LA MUERTE POR FENTANILO Antes de que sea tarde, debemos informarnos y actuar
Por Jagua Arandú – Identidad Correntina
Hay momentos en que el Jagua Arandú se siente abrumado.
No es para menos.
Desde su vieja notebook, esa que ya tiene sus buenos años encima pero todavía se resiste a jubilarse, puede asomarse prácticamente al mundo entero.
Y eso, que parece una maravilla de nuestro tiempo, también tiene sus costos.
Milei y Lula. Estados Unidos y China. Vaca Muerta. Huawei. Las 200 millas. La pesca. La base espacial china en Neuquén. Las represas patagónicas. La propiedad de la tierra. Ucrania. Rusia. Irán. Israel. Gaza. El estrecho de Ormuz. Petróleo, gas, fertilizantes, alimentos.
Noticias y más noticias.
Datos y más datos.
Hasta que llega un momento en que tanta información, en lugar de ayudarnos a comprender, comienza a producir aturdimiento.
Entonces el Jagua decidió hacer algo mucho más sencillo.
Elegir una sola palabra:
FENTANILO.
Y preguntarle al ChatGPT:
—Contame qué pasó con el fentanilo en Estados Unidos. ¿Cómo empezó esta historia y dónde estamos hoy?
La respuesta merece que nos detengamos.
Una droga que nació como medicamento
Lo primero que debemos comprender es que el fentanilo no nació en una esquina oscura ni en un laboratorio clandestino.
Es un opioide sintético utilizado legítimamente en medicina para anestesia y para tratar dolores muy intensos. Es entre 50 y 100 veces más potente que la morfina.
El problema actual está fundamentalmente en otro lado: en el fentanilo fabricado ilegalmente, que terminó inundando el mercado clandestino estadounidense.
Pero para comprender cómo se llegó hasta allí tenemos que retroceder varias décadas.
La epidemia norteamericana de opioides tuvo tres grandes etapas.
La primera comenzó durante los años 90, con el extraordinario crecimiento de la prescripción de analgésicos opioides.
La segunda apareció alrededor de 2010, cuando aumentaron rápidamente las muertes relacionadas con la heroína.
Y alrededor de 2013 comenzó la tercera ola: el crecimiento explosivo de los opioides sintéticos y particularmente del fentanilo fabricado ilegalmente.
Por eso sería equivocado afirmar que el fentanilo creó la crisis de los opioides en Estados Unidos.
La crisis ya existía. El fentanilo la transformó en una máquina de matar.
Cuando aparecen los laboratorios
También existe una parte incómoda de esta historia.
Antes de que los carteles mexicanos y los fabricantes clandestinos dominaran el escenario, la crisis norteamericana de opioides había crecido dentro del propio sistema sanitario y farmacéutico.
Uno de los casos más impresionantes fue el de Insys Therapeutics, fabricante de Subsys, un aerosol sublingual basado en fentanilo destinado originalmente a pacientes oncológicos con dolores extremadamente intensos.
La Justicia estadounidense determinó que directivos de la empresa habían participado de un esquema destinado a sobornar profesionales para conseguir que prescribieran el medicamento, incluso en casos en los que no era médicamente necesario.
En 2019, el fundador John Kapoor y otros cuatro exejecutivos fueron condenados por conspiración bajo la legislación federal contra organizaciones criminales.
Detengámonos un instante en esto.
No estamos hablando todavía del cartel de Sinaloa.
Estamos hablando de médicos, recetas, compañías farmacéuticas, seguros de salud y un medicamento legal extraordinariamente potente.
Después vendría otra historia.
Y sería todavía peor.
El negocio cambia de manos
El fentanilo tiene una característica económica formidable para una organización criminal.
No necesita plantaciones.
No hacen falta hectáreas de amapolas como para producir heroína ni cultivos de coca como para fabricar cocaína.
Hace falta química.
Precursores químicos, conocimientos, laboratorios clandestinos, logística y una red de distribución.
Y allí el problema estadounidense adquirió dimensiones internacionales.
Empresas y operadores asiáticos suministraron precursores químicos. Redes criminales trasladaron esos productos hacia México. Los carteles desarrollaron la producción clandestina y el fentanilo terminado comenzó a cruzar hacia el gigantesco mercado consumidor estadounidense.
En 2023, el propio Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó empresas y ciudadanos de China acusados de suministrar precursores químicos a carteles mexicanos para producir fentanilo destinado al mercado norteamericano.
La cadena había quedado configurada:
Asia → precursores químicos → México → laboratorios clandestinos → carteles → Estados Unidos.
Y una crisis sanitaria pasó a convertirse también en un problema de crimen organizado transnacional.
105.000 muertos en un solo año
Y llegamos al número que hizo que el Jagua se quedara mirando la pantalla.
105.000.
Aproximadamente 105.000 personas murieron por sobredosis de drogas en Estados Unidos solamente durante 2023.
