Llach agitó la interna: el dólar “forzado hacia abajo” y el debate por el tipo de cambio
Lucas Llach, mano derecha de Federico Sturzenegger, sostuvo que el tipo de cambio está “forzado hacia abajo” y reavivó la discusión dentro del oficialismo sobre la estrategia de contener el dólar. Sus dichos profundizan la tensión entre el ancla cambiaria, la actividad económica y las señales que llegan desde el FMI.“Cuando el dólar se atrasa, la economía puede parecer ordenada por un tiempo, pero el costo suele aparecer después”, resume una de las máximas más repetidas en la historia económica argentina. En ese marco, Lucas Llach —referente cercano a Federico Sturzenegger— dejó al descubierto una discusión que venía creciendo puertas adentro del oficialismo: la conveniencia de sostener el tipo de cambio a la baja como ancla antiinflacionaria.
Durante una entrevista con Maxi Montenegro en Ahora Play, Llach cuestionó la lectura oficial sobre la desaceleración de la actividad. “¿Cuál es la hipótesis oficial de por qué la economía está a baja intensidad? El riesgo Kuka ya no puede ser. El riesgo país es de 400 puntos”, planteó. Para el economista, tampoco alcanza con explicar el menor nivel de actividad por la apertura comercial o por un cambio estructural. “Cuando se habla de dos velocidades dicen que es lógico que la industria caiga por las importaciones o por el cambio estructural. Pero, aun suponiendo que eso pudiera argumentarse para la industria, en la construcción no”, señaló.
Su diagnóstico fue más allá y apuntó a la competitividad del sector. Según explicó, la construcción incluso debería verse favorecida por insumos importados más baratos, pero aun así no repunta. “La construcción tiene insumos en dólares más baratos por la apertura, si querés. ¿Y por qué falla? Porque el costo de construir es muy alto respecto a los precios”, afirmó.
Luego comparó el escenario actual con los primeros años de la década del noventa. “Cero no es una tasa de crecimiento para una Argentina que está en una revolución de recursos naturales, orden fiscal y reformas. A principios de los 90 el crecimiento era del 5, 6 o 7%”, recordó. Y cerró con una frase que cayó pesada en el equipo económico: “A mí no se me ocurre otra hipótesis que un tipo de cambio que está forzado hacia abajo”.
Las declaraciones de Llach no surgieron en el vacío. Expresan una mirada que también circula en el entorno de Sturzenegger, uno de los funcionarios mejor sintonizados con Kristalina Georgieva. Según trascendió, en una reunión con empresarios en Buenos Aires la titular del FMI señaló que el dólar debía estar más alto y relativizó el impacto que una corrección tendría sobre la inflación. En ese marco, la incorporación de Sturzenegger este año a un Consejo Asesor del Fondo volvió a reforzar la cercanía entre ambos.
La postura del organismo, además, se enlaza con una discusión clásica de la macroeconomía argentina: cuándo un tipo de cambio bajo ayuda a desinflar y cuándo empieza a dañar reservas, actividad y cuenta externa. Desde la convertibilidad hasta las sucesivas crisis de atraso cambiario, ese dilema se repitió con distintos gobiernos y suele reaparecer cuando el Banco Central pierde margen para acumular divisas sin tensar el mercado.
La afirmación de Georgieva, en una cena en el Palacio Duhau, de que era necesario acumular más reservas surgió después de que un empresario le preguntara cómo seguir sumando dólares en un programa que ya muestra exportaciones récord. La titular del FMI respondió que las reservas podían crecer por precio o por cantidades, y en el mercado interpretaron que se refería a una corrección cambiaria que incentive, por ejemplo, la liquidación de los USD 10 mil millones que el campo mantiene retenidos.
Esa lectura choca de frente con la estrategia de Javier Milei y Luis Caputo. En las últimas semanas, distintos informes privados señalaron que el Gobierno intervino para evitar que el dólar mayorista perforara la zona de los $1.500. La versión tomó fuerza en las mesas de dinero cuando los datos diarios del Banco Central mostraron movimientos inusuales en la cuenta que el Tesoro mantiene en la autoridad monetaria.
Los analistas detectaron que el 28 de julio, el mismo día en que el Banco Central cortó una racha de 135 jornadas consecutivas de compras de divisas y el dólar mayorista tocó los $1.500, los depósitos en dólares del Tesoro bajaron unos USD 146 millones, mientras sus depósitos en pesos subieron el equivalente a USD 141 millones.
Portfolio Personal Inversiones interpretó esa secuencia como una venta de dólares del Tesoro para abastecer la demanda y evitar un salto del tipo de cambio. Para esa sociedad de bolsa, habría sido la primera intervención de ese tipo desde octubre del año pasado. Ese mismo día, además, se fijaba el tipo de cambio de referencia para una letra atada al dólar, lo que elevaba el costo para el Tesoro en caso de una devaluación. Por eso, el Gobierno tenía un incentivo adicional para frenar la suba.
En paralelo, el Banco Central tampoco compró dólares por primera vez desde enero e incluso habría intervenido en el mercado secundario de bonos dólar linked, donde el volumen operado llegó a USD 403 millones, el mayor registro desde junio.
Desde la consultora 1816 hablaron directamente de una nueva “línea en la arena”. Si durante buena parte del primer semestre ese límite había sido $1.400, ahora el mercado interpreta que el Gobierno no quiere que el dólar supere los $1.500.
