La candidatura holográfica: Cristina, Máximo y la disputa por el liderazgo del peronismo
Aunque la inhabilitación judicial le impide competir por un cargo público, el kirchnerismo instala la candidatura de Cristina Fernández como una construcción política capaz de conservar su centralidad, movilizar a la militancia y condicionar la sucesión dentro del justicialismo.
Cristina Fernández de Kirchner no puede ser candidata bajo las condiciones jurídicas actuales. La condena firme en la causa Vialidad incluye seis años de prisión y la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Sin embargo, su nombre vuelve a ocupar el centro de las conversaciones electorales rumbo a 2027.
La contradicción es solamente aparente.
Una candidatura no necesita llegar a la boleta para producir efectos políticos. Puede ordenar una fuerza, movilizar a sus seguidores, impedir que se cierre anticipadamente una sucesión y obligar a los posibles aspirantes a definirse frente a quien todavía conserva una parte sustancial de la representación peronista.
En ese sentido, Cristina construye una candidatura holográfica: una postulación que jurídicamente no puede materializarse, pero cuya imagen se proyecta sobre todo el escenario político.
De la inhabilitación a la denuncia de proscripción
El eje de la estrategia consiste en instalar que la expresidenta no está únicamente condenada, sino políticamente proscripta.
El kirchnerismo sostiene que la causa judicial fue utilizada para apartar de las elecciones a una dirigente con capacidad de competir por el poder. Desde esa perspectiva, la sentencia sería el desenlace de un proceso de persecución política ejecutado mediante tribunales y expedientes.
La posición contraria afirma que la inhabilitación es una consecuencia prevista por el Código Penal y confirmada por diferentes instancias judiciales. Según este argumento, denominarla proscripción pretende colocar una condena dictada durante un régimen democrático en el mismo plano que la prohibición del peronismo impuesta después del golpe de Estado de 1955.
La diferencia histórica es considerable.
Durante casi 18 años, el peronismo sufrió la prohibición de sus símbolos, la persecución de dirigentes y enormes restricciones para participar de elecciones. Las Fuerzas Armadas condicionaban a los gobiernos civiles e interrumpían los procesos constitucionales cuando los resultados contrariaban sus intereses.
La situación actual ocurre dentro de un sistema democrático. Cristina fue juzgada por tribunales civiles, tuvo acceso a diferentes instancias de apelación y su condena terminó confirmada por la Corte Suprema.
Pero la discusión política no se agota en esa distinción jurídica. El cristinismo argumenta que una democracia también puede utilizar instituciones judiciales para excluir adversarios. Sus críticos responden que aceptar esa interpretación implicaría considerar ilegítima cualquier sentencia contra un dirigente con respaldo electoral.
La historia como instrumento político
La utilización de la palabra “proscripción” no es casual. Dentro del peronismo evoca uno de los períodos más sensibles de su historia y permite relacionar la situación de Cristina con el exilio de Juan Domingo Perón.
Perón regresó a la Argentina el 17 de noviembre de 1972, después de casi 18 años fuera del país. La dictadura de Alejandro Lanusse había iniciado una apertura electoral, pero estableció una cláusula que impedía presentarse a quienes no hubieran regresado antes del 25 de agosto de ese año.
El líder justicialista quedó fuera de las elecciones de marzo de 1973 y designó a Héctor Cámpora como candidato. La consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder” sintetizó aquel mecanismo de representación: una figura habilitada electoralmente actuaba en nombre del conductor impedido de competir.
La experiencia duró poco. Cámpora renunció 49 días después de asumir y abrió el camino para nuevas elecciones, en las cuales Perón finalmente obtuvo la Presidencia.
El paralelismo resulta políticamente atractivo para el kirchnerismo, aunque las circunstancias sean diferentes. En 1973 existía una dictadura que había modificado las reglas para condicionar el regreso del peronismo. En la actualidad existe una inhabilitación derivada de una sentencia penal firme.
A pesar de esas diferencias, la evocación cumple una función: presenta a Cristina como la conductora impedida de competir y crea la necesidad de encontrar una figura que actúe en su representación.
El papel de Máximo Kirchner
Máximo Kirchner aparece como el principal portavoz de la campaña para que su madre pueda presentarse en 2027. El diputado insiste en que el peronismo debe agotar todas las alternativas jurídicas y políticas para levantar la inhabilitación.
Su protagonismo también abre otra posibilidad: que termine ocupando el lugar electoral que Cristina no puede asumir.
El apellido, la conducción de La Cámpora y el vínculo directo con la expresidenta lo colocan en una posición privilegiada dentro del kirchnerismo. Sin embargo, ninguna de esas condiciones garantiza que pueda heredar su liderazgo.
El poder político puede transferir recursos, estructuras partidarias y lugares en las listas. Lo que no puede entregar automáticamente es la capacidad de representación. Cristina construyó durante más de dos décadas una relación propia con su electorado, atravesada por adhesiones intensas y rechazos igualmente fuertes.
