La Triple Frontera y Hezbollah: lo que sabemos y lo que deberíamos temer

André Lajst, presidente de StandWithUs Brasil, volvió a poner sobre la mesa una vieja y perturbadora cuestión: la presencia de redes vinculadas a Hezbollah en la Triple Frontera. Habla de lavado de activos, narcotráfico y contactos con el PCC y carteles mexicanos. Hay antecedentes documentados que obligan a tomarlo en serio. Pero también preguntas que todavía no tienen respuesta. Y quizás allí esté lo más inquietante.

Por Jagua Arandú

Hay noticias que producen alarma por lo que dicen. Otras inquietan más por todo aquello que todavía no sabemos.

André Lajst, presidente ejecutivo de StandWithUs Brasil, organización dedicada a combatir el antisemitismo, sostuvo en declaraciones recogidas por la Agencia Noticias Argentinas que Hezbollah mantiene células o estructuras operativas en América Latina y señaló particularmente a la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay.

Según Lajst, después de los severos golpes sufridos por Hezbollah en Medio Oriente habría aumentado la necesidad de la organización de conseguir recursos fuera de aquella región.

Y es aquí donde el asunto comienza a acercarse demasiado a nosotros.

El especialista menciona actividades de lavado de dinero procedente del narcotráfico, tráfico de armas y conexiones con organizaciones del crimen organizado. Entre ellas señala al poderoso Primeiro Comando da Capital (PCC) de Brasil y habla también de contactos con carteles mexicanos.

La afirmación es suficientemente grave como para prestarle atención.

Pero también suficientemente grave como para no agregarle fantasías.

Conviene entonces separar aquello que se afirma de aquello que podemos comprobar.

Una historia que no comenzó ayer

La presencia de operadores vinculados a Hezbollah en la Triple Frontera no es una teoría nacida en las últimas semanas.

En diciembre de 2006, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a nueve personas y dos empresas radicadas en la zona por brindar apoyo financiero y logístico a Hezbollah.

Entre los nombres investigados aparecía la denominada red Barakat, con operaciones en Ciudad del Este.

Las autoridades estadounidenses sostenían que desde allí se recaudaban y transferían recursos hacia Hezbollah en el Líbano. En aquellos expedientes también aparecían delitos comunes: contrabando, falsificación de moneda y documentos, narcotráfico y diferentes mecanismos para mover dinero.

Cuatro años después, en 2010, el Tesoro estadounidense volvió sobre la cuestión y sancionó a Bilal Mohsen Wehbe, señalado entonces como representante de Hezbollah en América del Sur.

No estamos hablando, por lo tanto, solamente de rumores.

Y existe un dato mucho más cercano.

El programa Rewards for Justice del Departamento de Estado norteamericano ofrece actualmente hasta 10 millones de dólares por información que permita identificar y desarticular mecanismos financieros de Hezbollah en la Triple Frontera.

Según ese organismo, simpatizantes, miembros y facilitadores de Hezbollah habrían utilizado en la región actividades comerciales, contrabando, narcotráfico, movimiento clandestino de efectivo, falsificación y negocios aparentemente legales para obtener o transferir recursos.

Hasta aquí, lo documentado.

Después comienza la zona gris

Lajst introduce ahora otro elemento: las posibles relaciones entre esas estructuras y grandes organizaciones latinoamericanas del narcotráfico.

Y menciona especialmente al PCC.

Esto merece atención porque el Primeiro Comando da Capital hace mucho que dejó de ser solamente una organización penitenciaria brasileña. Se convirtió en una formidable estructura criminal transnacional, con conexiones en Paraguay y corredores internacionales para el movimiento de cocaína, armas y dinero.

La convergencia geográfica existe.

Las economías criminales también.

Pero una cosa es comprobar que diferentes organizaciones utilizan territorios, intermediarios y circuitos financieros semejantes y otra muy distinta demostrar que existe una alianza orgánica entre Hezbollah y la conducción del PCC.

