FBI abre una cooperación inédita con China y Rusia
El FBI de Kash Patel está ensayando una estrategia poco habitual: cooperar de forma selectiva con China y Rusia en casos concretos, aun cuando ambos gobiernos siguen siendo considerados adversarios por Washington.
En la historia del espionaje moderno, incluso en los momentos más tensos de la Guerra Fría hubo canales discretos de contacto para evitar que el crimen organizado y ciertas amenazas transnacionales quedaran fuera de control. Esa lógica vuelve a aparecer ahora en el FBI, que bajo la conducción de Kash Patel promueve una cooperación selectiva con China y Rusia para perseguir delitos que, según sostiene, impactan directamente en Estados Unidos.
Patel defendió una nueva etapa de coordinación con agencias internacionales, incluso con gobiernos a los que Washington considera adversarios. En declaraciones recogidas por Reuters, describió esos vínculos como relaciones “nuevas y dinámicas” y argumentó que, si el trabajo conjunto produce resultados favorables para Estados Unidos, la administración debe participar.
El director del Buró Federal de Investigaciones remarcó que la idea no implica una alianza amplia ni un giro estratégico total, sino un esquema acotado y pragmático. “No van a detenerse, pero si podemos lograr victorias para Estados Unidos, entonces debemos participar”, sostuvo, al justificar una colaboración que se concentra en objetivos concretos.
El mecanismo incluye intercambios de personal, visitas de funcionarios chinos a instalaciones federales y viajes de agentes estadounidenses a China. Además, ambas partes comparten información sobre casos específicos y coordinan operativos dentro de grupos de trabajo internos. Patel explicó que la relación se limita a cuatro áreas: fraude cibernético, delitos violentos contra menores, lucha contra los narcóticos y búsqueda de prófugos.
Según el funcionario, esos intercambios tienen un alcance reducido y se sostienen bajo una lógica de reciprocidad. La experiencia de las últimas décadas en cooperación policial internacional muestra que estos esquemas suelen avanzar cuando existe un interés común muy definido, pero se frenan rápidamente cuando aparecen disputas geopolíticas o sospechas de infiltración.
La cooperación con Pekín ya tuvo resultados concretos. En mayo, el FBI, el Ministerio de Seguridad Pública de China y la Policía de Dubái llevaron adelante la Operación Sand Dollar contra un centro de estafas cibernéticas. De acuerdo con Reuters, el operativo terminó con 300 arrestos, la incautación de 300 millones de dólares y la liberación de miles de trabajadores sometidos a redes de trata. Las estafas, además, operaban desde el exterior y apuntaban a víctimas estadounidenses.
En una columna publicada por Fox News, Patel ofreció una cifra distinta para ese mismo procedimiento. Allí aseguró que hubo nueve centros atacados, 311 detenciones y miles de dispositivos secuestrados. También estimó que el cierre evitó pérdidas anuales por 54 millones de dólares.
El jefe del FBI agregó que la agencia abrió más de 30 investigaciones vinculadas con centros de estafas. Según su balance, las autoridades persiguieron o restringieron activos por más de 15.000 millones de dólares, impulsaron cientos de arrestos y suspendieron más de 7500 terminales utilizadas por esas estructuras. La ofensiva se inscribe en una tendencia global: los centros de fraude transnacional, muchas veces montados en el sudeste asiático y otros enclaves de difícil acceso, se convirtieron en una de las principales preocupaciones para las fuerzas de seguridad de varios países.
Patel también detalló cómo funciona la cooperación con China en el plano operativo. Dijo que el país asiático envía cada mes funcionarios de nivel operativo a Estados Unidos y que, al mes siguiente, agentes federales estadounidenses viajan a territorio chino. Afirmó además que ambos equipos mantienen contacto diario, una frecuencia que calificó como inédita.
El director vinculó ese proceso con el acercamiento entre Donald Trump y Xi Jinping. Según su relato, la cooperación se profundizó después de esos contactos. Patel, por su parte, viajó a China en noviembre de 2025 y nuevamente en julio de 2026.
En paralelo, las autoridades coordinaron acciones contra redes de fraude y ciberdelito, empresas farmacéuticas chinas y precursores químicos del fentanilo. Un memorando interno citado por Reuters atribuyó a esa cooperación nueve arrestos, el cierre de dos plantas químicas y tres sitios web, además de la incautación de sustancias cuyo destino probable era Estados Unidos.
Análisis y proyecciones: La apuesta del FBI responde a una idea que gana espacio en la seguridad internacional: cooperar con rivales cuando el enemigo común es más urgente que la disputa estratégica. En términos prácticos, el ciberdelito, el tráfico de precursores químicos y las estafas transnacionales obligan a compartir inteligencia, porque muchas de esas redes operan con estructuras fragmentadas y jurisdicciones múltiples. El riesgo, sin embargo, es evidente: cuanto mayor es la exposición operativa, más se tensionan los controles de contrainteligencia y más difícil resulta separar el interés policial de la competencia geopolítica. Si estos acuerdos prosperan, podrían acelerar detenciones y decomisos; si fallan, dejarían al descubierto vulnerabilidades sensibles dentro de las agencias estadounidenses.
Las críticas no tardaron en aparecer dentro de la comunidad de contrainteligencia. Exfuncionarios del FBI advirtieron que representantes chinos o rusos podrían aprovechar el acceso a instalaciones, empleados y contratistas del gobierno estadounidense. El debate no es nuevo: desde hace años, dentro de Washington conviven quienes creen que la cooperación limitada es útil para combatir delitos globales y quienes temen que ese tipo de aperturas facilite la recolección de información por parte de potencias rivales.
Patel respondió que la agencia identifica y examina a cada visitante extranjero. También afirmó que el FBI aplica medidas de contrainteligencia durante esas visitas y restringe los intercambios a los delitos incluidos en los cuatro grupos de trabajo. En otras palabras, la conducción de la agencia intenta presentar el esquema como un corredor estrecho de cooperación, diseñado para minimizar riesgos sin renunciar a resultados operativos.
El director aclaró, además, que los nuevos socios no reemplazarán a la alianza de inteligencia Five Eyes, integrada por Estados Unidos, Canadá, Australia, Reino Unido y Nueva Zelanda. Patel definió esa relación como la más importante para Washington, lo que confirma que la apertura hacia China y Rusia no supone un reemplazo del andamiaje tradicional de inteligencia, sino una capa adicional y mucho más limitada.
La evolución reciente del tema muestra un cambio significativo en el tono del FBI. Durante años, el vínculo con China se concentró en acusaciones de espionaje, robo tecnológico y presión política, mientras que con Rusia el foco estuvo en operaciones encubiertas, ciberguerra y desinformación. Ahora, sin abandonar esas tensiones, la agencia ensaya una cooperación táctica sobre asuntos de delincuencia organizada, una señal de que la seguridad transnacional está reordenando prioridades incluso entre adversarios.
La relación con Rusia, de todos modos, sigue menos desarrollada. Sobre ese frente, Patel dijo que el FBI mantuvo durante meses un trabajo reservado contra redes criminales violentas. Funcionarios de la agencia situaron una posible visita al territorio ruso en octubre, aunque el plan todavía tenía carácter tentativo.
























