Milei ante su desafío más difícil: gobernar cuando el enojo ya no alcanza

El Presidente conserva la iniciativa gracias a la baja de la inflación, el equilibrio fiscal y la debilidad opositora. Pero comenzó la campaña por la reelección y los ingresos todavía no reaccionan. El estilo confrontativo puede retener a los convencidos; difícilmente alcance para recuperar a quienes se alejaron.

Javier Milei llegó al poder porque interpretó mejor que nadie el hartazgo de una sociedad agotada. Mientras la dirigencia tradicional hablaba con fórmulas previsibles, él gritaba. Mientras los demás prometían correcciones graduales, proponía romper el tablero. Y cuando sus adversarios intentaban imponerle los límites de lo políticamente aceptable, respondía desplazándolos un poco más.

Esa estrategia fue eficaz. Lo condujo a la Presidencia, le permitió ejecutar un ajuste que parecía políticamente imposible y neutralizó durante un tiempo a sindicatos, empresarios y partidos opositores.

Pero las campañas presidenciales nunca se repiten en las mismas condiciones.

En 2023, Milei podía explicar el presente como consecuencia de los errores ajenos. En 2027 deberá defender los resultados de su propia administración. Ya no será suficiente señalar a la “casta”, recordar la herencia recibida o gritar con más fuerza que sus adversarios.

La pregunta dejó de ser quién expresa mejor el enojo. Ahora es quién puede ofrecer una perspectiva creíble de mejora.

Las encuestas encendieron la campaña

Los últimos sondeos muestran un deterioro de la aprobación presidencial. Una medición nacional de Atlas Intel ubicó el rechazo a la gestión en el 62,4% y la aprobación en el 37,1%.

El número no describe un gobierno terminado. Milei conserva un núcleo de apoyo considerable, especialmente después de aplicar un programa económico con costos sociales profundos. Pero tampoco alcanza para asegurar una victoria en primera vuelta, el objetivo que el oficialismo considera necesario para depender lo menos posible de alianzas posteriores.

El Gobierno ya tomó nota. La multiplicación de entrevistas, apariciones públicas y columnas firmadas por el Presidente indica que la campaña por la reelección comenzó antes de lo previsto.

Milei necesita recuperar iniciativa y, sobre todo, ampliar su base. Para eso deberá convencer a una parte de los votantes que lo acompañaron en 2023, pero que hoy observan con preocupación sus salarios, sus empleos o la situación de sus comercios.

Consolidar a los fieles puede servir para llegar al balotaje. Ganar exige volver a hablar con quienes empezaron a distanciarse.

Los logros que sostienen al Gobierno

El oficialismo conserva activos políticos importantes.

La inflación disminuyó significativamente respecto de los niveles heredados. El déficit fiscal fue contenido. El Gobierno recuperó el control de las calles y redujo la capacidad de presión de organizaciones que durante años condicionaron a diferentes administraciones.

Estas transformaciones no deberían minimizarse. Milei tomó decisiones que otros presidentes evitaron por temor a sus consecuencias políticas. También consiguió que una parte importante de la sociedad aceptara un esfuerzo extraordinario con la expectativa de alcanzar una economía más estable.

El problema es que esos logros, aunque necesarios, pueden resultar insuficientes para ganar una elección.

Una familia no vive del equilibrio fiscal, aunque se beneficie de sus consecuencias. Vive de sus ingresos. Un comerciante puede valorar que la inflación haya descendido, pero necesita vender. Una fábrica puede compartir la necesidad de ordenar la economía y, al mismo tiempo, no sobrevivir a una recesión prolongada o a una apertura comercial sin reducción previa de sus costos.

La estabilización constituye una condición para crecer. No reemplaza al crecimiento.

El bolsillo todavía no acompaña

El poder adquisitivo de los asalariados continúa aproximadamente un 30% por debajo del nivel registrado en 2017. La recuperación, además, es desigual: algunos sectores vinculados con la energía, la minería, el agro y los servicios tecnológicos avanzan, mientras ramas industriales, comercios y actividades dependientes del mercado interno siguen enfrentando dificultades.

