Crecer no alcanza: el desafío argentino de convertir riqueza en bienestar
Argentina vuelve a tener frente a sí una oportunidad extraordinaria por sus recursos naturales, la energía, el agro, la minería y el conocimiento. Pero ninguna riqueza será suficiente si el crecimiento no llega al trabajo, al salario y a la vida cotidiana. El temor a regresar al pasado puede explicar una elección; difícilmente pueda sostener por sí solo un proyecto de país.
Editorial de Identidad Correntina
Argentina tiene razones concretas para mirar el futuro con expectativas que durante muchos años parecieron lejanas.
Vaca Muerta, el gas, el petróleo, el litio, el cobre, la producción agropecuaria, los alimentos, la economía del conocimiento y una demanda mundial creciente de energía y recursos estratégicos configuran una oportunidad excepcional.
No se trata de una fantasía. Los recursos existen.
Pero también existe una pregunta mucho más incómoda:
¿Alcanza con crecer?
La respuesta es no.
Un país puede aumentar sus exportaciones, acumular reservas, ordenar sus cuentas fiscales, recibir inversiones y mejorar sus indicadores macroeconómicos y, al mismo tiempo, mantener a una parte importante de su sociedad sumergida en la incertidumbre.
Ese es quizás uno de los grandes desafíos que comienza a aparecer en la Argentina.
Los fantasmas del pasado
Mientras el país intenta construir algo diferente, vuelven a reunirse dirigentes, estructuras y personajes que protagonizaron distintas etapas de nuestra prolongada decadencia.
Cambian las fotografías, se modifican las alianzas, aparecen nuevos nombres para viejas coaliciones, pero muchos protagonistas permanecen.
La sociedad argentina ya expresó electoralmente un profundo cansancio con buena parte de ese sistema político.
Sin comprender aquella ruptura resulta imposible comprender la aparición de Javier Milei.
Milei no surgió de la nada.
Fue, entre otras cosas, consecuencia de décadas de inflación, déficit, endeudamiento, corrupción, privilegios, deterioro institucional y promesas incumplidas.
La sociedad pateó el tablero.
Pero existe un riesgo igualmente importante: creer que el recuerdo de aquel fracaso alcanza para justificar indefinidamente cualquier sacrificio presente.
No alcanza.
La vida ocurre todos los días
Las grandes variables económicas pueden mejorar mucho antes de que esa mejoría llegue al bolsillo.
Mientras tanto, la vida continúa.
El jubilado compra medicamentos.
El empleado paga el alquiler.
El comerciante necesita vender.
La pequeña industria debe afrontar salarios, impuestos, energía e insumos.
El trabajador estatal se pregunta cuánto conservará de su ingreso y, en muchos casos, si conservará su puesto.
Millones de argentinos viven pendientes de una cuenta elemental: cuánto dinero entra y cuánto queda después de pagar lo imprescindible.
Cuando los ingresos pierden capacidad de compra durante demasiado tiempo, las estadísticas macroeconómicas pueden mostrar progresos sin que esos progresos sean percibidos como tales por una parte considerable de la población.
Y allí comienza el verdadero problema político.
Porque ningún programa económico puede divorciarse indefinidamente de la realidad social sobre la cual se aplica.
El crecimiento que necesita cada vez menos trabajadores
Hay además una dificultad nueva.
Los sectores que ofrecen algunas de las mejores perspectivas para Argentina son extraordinariamente productivos, pero no necesariamente intensivos en empleo.
Un yacimiento moderno, una explotación minera automatizada, una planta energética, un campo operado con agricultura de precisión o una empresa altamente digitalizada pueden producir riquezas enormes utilizando proporcionalmente muchos menos trabajadores que las industrias tradicionales del siglo XX.
A eso debemos agregar inteligencia artificial, robotización y automatización.
Por eso puede aparecer una paradoja:
una Argentina más rica que no necesariamente sea una Argentina con mucho más empleo.
Y si eso sucede, tendremos que discutir algo bastante más profundo que el déficit fiscal o el precio del dólar.
Habrá que preguntarse cómo se incorpora a millones de personas a una economía que necesitará nuevas capacidades y que probablemente dejará atrás numerosas ocupaciones tradicionales.
Educación, capacitación, infraestructura, inversión privada, nuevas empresas y movilidad laboral dejarán entonces de ser consignas para convertirse en cuestiones centrales de supervivencia económica.
El peligro del péndulo
Aquí reaparece una vieja enfermedad argentina.
Cuando los costos de un programa económico se vuelven socialmente difíciles de soportar, aparecen quienes ofrecen regresar al modelo anterior como si nada hubiera ocurrido.
Se levantan entonces banderas legítimas —jubilaciones, salarios, empleo, producción, educación, salud— que pueden terminar utilizadas por dirigentes cuya trayectoria merece, como mínimo, ser examinada.
Una reivindicación justa no convierte automáticamente en justo a quien intenta apropiarse de ella.
Pero tampoco los antecedentes de quienes protestan invalidan el problema que denuncian.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Puede existir oportunismo político y puede existir sufrimiento social.
Confundir una cosa con la otra sería un error peligroso.
Porque cuando un gobierno responde a todo reclamo señalando solamente quién está detrás, corre el riesgo de dejar sin respuesta a quien está delante.
Al jubilado.
Al trabajador.
Al comerciante.
Al empresario pequeño.
Al profesional.
Al joven que busca su primer empleo.
La oportunidad y la obligación
Argentina tiene nuevamente una oportunidad.
Quizás una de las mayores de las últimas décadas.
El mundo necesita alimentos, energía, minerales críticos y conocimiento. Y nosotros poseemos una parte considerable de esos recursos.
Pero los recursos naturales jamás garantizaron por sí mismos el desarrollo de una nación.
Hace falta estabilidad.
Instituciones.
Seguridad jurídica.
Inversión.
Educación.
Infraestructura.
Competencia.
Productividad.
Y, fundamentalmente, capacidad política para transformar crecimiento económico en progreso social sostenible.
El desafío del Gobierno no consiste solamente en demostrar que el pasado fracasó.
Eso ya lo sabe una parte considerable de la sociedad.
El desafío mucho más difícil consiste en demostrar que el futuro puede funcionar.
Porque llega un momento en que gobernar deja de consistir en explicar aquello que se recibió y comienza a consistir en mostrar aquello que se construyó.
Argentina no debería tener que elegir eternamente entre dos frustraciones: volver al pasado por miedo al presente o aceptar cualquier presente por miedo al pasado.
Quizás haya llegado la hora de romper definitivamente ese péndulo.
Tenemos recursos.
Tenemos una oportunidad.
Tenemos también una sociedad cansada de pagar experimentos.
La riqueza puede estar debajo de nuestros pies.
El verdadero desafío es conseguir que algún día también pueda sentirse adentro de los hogares argentinos.






















