La energía del futuro y las aulas del pasado
Vaca Muerta puede transformar la economía argentina, pero ninguna riqueza natural garantizará el desarrollo si una parte de los chicos termina la escuela sin comprender un texto. Entre la ambición de Horacio Marín, la advertencia de Pipo Pescador y la perseverancia de Oscar Panno aparece el verdadero dilema nacional.
Hay conversaciones que nunca ocurrieron, pero que ayudan a comprender un país.
Imaginemos alrededor de una misma mesa a tres argentinos que provienen de mundos completamente diferentes.
Pipo Pescador, el artista que acompañó la infancia de varias generaciones.
Oscar Panno, el gran maestro de ajedrez que llegó a la cima mundial mediante el talento, el estudio y una extraordinaria disciplina.
Horacio Marín, el ingeniero que conduce YPF y proyecta convertirla en una de las principales compañías petroleras del mundo.
Uno hablaría de las cartas que recibía de los chicos. Otro colocaría un tablero sobre la mesa. El tercero desplegaría mapas, curvas de producción, gasoductos y proyectos de exportación.
Parecería que no tienen demasiado en común.
Sin embargo, entre los tres podrían explicar una de las contradicciones más profundas de la Argentina: tenemos recursos y capacidades para ingresar al futuro, pero estamos deteriorando las herramientas humanas necesarias para habitarlo.
El país que vuelve a pensar en grande
Horacio Marín representa una Argentina que recuperó la ambición.
YPF proyecta multiplicar su producción y avanzar desde un lugar secundario hasta integrar, durante la próxima década, el grupo de las principales empresas petroleras del mundo. Vaca Muerta dejó de ser una promesa geológica y comenzó a convertirse en una plataforma productiva capaz de modificar las cuentas externas, la infraestructura y el peso internacional del país.
El desarrollo del petróleo y el gas no consiste solamente en perforar pozos.
Requiere ingeniería, geología, informática, metalurgia, logística, transporte, química, inteligencia artificial, puertos, plantas de licuefacción y redes eléctricas. Demanda técnicos especializados, profesionales, trabajadores capacitados y empresas proveedoras capaces de alcanzar estándares internacionales.
También exige planificación. Para construir un gasoducto hay que imaginar qué cantidad de energía necesitará el mundo dentro de veinte años. Para ampliar un puerto hay que anticipar el número y las dimensiones de los buques que llegarán. Para desarrollar una planta de gas natural licuado es necesario calcular mercados, precios y contratos que se extenderán durante décadas.
La energía obliga a mirar lejos.
Después de tantos años concentrada en la próxima corrida cambiaria, el próximo vencimiento de deuda o la próxima elección, la Argentina vuelve a tener un sector que puede pensar en términos de generaciones.
Eso debería despertar esperanza.
Pero también debería llevarnos a formular una pregunta incómoda: ¿quiénes ocuparán los puestos de trabajo de esa economía futura?
Las cartas que ya no se entienden
La respuesta aparece, de manera dolorosa, en el testimonio de Pipo Pescador.
Durante más de medio siglo recibió cartas de niños argentinos. Esa experiencia le permitió observar algo que no surge de una planilla estadística, pero que tiene un enorme valor humano: las cartas actuales son mucho más difíciles de comprender que aquellas que recibía en los años setenta.
No se trata simplemente de faltas de ortografía. Un niño puede equivocarse al escribir una palabra y, aun así, expresar con claridad una idea, contar una experiencia o construir una historia.
El problema aparece cuando no logra organizar el pensamiento y convertirlo en una frase comprensible.
Es cierto que una colección de cartas no constituye una investigación científica. Pero la observación coincide con evaluaciones educativas que muestran que una proporción alarmante de alumnos de tercer grado no alcanza niveles mínimos de lectura.
La dificultad se agrava en los sectores más vulnerables.
Esto significa que muchos chicos avanzan dentro del sistema escolar sin adquirir la herramienta sobre la cual se construyen casi todos los aprendizajes posteriores.
Quien no comprende lo que lee tendrá dificultades para interpretar un problema matemático, seguir las instrucciones de una máquina, utilizar un manual técnico, analizar un contrato laboral o distinguir una información verdadera de una manipulación.
Leer no es solamente reconocer palabras. Es entender el mundo.
Escribir tampoco consiste únicamente en colocar letras sobre una hoja. Es aprender a ordenar las ideas, establecer relaciones, describir un problema y comunicar una solución.
Cuando esas capacidades se pierden, la sociedad no sufre solamente una crisis educativa. Sufre una reducción de su libertad.
Un tablero contra la resignación
Oscar Panno aporta la tercera voz de esta conversación imaginaria.
