Sudamérica aumenta sus exportaciones.
Cada una de esas decisiones comenzó como respuesta a una emergencia.
Pero las emergencias también crean hábitos.
Una refinería que prueba otro petróleo puede continuar comprándolo.
Una compañía que firma contrato con otro proveedor puede conservarlo.
Un país que construye un oleoducto para evitar un estrecho no lo desmontará cuando termine la guerra.
Ormuz dejó una enseñanza
Durante décadas parecía lógico concentrar gigantescos volúmenes de energía detrás de una garganta marítima de pocos kilómetros.
Era eficiente.
Era barato.
Funcionaba.
Hasta que dejó de funcionar.
Ahora productores y consumidores están descubriendo que la seguridad energética también tiene un precio.
Quizás dentro de algunos años recordemos esta guerra por sus misiles.
Pero probablemente el mercado petrolero recuerde otra cosa.
El momento en que Japón empezó a mirar más hacia Estados Unidos.
India comenzó a exigir rutas alternativas.
Emiratos decidió multiplicar sus salidas.
Arabia Saudita volvió la mirada hacia el Mar Rojo.
Y América comenzó a ocupar una parte del espacio que durante décadas perteneció casi exclusivamente al Golfo.
Porque las guerras no solamente destruyen ciudades.
También destruyen rutas comerciales, contratos y dependencias.
Y cuando el petróleo encuentra un nuevo camino, difícilmente vuelva exactamente por el anterior.
Guerra en Medio Oriente.
No sólo misiles.






















