El mito del instinto maternal: qué dice la ciencia sobre la crianza
La periodista Chelsea Conaboy sostiene que el supuesto “instinto maternal” no es una capacidad innata, sino una construcción cultural. Su mirada combina evidencia científica, experiencia personal y una crítica a los mandatos sociales sobre el cuidado.“La maternidad no viene con un manual biológico universal”, resume una idea que, aunque suene contemporánea, dialoga con décadas de debates científicos y feministas sobre el cuidado. Desde esa premisa, la periodista especializada en salud Chelsea Conaboy sostiene que el llamado “instinto maternal” no es una condición natural e infalible con la que nacen todas las mujeres, sino una construcción cultural que moldeó durante años el rol femenino.
Ganadora del Premio Pulitzer como parte del equipo del Boston Globe en 2014, Conaboy comenzó a investigar el funcionamiento del cerebro materno después del nacimiento de su primer hijo. Aquella vivencia, atravesada por ansiedad, desorientación y una fuerte sensación de transformación personal, la llevó a escribir Cerebro de Madre, un libro en el que examina cómo la ciencia explica los cambios que experimentan quienes crían.
En su obra, la autora cuestiona nociones ampliamente instaladas y propone una lectura basada en la evidencia. También subraya que las transformaciones cerebrales asociadas a la crianza no son exclusivas de las madres gestantes, y advierte que muchas ideas sobre la maternidad siguen atravesadas por creencias morales y religiosas más que por conocimiento científico.
El instinto maternal es un mito, según una reconocida periodista
Conaboy afirma que la idea del instinto maternal como una capacidad automática, perfecta e inmediata no encuentra respaldo en la ciencia. “Hay una larga historia de académicas feministas que explicaron que el instinto maternal no es real. Yo sólo soy una de las personas que empezamos a relacionarlo con la ciencia para decir que no hay pruebas de ello”, sostuvo.
La periodista también explicó que el origen de este concepto no proviene de investigaciones médicas, sino de construcciones culturales. “Si nos fijamos en el origen del instinto maternal, vemos que proviene de ideas morales y religiosas sobre lo que era una mujer”, señaló en una entrevista con La Vanguardia. Desde esa perspectiva, el cuidado de los hijos no responde a un mecanismo innato, sino a un aprendizaje que se desarrolla con la experiencia.
Durante el embarazo, indicó, el cerebro comienza a modificarse por efecto de los cambios hormonales. Sin embargo, aclaró que la transformación más profunda se consolida con la práctica cotidiana de la crianza. El contacto constante con el bebé, la lectura de sus señales y la respuesta a sus necesidades van moldeando progresivamente el cerebro de quienes lo cuidan.
Ese proceso, además, no ocurre sólo en las madres gestantes. Padres biológicos y adoptivos también atraviesan cambios hormonales y cerebrales vinculados al cuidado de un hijo. Por eso, Conaboy considera que reducir la crianza a una experiencia exclusivamente femenina no refleja lo que muestran las investigaciones actuales.
La autora también advierte que presentar a la madre como la única responsable natural del cuidado trae consecuencias sociales y políticas. Si se instala la idea de que una mujer ya posee todo lo necesario para criar por naturaleza, disminuye la presión para que los Estados impulsen licencias, guarderías y otras políticas de apoyo. En su visión, esa expectativa termina imponiendo una carga injusta sobre las mujeres y dificulta reconocer que criar es una tarea que requiere aprendizaje, acompañamiento y recursos.
En términos históricos, este debate se fue desplazando con fuerza en las últimas décadas: de una visión centrada casi exclusivamente en la “vocación” femenina hacia una más amplia, que entiende la crianza como una función relacional, social y también institucional. La neurociencia y la psicología perinatal ayudaron a correrse de la idea de un destino biológico fijo, aunque persisten mandatos culturales muy arraigados.
Análisis y proyecciones: la discusión que plantea Conaboy tiene impacto más allá del plano individual. Si la crianza deja de pensarse como un deber “natural” de las mujeres, crece la legitimidad de reclamar licencias parentales más equitativas, redes de cuidado y políticas de conciliación laboral y familiar. También puede ayudar a reducir la culpa materna y a mejorar la salud mental posparto, al poner el foco en el aprendizaje y el apoyo social, y no en una supuesta perfección biológica. En el mediano plazo, este enfoque suele fortalecer la corresponsabilidad entre madres, padres, familias adoptivas y el Estado.
Qué consejos dan los expertos a las mujeres que son madres después de los 40
Los especialistas coinciden en que convertirse en madre después de los 40 requiere un seguimiento médico adecuado, aunque también remarcan que muchas mujeres atraviesan embarazos saludables a esa edad. Los controles prenatales periódicos, una alimentación equilibrada, la actividad física indicada por el profesional y el control de enfermedades preexistentes ayudan a reducir riesgos y favorecen un mejor desarrollo del embarazo.
En el plano emocional, recomiendan prestar atención a la ansiedad y al estrés, dos factores que pueden intensificarse durante la maternidad. Conaboy, por ejemplo, explicó que cierto nivel de ansiedad forma parte del proceso porque favorece la atención hacia el bebé. No obstante, advirtió que es importante buscar ayuda cuando esa ansiedad impide cuidarse a una misma, atender al hijo o sostener las actividades cotidianas.
Otra recomendación es aceptar que la crianza supone un aprendizaje continuo. La periodista sostuvo que observar al bebé, interpretar sus necesidades y cometer errores forma parte del desarrollo natural de cualquier madre o padre. Desde esa mirada, no existe una forma perfecta de criar, sino una capacidad que se fortalece con la experiencia, el acompañamiento profesional y el apoyo del entorno familiar.
Con el paso de los años, la postura sobre la maternidad y la crianza se fue ampliando: hoy conviven los saberes médicos, la salud mental perinatal y una discusión social más abierta sobre los mandatos de género. En ese recorrido, la figura de la madre dejó de ser pensada únicamente como portadora de un instinto irreductible para pasar a ser comprendida también como alguien que aprende, se adapta y necesita apoyo concreto para criar.






















