Milei conserva un piso competitivo, pero la baja de la inflación ya no alcanza
El Gobierno mantiene más respaldo que Macri y Alberto Fernández a la misma altura de sus mandatos. Sin embargo, los salarios, el empleo y la corrupción desplazaron a la inflación como principales preocupaciones. La comparación con el pasado ofrece alivio; la mirada hacia 2027 plantea interrogantes.
Las últimas encuestas presentan una fotografía incómoda para Javier Milei. La aprobación de su gobierno descendió, la desaprobación supera el 50% y el optimismo económico perdió fuerza. Sin embargo, cuando esos números se comparan con los que tenían Mauricio Macri y Alberto Fernández en el mismo momento de sus presidencias, el panorama resulta menos desfavorable.
Después de 31 meses en la Casa Rosada, la gestión libertaria conserva una aprobación del 36,8%, frente a una desaprobación del 51,8%, según un relevamiento nacional de Synopsis realizado sobre 1359 casos.
El resultado está lejos del respaldo superior al 60% que el Gobierno llegó a registrar durante 2024. Aun así, Milei mantiene ocho puntos más de aprobación que Macri cuando este alcanzó el mismo tramo de su mandato y más que duplica el nivel que tenía Alberto Fernández.
La comparación permite una primera conclusión: el oficialismo está debilitado, pero no derrotado. Conserva un núcleo importante de apoyo y todavía cuenta con posibilidades competitivas para intentar la reelección.
El problema es que las elecciones no se disputan contra los gobiernos del pasado, sino contra las expectativas del presente.
Una fortaleza relativa
En julio de 2020, al completar 31 meses de gobierno, Mauricio Macri registraba una aprobación del 28,8%. Alberto Fernández, en julio de 2022, reunía apenas un 15,4%.
Milei alcanza actualmente el 36,8%.
La diferencia no es menor. Después de un ajuste fiscal de enorme magnitud, una caída inicial de la actividad, conflictos políticos permanentes y un estilo presidencial que divide a la sociedad, más de un tercio de los argentinos continúa respaldando al Gobierno.
Ese apoyo expresa diferentes motivaciones. Algunos valoran la reducción de la inflación. Otros consideran que el ajuste era inevitable o continúan responsabilizando al sistema político tradicional por la crisis heredada. También están quienes rechazan aspectos del oficialismo, pero todavía no encuentran una alternativa opositora capaz de representarlos.
La fragmentación del peronismo y la debilidad de las fuerzas de centro ayudan a sostener la competitividad de Milei. Sin una figura opositora claramente instalada, el Presidente conserva una centralidad que excede su nivel de aprobación.
Pero sería un error transformar esa ventaja comparativa en una señal de tranquilidad. Macri y Alberto Fernández no constituyen parámetros especialmente exigentes: ambos llegaron a esa etapa de sus mandatos con graves dificultades económicas y políticas.
Superar sus números no garantiza ganar en 2027.
La inflación dejó de ordenar toda la conversación
El principal logro que reivindica el Gobierno es haber reducido drásticamente la velocidad de aumento de los precios. El cambio es significativo y explica buena parte del respaldo que Milei todavía conserva.
La sociedad parece haber aprendido, además, que una mejora nominal de los ingresos pierde rápidamente su valor cuando está acompañada por una aceleración inflacionaria.
Ante la pregunta de si aceptarían algo más de inflación a cambio de percibir mayores ingresos, el 50% de los consultados respondió que estaría poco o nada dispuesto. Solo el 29,4% se manifestó bastante o totalmente dispuesto a realizar ese intercambio.
El dato respalda la decisión de mantener la disciplina fiscal y limitar la emisión monetaria. También demuestra que una parte importante de la población no quiere regresar a los mecanismos que durante años financiaron aumentos transitorios del consumo mediante inflación futura.
Pero allí aparece una paradoja para el oficialismo: cuanto más disminuye la inflación, menos capacidad tiene ese logro para dominar la agenda pública.
La inflación cayó al quinto puesto entre los problemas más mencionados, con el 8,4%. La corrupción encabeza la lista con el 33,4%, seguida por el desempleo, con el 28%. Más atrás aparecen la educación y la inseguridad.
El Gobierno ganó parcialmente una batalla, pero ese resultado desplazó el conflicto hacia otros terrenos en los que sus respuestas son menos visibles.
El salario ocupa el centro del problema
Cuando la consulta se concentra específicamente en las preocupaciones económicas, los bajos salarios aparecen en el primer lugar, con el 43,3% de las menciones. Luego se ubican la falta de empleo, con el 21,1%, y la presión impositiva, con el 16,4%.
Aquí se encuentra el núcleo del desafío oficial.
La estabilidad de precios puede impedir que los ingresos pierdan valor rápidamente, pero no garantiza que esos ingresos sean suficientes. Una familia puede valorar que la inflación haya bajado y, al mismo tiempo, comprobar que una parte creciente de su salario se destina a electricidad, gas, agua, transporte, teléfono e internet.