Máximo puede representar a la organización más disciplinada del cristinismo, pero todavía no demostró poseer el volumen electoral de su madre ni su capacidad para reunir sectores diversos del peronismo.
Por eso, su nombre puede funcionar como una candidatura de reserva, una herramienta para negociar o un modo de frenar el crecimiento de otros dirigentes. No necesariamente significa que la sucesión ya esté resuelta.
La experiencia de Alberto Fernández
Cristina ya intentó transferir una parte de su capital electoral. En 2019 eligió a Alberto Fernández como candidato presidencial y se ubicó como postulante a vicepresidenta.
La fórmula consiguió derrotar a Mauricio Macri, pero después expuso las dificultades de compartir el poder entre una autoridad institucional y otra conducción política.
Alberto Fernández ocupaba la Presidencia; Cristina conservaba el liderazgo sobre el sector más organizado de la coalición, una fuerte representación legislativa y una relación directa con buena parte del electorado oficialista.
Las diferencias entre ambos atravesaron toda la gestión. La Vicepresidenta podía influir, condicionar decisiones y cuestionar públicamente el rumbo del Gobierno, pero no controlar por completo a quien había elegido como candidato.
El resultado mostró que una persona puede ser decisiva para llevar a otra al poder, pero no necesariamente conservar el mando una vez que aquella ocupa la Presidencia.
Ese antecedente obliga a Cristina a ser cuidadosa. Un sucesor demasiado débil puede no alcanzar para ganar. Uno demasiado fuerte podría construir su propia autoridad y dejar de responder a la conducción original.
Kicillof y la sucesión suspendida
Axel Kicillof representa el principal desafío interno para el esquema de conducción cristinista. El gobernador bonaerense posee territorio, recursos institucionales, relación con intendentes y una proyección presidencial que ya no depende exclusivamente de La Cámpora.
Su crecimiento plantea una pregunta inevitable: si Cristina no puede competir, ¿debe seguir siendo la única persona autorizada para ordenar al peronismo?
Mientras su candidatura permanezca simbólicamente activa, la discusión sucesoria queda suspendida. Kicillof puede construir una alternativa, pero debe evitar una ruptura frontal con la dirigente que todavía conserva una adhesión considerable.
La candidatura holográfica funciona entonces como un mecanismo de disciplina. Quien aspire a representar al peronismo debe pronunciarse primero sobre la situación de Cristina. Aceptar su inhabilitación puede ser interpretado como una traición; cuestionarla implica mantenerla en el centro del escenario.
Así, incluso sin presentarse, la expresidenta conserva capacidad para definir las condiciones bajo las cuales los demás pueden competir.
El frente internacional
La defensa de Cristina presentó el caso ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Allí sostiene que durante el proceso se vulneraron garantías fundamentales y solicita medidas relacionadas con la inhabilitación y las condiciones de su arresto domiciliario.
La ONU no funciona como un tribunal superior a la Corte Suprema argentina. El Comité puede examinar el reclamo, requerir información al Estado y establecer si existieron violaciones a compromisos internacionales. No puede anular directamente la condena ni sustituir a los tribunales nacionales.
Los plazos también juegan en contra de una resolución capaz de modificar el escenario electoral de 2027.
Sin embargo, la presentación posee utilidad política inmediata. Internacionaliza el conflicto, alimenta el discurso de persecución y permite sostener que todavía existen instancias abiertas para discutir la sentencia.
La expectativa jurídica puede ser limitada, pero su rendimiento simbólico es considerable.
Una candidata sin boleta
Cristina no necesita anunciar formalmente una postulación para influir en la campaña. Alcanza con mantener abierta la posibilidad, permitir que sus dirigentes reclamen su habilitación y presentar cualquier candidatura alternativa como consecuencia de una exclusión.
La estrategia le permite conservar varias opciones.
Si obtuviera una resolución favorable, podría intentar competir. Si la inhabilitación continuara, tendría argumentos para designar o respaldar a un representante. Si el peronismo eligiera otro camino, podría condicionar esa decisión desde su liderazgo partidario.
La candidatura holográfica existe precisamente porque no se define. No es una postulación verdadera, pero tampoco una simple especulación. Es una construcción destinada a mantener el poder en suspenso.
La pregunta central no es solamente si Cristina podrá presentarse en 2027. El interrogante más importante es quién conseguirá representar a su electorado si la respuesta continúa siendo negativa.
Máximo Kirchner intenta ocupar ese espacio. Axel Kicillof procura construir uno propio. Otros sectores del peronismo esperan que la disputa entre ambos abra una tercera alternativa.
Mientras tanto, Cristina permanece jurídicamente fuera de la competencia, pero políticamente dentro de todas las decisiones. Esa es la fuerza de una candidatura holográfica: no puede llegar a las urnas, aunque obliga a todo el peronismo a organizarse alrededor de su imagen.





