Casi 80.000 de esas muertes involucraron opioides.
Y cerca de 73.000 involucraron opioides sintéticos, categoría dominada fundamentalmente por el fentanilo fabricado ilegalmente y sus análogos.
Pongamos el número otra vez delante de nuestros ojos:
105.000 muertos en doce meses.
No son estadísticas.
Son personas.
Familias.
Padres que enterraron hijos.
Hijos que perdieron padres.
Barrios enteros golpeados por una epidemia que durante años fue creciendo delante de una de las sociedades tecnológicamente más avanzadas del planeta.
La magnitud terminó obligando a reaccionar al sistema político estadounidense.
Y cuando Estados Unidos considera que un problema interno compromete su seguridad nacional, tarde o temprano ese problema comienza a modificar también su política exterior.
De la salud pública a la geopolítica
Ahí es donde esta historia se vuelve particularmente interesante.
Porque el fentanilo dejó de ser solamente un asunto de médicos, hospitales, policías y consumidores.
Washington comenzó a mirar hacia México.
Y también hacia China.
¿Por qué China?
Porque buena parte de los precursores químicos utilizados para fabricar clandestinamente el fentanilo provenían de empresas instaladas allí.
¿Por qué México?
Porque organizaciones criminales mexicanas, particularmente redes vinculadas al cartel de Sinaloa y otras grandes estructuras del narcotráfico, desarrollaron una formidable capacidad industrial y logística para fabricar y transportar la droga hacia Estados Unidos.
Entonces ocurrió algo que merece ser observado cuidadosamente:
una droga comenzó a intervenir en las relaciones entre las grandes potencias.
Washington empezó a aplicar sanciones financieras.
Presionó diplomáticamente a Pekín.
Exigió controles sobre empresas químicas.
Aumentó la presión sobre México.
Persiguió las redes internacionales de lavado de dinero.
Y convirtió al fentanilo en uno de los capítulos de la complejísima negociación política, económica y comercial entre Estados Unidos y China.
En 2026 incluso comenzaron a observarse nuevas formas de cooperación entre Washington y Pekín contra estas redes, mientras China amplió los controles sobre determinados precursores químicos.
La muerte de decenas de miles de estadounidenses había entrado definitivamente en el tablero geopolítico.
Hay otra noticia que debemos contar
No todo es oscuridad.
Después de años de crecimiento casi ininterrumpido, las muertes por sobredosis comenzaron finalmente a disminuir.
Eso significa que prevención, tratamientos, disponibilidad de naloxona —el medicamento capaz de revertir una sobredosis de opioides—, persecución del narcotráfico, cambios en el mercado clandestino y distintas políticas públicas podrían estar comenzando a producir resultados.
Pero nadie debería interpretar esa disminución como el final del problema.
El fentanilo continúa circulando.
Continúan existiendo comprimidos falsificados que parecen medicamentos comunes.
Continúan los laboratorios clandestinos.
Continúan los precursores.
Continúan los carteles.
Y continúan muriendo decenas de miles de personas.
¿Y nosotros qué tenemos que ver?
Tal vez algún lector llegue hasta aquí y piense:
—Todo esto ocurre en Estados Unidos. ¿Qué tiene que ver con nosotros, acá en Corrientes?
Muchísimo.
Porque una de las enseñanzas más brutales de la experiencia norteamericana es precisamente ésta:
cuando una sociedad comienza a comprender la verdadera dimensión del problema, muchas veces el problema ya lleva años creciendo.
No se trata de sembrar miedo.
Se trata exactamente de lo contrario.
Se trata de informarnos antes de que sea tarde.
Preguntar qué controles existen.
Saber qué sustancias están apareciendo.
Observar qué ocurre en nuestras fronteras.
Capacitar médicos y fuerzas de seguridad.
Informar a los jóvenes sin moralismos y sin ocultamientos.
Preparar los sistemas sanitarios.
Y, fundamentalmente, no cometer el error de pensar:
“Eso acá nunca va a pasar”.
La historia está llena de sociedades que pronunciaron esa frase.
Desde su vieja notebook, el Jagua Arandú seguirá mirando ese mundo enorme, contradictorio y cada vez más interconectado.
A veces terminará abrumado.
Otras veces tendrá que apagar la computadora y salir a mirar el río.
Pero cada tanto convendrá detener la avalancha de noticias, elegir una sola palabra y tratar de comprenderla.
Esta vez fue:
FENTANILO.
Y detrás de esa palabra encontramos medicina, laboratorios, adicciones, dinero, carteles, China, México, Estados Unidos y geopolítica.
Pero encontramos, sobre todo, algo mucho más sencillo:
vidas humanas.
Por eso debemos informarnos.
Por eso debemos hablar.
Y por eso debemos actuar antes de que sea tarde.
Jagua Arandú
Desde el Rancho de la Cambicha






















