Una conversación en el Rancho de la Cambicha Madame Taragüí, Jaimito, Andresito… y los negocios del poder

El día estaba espléndido en el Paraná Medio.

En el Rancho de la Cambicha, Madame Taragüí había desplegado todo su glamour y hospitalidad para recibir a dos visitantes ilustres y, a esta altura, casi habitués de la casa.

Jaimito, gran periodista, hombre conocido por decir lo que piensa sin demasiadas contemplaciones.

Y Andresito, recién llegado de Europa, con noticias, preguntas y esa inevitable curiosidad de quien regresa después de mirar el mundo desde lejos.

Madame Taragüí atendía.

Mate por aquí. Alguna cosa rica por allá. Una silla acomodada a tiempo. La hospitalidad correntina elevada a ceremonia.

Y escuchaba.

Sobre todo escuchaba.

—Decime, Jaimito —preguntó Andresito—. ¿Es cierto todo eso que estás diciendo de Trump y los negocios de su familia?

Jaimito sonrió.

—Una cosa es lo que yo pienso de Trump y otra cosa son los datos. Si querés discutir mis opiniones, discutimos toda la tarde. Pero primero pongamos arriba de la mesa lo que está documentado.

Madame Taragüí levantó ligeramente las cejas.

Aquello prometía ponerse interesante.

Los datos

Donald Trump regresó a la presidencia de los Estados Unidos siendo un hombre extraordinariamente rico y perteneciendo a una familia con numerosos intereses empresariales.

Eso, naturalmente, no constituye delito alguno.

El problema comienza cuando se observa dónde están haciendo negocios algunos integrantes de la familia mientras el padre ocupa nuevamente el lugar más poderoso del gobierno estadounidense.

Investigaciones periodísticas publicadas en Estados Unidos documentaron que fondos vinculados con Donald Trump Jr. y Eric Trump realizaron inversiones en más de una docena de compañías relacionadas con sectores como tecnología militar, drones, robótica e inteligencia artificial.

Varias de esas empresas mantienen o buscan contratos con el gobierno de Estados Unidos y particularmente con el gigantesco aparato de defensa norteamericano.

Una investigación de The Washington Post calculó que compañías de ese universo empresarial obtuvieron alrededor de 3.200 millones de dólares en negocios directos con el gobierno desde las inversiones vinculadas con los hijos del presidente, además de miles de millones correspondientes a posibilidades contractuales futuras.

Pero aquí corresponde hacer una aclaración fundamental.

Varias de esas empresas ya tenían relaciones contractuales con el Estado antes de que los hijos de Trump invirtieran en ellas.

Por lo tanto, esos números no prueban que Donald Trump haya utilizado la presidencia para entregar contratos a sus hijos.

Prueban otra cosa.

Que existen intereses económicos de miembros de la familia presidencial dentro de sectores cuyo principal cliente puede ser precisamente el Estado que conduce Donald Trump.

—Ahí tenés el problema —dijo Jaimito.

—El conflicto de intereses —respondió Andresito.

—Exactamente.

Madame Taragüí continuaba escuchando.

Drones, inteligencia artificial y defensa

El asunto adquiere otra dimensión cuando se observa hacia dónde está dirigiendo Washington una parte creciente de sus recursos militares.

Drones.

Inteligencia artificial.

Robótica.

Tecnologías autónomas.

Precisamente algunos de los sectores en los cuales existen inversiones vinculadas con los hijos del presidente.

Uno de los casos que despertó atención pública es el de Powerus, una compañía estadounidense de drones respaldada por inversiones relacionadas con Donald Trump Jr. y Eric Trump.

La empresa busca participar del enorme crecimiento del mercado militar de drones impulsado por el Pentágono.

La compañía sostiene que sus oportunidades comerciales provienen de la calidad de su tecnología y ha rechazado las acusaciones de favoritismo.

Y hasta ahora no existe prueba pública de que Donald Trump haya ordenado al Pentágono beneficiar a esa empresa.

—Entonces —interrumpió Andresito—, ¿dónde está la noticia?

Jaimito apoyó el mate.

—En que el presidente de Estados Unidos gobierna una potencia que destina alrededor de un billón de dólares anuales a defensa, mientras miembros de su propia familia tienen intereses económicos en empresas pertenecientes precisamente a sectores que ese gigantesco presupuesto está impulsando.

Madame Taragüí miró alternativamente a uno y a otro.

No dijo nada.

La discusión llegó al Senado

El asunto dejó de ser solamente una controversia periodística.

La senadora demócrata Elizabeth Warren planteó formalmente interrogantes sobre posibles conflictos de intereses relacionados con inversiones de la familia Trump y contratos del Pentágono.

Eso tampoco demuestra la existencia de un delito.

Una investigación política no es una condena judicial.

Pero demuestra que la cuestión ya alcanzó suficiente entidad como para ingresar en uno de los ámbitos institucionales encargados de controlar el gasto militar de Estados Unidos.

—Y todavía falta una parte —dijo Jaimito.

Andresito volvió a acomodarse en la silla.

Madame Taragüí acercó discretamente el mate.

Las criptomonedas

Los negocios vinculados con la familia Trump no terminan en defensa.

Durante su segunda presidencia crecieron considerablemente los emprendimientos familiares relacionados con las criptomonedas.

Según declaraciones financieras y análisis publicados por Reuters, Trump y su familia obtuvieron durante 2025 ingresos extraordinariamente importantes procedentes de emprendimientos vinculados al mundo cripto.

La estimación publicada supera los 1.000 millones de dólares.

Mientras tanto, la propia administración Trump impulsó importantes modificaciones en la política estadounidense hacia las criptomonedas.

Otra vez aparece la misma cuestión.

Tener criptomonedas no es delito.

Crear empresas tampoco.

Que los hijos de un presidente hagan negocios tampoco.

El interrogante surge cuando el poder público encargado de establecer las reglas y los intereses privados capaces de beneficiarse de esas reglas pertenecen al mismo círculo familiar.

Andresito quedó pensando.

—Entonces el problema no es necesariamente ilegalidad.

—Exactamente —respondió Jaimito—. No confundamos las cosas. Una conducta puede plantear un enorme problema ético o un conflicto de intereses sin que exista una sentencia que determine que hubo corrupción.

Poder y dinero

Durante buena parte de la conversación, Madame Taragüí había permanecido fascinada.

Jaimito hablaba de miles de millones.

Andresito preguntaba por Washington, Europa, drones, criptomonedas, contratos del Pentágono.

Trump.

El Senado.

Fondos de inversión.

Inteligencia artificial.

Conflictos de intereses.

Afuera, entretanto, el Paraná seguía su curso.

Finalmente hubo un silencio.

Madame Taragüí aprovechó para retirar unas cosas de la mesa y traer otras.

—¿Y usted qué piensa de todo esto, Madame? —preguntó Andresito.

Madame Taragüí se detuvo.

Miró a Andresito.

Después miró a Jaimito.

Pensó unos segundos.

Y con la elegancia que solamente poseen quienes saben salir airosos de situaciones complicadas, respondió:

—La verdad, queridos míos, no entendí demasiado de lo que estuvieron hablando.

Los dos hombres la miraron sorprendidos.

Madame Taragüí sonrió.

—Pero por la cantidad de millones que nombraron, los drones, el presidente de los Estados Unidos, los hijos, el Pentágono y todas esas cosas...

Hizo una pequeña pausa.

—se ve que debe ser muy importante.

Y siguió atendiendo a sus invitados.

Como corresponde en el Rancho de la Cambicha.