Milei chocó con una palabra que el libertarismo no supo interpretar: patria
El rechazo a la venta de tierras a extranjeros expuso la desconexión entre el discurso económico del Gobierno y una sensibilidad colectiva atravesada por la soberanía. La identificación con Donald Trump, la disputa entre Estados Unidos y China y el creciente poder de las empresas tecnológicas completan un escenario mucho más profundo que una derrota parlamentaria.
El Gobierno de Javier Milei consiguió durante su primer año interpretar y canalizar buena parte del hartazgo social. Comprendió antes que sus adversarios el rechazo a la inflación, los privilegios políticos, la burocracia estatal y una dirigencia que parecía incapaz de reconocer sus propios fracasos.
Sin embargo, esa capacidad para leer el clima colectivo comenzó a mostrar límites.
El debate por la denominada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada expuso uno de ellos. El oficialismo presentó un proyecto amplio, integrado por diferentes capítulos, pero la discusión pública quedó reducida a una sola cuestión: la posibilidad de flexibilizar la compra de tierras rurales por parte de extranjeros.
La consigna “la patria no se vende” atravesó el Congreso, las calles y las redes sociales. Ya no quedó circunscripta al kirchnerismo o a la izquierda. Artistas, jóvenes y sectores sin una identificación partidaria definida se sumaron al rechazo.
El Gobierno perdió primero la batalla por el significado de la ley. Después perdió los votos.
La percepción derrotó a la explicación
El proyecto oficial contemplaba modificaciones sobre desalojos, expropiaciones, propiedad privada y otras materias. Sin embargo, pasó a ser identificado popularmente como la “ley de venta de tierras a extranjeros”.
Cuando una iniciativa recibe un nombre diferente del elegido por sus autores, significa que la oposición logró imponer el marco de la discusión.
La percepción que terminó predominando fue sencilla y poderosa: mientras muchos argentinos atraviesan dificultades económicas, el Gobierno pretendía facilitar que capitales extranjeros adquirieran porciones mayores del territorio nacional.
Esa interpretación puede ser discutida desde el punto de vista jurídico y económico. La compra de una propiedad por una empresa extranjera no transforma automáticamente ese territorio en parte de otro país. Tampoco toda inversión internacional supone una amenaza a la soberanía.
Pero la política no se desarrolla únicamente en el terreno de las definiciones técnicas. También está hecha de símbolos, temores y experiencias históricas.
El oficialismo nunca consiguió explicar qué problema concreto intentaba solucionar, qué inversiones estaban frenadas por la legislación vigente ni qué resguardos conservarían las zonas de frontera, las fuentes de agua y las áreas estratégicas.
Sin respuestas convincentes, se impuso la sospecha.
Los aliados de La Libertad Avanza retiraron su apoyo y el Gobierno debió eliminar el capítulo para conseguir la aprobación del resto del proyecto.
El nacionalismo reapareció después del Mundial
El debate se produjo inmediatamente después de una Copa del Mundo que volvió a colocar la bandera argentina en el centro de la escena pública. El fútbol reactivó una identidad colectiva que no necesariamente responde a categorías partidarias.
En ese contexto también reapareció con fuerza la cuestión de las Islas Malvinas y la defensa del territorio.
El libertarismo suele interpretar las relaciones sociales mediante la libertad individual, la propiedad privada y los intercambios económicos voluntarios. Pero una nación no es solamente un mercado integrado por compradores y vendedores.
Existe una memoria colectiva, un territorio compartido y una noción de pertenencia que no siempre puede traducirse en precios.
El Gobierno subestimó esa dimensión. Supuso que la apertura a los capitales extranjeros sería interpretada como una oportunidad de inversión. Una parte significativa de la sociedad la percibió como una pérdida de control sobre los recursos nacionales.
El problema no fue solamente comunicacional. Fue conceptual.
La creciente desconfianza hacia Estados Unidos
La identificación de Milei con Donald Trump también incidió en el debate.
Un estudio regional de AtlasIntel y Bloomberg, realizado entre el 30 de julio y el 3 de agosto, indicó que casi el 49% de los argentinos tiene una imagen negativa de Estados Unidos, frente a un 34,5% que expresa una opinión favorable.
Entre los países relevados, la Argentina mostró uno de los niveles más elevados de rechazo.
El 66% de los consultados consideró que Trump ejerce “mucha” influencia sobre la gestión de Milei, mientras otro 15% calificó esa influencia como “moderada”.
Las políticas estadounidenses peor valoradas fueron su actuación en Medio Oriente, el tratamiento de los inmigrantes y su actitud respecto de la soberanía argentina.
