Ormuz: cuando el machete ya no sirve
Después de meses de guerra, amenazas y ataques, Estados Unidos e Irán descubren que una cosa es demostrar capacidad de destrucción y otra muy distinta administrar una arteria por donde circula buena parte de la energía mundial. En determinados momentos de la historia, la geopolítica necesita menos hacha y más bisturí.
Por Jagua Arandú — Desde el Rancho de la Cambicha
Desde acá, mirando el Paraná, algunas cuestiones parecen bastante más sencillas.
El Jagua Arandú sabe que no se puede hacer una escultura con un hacha de mano.
El hacha sirve.
Y mucho.
Pero sirve para otra cosa.
Cuando el trabajo requiere precisión, cualquier golpe de más puede destruir aquello que uno pretendía arreglar.
Algo parecido está ocurriendo en el estrecho de Ormuz.
Después de meses de ataques, represalias, amenazas, bloqueos y demostraciones de fuerza, Estados Unidos e Irán han llegado a un punto extraordinariamente revelador: los dos aseguran tener el control de la misma puerta.
Teherán afirma que ningún barco atraviesa Ormuz sin su consentimiento.
Washington sostiene que Estados Unidos tiene el control y que garantizará la libertad de navegación.
Pero los barcos, las aseguradoras, las petroleras y los mercados parecen formular una pregunta bastante más práctica:
¿Quién garantiza que se pueda pasar?
Ahí comienza otra historia.
Una puerta demasiado importante
Antes de esta guerra, por Ormuz circulaba aproximadamente una quinta parte de los flujos mundiales de petróleo y gas natural licuado.
No estamos hablando solamente de Irán.
Detrás de esa puerta están Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Qatar y algunas de las mayores reservas energéticas del planeta.
Y del otro lado esperan China, India, Japón, Corea del Sur, Europa y buena parte de la economía mundial.
Cerrar Ormuz puede ser una acción militar.
Administrar Ormuz es una cuestión económica, diplomática, jurídica, logística y política.
Ahí el hacha comienza a resultar bastante incómoda.
Los barcos cuentan otra historia
Los números ayudan a bajar la discusión a tierra.
Antes del cierre iraní posterior al comienzo de la guerra, transitaban por Ormuz aproximadamente 130 a 140 embarcaciones por semana.
La semana pasada Reuters registró apenas 33 barcos entre lunes y jueves, frente a 50 durante los mismos días de la semana anterior.
No es una abstracción geopolítica.
Son petroleros que no salen.
Cargas que esperan.
Armadores que no quieren arriesgar sus barcos.
Aseguradoras que recalculan riesgos.
Refinerías que buscan otros proveedores.
India, por ejemplo, ya tiene compañías estatales buscando millones de barriles de petróleo mediante licitaciones que solicitan expresamente evitar tanto Ormuz como el Mar Rojo.
El mercado comienza a buscar caminos alrededor del problema.
Y eso también es poder.
Una reacción produce otra
Acá aparece lo verdaderamente interesante.
Se mueve una pieza y responde todo el tablero.
Irán presiona Ormuz.
Estados Unidos despliega su poder naval.
Los países del Golfo buscan proteger sus exportaciones.
Los petroleros modifican recorridos.
Suben los riesgos y los costos.
Las refinerías asiáticas buscan alternativas.
Los productores comienzan a utilizar oleoductos, terminales diferentes y operaciones de transferencia entre buques.
Las compañías navieras pagan la factura.
Hapag-Lloyd acaba de calcular en alrededor de 600 millones de dólares el impacto que la crisis de Medio Oriente tuvo sobre sus resultados del segundo trimestre.
Eso demuestra hasta dónde puede viajar una guerra.
Un misil puede explotar a miles de kilómetros de Hamburgo.
Su factura puede terminar llegando a Hamburgo.
Y entonces aparece la paradoja
Hoy ocurre algo todavía más curioso.
Mientras Washington y Teherán discuten quién controla Ormuz y continúan las dificultades para alcanzar un acuerdo, el petróleo bajó más de 3% durante la jornada.
¿Cómo puede caer el petróleo mientras una de sus principales rutas mundiales permanece sometida a semejante incertidumbre?
Porque apareció otra pieza del tablero.
La demanda.
Los grandes organismos energéticos están revisando hacia abajo sus previsiones de consumo mundial y Estados Unidos acaba de registrar un fuerte incremento de sus inventarios de crudo.
El mercado está diciendo algo extraordinariamente importante:
Ormuz importa muchísimo, pero Ormuz tampoco existe solo.
China importa.
Estados Unidos importa.
Los inventarios importan.
La actividad industrial importa.
Rusia importa.
Ucrania importa.
Las refinerías importan.
El Mar Rojo importa.
Una variable modifica a la siguiente.
Exactamente como ocurre cuando uno tira una piedra al agua y los círculos comienzan a alejarse del lugar donde cayó.
Ganar no significa controlar
Quizás allí se encuentre la gran enseñanza de estos meses.
Durante una guerra resulta relativamente sencillo medir algunas capacidades.
Cuántos aviones.
Cuántos misiles.
Cuántos barcos.
Cuántos objetivos destruidos.
Pero cuando termina el estruendo aparece una medida mucho más difícil:
¿Quién puede ordenar lo que quedó?
Irán posee una ventaja geográfica imposible de eliminar: está sentado sobre una de las orillas del estrecho.
Estados Unidos posee una capacidad militar, naval, económica y diplomática incomparablemente superior.
Los países árabes del Golfo poseen recursos energéticos que el mundo necesita.
China y las grandes economías asiáticas poseen algo igualmente importante: son compradores.
Y Omán, aparentemente mucho menos poderoso que todos ellos, aparece negociando precisamente porque su ubicación y su capacidad diplomática lo convierten en una pieza indispensable.
Ahí la palabra poder comienza a adquirir significados diferentes.
El bisturí
Durante meses escuchamos amenazas enormes.
Destrucción.
Represalias.
Extinción.
Bloqueos.
Ultimátums.
Pero finalmente todos terminan llegando al mismo lugar.
Una mesa.
Condiciones.
Garantías.
Rutas marítimas.
Seguros.
Sanciones.
Compensaciones.
Permisos de navegación.
Negociaciones.
Porque destruir una instalación puede requerir un misil.
Conseguir que al día siguiente vuelvan a navegar tranquilamente cien petroleros requiere otra cosa.
Y quizás sea justamente eso lo que Ormuz está enseñando.
En el siglo XXI las grandes potencias conservan armas capaces de destruir casi cualquier objetivo imaginable.
Pero vivimos en un mundo tan interconectado que utilizar esas armas puede desencadenar consecuencias que nadie controla completamente.
Cada machetazo mueve otra pieza.
Y esa pieza mueve cinco más.
Desde el Rancho de la Cambicha, el Jagua observa el mapa en la pantalla grande, mira después el Paraná y vuelve a una vieja conclusión de hombre de campo:
para tumbar un árbol alcanza con un hacha.
Para operar cerca del corazón hace falta un bisturí.
Y Ormuz está demasiado cerca del corazón de la economía mundial como para seguir trabajando a los machetazos.






















