El muralista peruano que quiere unir el barrio Mugica con Plaza Perú

Brian Mayhual López llegó desde Lima y encontró en el barrio Mugica un lugar para romper prejuicios a través del arte. Ahora impulsa un proyecto para unir simbólicamente ese barrio con Plaza Perú mediante dos esculturas de toritos de Pucará.

“El arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo que no siempre se mira”, dejó escrito Paul Klee, y la frase encaja con la historia de Brian Mayhual López, el artista peruano que llegó al barrio Mugica hace casi diez años y convirtió los murales en una herramienta para disputar prejuicios y reconstruir la imagen de uno de los barrios populares más conocidos de Buenos Aires.

Brian Mayhual López, peruano y artista, llegó al barrio Mugica hace casi una década y convirtió el arte en una herramienta para desafiar los prejuicios que todavía pesan sobre uno de los barrios populares más conocidos de Buenos Aires. Pintó decenas de murales para mostrar otra identidad del lugar y ahora impulsa un proyecto para unir simbólicamente ese barrio con Plaza Perú a través de dos esculturas.

La iniciativa busca conectar dos espacios de la Ciudad de Buenos Aires que muchas veces aparecen como opuestos. De un lado, el barrio Mugica —la exvilla 31—, que durante décadas cargó con una fuerte estigmatización. Del otro, una zona asociada al circuito cultural porteño. Para López, el arte puede construir un puente entre ambos y demostrar que las diferencias suelen estar más relacionadas con los prejuicios que con la realidad.

“Muchas personas creen que, por vivir en un barrio popular, automáticamente sos un delincuente o no tenés futuro. Yo descubrí exactamente lo contrario”, contó en diálogo con TN.

Asegura que su objetivo no es solamente embellecer paredes. Busca que quienes llegan al barrio puedan encontrarse con otra historia: una comunidad atravesada por la cultura, el trabajo y la convivencia entre distintas nacionalidades.

De la electrónica al arte

La historia de López empezó muy lejos de los murales. Nació en Lima, estudió Electrónica Industrial y consiguió un trabajo en una empresa multinacional, una meta que muchos técnicos peruanos buscaban alcanzar.

Sin embargo, cada vez que terminaba su jornada laboral volvía al dibujo. Inventaba personajes, llenaba hojas con ilustraciones y descubría que esa era la actividad que realmente lo hacía feliz.

En 2016 tomó una decisión que cambió su vida. Renunció a un empleo estable, compró un pasaje y viajó a Buenos Aires por invitación de una tía que vivía en la Argentina desde hacía más de tres décadas.

Su destino fue el barrio Mugica, un lugar que conoció por primera vez un sábado por la noche, rodeado de música, comida y vecinos compartiendo la calle.

La imagen que encontró fue muy distinta a la que escuchaba desde afuera. Cada vez que decía dónde vivía aparecían las mismas preguntas: “¿Es peligroso?”, “¿No tenés miedo?”. Esas reacciones le hicieron entender que existía una mirada instalada sobre las villas que no coincidía con la experiencia cotidiana de quienes vivían allí.

Mientras acompañaba a su tía, que trabajaba como fotógrafa, recorrió cada rincón del barrio. Allí descubrió una comunidad formada por argentinos, peruanos, bolivianos y paraguayos, con una identidad cultural que terminó de convencerlo de que había llegado al lugar indicado.

Murales para transformar una mirada

Con el tiempo entendió que quería aportar desde el lugar que mejor conocía: el arte. Inspirado en el trabajo de Benito Quinquela Martín en La Boca, empezó a imaginar que los murales podían cambiar la forma en que un barrio era observado desde afuera.

Su recorrido también se inscribe en una tendencia más amplia de los últimos años: en distintos barrios populares de América Latina, el muralismo pasó de ser visto como una expresión decorativa a funcionar como una narrativa territorial, capaz de disputar estereotipos, fortalecer identidades y atraer circulación cultural sin borrar las tensiones sociales de fondo.

“Mi objetivo dejó de ser únicamente pintar paredes. Quería contar otra historia del barrio Mugica y mostrar que detrás de los prejuicios había personas con sueños, oficios y proyectos”, contó.

Los primeros murales fueron para vecinos. Después llegaron restaurantes, instituciones y empresas. Uno de los trabajos que marcó un antes y un después en su vida fue el mural realizado para una sucursal de un banco ubicada en uno de los ingresos al barrio.