El Gobierno afirma que el consumo agregado se encuentra en niveles históricamente elevados. El dato puede ser estadísticamente correcto y, sin embargo, no expresar toda la experiencia social.

La composición del consumo cambió.

Las familias destinan actualmente una proporción mayor de sus ingresos al pago de electricidad, gas, agua, transporte, telefonía e internet. El reordenamiento tarifario redujo subsidios y corrigió distorsiones acumuladas, pero también dejó menos recursos disponibles para indumentaria, gastronomía, recreación y otras compras.

Desde la macroeconomía, pagar una tarifa forma parte del consumo. Desde la mesa familiar, puede significar renunciar a una salida, postergar el cambio de un electrodoméstico o reducir la compra de alimentos.

Esa diferencia entre el indicador agregado y la percepción cotidiana explica parte del malestar que reflejan las encuestas.

No es necesariamente que la sociedad ignore los logros del Gobierno. Puede reconocerlos y considerar, al mismo tiempo, que todavía no mejoraron su vida.

El adversario sigue siendo el principal aliado de Milei

La debilidad opositora continúa funcionando como uno de los recursos más valiosos del oficialismo.

El peronismo conserva una importante capacidad territorial, sindical y electoral, pero no logra definir un liderazgo ni una propuesta común. Axel Kicillof intenta construir una alternativa con proyección nacional. Sergio Massa permanece en silencio público, aunque conserva estructura política. Gobernadores, intendentes y dirigentes sindicales buscan posicionarse sin someterse completamente a ninguno de ellos.

En ese escenario, declaraciones como las del gobernador Ricardo Quintela, quien anticipó que un futuro gobierno peronista podría avanzar con expropiaciones, resultan funcionales a la estrategia libertaria.

Milei necesita presentar la elección como una disyuntiva entre su programa y el regreso de un modelo que asocia con el déficit, la inflación, los controles y la inseguridad jurídica. Cuanto más extrema parezca la oposición, más sencillo será recuperar a los votantes moderados que hoy cuestionan al Gobierno, pero temen volver al pasado.

El peronismo todavía no resolvió cómo criticar el ajuste sin ofrecer una restauración de las políticas que condujeron a la crisis.

Pero depender de los errores del adversario tiene un límite. Una elección presidencial no siempre la gana quien gobierna bien; a veces la pierde quien representa una amenaza mayor. Apostar únicamente a esa posibilidad sería una estrategia demasiado frágil.

El silencio del establishment

La debilidad no se limita a los partidos políticos. También alcanza al empresariado, a los sindicatos y a diferentes instituciones de la sociedad civil.

Los enfrentamientos del Presidente con figuras empresariales como Paolo Rocca y Javier Madanes Quintanilla transmitieron un mensaje al resto del sector privado: cuestionar públicamente al Gobierno puede tener costos.

Muchos empresarios prefieren expresar sus preocupaciones en conversaciones reservadas. Temen ser señalados como privilegiados, proteccionistas o integrantes de la casta.

Algo semejante ocurrió con las organizaciones sindicales. Después de años en los que podían paralizar actividades y condicionar gobiernos, hoy muestran dificultades para movilizar y articular una alternativa social.

Este debilitamiento permitió avanzar con reformas y mantener el orden. Pero una sociedad sin interlocutores fuertes tampoco es necesariamente una ventaja permanente para el poder.

Cuando empresarios, sindicatos, universidades, gobernadores y organizaciones sociales dejan de participar abiertamente en la conversación pública, el Gobierno pierde canales para advertir errores antes de que se transformen en conflictos.

El silencio puede parecer obediencia. Muchas veces es solamente miedo o espera.

La incorrección política perdió su capacidad de sorpresa

Milei modificó los límites del lenguaje presidencial. Expresiones que habrían terminado con la carrera de otros dirigentes apenas ocupan hoy unas horas en la agenda pública.

