Milei volvió a los medios: cuando el Gobierno descubre que comunicar no es solamente confrontar

Después de construir buena parte de su identidad política atacando a periodistas y medios tradicionales, el Presidente inició una intensa ronda de entrevistas. El cambio no parece una reconciliación, sino la respuesta a un escenario social y electoral que comenzó a preocupar al oficialismo.

Durante mucho tiempo, Javier Milei consideró que podía comunicarse directamente con la sociedad sin intermediarios. Las redes sociales, los discursos ante públicos afines y las transmisiones oficiales parecían suficientes. Los periodistas incómodos eran presentados como integrantes de una corporación enemiga y las preguntas críticas, como operaciones destinadas a desestabilizar al Gobierno.

Pero algo cambió.

En apenas nueve días, el Presidente publicó dos columnas periodísticas, encabezó una cadena nacional y concedió entrevistas a canales de televisión, radios, diarios y plataformas de streaming. La intensidad de esta reaparición mediática contrasta con el desprecio que el propio oficialismo expresó repetidamente hacia esos mismos espacios.

No se trata de un repentino romance con el periodismo. Es política.

Y, probablemente, también preocupación.

Las encuestas golpearon la puerta

El Gobierno comenzó a recibir señales coincidentes sobre el deterioro del humor social. No es solamente una cuestión de imagen presidencial. La preocupación aparece cuando se pregunta por los ingresos, el consumo, el empleo y las expectativas para los próximos meses.

La macroeconomía puede mostrar equilibrio fiscal, acumulación de reservas o reducción de determinadas distorsiones. Pero la experiencia cotidiana se mide con otra vara: cuánto alcanza el salario, qué sucede con el negocio del barrio, cuántas cuotas quedan pendientes y qué posibilidades tiene una familia de llegar a fin de mes.

Cuando diferentes encuestas comienzan a reflejar el mismo malestar, resulta difícil atribuirlas a una conspiración.

Mientras los sondeos favorecieron al Gobierno, eran presentados como una expresión precisa de la voluntad popular. Cuando empezaron a mostrar dificultades, se convirtieron en “operaciones”. Sin embargo, llega un momento en que hasta el poder debe escuchar aquello que preferiría no oír.

La ofensiva comunicacional del Presidente sugiere que ese momento llegó.

El límite del discurso repetido

Milei conserva una extraordinaria capacidad para dominar la conversación pública. Su estilo frontal fue decisivo para llegar a la Presidencia y le permitió establecer una conexión directa con una parte importante de la sociedad.

El problema aparece cuando una herramienta eficaz se transforma en la única herramienta disponible.

El enojo, los gritos, la descalificación y la denuncia permanente contra enemigos reales o imaginarios pueden movilizar durante una campaña. Gobernar exige algo más: explicar resultados, reconocer dificultades y ofrecer una perspectiva creíble a quienes todavía no sienten los beneficios del programa económico.

El personaje del candidato rebelde comienza a perder eficacia cuando quien lo interpreta lleva años administrando el Estado.

Ya no alcanza con explicar todo mediante la herencia recibida. Tampoco resulta suficiente anunciar que el crecimiento de la energía, la minería, el campo y la economía del conocimiento terminará beneficiando algún día al resto de la población.

Ese futuro necesita una fecha aproximada y un camino comprensible.

Del ataque a la necesidad

La relación de Milei con el periodismo siempre estuvo atravesada por una contradicción. Lo cuestiona, lo insulta y lo acusa de actuar por intereses económicos, pero necesita su capacidad de llegar a públicos que no forman parte del universo libertario.

Las redes permiten hablar con los propios. Los medios generalistas todavía resultan necesarios para intentar convencer a los demás.

El Presidente parece haber descubierto que una cadena nacional no sustituye una entrevista, porque en una entrevista existe —o debería existir— la posibilidad de una pregunta inesperada. Tampoco un mensaje en una red social equivale a una conversación en la que los argumentos deben sostenerse más allá de los aplausos.

La reciente maratón mediática confirma que el Gobierno ya no considera suficiente la comunicación encapsulada dentro de su propia comunidad digital.