Según 1816, entre letras y bonos que protegen frente a una devaluación ya hay alrededor de USD 12.000 millones de valor nominal en manos privadas, de los cuales USD 6.600 millones vencen antes del final del mandato de Milei. Ese stock de cobertura cambiaria refleja, para los analistas, la persistencia de una demanda de cobertura que el equipo económico no logra desarmar por completo.
La discusión, sin embargo, excede al Palacio de Hacienda. El nuevo vocero presidencial, Adrián Ravier, sostuvo que dentro del esquema de bandas el dólar podría ubicarse cerca de los $1.800 sin comprometer el programa económico. La afirmación no cayó bien en el equipo económico y expuso otra fisura en el oficialismo. En redes, además, apareció rápidamente la expresión “dólar Ravier”, una forma irónica de describir una cotización más alta.
Detrás de la chicana quedó instalada una discusión de fondo: si el peso se apreció demasiado y si conviene permitir una corrección para recuperar competitividad, como reclaman sectores exportadores y, en particular, el campo. En la historia argentina, ese debate suele reaparecer cuando el dólar barato ayuda a contener la inflación, pero al mismo tiempo desalienta exportaciones, complica reservas y retrasa la recuperación de sectores productivos.
Uno de los primeros en respaldar implícitamente esa idea fue Salvador Di Stefano, habitual defensor del equipo económico, que dejó en evidencia con su giro el malestar de los productores agropecuarios, a quienes suele asesorar. En un extenso posteo explicó las maniobras del Gobierno para sostener el tipo de cambio en sus niveles actuales y luego, en una entrevista con radio La Voz, confirmó que existe una fuerte retención de soja, maíz y trigo por parte de los productores. En ese contexto, sugirió que el Gobierno debería “poner un terroncito de azúcar” para incentivar la venta de granos.
Carlos Maslatón aprovechó esa explicación para criticar con dureza la política cambiaria oficial. “Agradezco que confirmes que el gobierno sostiene el tipo de cambio artificial bajo pagando intereses y aumentando la deuda pública. 100% Martínez de Hoz puro”, escribió. La referencia remite al histórico debate sobre apreciación cambiaria, endeudamiento y desindustrialización, una combinación que el mercado argentino suele asociar a etapas de fuerte inestabilidad posterior.
La mención de Martínez de Hoz también apuntó a Ricardo Arriazu, uno de los economistas más escuchados por Milei y a la vez uno de los diseñadores del programa económico de la última dictadura, que volvió a poner la dolarización del ahorro en el centro de su análisis. “Por lejos la variable macro más importante es cuántos dólares compra la gente”, afirmó. Recordó que el año pasado los argentinos adquirieron USD 40.000 millones y estimó que este año podrían comprar alrededor de USD 30.000 millones.
Mientras el debate gana intensidad, los datos del balance cambiario muestran la tensión del programa. En junio, la cuenta corriente cambiaria registró un superávit de USD 857 millones, 60% menor al de un año atrás. Las exportaciones alcanzaron un récord de USD 9.438 millones, pero las importaciones subieron a USD 6.420 millones. A eso se sumó la salida de utilidades y dividendos por USD 1.023 millones, la cifra más alta desde 2010.
La cuenta financiera, en tanto, mostró un déficit de USD 3.181 millones. La formación de activos externos financiera llegó a USD 2.458 millones y la no financiera a otros USD 2.065 millones, parcialmente compensadas por préstamos financieros por USD 961 millones.
En ese contexto, el comportamiento de los ahorristas volvió a encender alarmas. En junio, las personas humanas compraron USD 2.445 millones en billetes y divisas sin destino específico, por encima de mayo, y acumulan USD 15.300 millones en lo que va del año.
Análisis y proyecciones: la tensión entre un dólar contenido y la necesidad de recomponer reservas es uno de los dilemas más conocidos de la economía argentina. Si el Gobierno insiste en sostener el tipo de cambio como ancla, puede ganar tiempo en materia inflacionaria, pero a costa de aumentar la presión sobre importaciones, reservas y expectativas de devaluación. Si, en cambio, permite una corrección más visible, podría mejorar competitividad y reducir incentivos a la retención de granos, aunque con el riesgo de reavivar la inflación en el corto plazo. En programas de estabilización, ese equilibrio suele ser frágil: la historia muestra que los atrasos cambiarios pueden durar meses, pero rara vez se resuelven sin algún ajuste posterior.
Evolución del debate: en los últimos años, la discusión sobre el dólar pasó de la administración de la brecha cambiaria a una pregunta más estructural sobre el nivel “correcto” del tipo de cambio real. Durante el kirchnerismo, el foco estuvo en administrar controles y evitar saltos bruscos; en la etapa de ajuste y cambio de gobierno, el eje se desplazó hacia la credibilidad fiscal y la acumulación de reservas. Ahora, dentro del propio oficialismo, conviven dos posturas: la de quienes priorizan usar el dólar como ancla antiinflacionaria y la de quienes advierten que un tipo de cambio demasiado bajo puede frenar la actividad y postergar la normalización externa. La frase de Llach cristaliza esa diferencia y exhibe que la discusión ya no es técnica, sino política.
Con ese telón de fondo, la definición de Llach adquiere un peso distinto. Mientras Caputo y el presidente del Banco Central, Santiago Bausili, buscan sostener un dólar cercano a los $1.500, desde el entorno de Sturzenegger aparece una voz que considera que esa ancla cambiaria es hoy uno de los principales frenos para la actividad. La discusión dejó de ser un intercambio entre economistas y ya atraviesa el corazón del programa económico de Milei.






