Otra de sus obras más reconocidas fue un retrato hiperrealista de Lionel Messi. El mural rápidamente se convirtió en un punto de encuentro para los vecinos.

Muchos se acercaban a sacarse fotos y, en varias ocasiones, terminaban conversando con el artista sobre pintura o contando que sus propios hijos también dibujaban.

El torito de Pucará que llegó al Vaticano

Pero si hay un símbolo que resume su recorrido, es el torito de Pucará, una tradicional cerámica peruana que representa protección, prosperidad y abundancia. López decidió resignificar esa pieza como un puente entre Perú y Argentina, dos países que forman parte de su identidad.

El proyecto tuvo un capítulo inesperado. Durante la inauguración del mural realizado junto al banco, el entonces vicepresidente de la entidad compró dos toritos de Pucará. Una de esas piezas llegó tiempo después al Vaticano como regalo para el papa Francisco, contó a TN.

“Fue emotivo pensar todo el camino que había recorrido ese torito. Salió de mi taller y terminó en las manos del Papa. Sentí que también viajaban mi historia, mi barrio y mi cultura”, recordó.

Ahora Brian tiene un nuevo objetivo: hacerle llegar uno de sus toritos al papa León XIV.

Actualmente, López trabaja de manera exclusiva como artista visual y muralista. También organiza talleres itinerantes en restaurantes peruanos en los que los participantes pintan toritos de Pucará mientras conocen la gastronomía y la música afroperuana.

La propuesta busca acercar la cultura peruana al público argentino desde una experiencia participativa, donde el arte funciona como punto de encuentro.

El sueño de unir el barrio Mugica con Plaza Perú

A lo largo de estos años desarrolló proyectos junto a instituciones como PromPerú, la Embajada del Perú, el MALBA, la Embajada de Francia y distintas empresas privadas.

Ahora trabaja en un nuevo desafío: instalar dos grandes esculturas de toritos de Pucará, una en Plaza Perú, junto al MALBA, y otra en el barrio Mugica.

La idea es que ambas obras dialoguen entre sí y representen un puente cultural entre dos lugares que muchas veces parecen separados por la distancia social más que por la geografía.

Análisis y proyecciones

El caso de López muestra cómo el arte urbano puede convertirse en una política simbólica de integración cuando no se limita a intervenir superficies, sino que propone relatos alternativos sobre el territorio. En barrios históricamente estigmatizados, estas iniciativas suelen tener un doble efecto: mejoran la visibilidad externa y, al mismo tiempo, refuerzan el orgullo interno de la comunidad. Sin embargo, su impacto más profundo depende de que el gesto artístico se sostenga en el tiempo y dialogue con procesos más amplios de inclusión social, acceso a derechos y reconocimiento cultural.

En ese sentido, la instalación de esculturas en el barrio Mugica y en Plaza Perú puede leerse como una apuesta por conectar dos públicos que rara vez se encuentran en el imaginario urbano porteño. Si logra consolidarse, el proyecto podría ampliar circuitos culturales, generar nuevas visitas al barrio y profundizar una lectura menos estigmatizante de las villas porteñas. Pero también abre una pregunta clásica en este tipo de iniciativas: cómo evitar que la valorización simbólica quede desconectada de la mejora material de la vida cotidiana de los vecinos.

Evolución reciente del tema

En los últimos años, el barrio Mugica pasó de ser nombrado casi exclusivamente por su condición de villa a ocupar un lugar más visible en debates sobre urbanización, cultura y diversidad. Ese cambio no borró los problemas estructurales, pero sí amplió las miradas sobre el territorio. En paralelo, la figura de artistas como López fue desplazándose desde la intervención aislada hacia proyectos de mayor escala, con articulación institucional y un discurso más claro sobre identidad, integración y memoria migrante.

También cambió la forma en que se percibe al propio artista: de joven que dibujaba después del trabajo a muralista reconocido, con obras para vecinos, comercios, bancos, instituciones y espacios culturales. Su trayectoria resume una transformación más amplia: el arte, antes leído como adorno, hoy aparece como una herramienta concreta para disputar sentidos sobre la ciudad.

“Quiero que el arte una esos mundos. Si una persona cambia la manera de mirar al barrio después de ver una obra, siento que todo este camino habrá valido la pena”, concluyó.