En las altas cumbres, tormenta de pasiones: CODICIA
Desde el Paraná Medio, Jagua Arandú
Desde el Paraná Medio, el día está radiante. Temperaturas casi primaverales en pleno invierno. El río está calmo, por momentos parece un espejo.
Uno podría quedarse mirándolo durante horas.
Pero quienes conocemos este río sabemos que esa calma no significa que todo permanecerá así. Vendrán otros días. Cambiará el viento. Llegarán las lluvias, las crecientes y las tormentas.
Como en nuestra propia vida.
Y mientras aquí abajo disfrutamos de esta calma, en las altas cumbres de las finanzas mundiales comienzan a juntarse algunas nubes.
No pretendo escribir un informe económico. Para eso están los economistas.
Quiero hablarle al ciudadano común.
Al hombre y a la mujer que van al supermercado y descubren que nuevamente necesitan más dinero para comprar lo mismo. Al jubilado que hace cuentas. Al trabajador cuyo salario aumenta más lentamente que sus gastos. Al pequeño comerciante que vende, cobra, paga y al final del mes se pregunta dónde quedó su esfuerzo.
Porque detrás de esa preocupación cotidiana existe un mundo financiero de dimensiones difíciles de imaginar.
Una montaña de deuda
La deuda mundial ronda hoy los 350 billones de dólares.
Para comprender semejante número basta compararlo con otra cifra: toda la economía mundial produce aproximadamente 120 billones de dólares por año.
Es decir, el planeta ha acumulado deudas equivalentes a casi tres veces todo lo que produce durante un año.
Estados Unidos, todavía la principal potencia económica y financiera del mundo, acumula una deuda federal cercana a los 40 billones de dólares.
Y aquí aparece un dato extraordinario.
Solamente en intereses, el gobierno norteamericano deberá destinar alrededor de un billón de dólares por año.
Una cifra comparable con su gigantesco presupuesto de defensa.
Un billón para sostener el aparato militar más poderoso del planeta.
Otro billón, aproximadamente, para pagar los intereses de las deudas acumuladas.
Y todavía queda el capital.
Del otro lado del mundo, Japón
Japón constituye otra pieza de esta enorme maquinaria.
Su deuda pública supera los 1.300 billones de yenes y durante décadas pudo sostenerse gracias a tasas de interés extraordinariamente bajas.
Eso alimentó uno de los grandes negocios financieros de nuestro tiempo: el llamado carry trade.
Aunque el nombre parezca complicado, el mecanismo es bastante sencillo.
Alguien consigue dinero barato en Japón, donde las tasas fueron durante años cercanas a cero. Cambia esos yenes por dólares y coloca el dinero en bonos norteamericanos u otros activos que pagan intereses mucho mayores.
La diferencia es ganancia.
Dinero que produce dinero.
Y ese mecanismo funcionó durante años.
Pero Japón comenzó a aumentar sus tasas de interés. Si el yen se fortalece y el dinero japonés deja de ser tan barato, parte de aquella gigantesca maquinaria puede comenzar a funcionar en sentido contrario.
Quienes tomaron yenes prestados pueden necesitar vender activos en dólares para recomprarlos y devolver sus préstamos.
Entre esos activos están los bonos del Tesoro de Estados Unidos.
Precisamente cuando Washington necesita encontrar cada vez más compradores para financiar una deuda cada vez mayor.
No sabemos si mañana llegará la tormenta.
Pero podemos observar las nubes.
Una vieja palabra
Y mientras pensaba en todo esto apareció una palabra mucho más antigua que Wall Street, el Banco de Japón, la Reserva Federal o los bonos del Tesoro.
CODICIA.
En la Primera Carta a Timoteo encontramos una advertencia escrita hace casi dos mil años:
“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero”.
Conviene comprender correctamente esas palabras.
No dicen que el dinero sea malo.
Tampoco condenan al hombre que trabaja, ahorra, progresa, construye una empresa o pretende dejarles algo mejor a sus hijos.
La expresión utilizada es philargyría: amor al dinero, avaricia, codicia de riqueza.
Y poco antes el texto advierte sobre “los que quieren enriquecerse”, aquellos para quienes acumular riqueza termina convirtiéndose en una finalidad dominante.
Hay una diferencia enorme.
Una cosa es necesitar.
Otra es progresar.
Y otra muy diferente es no tener nunca suficiente.
Quizás allí encontremos una de las enfermedades de nuestro tiempo.
¿Cuánto es suficiente?
No hace falta comprender sofisticados instrumentos financieros para formular una pregunta elemental.
Si la humanidad produce alrededor de 120 billones de dólares anuales y ha construido sobre esa economía una montaña de aproximadamente 350 billones de dólares de deuda, ¿qué estamos haciendo?
La deuda, el crédito y las finanzas son instrumentos extraordinarios cuando permiten construir una casa, levantar una fábrica, financiar una cosecha, desarrollar tecnología, construir caminos o transformar una idea en una empresa.
El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos para qué.
Cuando el dinero deja de servir al hombre y el hombre comienza a servir al dinero.
Cuando ya no importa producir algo, sino simplemente obtener una rentabilidad mayor.
Cuando ganar no alcanza porque mañana hay que ganar más.
Y después, todavía más.
Entonces regresamos a aquella antigua advertencia de Timoteo.
Tal vez el problema no esté en el dinero.
Está en nuestra relación con él.
En esa pasión humana que atravesó imperios, religiones, revoluciones y sistemas económicos y que hoy puede esconderse detrás de algoritmos capaces de mover miles de millones de dólares en fracciones de segundo.
La codicia.
Desde aquí, desde el Paraná Medio, miro nuevamente el río.
Continúa calmo.
El sol se refleja sobre el agua y la temperatura anuncia anticipadamente la primavera.
Pero el río nos ha enseñado algo.
La superficie no siempre cuenta toda la historia.
Debajo continúa la corriente.
Y en las altas cumbres de la economía mundial también hay corrientes profundas moviéndose debajo de una aparente normalidad.
Tal vez no podamos saber cuándo llegará la próxima tormenta.
Pero sí podemos preguntarnos qué la alimenta.
Y quizá, después de tantos números, algoritmos, bonos, tasas y billones de dólares, terminemos descubriendo que detrás de algunos de los grandes problemas del siglo XXI continúa escondida una antiquísima pasión humana.
CODICIA.
Memento Mori.
Jagua Arandú
Desde el Paraná Medio
