Campeón mundial juvenil en 1953 y una de las grandes figuras de la historia del ajedrez argentino, Panno sostiene desde hace años que el juego puede convertirse en una herramienta educativa.
El ajedrez enseña a detenerse antes de actuar. Obliga a observar, imaginar consecuencias y reconocer que cada decisión modifica el escenario.
Un chico que juega aprende que no alcanza con mirar su propia intención. También debe preguntarse qué puede hacer el otro.
Aprende a perder sin destruir al adversario, a revisar su error y a comprender que una mala posición no se resuelve negándola. Se resuelve buscando la mejor jugada posible dentro de las condiciones existentes.
No todos los alumnos que aprendan ajedrez serán grandes maestros. Tampoco es ese el propósito.
El valor educativo reside en ejercitar la concentración, la memoria, el razonamiento lógico, la paciencia y la capacidad de proyectar. Son cualidades indispensables para una sociedad que deberá convivir con tecnologías cada vez más complejas.
Panno intentó acercar esa herramienta a las escuelas. Ante la respuesta de que no existía presupuesto, desarrolló alternativas digitales para capacitar a maestros y reducir costos.
Pero sus propuestas chocaron repetidamente con la burocracia.
La paradoja es notable: un hombre de más de 90 años continúa buscando caminos, mientras un Estado mucho más joven parece cansado antes de comenzar.
El paquidermo y el pionero
La Argentina convive con dos formas completamente diferentes de funcionamiento.
Por un lado, existen sectores capaces de planificar obras extraordinarias, perforar a kilómetros de profundidad, transportar hidrocarburos a través de la cordillera y competir en mercados internacionales.
Por el otro, hay oficinas públicas que pueden tardar años en responder una propuesta educativa que requiere poco dinero y cuyos impulsores están dispuestos a colaborar gratuitamente.
No es una contradicción menor.
Cuando el Estado considera estratégico un objetivo, puede movilizar recursos, coordinar empresas y remover obstáculos. Cuando la educación queda fuera de las prioridades, cualquier expediente se convierte en un laberinto.
Por eso el problema no es solamente la falta de presupuesto.
Muchas veces tampoco existen atención, continuidad, evaluación ni una autoridad dispuesta a asumir la responsabilidad de probar algo nuevo.
La burocracia posee un mecanismo casi perfecto para impedir iniciativas sin rechazarlas formalmente. Las deriva. Solicita nuevos informes. Promete una prueba piloto. Cambia al funcionario responsable. Vuelve a estudiar aquello que ya había estudiado.
Nada se niega, pero nada sucede.
El petróleo no educa automáticamente
La Argentina ya atravesó otras épocas de abundancia.
Tuvo una de las tierras agrícolas más fértiles del mundo, grandes reservas de minerales, agua, pesca y condiciones extraordinarias para producir alimentos. Ninguno de esos recursos garantizó por sí mismo un desarrollo estable.
Vaca Muerta tampoco lo hará.
La energía puede generar dólares, actividad económica y empleo. Puede terminar con la restricción externa que paraliza periódicamente al país. Incluso puede proporcionar recursos fiscales para financiar infraestructura, ciencia y educación.
Pero también puede convertirse en una economía aislada, altamente tecnificada, con pocos vínculos con el resto del sistema productivo.
La diferencia dependerá del capital humano.
Si el país forma ingenieros, técnicos, programadores, soldadores especializados, investigadores y emprendedores, la energía irradiará desarrollo hacia centenares de actividades.
Si no lo hace, una parte importante de los equipos, servicios y conocimientos deberá importarse. La Argentina exportará hidrocarburos, pero comprará en el exterior buena parte de la inteligencia incorporada a su producción.
Tendremos energía argentina y tecnología extranjera.
El subsuelo podrá enriquecernos, mientras la superficie continúa empobreciéndose.
Dos velocidades que no pueden convivir para siempre
El país energético avanza a una velocidad impresionante. El sistema educativo se mueve con lentitud y, en algunos aspectos, retrocede.
Un yacimiento puede incorporar sensores, automatización e inteligencia artificial en pocos meses. Una reforma de la enseñanza puede demorar una década en producir resultados.
Esa diferencia vuelve urgente comenzar ahora.
El niño que hoy no comprende una carta tendrá edad laboral cuando las grandes plantas de gas natural licuado, los nuevos oleoductos y la industria asociada a Vaca Muerta necesiten personal.
No se puede improvisar un técnico en seis meses.
Tampoco se puede formar un ingeniero cuando la empresa anuncia la vacante. Su capacitación comenzó muchos años antes, cuando alguien le enseñó a leer, despertar curiosidad, tolerar una frustración y resolver un problema.