Estos datos no significan que la sociedad rechace cualquier vínculo con Washington. Estados Unidos continúa siendo un socio comercial, financiero y tecnológico fundamental. El problema aparece cuando la relación es percibida como subordinación.
Milei se presenta como uno de los principales aliados latinoamericanos de Trump e impulsa una coordinación entre gobiernos de derecha. Sus viajes recientes por Perú, Ecuador y Colombia reforzaron esa identidad internacional.
Mientras el Presidente profundizaba su alineamiento, en las calles argentinas crecía una consigna que cuestionaba precisamente la posible entrega de recursos nacionales a intereses externos.
Trump apareció asociado al conflicto
La discusión también se trasladó a las redes, un territorio que durante mucho tiempo estuvo dominado por el oficialismo.
Un análisis de la conversación digital realizado durante el debate legislativo detectó un 54% de menciones negativas hacia Milei. “Trump” apareció como una de las palabras más vinculadas con el Presidente.
El dato sugiere que una parte de la sociedad ya no evalúa determinadas decisiones del Gobierno como políticas exclusivamente argentinas. Las interpreta dentro de una alianza más amplia con Estados Unidos.
Esa asociación puede beneficiar a Milei cuando Washington aporta respaldo financiero o diplomático. Pero también puede perjudicarlo si se instala la idea de que las decisiones nacionales responden a las prioridades de otra potencia.
La oposición encontró así una combinación discursiva eficaz: tierras, soberanía y Trump.
El Gobierno respondió recurriendo nuevamente a la confrontación con el kirchnerismo. Recordó, por ejemplo, las extensas propiedades que Lázaro Báez adquirió en la Patagonia.
Pero la comparación no resolvía el punto central. En el caso de Báez, la discusión se concentraba en el origen del dinero y sus vínculos con el poder. El debate actual se refería a los límites para la propiedad extranjera y al control territorial.
La fórmula kirchnerismo-antikirchnerismo ya no alcanza para explicar todos los conflictos, especialmente entre los jóvenes que no construyeron su identidad política dentro de aquella grieta.
La soberanía del siglo XXI
El territorio continúa siendo la representación más visible de la soberanía, pero ya no es la única.
Durante siglos, la autoridad estatal se organizó mediante fronteras terrestres, marítimas y aéreas. En el siglo XXI, buena parte del poder circula por infraestructuras que no reconocen esos límites: satélites, plataformas digitales, centros de datos, redes de comunicación, sistemas financieros y modelos de inteligencia artificial.
Una persona es ciudadana de un país, pero al mismo tiempo es usuaria de servicios globales administrados por corporaciones privadas.
Esta transformación vuelve insuficiente una discusión limitada a quién posee físicamente un campo. La soberanía también depende de quién controla los datos, las comunicaciones, la energía, la infraestructura digital y las cadenas de suministro.
En septiembre llegará a la Argentina Peter Thiel, cofundador de Palantir, para participar de una actividad organizada por la Fundación Libertad y Progreso. Su presencia resulta significativa porque representa precisamente ese nuevo orden en el que las empresas tecnológicas pueden alcanzar un poder comparable —y en algunos casos superior— al de muchos gobiernos.
Palantir desarrolla sistemas de análisis de datos utilizados por agencias estatales, organismos de seguridad y fuerzas militares. Cuando un país adopta estas tecnologías, obtiene capacidades extraordinarias, pero también puede volverse dependiente del proveedor.
Del fordismo al poder de las plataformas
Durante el siglo XX, Henry Ford simbolizó un capitalismo basado en la producción industrial masiva. En el nuevo siglo, Elon Musk representa un modelo diferente: empresas integradas verticalmente que controlan simultáneamente infraestructura, tecnología, información y servicios estratégicos.
Musk no administra solamente una fábrica de automóviles. Participa en lanzamientos espaciales, comunicaciones satelitales, inteligencia artificial, redes sociales y contratos de defensa.
Durante 2025, SpaceX habría realizado el 95% de los lanzamientos orbitales de Estados Unidos y más de la mitad de los efectuados en todo el mundo.
El Pentágono y la NASA dependen crecientemente de sus servicios. Starlink se volvió indispensable en zonas rurales, regiones afectadas por catástrofes y campos de batalla. X influye sobre la conversación política global.
Esta concentración genera una paradoja. Los gobiernos contratan empresas tecnológicas para obtener autonomía y terminan dependiendo de ellas.
La soberanía contemporánea ya no consiste solamente en impedir que un extranjero compre tierras. También exige evitar que un país quede atrapado dentro de sistemas cuya llave pertenece a una corporación.