Esto podría ser una señal positiva si implicara una mayor apertura al diálogo. También podría reducirse a una estrategia coyuntural destinada a recuperar iniciativa antes de que se consolide el deterioro electoral.

Los exabruptos ya no sorprenden

El regreso de Milei a los medios coincidió con una nueva sucesión de controversias verbales. Luis Caputo calificó despectivamente a quienes, según él, defienden el modelo industrial anterior. Después debió aclarar que no había querido insultar a los industriales.

El episodio fue una demostración involuntaria de los límites del método presidencial.

En Milei, el exabrupto forma parte de un personaje conocido. En otros funcionarios, la imitación puede resultar forzada y contraproducente. Pero incluso para el Presidente esa fórmula comienza a mostrar desgaste.

La sociedad puede tolerar —e incluso celebrar— determinadas provocaciones cuando percibe que la economía avanza y existe una expectativa de mejora. Cuando los resultados no llegan a todos, el mismo lenguaje deja de parecer irreverente y comienza a sonar insensible.

La comunicación no puede corregir indefinidamente los problemas de la realidad. Mucho menos cuando se utiliza para negar aquello que una parte de la población experimenta todos los días.

La violencia verbal también tiene consecuencias

El clima de confrontación no queda limitado a los discursos oficiales. En los márgenes del espacio libertario aparecen voces que llevan esa lógica hasta extremos inadmisibles.

Un influencer relacionado con agrupaciones oficialistas propuso medidas violentas y deshumanizantes contra los habitantes del conurbano bonaerense. Sus expresiones incluyeron fantasías de segregación, esterilización y ataques militares contra la población.

No se trata de humor negro ni de una provocación ingeniosa. Es un discurso que convierte a millones de personas en enemigos internos y naturaliza la violencia política.

El Gobierno debería rechazar esas manifestaciones sin ambigüedades. Callar, relativizar o presentar esos dichos como una simple extravagancia contribuye a correr los límites de lo tolerable.

Una democracia puede soportar debates apasionados. Lo que no debería admitir es la deshumanización de ciudadanos por su lugar de residencia, condición social o apariencia.

La libertad de expresión protege el derecho a decir barbaridades. No obliga a las autoridades a mantenerse neutrales frente a ellas.

Comunicar no es solamente hablar más

La nueva exposición de Milei demuestra que el oficialismo comprendió que tiene un problema. Pero conceder muchas entrevistas no equivale necesariamente a comunicarse mejor.

La cuestión no es cuántas horas aparece el Presidente en televisión, sino qué respuestas ofrece.

¿Reconoce las dificultades de los sectores que todavía no se recuperaron? ¿Puede explicar cuándo la mejora macroeconómica alcanzará al empleo y al consumo? ¿Está dispuesto a escuchar objeciones sin descalificar al interlocutor? ¿Acepta que una crítica no convierte automáticamente a quien la formula en enemigo del país?

Si las entrevistas sirven únicamente para repetir certezas, atacar adversarios y seleccionar estadísticas favorables, la estrategia tendrá un alcance limitado.

La sociedad no necesita que el Presidente abandone sus convicciones. Necesita que pueda explicar cómo esas convicciones mejorarán concretamente la vida de quienes hoy continúan esperando.

El verdadero cambio que necesita Milei

El Gobierno atribuyó durante mucho tiempo sus dificultades comunicacionales a los periodistas. Ahora vuelve a buscarlos porque necesita ampliar su audiencia y recuperar el centro de la escena.

La paradoja es evidente: después de declarar innecesarios a los intermediarios, Milei descubrió que no puede prescindir de ellos.

Pero el desafío más importante no consiste en reconciliarse con los medios. Consiste en reconciliar el relato oficial con la realidad cotidiana.

El Presidente puede conceder ocho entrevistas en nueve días, publicar columnas y multiplicar sus apariciones. Ninguna campaña comunicacional reemplaza el salario que no alcanza, la fábrica que reduce turnos o el comercio que no vende.

Milei salió nuevamente a la cancha porque percibió que el partido se complicó. La pregunta no es si todavía conserva la energía para darlo vuelta.

La pregunta es si está dispuesto a cambiar algo más profundo que su agenda de medios.