Esa prueba, al menos públicamente, todavía requiere mucha mayor evidencia.

Lo mismo sucede con los "carteles mexicanos" mencionados por Lajst. ¿Cuáles? ¿Mediante qué operadores? ¿Desde cuándo? ¿Para realizar qué actividades?

Son preguntas elementales que todavía necesitan respuestas.

Y precisamente por eso vale la pena formularlas.

El negocio puede ser más importante que la ideología

Quizás estemos mirando el problema desde una perspectiva equivocada si imaginamos necesariamente reuniones clandestinas entre terroristas, narcotraficantes y jefes mafiosos acordando una alianza.

El mundo criminal funciona de manera bastante más pragmática.

Uno dispone de cocaína. Otro controla una ruta. Otro puede cruzar una frontera. Alguien posee una empresa capaz de justificar una operación comercial. Otro dispone de contactos para convertir dinero ilícito en recursos aparentemente legítimos.

No necesitan compartir religión, ideología ni objetivos políticos.

Les alcanza con compartir negocios.

Y allí la Triple Frontera adquiere otra dimensión.

Ciudad del Este, Foz do Iguaçu y Puerto Iguazú forman parte de una región extraordinariamente dinámica, atravesada diariamente por personas, mercaderías, monedas y operaciones comerciales absolutamente legítimas.

Precisamente por esa enorme circulación, detectar unos pocos movimientos ilícitos dentro de millones de operaciones legales constituye un desafío formidable.

Lo que realmente inquieta

Desde nuestro rincón del Litoral, la tentación sería comenzar inmediatamente a dibujar flechas sobre un mapa: Triple Frontera, Paraguay, PCC, narcotráfico, puertos brasileños, Hidrovía Paraná-Paraguay, Medio Oriente.

No lo vamos a hacer.

No tenemos elementos para afirmar que Hezbollah utilice, por ejemplo, la Hidrovía para sus operaciones.

Y una sospecha no debe convertirse en información simplemente porque resulte atractiva.

Pero tampoco podemos ignorar el territorio que tenemos delante.

Paraguay es un punto fundamental en diferentes economías ilícitas regionales. El PCC posee intereses y conexiones transfronterizas. La cocaína que atraviesa América del Sur necesita corredores logísticos. El dinero producido por ese gigantesco negocio necesita ser lavado. Y organismos oficiales estadounidenses sostienen desde hace años que existen mecanismos de financiamiento de Hezbollah en la Triple Frontera.

Son piezas reales.

Lo que todavía desconocemos es cuánto se conectan entre sí.

Una pequeña dosis de inquietud

Tal vez ése sea el punto exacto donde conviene detenernos.

No sabemos si detrás de las declaraciones de André Lajst existe una estructura de la magnitud que sus palabras permiten imaginar.

Tampoco sabemos hasta dónde llegan actualmente esas conexiones.

Y sería irresponsable completar los espacios vacíos con nuestra imaginación.

Pero después de revisar los antecedentes queda una sensación difícil de evitar.

Si durante dos décadas diferentes investigaciones detectaron operadores, movimientos de dinero y mecanismos de financiamiento vinculados con Hezbollah en esta región; si Estados Unidos continúa ofreciendo millones de dólares para desarticular esas redes; y si simultáneamente organizaciones criminales latinoamericanas adquirieron una capacidad logística y financiera que atraviesa continentes, la pregunta ya no puede ser simplemente si existe un problema.

La pregunta es qué dimensión tiene.

Desde el Rancho de la Cambicha, mirando este inmenso sistema del Paraná que conecta territorios, ciudades, puertos y fronteras, el Jagua Arandú no tiene una respuesta.

Tiene algo bastante menos confortable.

Tiene temor.

No el temor que nace de una fantasía.

El que aparece cuando algunas piezas están comprobadas, otras comienzan a insinuarse y descubrimos que todavía no conocemos el tamaño del rompecabezas.