El sinceramiento de las tarifas era necesario porque los subsidios indiscriminados resultaban fiscalmente insostenibles y socialmente injustos. Sin embargo, desde la perspectiva de un hogar, la corrección económica se traduce en menos dinero disponible para alimentos, ropa, recreación y consumo cotidiano.
Por eso pueden coexistir estadísticas que muestran elevados niveles de consumo agregado con comercios que venden menos y familias que sienten que retrocedieron.
El promedio nacional no siempre refleja la experiencia de cada sector. La energía, la minería o el agro pueden crecer mientras una pyme industrial reduce turnos. El consumo total puede aumentar mientras una familia de clase media baja debe resignar compras para pagar servicios.
La macroeconomía y el bolsillo no necesariamente avanzan a la misma velocidad.
El tiempo político corre más rápido
Luis Caputo pronosticó que los próximos 18 meses serían los mejores que habría vivido la Argentina en décadas. Es una promesa ambiciosa y, por lo tanto, políticamente riesgosa.
Si la recuperación se vuelve perceptible, la frase podrá ser presentada como una anticipación acertada. Si la mejora demora en llegar a los salarios y al empleo, se convertirá en una medida de la distancia entre el relato oficial y la vida cotidiana.
La sociedad aceptó durante los primeros meses un esfuerzo extraordinario porque entendió la gravedad de la situación heredada. Pero ningún gobierno dispone de un crédito ilimitado.
La espera puede sostenerse cuando existe una expectativa concreta. Cuando esa expectativa se prolonga indefinidamente, comienza a transformarse en frustración.
Milei todavía tiene tiempo. Pero el calendario electoral avanza más rápido que muchas inversiones, obras de infraestructura o procesos de reconversión productiva. Lo que promete beneficios dentro de algunos años puede no alcanzar para quien debe votar dentro de algunos meses.
“Comunicamos mal” no es una explicación suficiente
En sectores del oficialismo comenzó a escucharse una frase conocida: el Gobierno hace bien las cosas, pero no consigue explicarlas.
Es una respuesta tentadora porque traslada el problema desde la gestión hacia la comunicación. Si la economía está mejor pero la sociedad no lo percibe, la conclusión sería que solamente falta contarla de una manera más eficaz.
La realidad es más compleja.
Comunicar no consiste en convencer a una persona de que su salario alcanza cuando esa persona comprueba que no llega a fin de mes. Tampoco puede persuadirse a un comerciante de que el consumo atraviesa su mejor momento si su caja diaria muestra lo contrario.
Una comunicación seria debe reconocer las diferencias entre sectores, explicar los costos de cada decisión y señalar plazos verificables. También debe escuchar. Cuando el Gobierno interpreta toda crítica como una operación política, pierde información valiosa sobre los efectos concretos de sus políticas.
Gobernar no es solamente explicar lo que se hizo. Es construir las condiciones para que una parte suficiente de la sociedad comprenda, acepte y pueda sostener ese rumbo.
La corrupción aparece como una amenaza
El hecho de que la corrupción ocupe el primer lugar entre las preocupaciones debería encender una alarma especial en el oficialismo.
Milei llegó al poder con una promesa de ruptura frente a la “casta”. Su identidad política se construyó sobre la denuncia de los privilegios, los negocios del Estado y la impunidad de la dirigencia tradicional.
Por eso, cualquier sospecha que alcance a funcionarios, contratos, designaciones o personas cercanas al poder puede dañarlo más que a un gobierno convencional.
La vara que Milei eligió para juzgar a sus adversarios también será utilizada para evaluar su propia administración.
El votante puede tolerar dificultades económicas si cree que el esfuerzo tiene un propósito. Mucho más difícil será mantener esa tolerancia si sospecha que, mientras se le exige sacrificio, alguien utiliza el Estado para obtener beneficios particulares.
La transparencia dejó de ser solamente una cuestión institucional. Es una condición electoral para el oficialismo.
Un gobierno que sigue en carrera
Los números no muestran un gobierno en derrumbe. Milei conserva un respaldo superior al de sus antecesores en el mismo momento de sus mandatos, una base electoral ideológicamente consistente y una oposición todavía dispersa.
Pero tampoco reflejan una administración encaminada cómodamente hacia la reelección.
El Presidente ya no compite únicamente contra el recuerdo de la inflación descontrolada ni contra el fracaso de las gestiones anteriores. Ahora debe competir contra las expectativas que él mismo generó.
La estabilidad fue el primer paso. El segundo deberá ser una recuperación visible del salario, el empleo, el consumo y la producción. Sin esa transición, el éxito macroeconómico corre el riesgo de convertirse en una estadística políticamente insuficiente.
Milei no está tan mal como sugieren sus críticos más entusiastas. Pero tampoco está tan bien como parecen creer algunos integrantes de su gobierno.
La diferencia entre ambas percepciones se definirá en el bolsillo de los argentinos. Y también en la capacidad presidencial para comprender que, después de bajar la inflación, la sociedad inevitablemente comenzaría a exigir algo más.





















