La historia que desmiente el odio: un hijo del Kindertransport y la Argentina que lo recibió

Una antigua historia de rescate y supervivencia vuelve a poner en foco la relación entre memoria, identidad y gratitud. El contraste, sin embargo, llega de la mano de una polémica sobre la Argentina y de un documentalista español que generó rechazo con sus comentarios.

“Quien salva una vida, salva al mundo entero”, reza una de las frases más recordadas del Talmud. La idea atraviesa esta historia, que empieza con niños arrancados a la guerra y termina, décadas después, en una discusión sobre identidad, memoria y gratitud en la Argentina.

Días atrás, un experiodista español, hijo de gallegos nacido en Buenos Aires, me contactó para avisar que estaría en el país con el objetivo de grabar entrevistas vinculadas al ambiente musical porteño y promocionar el documental que proyecta realizar con ese material. De paso, buscaba sumar apoyos económicos para su iniciativa y evaluar su eventual exhibición en una vidriera prestigiosa, como el Teatro Colón.

La historia que propone reconstruir remite a los trenes de rescate de niños judíos en la antigua Checoslovaquia, conocidos como Kindertransport, en especial los viajes de Praga a Londres organizados por el filántropo británico Nicholas Winton. A través de esos convoyes, Winton logró salvar a unos 669 niños. Dos de ellos —un varón de 6 años y su hermana mayor— fueron adoptados en Inglaterra, como el resto de los menores evacuados. En aquel tiempo, las despedidas eran casi definitivas: el regreso parecía imposible y la supervivencia de los padres, remota. Sin embargo, después, ambos niños fueron recuperados por sus padres biológicos, que habían perdido al resto de la familia —abuelos, tíos y primos— en los campos de concentración nazis. Tras escapar milagrosamente de Europa, localizaron a sus hijos y emigraron a un destino donde finalmente pudieron rehacer sus vidas en paz: la República Argentina.

Con los años, aquel varón se recibió de abogado e ingresó al Teatro Colón como pianista acompañante, cargo que en el ámbito lírico se conoce como maestro interno. Formó una familia, se casó un par de veces y tuvo varios hijos dedicados a la música. Esa es, en esencia, la epopeya que cuenta el español: una historia con final feliz, como tantas otras de personas perseguidas por su religión, su ideología, las guerras o la pobreza, que encontraron en este país un lugar generoso y solidario para volver a empezar.

Lo llamativo del caso fue el contraste entre ese relato de supervivencia y una publicación que el propio español hizo mientras seguía en la ciudad en busca de respaldo para su proyecto. El gesto pareció sumar un granito de arena al odio antiargentino, justo después de haber narrado los avatares de una familia que cambió su apellido, huyó del exterminio y atravesó tragedias casi inimaginables.

“Están cabreados los argentos”, escribió, alimentando a una tribuna española que celebra cualquier expresión de desprecio con tono de moda. Luego añadió una serie de juicios sobre el mal perder, el racismo sistémico generalizado, la violencia en el fútbol y la supuesta antipatía histórica que generaría el carácter argentino, especialmente en España y en América Latina. Según esa mirada, no sería el mejor momento para visitar la Argentina porque existiría hostilidad hacia “el diferente”, “el de afuera” y “el que no entiende”. También sostuvo que, en los bares porteños, lo confunden con un yanqui, pese a haber nacido y crecido en Buenos Aires, conservar un pasaporte argentino y hablar nuestra lengua.

Entre los cientos de comentarios celebratorios contra “el país más odiado del planeta”, el autor detuvo su atención en uno, quizá el más leve, de una mujer que festejaba que “por primera vez, los argentinos experimenten esa horrible manera con que a lo largo de la historia han tratado al mundo. A ver si les sirve de algo…”. Esa frase acompañó las acusaciones de racismo sistémico que el documentalista repetía en sus publicaciones.

También apareció un mensaje especialmente elocuente desde Madrid: un ciudadano español nacido en Buenos Aires que aplaudía y agradecía “el ejemplo y la claridad para denunciar a la Argentina”. Se trata, precisamente, del hijo de aquel niño del Kindertransport. Es decir, del hijo de un hombre que fue salvado por esa cadena de rescate, que logró recuperar su identidad y que después encontró en la Argentina un lugar para vivir y progresar. La paradoja, sugiere esta historia, no está en la memoria del país que recibió, sino en la facilidad con que se la olvida.

Análisis y proyecciones: En términos históricos, la Argentina consolidó durante gran parte del siglo XX una identidad ligada a la inmigración, el refugio y la movilidad social. Desde las oleadas europeas de fines del siglo XIX y comienzos del XX hasta la recepción de perseguidos políticos y comunidades desplazadas por guerras y dictaduras, el país se construyó también sobre la promesa de recomenzar. Ese capital simbólico, sin embargo, convive hoy con tensiones reales: crisis económicas recurrentes, polarización política, discursos de enojo en redes y una sensibilidad social muy marcada por la frustración. En ese contexto, es esperable que relatos como este funcionen como espejo incómodo: recuerdan la tradición de hospitalidad, pero también exponen la distancia entre esa memoria y ciertos climas de época. Si el documental finalmente avanza, puede abrir dos lecturas simultáneas: una, cultural e íntima, sobre una familia marcada por el rescate y la reconstrucción; otra, política y mediática, sobre cómo se usa la identidad nacional para elogiar, criticar o simplificar realidades complejas.

Evolución del tema: En los últimos años, el debate sobre la imagen de la Argentina en el exterior y sobre la propia autopercepción de los argentinos se volvió más áspero, amplificado por las redes sociales y por crisis sucesivas que reforzaron estereotipos de soberbia, conflicto y malhumor. Al mismo tiempo, también creció la reivindicación de la memoria migratoria y del país como espacio de acogida, especialmente en relatos familiares, producciones audiovisuales y trabajos de divulgación histórica. En ese marco, la figura de Nicholas Winton y los Kindertransport volvió a ganar visibilidad internacional como emblema del rescate civil frente a la barbarie nazi, y la historia de quienes luego hallaron refugio en la Argentina recupera hoy un valor adicional: recuerda que la identidad de un país no se define sólo por sus conflictos presentes, sino también por la capacidad que tuvo —y tiene— de ofrecer amparo, trabajo y dignidad a quienes llegan huyendo del horror.