La primera infraestructura de cualquier revolución productiva no es un gasoducto.
Es una escuela primaria que funciona.
La educación también necesita una estrategia nacional
La política argentina suele hablar de educación mediante generalidades.
Todos afirman que es importante. Todos mencionan a Sarmiento. Todos defienden la escuela pública. Pero esas declaraciones no se convierten necesariamente en prioridades verificables.
Una estrategia educativa debería comenzar por objetivos sencillos y medibles.
Que todos los chicos comprendan textos adecuados para su edad.
Que puedan expresarse con claridad de manera oral y escrita.
Que dominen operaciones matemáticas fundamentales.
Que aprendan a concentrarse, trabajar con otros, formular preguntas y utilizar responsablemente las herramientas digitales.
El ajedrez podría contribuir. También la música, la lectura cotidiana, las bibliotecas abiertas, los clubes de ciencia y la capacitación permanente de los docentes.
No existe una solución única. Lo imprescindible es recuperar la idea de que enseñar exige esfuerzo, método, evaluación y continuidad.
El mérito que tanto se reivindica en el discurso público sólo puede desarrollarse cuando existen herramientas iniciales. Pedirle esfuerzo a un chico sin enseñarle a leer es convertir el mérito en una coartada.
La universidad y la economía que viene
La expansión energética también obliga a restablecer una conversación seria entre el Estado, las empresas, las escuelas técnicas y las universidades.
¿Qué profesionales necesitará el país durante los próximos quince años?
¿Cuántos técnicos harán falta en Neuquén, Río Negro, Mendoza, Buenos Aires y los corredores logísticos?
¿Qué nuevas especialidades deberán crearse?
¿Cómo se capacitará a los trabajadores de las localidades que recibirán inversiones?
¿Qué parte de los insumos tecnológicos puede fabricarse en la Argentina?
Las respuestas no pueden quedar libradas exclusivamente al mercado. Cuando la señal de demanda finalmente aparece, muchas veces ya es tarde para formar a las personas necesarias.
Planificar no significa decidir desde una oficina qué debe estudiar cada ciudadano. Significa ofrecer información, orientar recursos y construir instituciones capaces de anticipar oportunidades.
Una política energética sin una política educativa corre el riesgo de levantar una enorme escalera frente a una sociedad a la que no se le enseñó a subirla.
La verdadera riqueza
Horacio Marín expresa la Argentina que sabe hacer.
Pipo Pescador advierte sobre la Argentina que está dejando de saber.
Oscar Panno demuestra que todavía existen ciudadanos dispuestos a aportar soluciones, aunque el Estado no siempre sepa escucharlos.
Entre los tres aparece un programa de país.
Necesitamos la ambición de Marín para pensar en grande, la sensibilidad de Pipo para observar lo que ocurre en la infancia y la paciencia estratégica de Panno para comprender que cada movimiento tiene consecuencias.
La riqueza energética ofrece una oportunidad extraordinaria, quizá una de las mayores en muchas décadas. Pero el petróleo y el gas son recursos agotables. Incluso antes de que se terminen, el mundo puede reducir su dependencia de ellos.
El conocimiento, en cambio, se multiplica cuando se utiliza.
Un yacimiento disminuye a medida que se extrae. Una sociedad educada aumenta su riqueza a medida que aprende.
El futuro necesita quien pueda escribirlo
La Argentina podría convertirse en una gran exportadora de energía y, al mismo tiempo, consolidar una sociedad fragmentada entre una minoría altamente capacitada y millones de personas condenadas a empleos precarios.
Ese escenario sería crecimiento, pero no verdadero desarrollo.
El desarrollo comienza cuando las oportunidades pueden ser aprovechadas por una parte cada vez más amplia de la población.
Dentro de algunos años, los chicos que hoy escriben aquellas cartas difíciles de comprender llegarán al mundo laboral. Se encontrarán con robots, algoritmos, plantas automatizadas y procesos productivos que exigirán aprender durante toda la vida.
No podemos esperar hasta entonces para preguntar qué ocurrió.
Pipo Pescador, Oscar Panno y Horacio Marín quizá nunca se sienten juntos a conversar. Pero sus testimonios ya dialogan.
Uno nos muestra el futuro posible.
Otro advierte sobre las herramientas que estamos perdiendo.
El tercero ofrece una manera de recuperarlas.
La conclusión es tan sencilla como exigente: Vaca Muerta puede darle energía al país, pero solamente la educación podrá darle futuro.
Y ese futuro, antes de producirse, deberá ser imaginado, comprendido y escrito.






