Esa inmunidad le otorgó libertad para impulsar un ajuste y enfrentar intereses consolidados. El Presidente suele decir que no permitirá que lo intimiden como, según su visión, ocurrió con Mauricio Macri.

Pero la ausencia de sorpresa no equivale a la ausencia de desgaste.

El electorado puede haberse acostumbrado a los exabruptos, insultos y provocaciones. Eso no significa que continúe valorándolos de la misma manera. Cuando la economía no ofrece una mejora visible, el grito deja de representar rebeldía y comienza a parecer una distracción.

El estilo que sirvió para destruir consensos anteriores no necesariamente sirve para construir los nuevos.

Gobernar requiere algo más que imponerse en una discusión. Exige conseguir que millones de personas acepten un rumbo, entiendan sus costos y perciban que el esfuerzo tendrá una recompensa.

La ortodoxia y el reloj electoral

Milei enfrenta una ecuación difícil. Pretende seguir reduciendo la inflación mediante disciplina fiscal y monetaria mientras recompone tarifas que, inevitablemente, presionan sobre el mismo índice que intenta contener.

También necesita que la economía crezca y que los ingresos mejoren, pero rechaza recurrir a una expansión artificial del gasto o de la emisión para estimular el consumo antes de las elecciones.

Esa coherencia puede ser uno de sus principales atributos. También limita sus alternativas políticas.

La eventual habilitación de créditos en dólares para sectores no exportadores podría aportar financiamiento a la actividad. Pero su impacto no sería inmediato y debería administrarse con extremo cuidado para evitar descalces que la Argentina ya conoció en otras etapas.

El Presidente insiste en que mantendrá el rumbo hasta las últimas consecuencias. La oposición apuesta a que los beneficios no llegarán antes de las elecciones.

Entre ambas posiciones aparece el factor decisivo: el tiempo.

La economía puede estar avanzando hacia una estructura más sana y, al mismo tiempo, no hacerlo con la velocidad necesaria para satisfacer al calendario político.

Gana quien pierde menos

El escenario electoral se presenta fragmentado. Milei conserva un piso importante, pero enfrenta un techo que necesita ampliar. Kicillof reúne respaldo opositor, aunque genera resistencias fuera del electorado peronista. Massa intenta preservar su capital político. Otros dirigentes buscan ocupar el espacio de una candidatura de consenso.

También existen movimientos destinados a dividir la oferta de centroderecha mediante eventuales candidaturas provenientes del Pro o del entorno de Victoria Villarruel.

En una elección ajustada, esa dispersión puede resultar decisiva. No será necesario que un candidato enamore a la mayoría. Podría alcanzar con que conserve más votos que sus adversarios.

Ese paisaje favorece a Milei mientras la oposición permanezca dividida. Pero vuelve peligroso cada punto que pierde el Gobierno, porque el respaldo que se aleja puede distribuirse entre diferentes opciones capaces de impedir una victoria en primera vuelta.

Ya no alcanza con gritar

Milei demostró que sabe interpretar el enojo, disputar el poder y sostener decisiones difíciles. La próxima etapa exige otras habilidades.

Debe transformar estabilidad en crecimiento, crecimiento en empleo y empleo en ingresos. También necesita construir acuerdos sin considerar traición toda diferencia y explicar los límites de su programa sin convertir cada objeción en una batalla moral.

Su principal ventaja continúa siendo el desprestigio de quienes gobernaron antes. Su mayor riesgo es creer que ese desprestigio será eterno.

Los argentinos eligieron a Milei porque querían terminar con un sistema. Para reelegirlo necesitarán comprobar que detrás de la destrucción de aquel orden existe otro capaz de ofrecerles una vida mejor.

El Presidente todavía puede recuperarse. Conserva liderazgo, iniciativa y una oposición fragmentada. Pero el reloj ya empezó a correr.

En 2023 ganó quien mejor representó la furia. En 2027 podría ganar quien logre ofrecer esperanza.

Y para eso ya no alcanza con gritar más fuerte que los demás.