Argentina entre Estados Unidos y China
La competencia por la inteligencia artificial y las cadenas globales de suministro está dividiendo al mundo en bloques tecnológicos.
Estados Unidos busca consolidar una red de proveedores confiables. China responde con una estrategia que combina inversión, infraestructura, financiamiento y control estatal.
La Argentina resulta atractiva para ambos por sus reservas energéticas, minerales críticos, alimentos, agua y ubicación geopolítica.
Milei eligió alinearse con Trump. Sin embargo, no puede desarmar fácilmente los vínculos que China construyó durante más de dos décadas.
El Banco Central renovó recientemente el swap con China y extendió su vigencia de tres a cinco años. La decisión confirma que la relación financiera entre ambos países continúa siendo necesaria, pese al malestar estadounidense.
El secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, había señalado que el respaldo financiero otorgado a la Argentina estaba relacionado con la expectativa de reducir la presencia china. Hasta ahora, esa condición no pudo cumplirse plenamente.
El país necesita a Estados Unidos, pero también conserva compromisos y dependencias con China. La política exterior argentina debe moverse dentro de esa contradicción.
La extraña señal desde Taiwán
En ese contexto llamó la atención el viaje a Taiwán de dos comunicadores relacionados con el universo libertario: Mariano Pérez y Nicolás Promanzio.
Ambos participaron de una cumbre y se fotografiaron con el presidente taiwanés, Lai Ching-te.
La Argentina no reconoce a Taiwán como un Estado independiente y mantiene relaciones diplomáticas con la República Popular China bajo el principio de “una sola China”. Cualquier acercamiento político con las autoridades de Taipei representa una cuestión extremadamente sensible para Beijing.
Promanzio tuvo un breve paso por el Ministerio de Defensa y posteriormente se incorporó al equipo de Geopolítica y Seguridad Nacional de la Fundación Faro, organización vinculada con Santiago Caputo.
El viaje no tuvo carácter oficial y no participaron funcionarios de la Cancillería. Tampoco existe una confirmación pública de que Caputo haya organizado o autorizado la visita.
Sin embargo, por los vínculos de sus protagonistas, en ámbitos políticos se interpretó como una posible señal informal hacia Estados Unidos: una manera de demostrar alineamiento con Washington sin comprometer formalmente al Gobierno argentino.
La Embajada de China no realizó hasta ahora comentarios públicos sobre el episodio.
Las diplomacias paralelas pueden ser útiles para explorar posiciones. También pueden generar conflictos si envían señales contradictorias en una relación estratégica.
Una derrota que excede al Congreso
El Gobierno consiguió aprobar una versión reducida de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Quedaron en pie disposiciones relacionadas con desalojos y mayores exigencias para avanzar con expropiaciones.
Pero el capítulo que dominó la discusión fue retirado.
La derrota no consistió únicamente en perder artículos de una ley. El oficialismo perdió capacidad para definir qué se estaba debatiendo y para convencer a la sociedad de quiénes serían los beneficiarios de la reforma.
La pregunta reaparecerá con otras iniciativas: las concesiones del Super RIGI, la regulación de sociedades, los acuerdos sobre minerales críticos y la incorporación argentina a cadenas internacionales de suministros.
No será suficiente afirmar que toda inversión es positiva. Habrá que explicar qué obtiene el país, qué compromisos asume, quién controla los recursos y qué sucede si cambian las condiciones geopolíticas.
La patria no cabe en una planilla
El libertarismo puede explicar con precisión los derechos de propiedad, los incentivos económicos y las ventajas de atraer capitales. Pero todavía tiene dificultades para hablar de pertenencia colectiva.
La palabra “patria” no puede ser monopolizada por ningún partido. Tampoco debería utilizarse para rechazar automáticamente toda inversión extranjera.
Sin embargo, expresa una preocupación legítima: quién decide sobre el territorio, los recursos y el futuro de una comunidad.
Milei llegó al poder porque supo interpretar una emoción social que el resto de la dirigencia ignoraba. Ahora corre el riesgo de cometer el mismo error que denunciaba: gobernar desde una teoría sin escuchar lo que ocurre en la sociedad.
La soberanía del siglo XXI no se defiende cerrando todas las fronteras ni entregando todas las decisiones al mercado. Se construye estableciendo reglas inteligentes, negociando desde los intereses nacionales y evitando dependencias irreversibles.
El Gobierno chocó con esa discusión en el terreno más visible: la tierra.
La próxima vez podría ser por el litio, los datos, los satélites, la inteligencia artificial o el financiamiento.
Y entonces deberá comprender que la patria no es solamente una consigna. Pero tampoco es una mercancía más.























